Karl Marx

Otro capítulo extraño de la historia moderna

Del inglés.

[“New-York Daily Tribune” Nr. 5436 vom 23. September 1858]

London, 7 de septiembre de 1858

Hace algunos meses le envié a usted una serie de documentos relativos al intento de traición a los tscherkessen por parte de Mechmed Bey, alias coronel Bangya. Desde entonces se ha añadido un nuevo capítulo a este extraño episodio de la guerra tscherkessiana; las explicaciones y contraexplicaciones de las distintas partes implicadas en él han dado lugar primero a graves querellas entre los emigrados húngaros y polacos en Konstantinopel, y después a encarnizados debates en los cuarteles generales del exilio europeo en London, acerca de que supuestamente ciertas personalidades prominentes fueran cómplices de Bangya. Perfectamente consciente del interés que la emigración revolucionaria de todos los matices y de todas las nacionalidades presta a las publicaciones de la “Tribune”, me abstuve deliberadamente de reiterar mis acusaciones antes de que se me hubiesen mostrado los originales de algunas cartas publicadas en periódicos de Konstantinopel, cuya autenticidad en un principio fue negada, y antes de haber adquirido claridad sobre todas las cuestiones controvertidas. Consideraría, sin embargo, una negligencia del deber no oponerme a esas maniobras cobardes que tienden a sofocar toda investigación ulterior y a echar un velo de misterio sobre todo el asunto. Si existe un círculo de emigrados revolucionarios que considera correcto conspirar con el gabinete ruso y mezclarse con espías profesionales como Bangya, que salgan a la luz y confiesen sus opiniones.

Recordará usted que fue el teniente Stock, de la tropa polaca de voluntarios en Tscherkessien, quien, como correo de los despachos del coronel Lapinski, su jefe, y como miembro de la comisión militar que juzgó a Bangya, llevó a Konstantinopel la confesión de Bangya y los demás documentos relativos a este asunto. El teniente Stock permaneció cuatro meses en Konstantinopel para, en caso de que se llegase a un proceso, poder comparecer como testigo de la veracidad de la acusación de traición que Lapinski había presentado contra Bangya. En su confesión, Bangya había identificado a Kossuth, al general Stein, al coronel Türr y a la parte de la emigración húngara dirigida por Kossuth con sus propias intrigas en Tscherkessien. Los polacos de Konstantinopel, al tener conocimiento de las noticias y documentos traídos por el teniente Stock, no aceptaron a ciegas como verdaderas las acusaciones formuladas por Bangya contra sus compatriotas, sino que, desconfiando de su autenticidad, decidieron conservar los documentos en su poder. Mientras esperaban nuevas noticias de Tscherkessien, se limitaron a publicar una breve nota sobre la traición y la condena de Mechmed Bey, alias Bangya, en la “Presse d'Orient”. Tras la publicación de esta nota, recibieron visitas de varios húngaros, entre ellos del coronel Türr, quien declaró que dicha nota era un insulto para él, como húngaro, y para toda la emigración. Pero después de que Türr hubo leído los documentos llegados de Tscherkessien y de intentar refutar de manera muy insatisfactoria las acusaciones de Bangya en lo tocante a su propia complicidad, exclamó que Bangya merecía ser colgado y pidió que se enviase un emisario a Sefer Pachá para instarle a que confirmase y ejecutase el veredicto de la comisión. Entonces los polacos le permitieron llevarse una carta de Bangya en la que éste exhortaba a sus compatriotas a abstenerse de toda injerencia en Tscherkessien y de toda intriga contra los polacos.

«En cuanto a nuestros planes —dice Bangya en esta carta—, han quedado frustrados para siempre, y dependo de la clemencia de Lapinski.»

Los polacos no se contentaron con comunicar a Türr y a otros húngaros el contenido de esos documentos, publicados más tarde por la “Tribune”; dieron también otra prueba inequívoca de su escrupulosidad. Para granjearse, después de su condena a muerte, el favor de sus jueces y demostrarles que quería confesar de todo corazón cuanto sabía, Bangya había revelado a Lapinski, el presidente del consejo de guerra, toda la historia de los preparativos de sus compatriotas contra Austria. Les comunicó la naturaleza de sus recursos, las ciudades en las que habían establecido depósitos de armas y los nombres de las personas a quienes esos depósitos habían sido confiados. Los polacos informaron inmediatamente a los húngaros del peligro que les amenazaba, les mostraron todos los documentos que habían recibido sobre el asunto, que jamás han sido publicados, y propusieron a los húngaros, para darles la seguridad de que esos documentos permanecerían siempre secretos, cerrarlos con sus propios sellos en presencia de ellos. Estos documentos existen todavía; sus sellos no han sido rotos. Entre las personas que pusieron estos sellos se encontraban Türr, Tukony (Selim Aga), Thalmayr (Emin Aga) y otros dirigentes de la emigración dirigida por Kalmar en Konstantinopel, que más tarde firmaron manifiestos en defensa de Bangya.

Poco después de la entrevista de Türr con los polacos, apareció en la correspondencia litográfica de Havas en París una comunicación telegráfica del siguiente tenor:

«Una carta del coronel Türr llegada a Marseille desmiente las afirmaciones de la “Presse d'Orient” acerca de la traición y la condena del coronel Mechmed Bey.»

Este párrafo fue reproducido por la mayor parte de la prensa europea. Al mismo tiempo, algunos húngaros presentaron en la redacción de la “Presse d'Orient” cartas procedentes de Tscherkessien en las que se afirmaba que Mechmed Bey estaba libre y seguía en contacto con Sefer Pachá. Bangya fue presentado al público como un mártir de la causa de la libertad; el coronel Lapinski fue acusado de falsificación y otros crímenes, y los polacos de Konstantinopel fueron presentados como sus cómplices. Se hicieron incluso ridículos intentos de intimidar a los polacos. Sólo entonces publicaron los polacos la confesión de Bangya y los documentos conexos en la “Tribune” y en el “Free Press” de London.

Entretanto, Bangya llegó a Konstantinopel y se presentó en la redacción de la “Presse d'Orient”. Los editores de este periódico le comunicaron que habían publicado las noticias que le concernían porque no habían tenido el menor motivo para dudar de su verosimilitud, pero que estaban dispuestos a rectificarlas si él era capaz de presentar pruebas irrefutables de su falsedad. Bangya se limitó a contestar que todo era falso, que era víctima de una intriga, y a contar luego una multitud de pormenores sobre los acontecimientos de Tscherkessien que nadie le había preguntado. A la pregunta de cómo él, oficial turco y comandante en jefe tscherkessiano, había podido escribir una carta evidentemente destinada al general ruso Philipson, carta que bastaba para probar todas las acusaciones formuladas contra él, logró esquivar ese terreno peligroso respondiendo con negligencia que preparaba una contestación a la confesión que falsamente se le atribuía. Terminó la entrevista prometiendo replicar en el periódico a las acusaciones formuladas contra él, propuesta que fue aceptada a condición de que su carta no contuviese ataques personales. Un oficial francés, un sacerdote francés y un publicista armenio estuvieron presentes en esta reunión y se declaran dispuestos a dar testimonio de ello ante cualquier tribunal.

En una segunda entrevista, el 25 de abril, Bangya entregó a los editores de la “Presse d'Orient” su carta, en la que, contra lo convenido, se insultaba al coronel Lapinski y a Ibrahim Bey; en cambio, se evitaba cuidadosamente el nombre del teniente Stock, que, para disgusto de Bangya, aún se hallaba en Konstantinopel. Tras introducirse, a petición de los editores, algunas modificaciones, esta carta apareció en la “Presse d'Orient”. Sus puntos esenciales son los siguientes:

«He sido víctima de una intriga infame por parte de Ibrahim Bey y del señor Lapinski. Fue el 31 de diciembre del año pasado, al atardecer, cuando Ibrahim Bey me hizo llamar a su casa para una conversación privada. Acudí sin armas. Apenas hube entrado en la habitación de Ibrahim Bey, donde encontré reunidos a mis enemigos, fui detenido y trasladado aquella misma noche a Aderbi. Hallándome en poder de mis enemigos, mi vida y la de toda mi familia corrían el mayor peligro; de no haber sido por la actitud amenazante de los tscherkessen, me habrían asesinado. Pero finalmente, en marzo, los jefes tscherkessen me pusieron en libertad, y entonces les tocó a Lapinski, Ibrahim Bey y Sefer Pachá en persona sentir miedo y pedirme perdón por todo el daño que me habían inferido. Una palabra mía habría bastado para hacer rodar sus cabezas por el polvo... En cuanto a la confiscación de documentos que probaran una traición, o a un consejo de guerra formado por jefes tscherkessen y oficiales europeos, o a condena alguna de cualquier clase, ... todas esas bellas cosas son invenciones del corresponsal, agente y compinche del señor Lapinski... El pretendido relato auténtico, cuya copia tiene usted en las manos, es una fábula fabricada en parte en Konstantinopel por el señor T... y revisada por el señor Lapinski. Es una intriga preparada desde hace tiempo y urdida después de mi partida a Tscherkessien. Este documento está destinado a comprometer a una personalidad conocida y a extorsionar dinero a una gran potencia.»

Pocos días después de la publicación de esta carta en la *Presse d’Orient*, Bangya declaró en el *Journal de Constantinople*, con el cínico descaro característico de este hombre y por razones que él mismo sabrá mejor que nadie, que el editor de la *Presse d’Orient* había desfigurado su carta de tal modo que se veía imposibilitado de reconocer su autenticidad. Ahora bien, yo he visto la carta original, conozco la letra de Bangya y puedo atestiguar que todos los cambios impugnados consisten únicamente en que, simplemente, se han puesto las iniciales en lugar de los nombres y se han añadido unas líneas introductorias en las que se elogia a los editores de la *Presse d’Orient* por la exactitud de sus informaciones. Cuanto pretendía Bangya no era sino sembrar dudas en la opinión pública. Incapaz de añadir nada más, decidió, como si *re bene gesta* (la cosa estuviera en orden), envolverse en el obstinado silencio de la virtud perseguida. Entre tanto, aparecieron en periódicos londinenses dos documentos, uno firmado por los dirigentes de la emigración húngara en Constantinopla, el otro por el coronel Türr. En el primero, los mismos hombres que estamparon sus sellos en los papeles que prueban la culpabilidad de Bangya expresan su convicción de que «Bangya será capaz de justificarse a sí mismo»; fingen «considerar el asunto de Mechmed Bey como una cuestión personal» y «desprovista de todo carácter internacional», al tiempo que estigmatizan a los amigos del coronel Lapinski como «demonios» «cuyo objetivo es sembrar la discordia entre los dos grupos de emigrados». Türr, que entre tanto se ha transformado en Achmed Kiamil Bey, declara en su carta:

«Apenas tuve noticia de la llegada de Mechmed Bey a Constantinopla, lo visité, acompañado del capitán Kabat (un polaco), y le pregunté categóricamente si eran ciertas las confesiones contenidas en el memorándum publicado en los periódicos. Respondió que había sido detenido de manera alevosa y conducido ante una comisión compuesta por polacos, pero que, después de dos sesiones de dicha comisión, el señor Lapinski, comandante de ochenta y dos polacos en Circasia, lo había visitado en su detención y le había explicado que todas sus confesiones ante la comisión serían inútiles, que, para servir a sus planes (los de Lapinski), era necesario que él (Mechmed Bey) escribiera de su propio puño un memorándum ya redactado y dispuesto por Lapinski.
Él

(Mechmed Bey)
se negó a copiar el primer memorándum
que se le presentó;
era el que los periódicos habían publicado. Lapinski lo modificó entonces y preparó un segundo,
que él
(Mechmed Bey), bajo la amenaza de ser fusilado,
copió y firmó
para conservar la posibilidad de defenderse contra las acusaciones con las que Lapinski, sin duda, habría mancillado su memoria después de muerto. El original de este documento jamás ha sido presentado hasta ahora.

Tras esta declaración de Mechmed Bey,
no me hallo en condiciones de discernir cuál de los dos es el canalla.»

Vemos, pues, que Türr sostiene que Bangya firmó su confesión solo bajo coacción y como consecuencia de las amenazas de Lapinski, mientras que el propio Bangya declara al mismo tiempo que su confesión fue elaborada en Constantinopla, e incluso antes de su partida hacia Circasia.

A todas estas maniobras puso fin finalmente la llegada de cartas de Sefer Pachá y el arribo de un gran número de circasianos. Una delegación de estos se presentó ante el editor de la *Presse d’Orient*, confirmó todos los detalles publicados sobre la traición de Bangya y se declaró dispuesta a atestiguar bajo juramento sobre el Corán la verdad de sus afirmaciones ante el propio Bangya y ante cualquier número de testigos. Pero ni Bangya se atrevió a comparecer ante este tribunal de honor, ni Türr, Tukony, Kalmar, Verres y sus demás protectores lo obligaron a dar la cara y probar su inocencia.

Todavía durante la guerra contra Rusia, el señor Thouvenel, embajador francés, había escrito a París para recabar informes sobre Bangya; se enteró de que Bangya era un espía que se ponía al servicio de todo aquel que le pagara. El señor Thouvenel se esforzó por apartarlo de Anapa, pero Bangya se defendió con ayuda de certificados que le había extendido Kossuth. Al llamamiento a la confraternidad de las naciones contenido en el manifiesto húngaro al que hemos hecho referencia, los polacos habían respondido, con pleno derecho, de la manera siguiente:

«Nos habláis de la confraternidad de las naciones; nosotros os mostramos ejemplos de esa confraternidad en las gargantas de los Cárpatos, en todos los caminos de Transilvania, en las llanuras del Tisza y del Danubio. El pueblo húngaro no lo ha olvidado, como sí lo han olvidado esos constitucionalistas que en 1848 votaron millones de florines y miles de soldados contra Italia, como lo han olvidado esos republicanos que en 1849 pidieron un rey a Rusia, como lo han olvidado esos jefes de Estado que, en medio de una guerra por la independencia y la libertad, exigieron a gritos que se expulsara del territorio húngaro a toda la población de Valaquia, como lo han olvidado esos charlatanes que hoy peregrinan por América. ¿Acaso él <Kossuth> dijo siquiera a los americanos que le pagaban, como se paga a una Lola Montez o a una Jenny Lind, les dijo que él, el orador, fue el primero en abandonar su país moribundo, y que el último en abandonar ese país desangrado, consagrado al dolor, fue un viejo general, un héroe y un polaco: Bem?»

Para completar nuestro relato, añadimos la siguiente carta del coronel Lapinski:

Coronel Lapinski
a … Pachá
(extracto)

Aderbi, Circasia…

¡Muy señor mío!

Hace ya casi dos años que llegué aquí, accediendo a su ruego y confiando en su palabra. No necesito recordar a Vuestra Excelencia cómo se ha cumplido esta última. Se me ha dejado sin armas, sin vestimenta, sin dinero y hasta sin alimentos suficientes…

Todo esto, creo, no debe atribuirse a la mala voluntad de Vuestra Excelencia, sino a otras causas y, en especial, a su infausta relación con gentes a las que los intereses de su país les son ajenos. Durante todo un año se me impuso a uno de los más astutos espías rusos; con la ayuda de Dios, desbaraté sus intrigas, le mostré que lo había calado y ahora lo tengo en mi poder. Ruego encarecidamente a Vuestra Excelencia que rompa todas las relaciones con los húngaros; evite en particular a Stein y a Türr: son espías rusos. Los demás húngaros sirven a los rusos, en parte sin saberlo. No se deje engañar por proyecto alguno sobre fábricas, minas y comercio extenso. Cada céntimo así invertido sería dinero tirado a la calle, y a eso justamente tienden todos los esfuerzos del señor Türr, cuyo único deseo es que el dinero de usted se gaste de manera tal que no reporte utilidad alguna a su país ni pueda causar perjuicio a los rusos. Lo que aquí necesitamos es: una fábrica de pólvora, una máquina de acuñar moneda, una pequeña imprenta, un molino de grano y armas, que aquí no solo son malas, sino el doble de caras que en Constantinopla; incluso las malas sillas de montar de este país cuestan el doble que las sillas militares francesas. En lo tocante a minas, es del todo pueril pensar en ello. Aquí hay que gastar cada céntimo en la defensa del país y no emplearlo en la especulación. Emplee todos sus medios en adiestrar tropas; así no solo contribuirá usted al bien de su país, sino que obtendrá también influencia personal para sí mismo. No malgaste sus medios tratando de ganarse a alguno de los partidos. El estado del país parece hoy tranquilo, pero en realidad es funesto. Sefer Pachá y el Naib aún no se han reconciliado, y ello porque los espías rusos lo impiden. No lamente el dinero que aquí invierte usted en la instrucción de las tropas. Es el único dinero bien empleado.

No piense en cañones. Como sirvo en la artillería desde joven, conozco bien su valor. Lo que predije antes de mi partida se ha cumplido. Al principio, los rusos quedaron sorprendidos por el estruendo de los cañones; ahora se ríen de ello. Donde yo coloco dos cañones, ellos emplazan veinte; y como no tengo tropas regulares que defiendan mis cañones, los rusos los conquistarán, ya que los circasianos no saben cómo defenderlos, y nosotros mismos podemos caer prisioneros.

Una última palabra. Mis hombres y yo estamos dispuestos, Pachá, a consagrarnos a la defensa de su país, y dentro de ocho meses, a contar desde ahora, habré aumentado mi destacamento a 600 cazadores, 260 jinetes y 260 artilleros, si usted me envía el equipo y el armamento necesarios para ello.

Si en el plazo de dos meses no recibo nada, me embarcaré y regresaré a Turquía, y toda la culpa recaerá sobre usted y no sobre mí ni sobre los polacos. No es mi intención abusar de los circasianos ni engañarlos. Si no puedo servir a la causa de ellos y a la mía propia como es debido, los abandonaré.

He enviado a Stock a Constantinopla. Sería mejor que usted le diera todo lo que esté en su mano y lo enviara de vuelta lo antes posible. ¡Que Dios le tenga bajo su protección! No deje nada para mañana, se lo ruego encarecidamente. No pierda ni un instante, pues el tiempo perdido le costaría caro.

Lapinski