Karl Marx

Mazzini y Napoleón

Escrito el 30 de marzo de 1858.

[*New-York Daily Tribune* núm. 5321, del 11 de mayo de 1858]

El señor Mazzini ha dirigido recientemente una carta al emperador de los franceses que, desde el punto de vista literario, debe ocupar sin duda el primer lugar entre sus escritos. De aquel falso patetismo, aquella grandilocuencia hinchada y prolijidad, aquel misticismo profético que caracterizan muchas de sus obras y que, en cierto modo, encarnan los rasgos peculiares de la escuela de literatura italiana de la que él es fundador, apenas quedan rastros. También se percibe una ampliación de sus concepciones. Mazzini parecía hasta ahora el jefe de los formalistas republicanos en Europa. Interesados exclusivamente por la forma política del Estado, no tenían ojos para la organización de la sociedad sobre la que descansa la superestructura política. Ufanándose de un falso idealismo, consideraban que era indigno de ellos familiarizarse con los hechos económicos. Nada más fácil que ser idealista a costa de los demás. Un hombre saciado puede fácilmente arrugar la nariz ante el materialismo de los hambrientos, que reclaman pan vulgar en vez de ideas sublimes. A los triunviros de la República Romana de 1848, que dejaron a los campesinos de la Campagna en un estado de esclavitud mucho peor que el de sus antepasados en la época imperial romana, les resultaba muy grato extenderse prolijamente sobre el decaído estado espiritual del campo.

Todo progreso real en la historiografía moderna se ha logrado descendiendo de la superficie política a las profundidades de la vida social. Al investigar las distintas fases de desarrollo de la propiedad territorial en la antigua Roma, Dureau de La Malle proporcionó la clave de los destinos de aquella ciudad conquistadora del mundo, al lado de la cual las consideraciones de Montesquieu sobre su grandeza y su decadencia parecen casi la declamación de un escolar. El venerable Lelewel, con su laboriosa investigación de las relaciones económicas que transformaron al campesino polaco de hombre libre en siervo, ha contribuido más a arrojar claridad sobre la subyugación de su patria que toda la caterva de escritores cuyo capital espiritual se reduce a una denuncia de Rusia. Tampoco el señor Mazzini desdeña ahora detenerse en las realidades sociales, en los intereses de las distintas clases, en las exportaciones e importaciones, en los precios de los artículos de primera necesidad, en los alquileres y otras cosas tan vulgares; tal vez le haya impresionado el gran choque, si no mortal, que ha sufrido el Segundo Imperio, no por los manifiestos de los comités democráticos, sino por la crisis comercial que comenzó en Nueva York para abarcar al mundo entero. Sólo cabe esperar que no se detenga en este punto, sino que, libre de falso orgullo, proceda a reformar todo su catecismo político a la luz de la ciencia económica. Su carta a Luis Napoleón comienza con este vigoroso apóstrofe:

«Se acerca el tiempo en que se cumpla su destino; la marea imperial está visiblemente en reflujo. También usted lo siente. Todas las medidas que ha adoptado en Francia desde el 14 de enero, todas esas notas diplomáticas y exhortaciones que ha esparcido a los cuatro vientos desde aquel día funesto, delatan la inquietud del pavor. Un sentimiento de la más aguda angustia mortal, que recuerda los tormentos de Macbeth, roe su alma y se manifiesta en todo cuanto hace o dice. Le ronda un presentimiento interior de que se avecina *summa dies et ineluctabile fatum* <el último día y el sino ineludible (Virgilio, “Eneida”, libro II)>. El “thane de Glamis, thane de Cawdor y rey” —el pretendiente, presidente y usurpador— han sido juzgados. El hechizo está roto. La conciencia de la humanidad se ha despertado, le mira fijamente, inexorable, le desafía, examina atentamente sus actos y le pide cuentas de sus promesas. Desde este momento su destino está sellado. Aún podrá vivir meses; años, ya no.»

Tras anunciar así la caída del Segundo Imperio, Mazzini compara el actual estado económico de Francia con las ardientes promesas de prosperidad general hechas por Napoleón:

«Cuando usted, ilegalmente, se apoderó del poder, prometió, como en expiación por su origen, llevar a la paz a esta Francia inquieta, desasosegada, perturbadora. ¿Encarcelar, amordazar, desterrar… es gobernar? ¿Es el gendarme un maestro? ¿Es el espía un apóstol de la moralidad y de la confianza mutua? Dijo usted al inculto campesino francés que con su Imperio se abriría para él una nueva era y que las cargas bajo las que gime desaparecerían todas, una tras otra. ¿Ha desaparecido siquiera *una*? ¿Puede usted señalar una sola mejora en su suerte, se ha suprimido un solo elemento de los impuestos? ¿Puede usted explicar cómo es que el campesino se hace inscribir ahora en la Marianne? ¿Puede usted negar que la absorción de los recursos monetarios antes destinados a la agricultura por los canales de la especulación industrial que usted ha abierto ha privado al labrador de la posibilidad de obtener adelantos para la compra de aperos y para la mejora del suelo? Usted sedujo al obrero descarriado declarando que sería el *Empereur du peuple* <emperador del pueblo>, una especie de Enrique IV remodelado, que les proporcionaría trabajo permanente, altos salarios y *la poule au pot* <la gallina en el puchero>. ¿No es acaso ahora *la poule au pot* algo cara en Francia? ¿No es el alquiler, no son aún más caros algunos de los artículos de primera necesidad? Usted ha abierto nuevas calles —nuevas vías de comunicación, trazadas según las exigencias estratégicas de su política de represión—, ha demolido y reedificado. ¿Pero pertenece la mayoría de la clase obrera a la rama favorecida de la construcción? ¿Puede usted remover París y las mayores ciudades de provincia sin límite para crear al *proletaire* una fuente de trabajo y de ganancia? ¿Puede usted siquiera soñar con convertir semejante expediente artificial y temporal en sustituto del progreso regular, normal y de una producción remuneradora? ¿Tiene ahora la demanda de producción un nivel satisfactorio? ¿No están sin ocupación en París ahora mismo tres quintas partes de los ebanistas, carpinteros y mecánicos? A la burguesía, fácil de asustar y fácil de hechizar, le susurró usted sueños fantásticos, esperanzas de una actividad industrial duplicada, de nuevas fuentes de ganancias, del Eldorado de una exportación viva y del tráfico internacional. ¿Dónde están? La estancación planea, bajo su reinado, sobre la vida creadora de Francia; los pedidos comerciales retroceden; el capital comienza a retirarse. Como el bárbaro, taló usted el árbol para recoger el fruto. Usted ha fomentado artificialmente una especulación salvaje, inmoral, que todo lo promete y nada cumple; a través de colosales proyectos anunciados con estrépito de pregonero, usted ha atraído a París los ahorros de los pequeños capitalistas desde todos los rincones de Francia, sustrayéndolos a las únicas fuentes verdaderas y permanentes de la riqueza nacional: la agricultura, la artesanía y la industria. Estos ahorros fueron engullidos, desaparecieron en las manos de unas docenas de grandes especuladores; se derrocharon desmesuradamente en lujos improductivos o se llevaron silenciosamente y con cautela —podría citar a miembros de su familia— al extranjero seguro. La mitad de esos proyectos ha caído en el olvido y en la nada. Algunos de sus autores viajan por el extranjero, por prudencia. Se encuentra usted frente a una burguesía descontenta; todos sus recursos normales están agotados; sobre usted pesa la pesadilla de haber gastado algo como quinientos millones de francos en obras públicas improductivas en todas las ciudades importantes de Francia; tiene un déficit manifiesto de trescientos millones en su último presupuesto; la ciudad de París está extraordinariamente endeudada; y no puede señalar salida alguna, a menos que contraiga un nuevo empréstito de ciento sesenta millones, y no en su propio nombre —tal empréstito no tendría éxito—, sino en nombre del propio concejo municipal, y para cubrir la carga de intereses habría que adelantar las barreras del odiado octroi hasta las fortificaciones exteriores. El remedio pesará gravemente sobre la clase obrera y enconará contra usted a los hasta ahora sumisos suburbios. Usted está al final de sus invenciones artificiales; de ahora en adelante, todo lo que emprenda para superar las dificultades financieras de su situación significará un paso en el descenso funesto. Hasta ahora ha vivido de una serie ilimitada de empréstitos y créditos; pero ¿dónde está su garantía de un crédito prolongado? Roma y Napoleón saquearon un mundo; usted no tiene más que Francia para saquear. Los ejércitos de Roma y de Napoleón vivían de la conquista; el suyo no puede. Usted puede soñar con la conquista, pero no puede ni se atreve a lanzarse a ella. Los dictadores romanos y su tío acaudillaban ejércitos de conquista; por mucho que le gusten los dorados uniformes de gala, dudo de su capacidad para conducir siquiera unos cuantos batallones reunidos.»

De las perspectivas materiales del Segundo Imperio pasa Mazzini a las morales, y queda naturalmente un tanto consternado al resumir las pruebas de la afirmación de que la libertad no viste librea bonapartista. La libertad, no sólo en sus formas corporales, sino en su alma misma, en su vida intelectual, se ha marchitado bajo el contacto grosero de estos resurreccionistas de una época pasada. En consecuencia, los representantes de la Francia intelectual, que nunca se han distinguido por una excesiva delicadeza de conciencia política y que jamás han dejado de agruparse en torno a cualquier régimen, desde el Regente <Felipe de Orleans> hasta Robespierre, desde Luis XIV hasta Luis Felipe, desde el Primer Imperio hasta la Segunda República, por primera vez en la historia francesa se han apartado en masa de un gobierno existente.

«De Thiers a Guizot, de Cousin a Villemain, de Michelet a Jean Reynaud, la Francia intelectual retrocede ante su contacto mancillador. Sus hombres son Veuillot, el defensor de la Noche de San Bartolomé y de la Inquisición, Granier de Cassagnac, el patrono de la esclavitud de los negros, y otros como ellos. Para encontrar un hombre digno de apoyar su panfleto dirigido a Inglaterra, tiene usted que buscarse uno que sea apóstata del legitimismo y apóstata del republicanismo.»

Mazzini acierta entonces con el verdadero significado de los sucesos del 14 de enero, al declarar que los proyectiles que erraron al emperador atravesaron el Imperio, poniendo al desnudo la vacuidad de sus jactancias.

Hace poco tiempo se ufanaba usted ante Europa de que le pertenecía el corazón de Francia, que tranquilo, feliz e inquebrantable lo ensalzaba como a su salvador. Pasaron unos pocos meses y se oyó la explosión en la Rue Lapelletier, y ahora, después de siete años de dominio ilimitado, mediante sus salvajes y atropelladas medidas represivas, sus llamamientos semiamenazadores, semisúplices a Europa, el desmembramiento militar del país realizado por usted, con un espadachín en el Ministerio del Interior, con un ejército abrumador y concentrado, tras haber depurado las filas nacionales de todos los temidos hombres dirigentes, declara usted que no puede vivir ni gobernar si no se convierte a Francia en una Bastilla gigantesca y a Europa en una simple estación de policía imperial… Sí, el Imperio ha demostrado ser una mentira. Usted, señor, lo forjó a su imagen. Con excepción de Talleyrand, en los últimos cincuenta años nadie en Europa ha mentido más que usted; y ése es el secreto de su poder temporal.

Las mentiras del salvador de la sociedad son recapituladas luego desde 1831, cuando se sumó al movimiento insurreccional de la población romana contra el Papa como a «una causa sagrada», hasta 1851, cuando algunos días antes del golpe de Estado dijo al ejército: «No os pediré nada que exceda de mi derecho, que está reconocido por la Constitución», y hasta el 2 de diciembre mismo, cuando el resultado final de sus proyectos de usurpación era aún incierto y proclamó que «era su deber proteger la República». Y finalmente Mazzini le dice a Napoleón a las claras que, sin Inglaterra, ya habría sido derrotado por la revolución hace mucho tiempo. Después de refutar la afirmación de Napoleón de que él ha fundado la alianza entre Francia e Inglaterra, concluye con estas palabras:

«Diga lo que diga la diplomacia hipócrita y disimulada, usted, señor, está ahora solo en Europa.»