Karl Marx

Del inglés.

[*New-York Daily Tribune*, núm. 5453, del 13 de octubre de 1858]

Londres, 21 de septiembre de 1858

Después de que el periódico genovés *Dio e Popolo*, el último periódico republicano publicado en suelo italiano, sucumbiera por fin a la incesante persecución del gobierno sardo, Mazzini, a quien nada puede desalentar, publica en Londres un periódico italiano bajo el título *Pensiero ed Azione*, que ha de aparecer dos veces al mes.

De la última entrega de este órgano traducimos el nuevo manifiesto de Mazzini. Lo consideramos como un documento histórico que brinda al lector la posibilidad de formarse un juicio propio sobre la vitalidad y las perspectivas de aquella parte de la emigración revolucionaria que se ha agrupado bajo la bandera de los triunviros romanos. En lugar de investigar a fondo las grandes causas sociales del fracaso de la revolución de 1848-49 y esforzarse por analizar las relaciones reales que, de manera inadvertida, han madurado en los últimos diez años y en su conjunto han preparado el terreno para un movimiento nuevo y más poderoso, Mazzini, a nuestro parecer, recae en sus anticuadas quimeras y se plantea un problema imaginario que, naturalmente, sólo puede conducir a una solución ilusoria. Para él sigue siendo la cuestión omnímoda por qué los emigrados, en su totalidad, han fracasado en sus intentos de renovar el mundo; todavía se ocupa de ofrecer remedios secretos para la curación de su parálisis política. Dice:

«En 1852 declaré en un memorándum dirigido a la democracia europea: ¿cuál debía ser hoy la consigna, el grito de reunión del partido? La respuesta es muy sencilla. Está contenida en una sola palabra: acción, pero acción unificada, europea, incesante, consecuente, audaz. No podréis obtener la libertad más que si llegáis a la conciencia de la libertad, y esa conciencia sólo podéis conquistarla mediante la acción. Vuestro destino está en vuestras propias manos. El mundo os espera. La iniciativa está en todas partes donde un pueblo está a punto de levantarse, donde está dispuesto a luchar y, si es necesario, a morir por la salvación de todos, e inscribe en sus banderas los signos: Dios, Pueblo, Justicia, Verdad, Virtud. Levantaos por todos y todos os seguirán. Es necesario que todo el partido se purifique. Que cada cual busque con celo la solución allí donde cree haber atisbado un rayo de esperanza. Pero que no defienda sólo su propia causa; que no abandone el gran ejército del porvenir... No somos la democracia, no somos más que su vanguardia. Sólo tenemos que abrirle el camino. Todo lo que necesitamos es unidad de plan, comunidad de esfuerzos…

Desde aquel llamamiento han transcurrido seis años, y la cuestión sigue sin variar. Las fuerzas del partido han crecido en número, pero la unidad del partido todavía no se ha alcanzado. Algunos pequeños grupos organizados demuestran con su vitalidad inagotable y con el terror que infunden al corazón del enemigo el poder de la unidad; pero la gran masa del partido sigue aún desorganizada, aislada y, en consecuencia, inactiva e impotente. Pequeños grupos de hombres dedicados a la causa, que no pueden soportar la vergonzosa inactividad, combaten aquí y allá como *tirailleurs* <escaramuzadores> en todos los sectores del frente, cada cual por su cuenta, por su propia patria, sin comprender el objetivo común; demasiado débiles para vencer en un punto determinado; protestan y van a la muerte. La masa del ejército no puede acudir en su ayuda, no tiene ni plan, ni medios, ni jefes…

Hubo un momento en que la alianza de los gobiernos se había desmoronado. La guerra de Crimea ofreció a los pueblos oprimidos una ocasión favorable, que debieron haber aprovechado con la rapidez del rayo; pero, como carecían de organización, dejaron pasar esa posibilidad. Hemos visto cómo auténticos revolucionarios vincularon la liberación de sus países a los planes temerarios de un hombre cuya intervención en asuntos nacionales y cuyo llamamiento a la insurrección significaban la ruina segura. Hemos visto cómo Polonia, olvidando a Sobieski y la misión histórica que su nación ha cumplido en la Europa cristiana, se puso al servicio de Turquía y desempeñó allí el papel de cosacos. Hubo pueblos, como los rumanos, que se imaginaron que podían alcanzar su unidad con ayuda de la diplomacia, como si jamás en la historia universal una nación hubiera nacido de otro modo que por la lucha de sus hijos. Otros, como los italianos, estaban decididos a esperar hasta que Austria se viera envuelta en la lucha, como si Austria hubiera de adoptar otra posición que la de la neutralidad armada. Sólo Grecia se lanzó a la lucha; pero no comprendió que, mientras subsiste una alianza de los gobiernos, no es posible ningún movimiento nacional griego, a menos que estalle una revolución que disperse esas fuerzas y se forme una alianza del elemento helénico con el eslavo-rumano para legitimar la insurrección. La falta de organización y de plan que yo lamentaba nunca se ha hecho más patente. De ahí el mortal desaliento que a veces se apodera de nuestras filas…

¿Qué puede un individuo, solo, aislado, casi o totalmente sin medios, para resolver un problema que afecta a toda Europa? Sólo la asociación puede vencerlo…

En 1848 nos levantamos en diez lugares en nombre de todo lo que es grande y sagrado. Libertad, solidaridad, pueblo, federación, patria, Europa, todo nos pertenecía. Más tarde, engañados, fascinados —no sé por qué miserable y culpable ilusión—, dejamos que los movimientos adquirieran carácter local… Nosotros, que habíamos derribado a Luis Felipe, repetimos la vergonzosa frase que resume su régimen: *Chacun pour soi, chacun chez soi*. De este modo vinimos a caer. ¿No hemos aprendido nada de esta amarga experiencia? ¿No hemos comprendido hasta ahora que nuestra fuerza reside en la asociación, y sólo en la asociación?

El hombre se compone de pensamiento y acción. El pensamiento que no se expresa en actos no es más que la sombra de un hombre; la acción no guiada ni sancionada por el pensamiento no es más que el cadáver galvanizado de un hombre: es forma sin alma. Dios es Dios porque es la identidad absoluta de pensamiento y acción. El hombre solo es hombre a condición de acercarse incesantemente, tanto como le sea posible, a ese ideal… No podemos vencer si escindimos a nuestro partido en pensantes y actuantes, en hombres del espíritu y hombres de la acción, si toleramos no sé qué clase de separación inmoral y absurda entre teoría y práctica, entre deber individual y colectivo, entre escritor y conspirador o combatiente… Todos predicamos la federación como la consigna de la época de la que somos precursores; pero ¿cuántos de nosotros se asocian con sus hermanos para obrar con ellos en común? Todos llevamos en los labios las palabras tolerancia, amor, libertad, y, sin embargo, nos separamos de nuestros compañeros cuando sus opiniones difieren de las nuestras en tal o cual cuestión concreta. Aplaudimos con entusiasmo a quienes sacrifican su vida para abrirnos el camino hacia la acción, pero no seguimos sus huellas. Tenemos algo que objetar cuando se emprenden intentos precipitados en pequeña escala, pero no hacemos nada para realizarlos en amplia y poderosa medida. Todos lamentamos la falta de medios materiales para el partido; pero ¿cuántos de nosotros contribuyen regularmente con su óbolo a la caja común? Explicamos nuestros fracasos por la poderosa organización del enemigo; pero ¡qué pocos trabajan para hacer omnipotente a nuestro partido mediante una organización general unitaria que, dominando el presente, reflejase el porvenir?…

¿Es que no hay medio de sacar al partido del actual estado miserable y desgarrado? Todos creemos que el pensamiento es sagrado, que sus revelaciones deben ser libres e inviolables, que la organización social de la sociedad es mala cuando, a consecuencia de la extrema desigualdad material, condena al trabajador a ser parte de una máquina y lo despoja de la vida espiritual. Creemos que la vida del individuo está santificada. Creemos que la asociación de los hombres es igualmente sagrada, que es el grito de combate que expresa la misión peculiar de nuestra época. Creemos que el Estado no debe oponerse a ella, sino estimularla. Contemplamos con entusiasmo un porvenir en el que la asociación general de los productores ponga la participación en lugar de los salarios. Creemos que el trabajo es una cosa santa y tenemos por culpable a toda sociedad en la que un hombre que quiere vivir de su trabajo no puede hacerlo. Creemos en la nacionalidad, creemos en la humanidad…

Por humanidad entendemos la asociación de naciones libres e iguales sobre la doble base de la independencia de su desarrollo interno y la fraternidad en la regulación de la vida internacional y del progreso general. Para que las naciones y la humanidad, tal como las entendemos, puedan existir, creemos que el mapa de Europa debe ser renovado; creemos que es necesaria una nueva división territorial que anule la división realizada arbitrariamente por el Tratado de Viena y se funde en la afinidad de lengua, tradición y religión, así como en las condiciones geográficas y políticas de cada país. Ahora bien, ¿no pensáis que estas confesiones comunes bastan para una organización fraternal? No os exhorto a someteros a una sola doctrina, a una sola convicción. Sólo digo: luchemos juntos contra la negación de toda doctrina; conquistemos unidos una segunda victoria de Maratón sobre el principio de la inmovilidad oriental que hoy amenaza volver a conquistar Europa. Todos los hombres, a cualquier fracción republicana a la que pertenezcan, con tal de que aprueben los sentimientos que acabo de enumerar, deberían formar un partido europeo de la acción, en el que Francia, Italia, Alemania, Suiza, Polonia, Grecia, Hungría, Rumanía y las demás naciones oprimidas formasen otras tantas secciones; cada sección nacional debería constituirse autónomamente, con un fondo propio; un comité central con un fondo central debería ser formado por los delegados de las secciones nacionales, etc.»

Una vez conquistada la unidad del partido, el problema europeo se reduce a la cuestión: ¿por dónde empezar? Tanto en las revoluciones como en la guerra, la victoria depende de la rápida concentración del mayor número posible de fuerzas en un punto determinado. Si el partido aspira a una revolución victoriosa, tiene que elegir en el mapa de Europa ese punto donde sea más fácil y favorable tomar la iniciativa, y lanzar allí todas las fuerzas de que pueda disponer cada sección. Roma y París son los dos puntos estratégicos donde debe comenzar la acción común. Francia, por su poderosa unidad, por el recuerdo de su gran Revolución y de los ejércitos napoleónicos, por la influencia que todo movimiento en París ejerce sobre el espíritu de Europa, sigue siendo el país cuya iniciativa inflamaría con la mayor certidumbre a todos los demás pueblos oprimidos, aunque toda sublevación verdaderamente revolucionaria por su parte haría acudir infaliblemente a todas las fuerzas de los gobiernos de Europa.

Exceptuando esta única excepción, Italia es hoy el país que reúne claramente todos los rasgos para una iniciativa. Sobre la comunidad de opiniones que la impulsan hacia adelante, nada hay que decir; ya desde hace diez años se han producido allí, de manera totalmente insólita para Europa, una serie de acciones de protesta extraordinarias. La causa de la nación italiana es idéntica a la causa de todas las naciones que han sido pisoteadas o despedazadas por el reparto llevado a cabo en Viena. La insurrección italiana, si dirige su golpe contra Austria, ofrecería inmediatamente la ocasión de actuar a las fuerzas eslavas y rumanas que, en el corazón del imperio, quieren sacudirse el yugo. Las tropas italianas, desperdigadas por todas aquellas partes del imperio donde reina el mayor descontento, apoyarían estos movimientos. Veinte mil húngaros, como soldados del ejército austriaco en Italia, se agruparían en torno a la bandera de nuestra insurrección. Por eso es imposible que el movimiento italiano quede limitado únicamente a Italia. La situación geográfica de Italia y una población de veinticinco millones asegurarían al movimiento insurreccional la duración suficiente para que las demás naciones pudieran aprovecharlo. Entre Austria y Francia, Francia e Inglaterra no existen en Italia intereses coincidentes tales que pudieran por sí solos establecer una unidad de su política. La insurrección en Italia, que no es posible sin el derrocamiento del papado, resolvería el problema de la libertad de conciencia en Europa y se ganaría la simpatía de todos aquellos a quienes esta libertad es cara.