Karl Marx

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nr. 5299 vom 15. April 1858]

París, 27 de marzo de 1858

La posición de gobierno más difícil para un civil es la de estar al frente de un Estado militar despótico. En Oriente se afronta más o menos esta dificultad transformando al déspota en un dios, de modo que las cualidades teocráticas del soberano no permiten aplicarle la misma medida que a sus guerreros. En la Roma imperial, la divinización de los emperadores, aunque no proporcionaba la misma protección, brotó de la misma necesidad. Ahora bien, Louis Bonaparte es un civil, pese a haber sido el editor de la Historia del cañón, pero no puede recurrir al expediente romano. De ahí las dificultades que se acumulan en su posición. En la misma medida en que Francia se harta del yugo del ejército, el ejército se vuelve más audaz en su empeño de someter a Bonaparte. Después del 10 de diciembre, Bonaparte podía figurarse que era el elegido del campesinado, es decir, de la masa del pueblo francés. Desde el atentado del 14 de enero sabe que está a merced del ejército. Una vez forzado a admitir que gobierna mediante el ejército, es de lo más natural que éste intente gobernar por medio de él.

La división de Francia en cinco pachaliks fue, por tanto, sólo el preludio del nombramiento de Espinasse como ministro del Interior. A este último paso siguió la entrega de la policía de París al señor Boittelle, que en 1830 había sido suboficial y había servido con el señor de Persigny en el mismo regimiento en La Fère, y que al estallar la Revolución de Julio había intentado incitar a sus camaradas a lanzar el grito de: «¡Viva Napoleón II!». El nombramiento de Boittelle se refuerza con el de Pélissier, duque de Malakoff, como representante de Su Majestad Imperial ante la corte de Saint James. Este nombramiento supone un halago para el ejército y una amenaza para Inglaterra. Es cierto que el Moniteur se esfuerza por convertirlo en un cumplido para John Bull, pero Veuillot, de L'Univers, que, como es sabido, tiene petites et grandes entrées («libre acceso en todas las ocasiones») en las Tullerías, anunció el acontecimiento en un artículo hosco que contenía este significativo párrafo.

«El orgullo de Inglaterra está herido. La herida es antigua. Se infligió en Crimea, en el Almá, en Inkerman y en la colina de Malákhov, allí donde los franceses fueron los primeros en el campo de batalla y penetraron más profundamente en las filas del enemigo. Saint-Arnaud, Bosquet, Canrobert, Pélissier, Mac-Mahon: ésos son los hombres que han herido el orgullo de Inglaterra.»

En una palabra, Napoleón III ha enviado a su Ménshikov a Londres, y por lo demás está muy contento de librarse de él por un tiempo, ya que Pélissier, desde el momento en que se revocó su nombramiento como comandante en jefe de los cinco pachaliks, había adoptado la actitud de un frondeur. Las cotizaciones de la Bolsa de París cayeron inmediatamente al conocerse la noticia.

Pélissier tiene más de una cuenta que ajustar con Inglaterra. Palmerston lo estigmatizó públicamente en 1842, ante sus electores de Tiverton, como un monstruo, y dio a la prensa londinense la señal para cubrirlo de insultos. Después de la campaña de Crimea, el general De Lacy Evans hizo más de una vez, en la Cámara de los Comunes, alusiones a Pélissier como el principal causante de la vergüenza que el ejército inglés había sufrido ante Sebastopol. También la prensa británica lo trató con bastante rudeza, explayándose sobre las insinuaciones del general Evans. Por último, en un banquete ofrecido a los generales de la guerra de Crimea, Pélissier reivindicó toda la gloria de la campaña de Crimea para las águilas francesas, sin dignarse siquiera mencionar la colaboración de John Bull. Como represalia, la prensa londinense volvió a hacer picadillo a Pélissier. Además, es sabido que su temperamento es del todo inadecuado para el papel de aquella figura mitológica griega que era la única capaz de curar las heridas que había causado.

No podemos, sin embargo, sumarnos a la opinión de esos periódicos londinenses que se remontan a una mentalidad romana y exhortan a los cónsules a velar para que «ne respublica detrimenti capiat» («que el Estado no sufra daño»). Pélissier significa intimidación, pero no significa guerra. Este nombramiento es un mero coup de théâtre.

El ancho foso que separa a la pérfida Albión de la belle France («la hermosa Francia») es su Lacus Curtius, pero Bonaparte no es el romántico joven que cierra la sima abierta arrojándose al abismo y desapareciendo. Sabe, mejor que ningún otro hombre de Europa, que su frágil poder depende de la alianza con Inglaterra; pero ésta es una verdad fatal para el vengador de Waterloo, que debe ocultar lo mejor que pueda a sus mirmidones armados tratando con dureza a John Bull y revistiendo la alianza misma con el ropaje de una relación de vasallaje impuesta por Francia y aceptada por Inglaterra.

Tal es su juego, un juego sumamente peligroso, que fácilmente puede acelerar el fin que se esfuerza por evitar. Si Pélissier fracasa en su misión de intimidación, y fracasará sin duda, entonces se habrá jugado la última carta y la comedia deberá ceder el paso a acciones reales, o Bonaparte se presentará ante su ejército como un impostor convicto que, tras sus aires napoleónicos, oculta la triste figura del agente de policía londinense del 10 de abril de 1848.

En el fondo, fue sólo la alianza con Inglaterra la que permitió al sobrino imitar durante algún tiempo al tío. Al asestar el golpe de gracia a la Santa Alianza y destruir el equilibrio europeo, la estrecha vinculación entre Inglaterra y Francia dio a Bonaparte, como representante continental de esa alianza, naturalmente la apariencia de un árbitro de Europa. Mientras la guerra contra Rusia y la situación interna de Francia se lo permitieron, se alegró de poder contentarse con una superioridad más simbólica que real. Todo esto ha cambiado desde que reinan la paz en Europa y el ejército en Francia. Ahora el ejército le exige la prueba de que ejerce la dictadura en Europa como un verdadero Napoleón, no en fideicomiso para Inglaterra, sino a pesar de Inglaterra. De ahí sus dificultades. Por un lado, intimida a John Bull; por otro, le da a entender que no abriga malas intenciones. Casi le ruega que, por cortesía, finja asustarse ante las amenazas fingidas de su «ilustre aliado». Ése es el camino idóneo para volver obstinado a John Bull, que percibe que no arriesga nada si se conduce heroicamente.