Karl Marx

Fragmento del texto primitivo de la «Contribución a la crítica de la economía política»

(Agosto-noviembre de 1858)

*

Se publicó por primera vez como apéndice a los
Grundrisse der Kritik der Politischen Ökonomie

Las traducciones de las citas en lenguas extranjeras han sido tomadas en su mayor parte de distintos tomos de las
Marx-Engels-Werke
(MEW), algunas también del tomo 2 de la sección II de la
Marx-Engels-Gesamtausgabe
(MEGA). Unas pocas las hemos traducido nosotros mismos.

Sobre las notas a pie de página:

Paréntesis redondos () : notas a pie de página del propio Marx

Corchetes [] : anotaciones de la redacción de los Grundrisse

Cifras sin asterisco : citas en lenguas extranjeras (original en las notas)

Cifras con asterisco : expresiones en lenguas extranjeras (traducción en las notas)

Marcado HTML y traducciones: J.L.W. para el
Marxists’ Internet Archive
.

II. Capítulo.

III. Capítulo. El capital.

A. Proceso de producción del capital

[Fragmento del texto primitivo de la «Contribución a la crítica de la economía política» — Parte 2]

Karl Marx

Texto primitivo «Zur Kritik»

||1a|
Valor invariable del dinero

«Como medio de pago —dinero para sí— el dinero debe representar el valor como tal; sin embargo, en realidad no es más que un quantum idéntico de valor variable»

El dinero como dinero (moneda mundial, etc.)

El dinero es la negación del medio de circulación como tal, de la moneda. Pero al mismo tiempo la contiene como su determinación de manera negativa, en cuanto que puede reconvertirse constantemente en moneda; de manera positiva como moneda mundial, pero como tal es indiferente frente a la determinación formal y esencialmente mercancía como tal, mercancía omnipresente, no localmente determinada. Esta indiferencia se expresa ahora, en primer lugar, en que sólo es dinero en cuanto oro y plata, no como signo, con la forma de la moneda. Por consiguiente, la façon[^1] que el Estado imprime al dinero en la moneda no tiene valor alguno, sino sólo su contenido metálico. En cuanto tal mercancía universal, en cuanto moneda mundial, no son necesarios el retorno del oro y la plata al punto de partida ni, en general, el movimiento de la circulación como tal. Ejemplo: Asia y Europa. De ahí el lamento de los partidarios del sistema mercantilista de que el oro desaparezca entre los paganos y no retorne. (Por ahora no nos concierne aún el hecho de que la moneda mundial misma entre en circulación y rotación, gradualmente, con el desarrollo del mercado mundial.)

El dinero es la negación de sí mismo como mera realización de los precios de las mercancías, en la que la mercancía particular sigue siendo siempre lo esencial. Se convierte más bien en el precio realizado en sí (en él) mismo

y, como tal, en el representante material de la riqueza universal. El dinero queda igualmente negado en la determinación en que es sólo medida de los valores de cambio. Pues él mismo es la realidad adecuada del valor de cambio, y lo es en su existencia metálica. Aquí ha de ser puesta en él mismo la determinación de medida. Es su propia unidad, y la medida de su valor, la medida de sí mismo como riqueza, como valor de cambio, es la cantidad que representa de sí mismo. El número de su propia unidad de medida. Como medida, su cantidad era indiferente; como medio de circulación, su materialidad, la materia de su unidad, era indiferente; como dinero, en esta tercera determinación, la cantidad de sí mismo como un quantum material determinado (p. ej., el número de libras) es esencial. Presupuesta su cualidad como riqueza universal, no hay ya en él otra diferencia que la cuantitativa. Representa un más o un menos de la riqueza universal, según se posea una determinada magnitud de medida de sí mismo en mayor o menor número. Si es la riqueza universal, tanto más rico es uno cuanto más posee de ella, y el único proceso correcto es acumularla. Según su concepto, salió de la circulación. Ahora, este salir de la circulación, este atesorarla, aparece como el objeto esencial del afán de enriquecimiento y como el proceso esencial del enriquecerse. En oro y plata poseo la riqueza universal en su forma maciza; cuanto más acumulo de ellos, tanto más me apropio de la riqueza universal. Si el oro y la plata son la riqueza universal, en cuanto cantidades determinadas sólo la representan en un grado determinado, es decir, inadecuadamente. El todo ha de impulsarse constantemente más allá de sí mismo. Esta acumulación de oro y plata, que se presenta como la retirada repetida de ellos de la circulación, es al mismo tiempo el poner a salvo la riqueza universal frente a la circulación, en la que aquélla se pierde siempre en el intercambio por la riqueza particular que finalmente desaparece en el consumo.

*

Apud Tragicos contraria sunt δίχη und χβρδος 1*

Forma de propiedad

La propiedad sobre el trabajo ajeno, mediada por la propiedad sobre el trabajo propio.

Notas de los editores

[1] Aquí comienza el cuaderno B'. En la cubierta lleva el rótulo B
1
y debajo las siguientes anotaciones:

Propiedad estética del oro

... mas el oro resplandece,
como fuego fulgente en la noche,
sobre la soberbia riqueza.
1

(Píndaro: Olímpica 1, 1-2)

Expresiones en lenguas extranjeras

1* Para los trágicos, la justicia y el afán de lucro son contrarios

Citas en lenguas extranjeras

1 ... ό δέ

Χρυσός αίθόμιενον πΰρ

"Ατε διαπρέπει νυ-

κτι μεγάνορος ε ξοχα πλοΰτου.

aurum vero

fulgens (ardens) ut ignis

quia* ardet in nocte,

eximie inter magnificas

divitias.

[Fragmento del texto primitivo de la «Contribución a la crítica de la economía política» — Parte 3]

Karl Marx

Texto primitivo «Zur Kritik»

[2. El dinero como medio de pago]

...| obtiene. Queda extinguida toda particularidad de la relación entre ambos (en esa relación se trata únicamente del valor de cambio como tal: del producto universal de la circulación social), así como todas las relaciones políticas, patriarcales y de otra índole que derivan de la particularidad de la relación. Ambos se comportan el uno con el otro como personas abstractamente sociales, que sólo representan frente a sí el valor de cambio como tal. El dinero se ha convertido en el único nexus rerum entre ellos, el dinero sans phrase. El campesino ya no se enfrenta al terrateniente como campesino, con su producto rural y su trabajo rural, sino como poseedor de dinero; pues mediante la venta el valor de uso inmediato se ha enajenado, ha cobrado, por mediación del proceso social, la forma indiferente. Por otra parte, el terrateniente ya no está con él en una relación como con un individuo tosco que produce en condiciones de vida particulares, sino con uno cuyo producto, el valor de cambio autonomizado, el equivalente general, el dinero, no se distingue del producto de ningún otro. Así desaparece la apariencia afectiva que envolvía la transacción en la forma anterior. La monarquía absoluta, producto ella misma del desarrollo de la riqueza burguesa hasta un nivel incompatible con las viejas relaciones feudales, necesita, como palanca material de ese poder del equivalente general, de la riqueza en su forma siempre presta, en la que es completamente independiente de relaciones locales, naturales, individuales particulares, de acuerdo con el poder uniforme y general que ha de ser capaz de ejercer en todos los puntos de la periferia. Necesita la riqueza en la forma del dinero. Un sistema de prestaciones y suministros en especie otorga, de conformidad con el carácter particular de los mismos, también a su utilización el carácter de la particularización. Sólo el dinero es directamente convertible en todo valor de uso particular. La monarquía absoluta, por tanto, labora activamente en la transformación del dinero en medio de pago general. Esta transformación sólo puede imponerse mediante una circulación forzada, que hace circular los productos por debajo de su valor. Para ella, la conversión de todos los impuestos en impuestos en dinero es cuestión de vida o muerte. Mientras que en una fase anterior la conversión de las prestaciones en prestaciones dinerarias aparece como otras tantas sacudidas de relaciones de dependencia personal, como victorias de la sociedad burguesa, que se redime a dinero contante de trabas obstaculizadoras —proceso que, por otra parte, desde el lado romántico aparece como la sustitución de vínculos de la humanidad de variopinto colorido por relaciones dinerarias duras y desalmadas—, en la época de la monarquía absoluta en ascenso, cuyo arte financiero consiste en la transformación violenta de las mercancías en dinero, el dinero es atacado por los propios economistas burgueses como la riqueza imaginaria a la que se sacrifica violentamente la riqueza natural. Mientras así, por ejemplo, Petty, en el dinero como materia del atesoramiento, no hace en realidad sino celebrar el impulso general y enérgico de enriquecimiento de la joven sociedad burguesa en Inglaterra, Boisguillebert, bajo Luis XIV, denuncia el dinero como la maldición universal que hace secarse las fuentes reales de la riqueza y con cuyo destronamiento únicamente podrá ser restituido el mundo de las mercancías, la riqueza real y el disfrute universal de la misma a su buen y viejo derecho. No podía comprender aún que la misma negra arte financiera que arrojaba hombres y mercancías a la retorta alquimística para hacer oro, hacía evaporarse al mismo tiempo todas las relaciones e ilusiones que obstaculizaban el modo de producción burgués, para retener como precipitado simples relaciones dinerarias, vulgares relaciones de valor de cambio.

«En la época feudal, el pago al contado no era el único ... nexo entre el hombre y el hombre. No como compradores y vendedores únicamente,... sino de múltiples maneras, como soldado y capitán,... como súbdito leal y señor, etc., se relacionaban entre sí el inferior y el superior. Con el triunfo final del dinero vino un tiempo distinto.» (Th. Carlyle. «On Chartism». Londres, 1840, p. 58.)

El dinero es propiedad «impersonal». En él puedo llevar conmigo en el bolsillo el poder social general y la conexión social general, la sustancia social. El dinero pone el poder social como cosa en manos de la persona privada, que en cuanto tal ejerce ese poder. La conexión social, el metabolismo mismo, aparece en él como algo completamente exterior, que no guarda ninguna relación individual con su poseedor, y por eso deja aparecer igualmente el poder que éste ejerce como algo completamente casual, exterior a él.

Sin adelantar nada más, queda claro lo siguiente: las compras a plazo [Zeitkäufe] adquieren una extraordinaria extensión con el sistema de crédito. En la medida en que se desarrolla el sistema de crédito y, por tanto, la producción fundada sobre el valor de cambio, el papel que el dinero desempeña como medio de pago irá ganando en amplitud frente al papel que desempeña como medio de circulación, como agente de la compra y la venta. En países con un modo de producción moderno desarrollado y, por ende, con un sistema de crédito desarrollado, el dinero figura de hecho como moneda casi exclusivamente en el comercio al por menor y en el pequeño comercio entre productores y consumidores, mientras que en la esfera de las grandes transacciones comerciales aparece casi exclusivamente bajo la forma de 
medio general de pago
. En la medida en que los pagos se compensan, el dinero aparece como una forma evanescente, mera medida ideal, representada, de las magnitudes de valor intercambiadas. Su intervención corpórea se limita a la liquidación de los saldos relativamente insignificantes.
(1)
El desarrollo del dinero como medio general de pago marcha de la mano del desarrollo de una circulación superior, mediada, replegada sobre sí misma, ya sometida a control social, en la

cual queda superada la importancia exclusiva que aquél posee sobre la base de la circulación metálica simple, por ejemplo, en el auténtico atesoramiento. Pero si a consecuencia de súbitas conmociones crediticias se interrumpe en su curso la compensación de los pagos, el mecanismo de los pagos, entonces se exige de repente el dinero como medio general de pago real y se plantea la exigencia de que la riqueza exista doblemente en toda su extensión, una vez como mercancía y otra vez como dinero, de modo que estas dos formas de existencia coincidan. En tales momentos de las crisis, el dinero aparece como la riqueza exclusiva, la cual no se manifiesta como tal, a la manera del sistema monetario, en la mera representación, sino en la activa depreciación de toda la riqueza material real. Frente al mundo de las mercancías, el valor sólo existe ya en su forma adecuada y exclusiva, como dinero. El desarrollo ulterior de este momento no compete a este lugar. Pero lo que sí compete aquí es que en los momentos de auténticas crisis monetarias aparece una contradicción inmanente al desarrollo del dinero como medio general de pago. En tales crisis el dinero no es requerido como medida, pues en cuanto tal su presencia corpórea es indiferente; tampoco lo es como moneda, pues no figura como moneda en los pagos; sino que lo es como valor de cambio autonomizado, equivalente general existente en forma de cosa, materia del trabajo abstracto, en suma, enteramente en la forma en que es objeto del auténtico atesoramiento, como dinero. Su desarrollo como medio general de pago envuelve la contradicción de que el valor de cambio ha adoptado formas independientes de su modo de existencia como dinero, y, por otro lado, su modo de existencia como dinero está puesto precisamente como el definitivo y el único adecuado.

En el dinero como medio de pago, a consecuencia de la compensación de los pagos, de su anularse como magnitudes positivas y negativas, aquél puede aparecer como la forma meramente ideal de las mercancías, tal como es el caso en su función de medida y como funciona en la fijación de precios. La

colisión proviene de que, contra lo acordado, contra la presuposición general del comercio moderno, tan pronto como se perturba el mecanismo de estas compensaciones y el sistema de crédito, sobre el cual aquél descansa en parte, el dinero debe presentarse y ser presentado súbitamente en su forma real.

La ley según la cual la masa del dinero circulante está determinada por el precio total de las mercancías circulantes se complementa ahora: por el precio total de los pagos vencidos en una época dada y la economía de los mismos.

Hemos visto que el cambio en el valor del oro y de la plata no afecta a su función como medida de los valores, como dinero de cuenta. Este cambio de valor se vuelve, en cambio, decisivamente importante para el dinero en su función como medio de pago. Lo que hay que pagar es una cantidad determinada de oro o plata en la cual, en el momento de concertarse el contrato, estaba objetivado un valor determinado, es decir, un tiempo de trabajo determinado. Pero el oro y la plata, al igual que todas las demás mercancías, cambian la magnitud de su valor con el tiempo de trabajo requerido para su producción; bajan o suben según éste baje o suba. Por consiguiente, dado que la realización de la venta por parte del comprador solo tiene lugar más tarde que la enajenación de la mercancía vendida, es posible que la misma cantidad de oro o plata contenga un valor distinto, mayor o menor, que en el momento de la celebración del contrato. Su cualidad específica de dinero — ser siempre equivalente general realizado y realizable, ser siempre intercambiable por todas las mercancías en proporción al valor propio de éstas — la conservan el oro y la plata independientemente del cambio en la magnitud de su valor. Pero ésta está sujeta a las mismas fluctuaciones que potencialmente afectan a cualquier otra mercancía. Así pues, el que el pago se realice en un equivalente real, es decir, en la magnitud de valor originariamente pretendida, depende de que el tiempo de trabajo requerido para la producción de una cantidad dada de oro o plata haya seguido siendo o no el mismo. La naturaleza del dinero, al estar encarnada en una mercancía particular, entra aquí en colisión con su función como valor de cambio autonomizado. Son conocidas las grandes revoluciones que, por ejemplo en los siglos XVI y XVII, fueron provocadas en todas las relaciones económicas por la baja del valor de los metales preciosos, o, de manera análoga, solo que a escala más reducida, en la antigua república romana por la subida del valor del cobre, en el cual estaban contraídas las deudas de los plebeyos, en el período comprendido entre la época [del

primer denario de plata, 485 a. u. c.] y el comienzo de la segunda guerra púnica. La exposición de la influencia que el alza o la baja del valor de los metales preciosos, la materia del dinero, ejerce sobre las relaciones económicas supone el desarrollo de estas relaciones mismas y, por tanto, no puede realizarse todavía en este lugar.

Se desprende de suyo que la baja en el valor de los metales preciosos, es decir, del dinero, favorece siempre al pagador a costa del receptor del pago; un alza en su valor, a la inversa.

La total cosificación, el volverse exterior del metabolismo social sobre la base de los valores de cambio, se manifiesta de manera fulminante en la dependencia de todas las relaciones sociales respecto de los costes de producción de productos naturales metálicos, los cuales carecen totalmente de importancia como instrumentos de producción, como agentes en la generación de la riqueza.

Notas del autor

(1)
«Para demostrar», dice Mr. Slater (de la firma Morrison, Dillon & Co., cuyas transacciones figuran entre las más grandes de la metrópoli), «cuán poco dinero real interviene en las operaciones comerciales propiamente dichas», ofrece un «análisis del tráfico comercial corriente, el cual asciende anualmente a varios millones y que puede considerarse como un ejemplo bastante representativo del comercio general del país. La escala de ingresos y pagos se ha reducido meramente a 1.000.000 de libras esterlinas; para el año 1856 los importes fueron los siguientes:

Ingresos

Libras est.

Gastos

Libras est.

Letras de banqueros y comerciantes pagaderas a fecha fija

533.596

Letras pagaderas a fecha fija

302.674

Cheques de banqueros, etc., pagaderos a la vista

357.715

Cheques sobre banqueros londinenses

663.672

Billetes de bancos provinciales

9.627

Billetes del Banco de Inglaterra

22.743

Billetes del Banco de Inglaterra

68.554

Oro

9.427

Oro

28.089

Plata y cobre

1.484

Plata y cobre

1.486

Giros postales

933

Suma total:

1.000.000

Suma total:

1.000.000»

p. LXXI (Report from the Select Committee on the Bank acts etc. 1 July 1858)
1

Citas en lengua extranjera

1
«To prove how little», says Mr. Slater (of the firm of Morrison, Dillon et Co., ... whose transactions are amongst the largest of the metropolis) «of real money ... enters into the Operations of trade», da un «analysis of a continuous course of commercial transactions, extending over several millions yearly, and which may be considered as a fair example of the general trade of the country. The proportions of receipts and payments are reduced to the scale of 1.000.000 £ only, during the year 1856, and are as under, viz.:

Receipts

Payments

In bankers’ drafts and bills of exchange, payable after date

533.596

Bills of exchange payable after date

302.674

In cheques of bankers etc. payable on demand

357.715

Cheques on London bankers

663.672

In country banknotes

9.627

B[ank]-o[f]-E[ngland]-notes

22.743

B[ank]-o[f]-E[ngland]-notes

68.554

Gold

9.427

Gold

28.089

Silver and copper

1.484

Silver and copper

1.486

Post-office orders

933

£1.000.000

£1.000.000»

p. LXXI (Report from the Select Committee on the Bank acts etc. 1 July 1858)

[Fragmento del texto original de Contribución a la crítica de la economía política - Parte 4]

Karl Marx

Texto original «Zur Kritik»

3) El dinero como medio internacional de pago y de compra, como moneda mundial

El dinero es la 
mercancía universal
, ya en cuanto es la forma universal que cada mercancía particular adopta ideal o realmente.

Como tesoro y medio general de pago, el dinero se convierte en el medio general de intercambio del mercado mundial; la mercancía universal, no sólo según el concepto, sino también según el modo de existencia. La forma nacional particular que adopta en su función de moneda se desprende en su existencia como dinero. Como tal, es cosmopolita
(1)
. En la medida en que, mediante la intervención del oro y la plata, en tanto valor de uso de la necesidad de enriquecerse, de la riqueza abstracta, independiente de necesidades particulares, puede tener lugar un metabolismo social, incluso en el caso de que sólo una nación tenga una necesidad inmediata de los valores de uso de la otra, el oro y la plata se convierten en agentes extraordinariamente eficaces en la creación del mercado mundial, en la expansión del metabolismo social más allá de todas las diferencias locales, religiosas, políticas y raciales. Ya entre los antiguos, el atesoramiento por parte del Estado vale como fondo de reserva principalmente para medios de pago internacionales, como equivalente presto para la

Casos de malas cosechas y fuente de dinero de subsidios en la guerra. (Xenophon.) El gran papel que la plata americana desempeña como aglutinante entre América, desde la cual emigra como mercancía a Europa para ser exportada de allí a Asia, particularmente a la India, como medio de cambio, y en gran parte para depositarse allí en forma de tesoro, fue el hecho cuya observación inició la lucha científica en torno al sistema monetario, al conducir a la lucha entre la Compañía de las Indias Orientales y la prohibición existente de la exportación de dinero en Inglaterra (véase Misselden). En la medida en que el oro y la plata sirven en este tráfico internacional como mero medio de cambio, cumplen de hecho la función de la moneda, pero de la moneda a la que se le ha despojado de su cuño y que, ya exista en forma de moneda o en lingotes, se estima únicamente según su peso metálico, no solo representando valor, sino siéndolo a la vez. Que el oro y la plata, en esta determinación como moneda mundial, no describen en modo alguno necesariamente el movimiento circular propio de la moneda propiamente dicha, sino que pueden seguir relacionándose unilateralmente, el uno como comprador, el otro como vendedor, es asimismo una de las observaciones que se impusieron enseguida en los años infantiles de la sociedad burguesa. Papel extraordinariamente importante, por consiguiente, que el descubrimiento de nuevos países productores de oro y plata desempeña en la historia del desarrollo del mercado mundial, tanto en su extensión como en su profundidad; en la medida en que el valor de uso que producen se convierte inmediatamente en mercancía general y, a la vez, por su naturaleza abstracta, les impone de inmediato, junto con la posibilidad, la necesidad del intercambio fundado en el valor de cambio.

Así como dentro de un círculo nacional dado de la sociedad burguesa el desarrollo del dinero como medio de pago crece con el desarrollo de las relaciones de producción en general, así también el dinero en su determinación como medio internacional de pago. Y así como en aquel círculo más restringido, así en este más general, su importancia solo se pone de manifiesto de manera contundente en épocas de perturbación del mecanismo de las compensaciones de pagos. El desarrollo del dinero en esta determinación ha aumentado de tal modo desde 1825 —aumento que, naturalmente, avanza al mismo paso que la extensión y la intensidad del tráfico internacional—, que los más insignes economistas de la época precedente, Ricardo por ejemplo, no tenían aún la menor idea del volumen en que el dinero en efectivo puede ser requerido como medio internacional de pago para una nación como, por ejemplo, Inglaterra. Mientras que para el valor de cambio bajo la forma de cualquier otra mercancía sigue siendo presupuesto la necesidad particular del particular valor de uso en que está encarnado, para el oro y la plata como riqueza abstracta no existe semejante barrera. Al igual que el hombre noble con que sueña el poeta, paga con lo que es, no con lo que hace. La posibilidad de la función como medio de compra y medio de pago se conserva siempre, por supuesto, latente en él. En cuanto existencia reposada y asegurada del equivalente general en la que es tesoro, no está limitado en ningún país por la necesidad del mismo como medio de circulación, por el volumen en que es requerido como medio de circulación, ni en general por ninguna necesidad de su uso inmediato. Su valor de uso mismo, abstracto y puramente social, que extrae de su función como medio de circulación, aparece a su vez como un aspecto particular de su uso en cuanto equivalente general, de la materia de la riqueza abstracta en general. De su valor de uso particular como metal y, por tanto, como materia prima de manufacturas, la totalidad de las diferentes funciones que puede desempeñar alternativamente dentro del metabolismo social, o en cuya ejecución adopta él mismo diversas formas como moneda, lingote, etc., aparece como otros tantos valores de uso del mismo, que se resuelven todos en diversas formas en las que, como existencia abstracta y, por tanto, adecuada del valor de cambio en cuanto tal, se contrapone a su existencia en la mercancía particular.

Aquí solo hemos de captar el dinero en sus determinaciones abstractas de forma. Las leyes que regulan la distribución de los metales preciosos en el mercado mundial presuponen las relaciones económicas en su forma más concreta, que aquí aún están por delante de nosotros. Lo mismo vale para toda la circulación del dinero que este realiza como capital, no como mercancía general o equivalente general.

En el mercado mundial, el dinero es siempre valor realizado. Es en su materialidad inmediata, como peso de metal precioso, que es magnitud de valor. Como moneda, su valor de uso coincide con su uso como mero medio de circulación y puede, por tanto, ser sustituido por un mero símbolo. Como moneda mundial, es de hecho desmonetizada. La exterioridad y la autonomización del nexo social en el dinero frente a los individuos en sus relaciones individuales se destacan en oro y plata como moneda mundial (como moneda, [el dinero] tiene aún carácter nacional). Y lo que celebran los primeros pregoneros de la economía política en Italia es precisamente este bello invento, que posibilita un metabolismo general de la sociedad sin que los individuos se toquen entre sí. (2) Como moneda, el dinero tiene un carácter nacional, local. Para servir como oro y plata, como medio internacional de cambio, tiene que ser refundido, o si existe en forma acuñada, esta forma es indiferente y la moneda se reduce puramente a su peso.

En el sistema más desarrollado del intercambio internacional, el oro y la plata reaparecen plenamente en la forma en que ya desempeñan un papel en el comercio de trueque originario. El oro y la plata como medio de cambio, al igual que el intercambio mismo, no aparecen originariamente dentro del estrecho círculo de una comunidad social, sino allí donde esta termina, en su frontera, en los escasos puntos de su contacto con comunidades extrañas. Así puesta, aparece como la mercancía en cuanto tal, la mercancía universal, que en todos los lugares conserva su carácter de riqueza. Rige, según esta determinación formal, de manera uniforme en todos los lugares. Así es el representante material de la riqueza general. Por eso, en el sistema mercantil, el oro y la plata valen como medida del poder de las diversas comunidades. «Tan pronto como los metales preciosos se convierten en objetivo del comercio, en equivalente general de todo, se convierten también en la medida del poder entre las naciones.» 1 De ahí el sistema mercantil. (Steuart.)

La determinación del dinero de servir como medio internacional de cambio y medio de pago no es, en realidad, una determinación nueva que venga a añadirse a la de ser dinero en general, equivalente general —y por tanto, tanto tesoro como medio de pago—. En la determinación del equivalente general está contenida la determinación conceptual como mercancía general, en cuanto la cual el dinero solo se realiza primeramente como moneda mundial. Es primeramente como medio internacional de pago y medio de cambio que el oro y la plata (como ya se ha mencionado) aparecen en general como dinero, y es de esta su aparición de la que se abstrae su concepto como mercancía general. Las restricciones nacionales, políticas, que el dinero recibe formalmente como medida en general (mediante la fijación de la unidad de medida y la división de esa unidad) y que en la moneda pueden extenderse también al contenido en la medida en que los signos de valor emitidos por el Estado sustituyen al metal real, son históricamente posteriores a la forma en que el dinero aparece como mercancía general, como moneda mundial. Pero ¿por qué? Porque aquí aparece, en general, en su forma concreta como dinero. Ser medida y ser medio de circulación son funciones suyas en cuyo cumplimiento solo adopta formas de existencia particulares mediante una autonomización posterior. Tómese 1) la moneda: originalmente no es más que una parte determinada del peso del oro; el cuño se añade como garantía, como denominador del peso, y con ello aún no cambia nada; el cuño, que la forma, es decir, la indicación del valor —signo autonomizado, símbolo del mismo—, se convierte, por el mecanismo de la circulación misma, en lugar de la forma, en la sustancia; aquí interviene el Estado, porque tal signo tiene que estar garantizado por el poder autonomizado de la sociedad, el Estado. Pero es en realidad como dinero, como oro y plata, como el dinero actúa en la circulación; ser moneda es, primeramente, una mera función suya. En esta función se particulariza y puede sublimarse en mero signo de valor que, como tal, necesita de un reconocimiento legal y legalmente coercible. 2) Medida. Las unidades de medida del dinero y sus subdivisiones son, en realidad, originariamente meras partes de peso del mismo en cuanto metal; como dinero posee la misma unidad de medida que como peso. Solo al desprenderse, en las piezas acuñadas que corresponden a esta división de peso, el valor nominal del valor real, la división de medida del oro y la plata como oro y plata se desprende de su división de medida como dinero; y así, determinadas partes de peso de metal reciben nombres propios, en la medida en que valen como medidores del valor, para esta función. Ahora bien, en el comercio mundial el oro y la plata se estiman solo con arreglo a su peso —sin atender a su cuño—; es decir, se abstrae de ellos como moneda. Aparecen en el comercio internacional exactamente en la forma o informalidad en que aparecen originariamente y, donde sirven como medio de cambio, sirven, como originariamente también en la circulación interior, siempre a la vez como contravalor, precio realizado, equivalente real. Donde sirven así como moneda, como mero medio de cambio, sirven a la vez como valioso representante del valor. Pero sus demás funciones son las mismas en que sirven en general como dinero, en la forma del tesoro (ya sea que este se conciba como provisión, asegurada en cuanto a la materia, de medios de vida para el futuro, o como riqueza en general) o como medio general de pago, independiente de las necesidades inmediatas de los que intercambian y que solo satisface su necesidad general o también su ausencia de necesidades. En cuanto equivalente adecuado y en reposo, que puede ser sustraído a la circulación porque no es objeto de una necesidad determinada, el dinero es provisión, garantía de medios de vida para el futuro en general: es la forma en la que el que carece de necesidades posee la riqueza, es decir, en la que se posee el excedente, la parte de la riqueza no necesitada inmediatamente como valor de uso, etc. Es tanto garantía de necesidades futuras como forma de la riqueza que sobrepasa la necesidad.

Así pues, en realidad, la forma del dinero como medio internacional de cambio y de pago no es una forma particular del mismo, sino solo una aplicación de él como dinero; las funciones del mismo en las que, de la manera más llamativa, funciona en su forma simple y a la vez concreta como dinero, como unidad de medida y de medio de circulación, sin ser ni lo uno ni lo otro. Es la forma más originaria del mismo. Aparece como particular solo junto a la particularización que puede adoptar en la llamada circulación interior, como medida y como moneda. Con este carácter, el oro y la plata desempeñan un importante papel en la creación del mercado mundial. Así, la circulación de la plata americana de oeste a este, la banda metálica entre América y Europa por un lado, y entre América y Asia, Europa y Asia por el otro, desde el comienzo de la época moderna... Como moneda mundial, el dinero es esencialmente indiferente frente a su forma como medio de circulación, mientras que su material lo es todo. No aparece para el intercambio del excedente, sino como liquidación del excedente en el proceso global del intercambio internacional. La forma coincide aquí inmediatamente con su función de ser mercancía, en cuanto mercancía accesible en todos los lugares, mercancía universal.

Que el dinero circule acuñado o sin acuñar es indiferente. Los Mexican Dollars, los Imperials of Russia, no son más que la mera forma del producto de las minas sudamericanas y rusas. Del mismo modo sirve el sovereign inglés, porque no paga seignorage. [1] (Tooke.)

¿Cuál es la relación del oro y la plata con sus productores inmediatos, en los países donde son producto inmediato, objetivación de un modo particular de trabajo? En manos de éste, son producidos directamente como mercancía, es decir, como un valor de uso que no tiene valor de uso para su productor, sino que sólo llega a ser tal para él mediante su enajenación, al ser lanzado a la circulación. Sólo puede encontrarse en su mano como tesoro porque no es producto de la circulación, no ha sido retirado de ella, sino que aún no ha entrado en la misma. Inmediatamente, en relación con el tiempo de trabajo contenido en él, ha de intercambiarse primero por las demás mercancías, junto a las cuales existe, empero, como mercancía particular. Pero, por otra parte, como a la vez rige cual producto del trabajo general, personificación del mismo —lo cual no es en cuanto producto inmediato—, coloca a su productor en la posición privilegiada de presentarse de inmediato como comprador, no como vendedor. Para apoderarse de él como dinero, tiene que desprenderse de él como producto inmediato, pero al mismo tiempo no necesita de la mediación que precisa el productor de cualquier otra mercancía. Es vendedor, incluso, bajo la forma de comprador. La ilusión de poder arrancar de las orejas de la tierra o de los lechos de los ríos la riqueza general que, como tal, satisface todas las necesidades, se muestra, por ejemplo, de manera ingenua en la siguiente anécdota: «En el año 760 emigró una masa de gente pobre para lavar las arenas auríferas del río al sur de Praga, y tres hombres fueron capaces de extraer en un día un marco (media libra) de oro. Como consecuencia de ello, la afluencia a los “yacimientos de oro” y el número de brazos sustraídos a la agricultura llegaron a ser tan grandes que, al año siguiente, el país se vio asolado por el hambre.» [2] (Abhandlung von dem Alterthum des böhmischen Bergwerks, von M.G. Körner, Schneeberg. 1758.)

El dinero, transmitido en forma de oro, puede en todas partes ser reacuñado en la forma de plata como medio de circulación.

«El dinero tiene la propiedad de ser siempre intercambiable por aquello que mide.» [3] (Bosanquet.) «El dinero siempre puede comprar otras mercancías, mientras que otras mercancías no siempre pueden comprar dinero.» [4] «Los metales preciosos tienen que estar disponibles en cantidad muy considerable para su empleo y ser empleados como el medio más idóneo para saldar las balanzas internacionales.» [5] (Tooke.) Fue principalmente como dinero internacional como el oro y la plata cautivaron en el siglo XVI, en el período infantil de la sociedad burguesa, el interés exclusivo de los Estados y de la naciente economía política. El papel específico que el oro y la plata desempeñan en el tráfico internacional ha vuelto a esclarecerse por completo y a ser reconocido de nuevo por los economistas desde las grandes salidas de oro y las crisis de 1825, 1839, 1847, 1857. Aquí, medio de pago internacional absoluto, exclusivo, como valor que es para sí, equivalente general. El valor tiene que ser transmitido in specie[1*], no puede ser transmitido en ninguna otra forma de merchandise[2*]. «El oro y la plata... pueden... ser transportados al lugar deseado, y puede confiarse en que, a su llegada, realizarán casi exactamente la suma requerida»... «El oro y la plata poseen una ventaja infinita sobre todas las demás clases de mercancías para tales fines, por la circunstancia de que son de uso general como dinero.» [6] (Fullarton ve aquí, por tanto, que el valor se transmite en oro y plata como dinero, no en mercancías; que | ésta es una función específica de los mismos como dinero, y por consiguiente se equivoca al decir que son transmitidos como capital e introducir así ya relaciones impertinentes. El capital también puede ser transmitido en forma de arroz, etc., de twist, etc.) «No es en té, café, azúcar o índigo en lo que las deudas, extranjeras o nacionales, han de pagarse habitualmente por contrato, sino en monedas; y el envío de dinero, sea en la moneda designada o en barras que pueden convertirse de inmediato en aquella moneda a través de la ceca o del mercado del país al que se envían, debe ofrecer siempre al remitente los medios más seguros, inmediatos y exactos para alcanzar ese fin, sin riesgo de un fracaso por falta de demanda o por fluctuación del precio.» [7] (125, 126. Fullarton l. c.) «Cualquier otro artículo» (en el que importa el valor de uso particular, que no es dinero) «puede, en cantidad o en especie, quedar fuera de la demanda habitual del país al que se envía.» [8] (Tooke, Th. An Enquiry into the Currency Principle etc., ed. Lond[on] 1844, [p. 10].)

La resistencia de los economistas a reconocer el dinero en esta determinación es un resto de la vieja polémica contra el sistema monetario.

El dinero, como medio general de compra y de pago internacional, no es una determinación nueva del mismo. Es más bien sólo lo mismo en una universalidad del fenómeno que corresponde a la universalidad de su concepto; el modo de existencia más adecuado del mismo, en el que de hecho se acredita como la mercancía universal.

Según las diversas funciones que el dinero cumple, una misma pieza de dinero puede cambiar de lugar. Hoy puede ser moneda, mañana, sin cambiar su forma externa de existencia, dinero, es decir, equivalente en reposo. El oro y la plata, como existencia concreta del dinero, se distinguen esencialmente por ello del signo de valor por el cual pueden ser representados en la circulación interna: las monedas de oro y plata pueden ser refundidas en barras y obtener así su forma indiferente frente a su carácter local como moneda o, si como moneda se transforman en dinero, servir sólo como peso metálico. Pueden así convertirse en materia prima de artículos de lujo, o ser acumuladas como tesoro, o emigrar al extranjero como medio de pago internacional, donde de nuevo son capaces de ser transformadas en la forma de la moneda nacional, de toda moneda nacional. Conservan su valor en cada una de estas formas. Con el signo de valor no ocurre esto. Sólo es signo donde rige como tal, y sólo rige como tal cuando el poder estatal está detrás de él. Está, por tanto, confinado a la circulación y no puede recaer en la forma indiferente, en la que siempre es valor mismo, y según la posibilidad puede tanto adoptar cualquier cuño nacional, como, indiferente frente al mismo, servir en su modo de existencia inmediato como medio de intercambio y material de atesoramiento, o también ser transformado en mercancía. No está confinado a ninguna de estas formas, sino que asume cada una de ellas según lo condicionan la necesidad o la tendencia del proceso de circulación. Es, ante todo, en cuanto no es elaborado como mercancía particular en objetos de lujo, en relación con la circulación, pero no sólo con la circulación interna, sino con la circulación mundial, si bien a la vez siempre en una forma autónoma frente a su absorción [por] la misma. La moneda, aislada como tal, es decir, como mero signo de valor, sólo es por y en la circulación. Incluso atesorada, sólo puede ser atesorada como moneda, pues su poder cesa en las fronteras del país. Fuera de las formas del atesoramiento que surgen del proceso de circulación mismo y que propiamente no son más que puntos de reposo del mismo, a saber, como provisión de moneda destinada a la circulación, o como reserva para pagos que han de efectuarse en la moneda nacional misma, no puede hablarse aquí en absoluto de atesoramiento, por tanto no del atesoramiento propiamente dicho, puesto que al signo de valor, la moneda, le falta el elemento esencial del atesoramiento, el de ser riqueza independiente de un contexto social determinado, ya que fuera de su función social es existencia inmediata del valor mismo, no meramente valor simbólico. Las leyes, por consiguiente, que condicionan al signo de valor para que sea tal signo, no condicionan al dinero metálico, puesto que éste no está confinado a la función de moneda.

Es, además, claro que el atesoramiento, es decir, la retirada del dinero de la circulación y su acumulación en ciertos puntos, es variado: acumulación temporal que surge del mero hecho de la separación entre compra y venta, es decir, del mecanismo inmediato de la circulación simple misma; acumulación del mismo que surge de la función del dinero como medio de pago; finalmente, el atesoramiento propiamente dicho, que quiere fijar y guardar el dinero como riqueza abstracta, o también sólo como excedente de la riqueza existente sobre la necesidad inmediata y garantía del futuro o dificultad para la interrupción involuntaria de la circulación. Las últimas formas, en las que | la autonomización, la existencia adecuada del valor de cambio, se contempla todavía sólo en su forma directamente cósica como oro, desaparecen cada vez más en la sociedad burguesa. Las formas modernas del atesoramiento, que surgen del mecanismo de la circulación mismo y son condiciones para el cumplimiento de sus funciones, obtienen por el contrario mayor desarrollo; aunque asumen forma diversa, que ha de considerarse en el sistema bancario. Pero sobre la base de la circulación metálica simple se muestra que la

las distintas determinaciones en que funciona el dinero, o en que el proceso de la circulación, del metabolismo social, precipita el oro y la plata en efectivo en formas tan diversas como tesoro en reposo, de modo que, aunque la parte del dinero que existe como tal tesoro cambie constantemente sus elementos, en toda la superficie de la sociedad se produce un cambio constante entre las porciones de dinero que cumplen esta o aquella función, pasando de los tesoros a la circulación, nacional o internacional, o bien son absorbidas de la circulación por los depósitos de tesoro o transformadas en artículos de lujo, la función del dinero como medio de circulación no se ve nunca limitada por estas precipitaciones. La exportación o importación de dinero vacía o llena alternativamente estos diversos depósitos, al igual que lo hace el alza o la baja de los precios globales en la circulación interna, sin que la masa requerida para la circulación misma se vea forzada más allá de su medida por un excedente de oro y plata, ni caiga por debajo de ella. Lo que no se requiere como medio de circulación es expelido como tesoro; así como el tesoro, tan pronto como se le requiere, es absorbido en la circulación. En los pueblos de circulación puramente metálica, la formación de tesoros se manifiesta, por tanto, en las diversas formas, desde el individuo hasta el Estado, que custodia su tesoro público. En la sociedad burguesa, este proceso se reduce a las necesidades del proceso global de producción y adopta otras formas. Aparece como negocio particular, exigido por la división del trabajo en el proceso global de producción, lo que en estados más ingenuos se ejercía en parte como negocio de todos los particulares, en parte como negocio del Estado. La base sigue siendo, sin embargo, la misma: el dinero funciona continuamente en las diversas funciones desarrolladas e incluso en la puramente ilusoria. Este examen de la circulación puramente metálica es tanto más importante cuanto que todas las especulaciones de los economistas sobre formas superiores, más mediadas, de la circulación dependen de la concepción de la simple circulación metálica. Se entiende 1) que cuando hablamos de aumento o disminución del oro y la plata, se presupone siempre que su valor permanece el mismo, es decir, que el tiempo de trabajo requerido para su producción no ha cambiado. La baja o el alza de su magnitud de valor a consecuencia de la baja o alza del tiempo de trabajo exigido para su producción no presenta absolutamente ninguna particularidad que los distinga de las demás mercancías, por mucho que pueda menoscabar su función como medio de pago. 2) Los motivos que, aparte de la baja y el alza de los precios y de la necesidad de comprar mercancías a quienes no precisan de mercancía de contrapartida (como en tiempos de hambruna, subsidios de guerra), abren los tesoros y los vuelven a llenar, es decir, la operación del tipo de interés no puede ser examinada aquí, donde el dinero solo se considera aún como dinero, no como forma del capital. La masa de oro y plata existente en un país, sobre la base de la simple circulación metálica y del comercio general asentado en dinero contante, debe ser y será, por tanto, siempre mayor que la masa del oro y la plata que circula como moneda, aunque la proporción entre la porción de dinero que funciona como dinero y la que funciona como moneda cambiara en cantidad, y una misma pieza de dinero pueda cumplir alternativamente una u otra función, al igual que las porciones destinadas a la circulación nacional e internacional alternarán en cantidad y se sustituirán en cualidad. Pero la masa del oro y la plata es un depósito constante, un canal de desagüe y, a la vez, de afluencia, esto último, naturalmente, en razón de que es lo primero, para ambas corrientes de circulación.

*

Como valor de cambio, toda mercancía es divisible a voluntad, por indivisible que pueda ser su valor de uso, como, por ejemplo, el de una casa. En su precio, ella existe como tal valor de cambio divisible, es decir, como valor estimado en dinero. Así, puede enajenarse arbitrariamente, trozo a trozo, a cambio de dinero; aunque inmueble e indivisible, la mercancía puede de este modo lanzarse parceladamente a la circulación mediante títulos de propiedad sobre fracciones de la misma. El dinero actúa así disolviendo la propiedad inmueble e indivisible. «El dinero es el medio de trocear la posesión en innumerables fragmentos y de consumirla trozo a trozo mediante el intercambio». (Bray.) Sin el dinero, una masa de objetos no intercambiables, no enajenables, pues solo por el dinero reciben una existencia independiente de la naturaleza de su valor de uso y de las relaciones de este. «Pero para que las cosas inmuebles e inmutables se tornaran cosas muebles y aptas para el intercambio, entró en uso el dinero como regla y como medida (square), mediante la cual tales cosas recibieron estimación y valor.» (Freetrade, Londres, 1622.) «La introducción del dinero, que lo compra todo… trae consigo la necesidad de la enajenación legal.» 9 (sc. de los bienes feudales 3*). (124, John Dalrymple. An Essay towards a general history of feudal Property in Great Britain. 4.ª ed., Londres, 1759.)

En realidad, todas las determinaciones en que aparece el dinero —como medida de valor, medio de circulación y dinero como tal— no hacen sino expresar las distintas relaciones en que los individuos participan en la producción total o se relacionan con su propia producción como producción social. Pero estas relaciones de los individuos entre sí aparecen como relaciones sociales de las cosas.

*

«Las Cortes de 1593 dirigieron a Felipe II la siguiente representación: “Las Cortes de Valladolid del año 48 suplican encarecidamente a Vuestra Majestad que no permita ya la importación en el reino de velas, vidrios, joyas, cuchillos y otras cosas semejantes que vienen de fuera para trocar estas mercancías, inútiles para la vida humana, por oro, como si los españoles fueran indios”.» 10 (Sempéré.) «Todos esconden y entierran su dinero muy sigilosamente y muy hondo, en especial los paganos no mahometanos, que tienen en sus manos casi todo el comercio y todo el dinero, imbuidos como están en la creencia de que el oro y la plata que ocultan en vida les servirán después de la muerte.» 11 (págs. 312-314, Franç[ois] Bernier, tome I, Voyages contenant la description des états du Grand Mogol, etc., París, 1830). (En la corte de Aureng-Zebe.) «Estos tienen un mismo propósito, y entregarán su poder y su autoridad a la bestia. [Y hace] que ninguno pueda comprar ni vender, sino el que tenga la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre.» 12 (Apocalipsis. Vulgata.)

«El grande y último efecto del comercio no es la riqueza en general, sino, preferentemente, la abundancia de plata y oro…, que no son perecederos ni tan mudables como las demás mercancías, sino riqueza en todo tiempo y en todo lugar.» (Su imperecederidad no consiste, pues, solo en la imperecederidad de su materia, sino en que siguen siendo siempre riqueza, es decir, permanecen siempre en la determinación formal del valor de cambio.) «La abundancia de vino, trigo, aves, carne, etc., son riquezas, pero hic et nunc 4*» (dependientes de su valor de uso particular). «Así, la producción de aquellas mercancías, o el ejercicio de aquel comercio, que provee a una región de oro y plata, es, por tanto, más ventajosa que todas las demás.» (Petty, Political Arithmetick, Londres, 1699, pág. [178, 1]79.) «Solo el oro y la plata no son perecederos» (nunca dejan de ser valor de cambio), «sino que en todos los tiempos y en todos los lugares» [[La utilidad de valores de uso particulares está determinada en el tiempo y en el espacio, como las necesidades mismas que ellos satisfacen]] «son estimados como riqueza; todo lo demás es solo riqueza pro hic et nunc 5*». (loc. cit., pág. 196.) «La riqueza de cada nación consiste principalmente en su participación en el comercio exterior con el mercado mundial (the whole commercial world), rather than in the domestic trade 6*, mucho más que en el comercio interior de vituallas, bebidas y ropas, que reportan poco oro y plata, riqueza universal (universal wealth)», (pág. 242.) Así como el oro y la plata son en sí la riqueza general, su posesión aparece también como producto de la circulación mundial, solo esta vez limitada por los nexos ético-naturales inmediatos.

Podría llamar la atención que Petty, que llama a la tierra la madre y al trabajo el padre de la riqueza, enseña la división del trabajo y, en general, con genial osadía, tiene siempre en vista el proceso de producción en lugar del producto aislado, parezca aquí, sin embargo, completamente preso en el lenguaje y el modo de representación del sistema monetario. Pero no debe olvidarse que, según su supuesto, como según el supuesto burgués en general, el oro y la plata son únicamente la forma adecuada del equivalente, que solo puede apropiarse mediante la enajenación de mercancías, es decir, mediante el trabajo. Impulsar la producción por la producción misma, esto es, desarrollar las fuerzas productivas de la riqueza sin atender a las barreras de la necesidad o del goce inmediatos, se expresa en Petty como producir e intercambiar no por los goces perecederos en que se disuelven todas las mercancías, sino por el oro y la plata. Es el enérgico, implacable y universal afán de enriquecimiento de la nación inglesa en el siglo XVII lo que Petty aquí expresa y azuza a la vez.

En primer lugar, inversión del dinero: el medio se convierte en fin y degrada a las demás mercancías: «La materia natural del comercio es la mercancía (Merchandize)… La materia artificial del comercio es el dinero… Aunque por naturaleza y en el tiempo es posterior a la mercancía, sin embargo, tal como se usa ahora (en su aplicación actual), se ha convertido en el guía (Chef).» Así Misselden, un comerciante londinense, en su escrito Free Trade or the Means to make Trade florish, Londres, 1622, pág. 7. Compara el cambio de rango entre el dinero y la mercancía con el destino de los dos hijos del viejo Jacob, que puso su mano derecha sobre el menor y la izquierda sobre el hijo mayor. (loc. cit.)

La oposición entre el dinero como tesoro y las mercancías cuyo valor de cambio desaparece al cumplir su fin (3) como valores de uso: «La causa general y remota de nuestra escasez de dinero es el gran exceso de este reino en el consumo de mercancías de países extranjeros, que no nos procuran más que commodities 7* convertidas en discommodities 8*, privándonos de otro tanto tesoro (treasure) que de lo contrario se importaría en lugar de esas bagatelas (toys). … Consumimos entre nosotros un exceso demasiado grande de vinos de España, Francia, el Rin, Levante; las pasas de España, las grosellas de Levante, los lawnes» (clase de lienzo fino) «y cambricks» (otras clases del mismo) «de Heinault y los Países Bajos, los tejidos de seda de Italia, el azúcar y el tabaco de las Indias Occidentales, las especias de las Indias Orientales; nada de esto es una necesidad absoluta para nosotros y, sin embargo, se compran con dinero contante…» Ya el viejo Catón decía: Patrem familias vendacem, non emacem esse [oportet] 9*. (loc. cit., págs. 11-13.) «Cuanto más crece el acopio en mercancías, tanto más disminuye el que existe como tesoro (in treasure)». (pág. 23.)

Sobre la circulación no retornante en el mercado mundial, especialmente en el comercio con Asia:

„El dinero se ve disminuido por el comercio allende la cristiandad, con Turquía, Persia y las Indias Orientales. Estas ramas comerciales se realizan en gran parte con dinero contante, aunque de una manera distinta a como lo hacen las ramas comerciales de la cristiandad entre sí. Pues aunque el comercio dentro de la cristiandad se lleva a cabo con dinero contante, ese dinero permanece, sin embargo, constantemente encerrado dentro de los límites de la cristiandad. Hay allí, en efecto, corriente y contracorriente, flujo y reflujo del dinero en el comercio llevado a cabo dentro de la cristiandad: pues a veces es más abundante en un lugar, más escaso en otro, según que un país padezca escasez y otro abundancia: viene y va y gira en torno al círculo de la cristiandad, pero queda siempre abarcado por su línea. En cambio, el dinero con que se comercia fuera de la cristiandad hacia los países arriba indicados se desembolsa (issued) constantemente y jamás retorna.“ (loc. cit. 19, 20.)

De manera similar a Misselden, se queja el más antiguo economista nacional alemán, el Dr. Martín Lutero: «No se puede negar que comprar y vender es cosa necesaria, de la que no se puede prescindir y de la que bien se puede hacer uso cristiano, sobre todo en cosas que sirven a la necesidad y al honor. Pues también los patriarcas vendieron y compraron así: ganado, lana, cereales, mantequilla, leche y otros bienes. Son dones de Dios, que Él da de la tierra y reparte entre los hombres. Pero el

comercio exterior de compra
, que trae de Calicut y de la India y semejantes mercancías, como tan costosas sedas y orfebrerías y especias, que sólo sirven a la pompa y a ningún provecho,

y que chupa a tierras y gentes el dinero, no debería permitirse si tuviéramos un gobierno y príncipes. Pero no quiero escribir ahora sobre ello; pues considero que, cuando ya no tengamos más dinero, tendrá que cesar por sí mismo, al igual que el adorno y la gula: de nada servirá entonces ningún escribir ni enseñar, hasta que la necesidad y la pobreza nos fuercen. Dios nos ha lanzado a los alemanes a esto: a que tengamos que arrojar nuestro oro y plata a países extranjeros, hacer rico a todo el mundo y quedarnos nosotros mismos mendigos. Inglaterra tendría bien poco oro si Alemania le dejara su paño; y el rey de Portugal también tendría menos si le dejáramos las especias. Calcula cuánto dinero se saca de tierra alemana en una sola feria de Fráncfort sin necesidad ni causa, y te asombrarás de cómo es que aún queda un ochavo en tierras alemanas. Fráncfort es el agujero de plata y oro por el que fluye de tierra alemana cuanto mana y crece, acuñado o batido entre nosotros; si se taponara ese agujero, ya no se oiría la queja de cómo por todas partes no hay más que puras deudas y nada de dinero, todas las tierras y ciudades [gravadas con intereses y] esquilmadas a usura. Pero déjalo correr, que así ha de seguir: los alemanes tenemos que seguir siendo alemanes: no cejamos, no podemos cejar». (Libros sobre el comercio de compra y la usura, 1524.)

Boisguillebert, quien ocupa en la economía francesa exactamente la misma posición relevante que Petty en la inglesa, uno de los más apasionados adversarios del sistema monetario, ataca el dinero en las diversas formas en que aparece frente a las demás mercancías como
valor exclusivo
,
medio de pago
(en él, sobre todo en los impuestos) y
tesoro
. (La existencia específica del valor en el dinero aparece como carencia relativa de valor, degradación de las demás mercancías.)

Los escritos citados de Boisguillebert, todos ellos procedentes de la edición de sus obras completas en la edición de
Eugène Daire
: “Economistes financiers du 18ième siècle. I vol. Paris 1843”.

«Puesto que el oro y el dinero no son riqueza por sí mismos y jamás lo fueron, sino que sólo poseen un valor relativo, y puesto que en la procuración de las necesidades de la vida sólo sirven como garantía y medida de valor, es indiferente tener más o menos de ellos, siempre que puedan lograr el mismo efecto.»
13
(ch. VII, Première partie. «
Le Détail de la France
». 1697.) La cantidad de dinero afecta a la riqueza nacional «
sólo en la medida en que ha de haber suficiente para mantener los precios
de las mercancías necesarias para la vida
.»
14
(loc. cit.

partie II, ch. XVIII, p. 209.) (Boisguillebert enuncia aquí, pues, la ley según la cual la masa del medio circulante está determinada por los precios, y no a la inversa.) Que el dinero no es más que la mera forma de la mercancía misma se muestra en el comercio al por mayor, donde el intercambio se realiza sin intervención del dinero, una vez que las «
mercancías han sido estimadas
»
15
; «el dinero no es más que el
medio y la fuerza motriz
, mientras que las mercancías útiles para la vida son la
meta
y el
fin
»
16
. (loc. cit. p. 210.) El dinero sólo debe ser medio de circulación, siempre
móvil
; no debe convertirse nunca en tesoro, en
inmueble
: debe estar «en un movimiento constante, lo cual sólo puede ser mientras es móvil, pero tan pronto como se vuelve inmóvil, todo está perdido»
17
. (loc. cit. partie II, ch. XIX, p. 213.) En contraposición a la finanza, para la que el dinero aparecía como el único objeto: «
el arte financiero
no es más que el conocimiento profundo de los intereses de la agricultura y del comercio»
18
, (p. 241, loc. cit. partie III, ch. VIII.) En realidad, Boisguillebert sólo contempla el contenido material de la riqueza, el disfrute, el valor de uso: «La verdadera riqueza … es el disfrute pleno no sólo de los medios de vida necesarios, sino también de la abundancia y de todo aquello que puede procurar placer a los sentidos»
19
. (p. 403.
Dissertation sur la nature des richesses, de l’argent et des tributs
.)

«Se ha hecho un ídolo de estos metales» (oro y plata) «y, abandonando el fin y el propósito con que habían sido llamados al comercio, a saber, servir aquí como prenda en el trueque y la recíproca entrega, casi se les ha eximido de tal servicio para convertirlos en
divinidades
a las que se han sacrificado y se sacrifican todavía más bienes y necesidades importantes e incluso
hombres
de los que jamás sacrificó la ciega antigüedad a sus falsos dioses.»
20
(loc. cit. p. 395.) «La miseria de los pueblos proviene sólo de que se ha hecho un amo, o más bien un tirano, de aquel que era un esclavo.»
21
(loc. cit.) Hay que quebrantar esta «usurpación» y «devolver las cosas a su estado natural»
22
. (loc. cit.) Con la abstracta ansia de enriquecimiento «ha sufrido grave daño la equivalencia que él» (el dinero) «debería tener con las demás mercancías para mediar en todo momento su intercambio»
23
. (p. 399.) «El esclavo del comercio se ha convertido en su amo… La facilidad con que el dinero puede servir a todos los crímenes duplica su importancia en la medida en que la corrupción se apodera de los corazones; y es seguro que casi todas las canalladas serían desterradas de un Estado si se pudiera hacer lo mismo con el funesto metal.»
24
(399.) La depreciación de las mercancías,

para convertirlas en dinero (venderlas por debajo de su valor), es la causa de toda miseria. (Véase ch. V. loc. cit.) Y en este sentido dice: «El dinero se ha convertido en el verdugo de todas las cosas.»
25
(p. 413 loc. cit.) Compara las artes financieras para hacer dinero con «la retorta en la que una cantidad espantosa de bienes y mercancías ha sido evaporada para obtener este extracto nefasto [que pertenece al señor]»
26
. (p. 419.) Mediante la depreciación de los metales preciosos «recuperarán las mercancías mismas su valor natural»
27
. (p. 422 loc. cit.) «El dinero declara la guerra a todo el género humano»
28
. (p. 417 loc. cit.) (Igualmente,
Plinio
. Historia Naturalis, l. XXXIII, cap. II, [sectio 14].) En cambio:

Dinero como moneda mundial
: «La comunicación de los pueblos entre sí está tan difundida por todo el globo terráqueo que casi puede creerse que el mundo entero se ha convertido en una sola ciudad, en la que continuamente se ofrecen mercancías y donde cada hombre, desde su morada, puede procurarse mediante el dinero todo cuanto el suelo, los animales y la industria humana producen en otras partes, y consumirlo en adelante. ¡Qué maravilloso invento!»
29
(p. 40.
Montanari
(Geminiano).
Della Moneta
; escrito hacia 1683. En la colección de Custodi. Parte Antica. Tomo III.)

«¿Cuál es su patria, cuál su estirpe? Es rico.»
30
(Aten[eo]. Deipnosof[istas], lib[ro] IV, [sectio] 49 [p. 159].)

Dice Demetrio Falereo sobre la extracción de oro de las minas:

«La avaricia espera sacar al mismo Plutón del interior de la tierra.»
31
(loc. cit. [liber] VI, [sectio] 23 [p. 233].)

«En el dinero reside el origen de la avaricia … poco a poco se enciende aquí una especie de locura, ya no avaricia, sino codicia de oro.»
32
(
Plin[ius].
Hist[oria] Nat[uralis] l[iber] XXXIII, c[aput] III, [sectio] XIV)

«Pues ningún mal tan oprobioso como el valor del dinero

surgió para los hombres: éste puede destruir las ciudades mismas,

éste arroja a los hombres de hogar y casa;

éste instruye y pervierte el noble ánimo

de hombres rectos, para seguir actos criminales,

muestra a los mortales los caminos de la astucia malvada

y los forma para toda obra aborrecida por los dioses.»
33

(Sóf[ocles]. Antígona [295–301].)

El dinero como riqueza puramente abstracta –en la que todo valor de uso particular se extingue, y por tanto también toda relación individual entre poseedor y mercancía– cae igualmente en poder del individuo como persona abstracta, comportándose de manera totalmente ajena y exterior a su individualidad. Pero al mismo tiempo

le confiere el poder universal como su poder privado. Esta contradicción la destaca Shakespeare, por ejemplo:

«¡Oro! ¡precioso, centelleante, rojo oro!

Tanto de esto hace negro lo blanco, hermoso lo feo,

bueno lo malo, joven lo viejo, valiente lo cobarde, noble lo ruin.

… ¡Dioses! ¿por qué esto? ¿por qué esto, dioses;

Ah! esto os arranca al sacerdote del altar;
(4)

Arrebata la almohada del sueño a los medio curados;

Sí, este rojo esclavo ata y desata

Lazos consagrados; bendice al maldito;

Vuelve amable la lepra; honra al ladrón,

Y le da rango, rodilla doblada e influencia

En el consejo de los senadores; él procura

Pretendientes a la viuda sobreanciada…

… Maldito metal,

Ramera común tú de los hombres.»
34

(Shakespeare, «Timon of Athens», 5º acto.)

Aquello que se entrega a cambio de todo y a cambio de lo cual todo se entrega, aparece como el medio universal de prostitución.

«Éstos tienen un plan común y entregan su fuerza y su poder a la bestia. [Y hace] que nadie pueda comprar ni vender si no tiene la marca o el nombre de la bestia o el número de su nombre.»
13

Anmerkungen des Verfassers

(1) Este carácter cosmopolita del dinero llamó la atención de los antiguos. «¿Cuál es su patria, cuál su estirpe? Es
rico
».

(2) El dinero aparece aquí, en efecto, como su ser comunitario que existe fuera de ellos de manera cósica.

(3) y doctrina de la renuncia

(4) De manera similar en el Pluto de Aristófanes.

Fremdsprachige Ausdrücke

1* dinero contante

2* mercancías

3* de propiedad feudal

4* aquí y ahora

5* para aquí y ahora

6* (de todo el mundo comercial), más bien que al comercio interior

7* mercancías necesarias

8* mercancías innecesarias

9* El padre de familia debe ser deseoso de vender, no aficionado a comprar

Fremdsprachige Zitate

1 «Tan pronto como los metales preciosos se convierten en objetos de comercio, en equivalente universal de todo, se convierten también en medida del poder entre las naciones. De ahí el sistema mercantil».

2 «En el año 760 los pobres salieron en gran número a lavar oro de las arenas de los ríos al sur de Praga, y 3 hombres pudieron extraer en un día un marco (media libra) de oro; y tan grande fue la consiguiente avalancha hacia “los yacimientos” que al año siguiente el país fue azotado por el hambre». (Tratado sobre la antigüedad de la minería bohemia, de M. G. Körner, Schneeberg, 1758.)

3 «El dinero tiene la cualidad de ser siempre intercambiable por aquello que mide.» (Bosanquet.)

4 «El dinero siempre puede comprar otras mercancías, mientras que otras mercancías no siempre pueden comprar oro».

5
«Es necesario que haya una cantidad muy considerable de los metales preciosos disponible y aplicada como el medio más cómodo de ajuste de los saldos internacionales.» (Tooke.)

6
«Puede contarse con que el oro y la plata… realicen a su llegada casi la suma exacta que se requiere proporcionar»… «El oro y la plata poseen una ventaja infinita sobre todas las demás clases de mercancías para tales ocasiones, por la circunstancia de ser universalmente usados como dinero.»

7
«No es en té, café, azúcar o índigo en lo que suelen contratarse deudas, ya sean externas o internas, para ser pagadas, sino en moneda; y un envío, por tanto, ya sea en la moneda idéntica designada, o en metal precioso que pueda prontamente convertirse en esa moneda a través de la Casa de la Moneda o del Mercado del país al que se remite, debe siempre proporcionar al remitente los medios más seguros, inmediatos y precisos de efectuar sus fines, sin riesgo de decepción por falta de demanda o fluctuación del precio.»

8
«Cualquier otro artículo pudiera, en cantidad o clase, exceder la demanda usual del país al que se envía.»

9
«La introducción del dinero que lo compra todo… trae consigo la necesidad de la enajenación legal.»

11
Las Cortes de 1593 hicieron a Felipe II la siguiente representación: «Las Cortes de Valladolid del año 48 suplicaron a V. M. que no permitiera más la entrada en el reino de velas, vidrios, joyerías, cuchillos y otras cosas semejantes que venían de fuera, para cambiar estos artículos tan inútiles a la vida humana por oro, como si los españoles fueran indios.»

11
«Todos esconden y entierran su dinero muy secretamente y muy profundamente, sobre todo los gentiles» (no mahometanos), «que son casi los únicos dueños del comercio y del dinero, infatuados como están de la creencia de que el oro y la plata que esconden durante su vida les servirán después de la muerte.»

12
«Éstos tienen un mismo propósito, y entregarán su poder y autoridad a la bestia… Y que ninguno pueda comprar ni vender, sino el que tenga la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre.»

13
«Como el oro y la plata no son ni han sido nunca una riqueza en sí mismos, no valen sino por relación y en tanto que pueden procurar las cosas necesarias a la vida, a las cuales sirven sólo de prenda y de apreciación, es indiferente tener más o menos, con tal que puedan producir los mismos efectos.»

14
«con tal que haya bastante para sostener los precios contratados por los víveres necesarios a la vida.»

15
«las mercancías son apreciadas.»

16
«el dinero no es más que el medio y el encaminamiento, mientras que los víveres útiles a la vida son el fin y el objetivo.»

17
«en un movimiento continuo, lo que no puede ser sino en tanto que es mueble…; pero tan pronto como se vuelve inmueble…, todo está perdido.»

18
«la ciencia financiera no es más que el conocimiento profundo de los intereses de la agricultura y del comercio.»

19
«la verdadera riqueza… goce entero, no sólo de las necesidades de la vida, sino incluso de todo lo superfluo y de todo lo que puede dar placer a la sensualidad.»

20
«Se ha hecho… un ídolo de estos metales» (oro y plata), «y dejando de lado el objeto y la intención para los cuales habían sido llamados al comercio, a saber, para servir de prendas en el intercambio y la tradición recíproca,… se los ha casi despojado de este servicio para formar con ellos divinidades, a las que se ha sacrificado y se sacrifica todos los días más bienes y necesidades preciosas, e incluso hombres, que nunca la ciega antigüedad inmoló a esas falsas divinidades que durante tanto tiempo han constituido todo el culto y toda la religión de la mayor parte de los pueblos.»

21
«La miseria de los pueblos no viene sino de que se ha hecho un amo, o más bien un tirano, de lo que era un esclavo.»

22
«restablecer las cosas en su estado natural.»

23
«la equivalencia en que él» (el dinero) «debe estar con todas las demás mercancías, para estar dispuesto a formar el intercambio en todo momento, ha recibido en seguida un gran menoscabo.»

24
«He aquí, pues, al esclavo del comercio convertido en su amo… Esta facilidad que ofrece el dinero para servir a todos los crímenes le hace redoblar sus estipendios a medida que la corrupción se apodera de los corazones; y es cierto que casi todos los crímenes serían desterrados de un Estado, si se pudiera hacer otro tanto con ese fatal metal.»

25
«el dinero… se ha convertido en el verdugo de todas las cosas.»

26
«alambique que ha hecho evaporar una cantidad espantosa de bienes y de mercancías para formar ese fatal precipitado [al amo].»

27
«las mismas mercancías serán restablecidas en su justo valor.»

28
«el dinero… declara la guerra… a todo el género humano.»

29
«Y tan ampliamente difundida por todo el globo terrestre la comunicación de los pueblos entre sí, que casi puede decirse que el mundo entero se ha convertido en una sola ciudad en la que se hace perpetua feria de toda mercancía, y donde cada hombre, de todo lo que la tierra, los animales y la industria humana producen en otra parte, puede mediante el dinero, permaneciendo en su casa, proveerse y gozar. ¡Maravillosa invención!»

30
«Y éste, ¿de qué linaje es? Rico.»

31
«Esperando la codicia sacar de las profundidades de la tierra al mismísimo Plutón.»

32
«Pero de la moneda proviene el primer origen de la avaricia… Esta paulatinamente se inflamó en una especie de rabia, ya no avaricia, sino hambre de oro.»

33
«No hay para los hombres maldición peor que la moneda de plata:
ella destruye ciudades, ella arranca a los hombres de sus hogares;
ella seduce y extravía las mentes rectas de los mortales
para que se entreguen a obras vergonzosas;
y enseñó a los hombres el camino de la villanía
y a conocer la impiedad de toda obra.»

34
«¡Oro! ¡Oro amarillo, brillante, precioso!…
Tanto de esto hará negro lo blanco, feo lo hermoso,
malo lo bueno, vil lo noble, viejo lo joven, cobarde lo valeroso.
… ¿Qué es esto, dioses? Pues esto
arrancará de vuestros costados a vuestros sacerdotes y siervos;
robará la almohada de debajo de la cabeza de los hombres fornidos.
Este esclavo amarillo
atará y romperá religiones; bendecirá a los malditos;
hará adorar la lepra canosa; pondrá ladrones
y les dará título, genuflexión y aprobación
entre los senadores del tribunal; esto es lo que
hace que la viuda envejecida vuelva a casarse.
… ¡Ven, tierra maldita,
prostituta común de la humanidad!»

[Fragmento del texto originario de Zur Kritik der politischen Ökonomie – Parte 5]

Karl Marx

Urtext „Zur Kritik“

4) Los metales preciosos como portadores de la relación dineraria

El proceso de producción burgués se apodera primeramente de la circulación metálica como de un órgano ya acabado y transmitido, que, si bien es transformado paulatinamente, conserva siempre su estructura fundamental. La cuestión, por tanto, de por qué el oro y la plata, y no otras mercancías, sirven como material del dinero cae más allá de los límites del sistema burgués; por ello, destacaremos aquí sólo de modo sumario los puntos de vista más esenciales. La respuesta es sencilla: las propiedades naturales específicas de los metales preciosos, es decir, sus propiedades como valores de uso, corresponden a las funciones económicas que, frente a todas las demás mercancías, los capacitan para ser los portadores de la función dineraria.

Al igual que el propio tiempo de trabajo, el objeto que ha de valer como su encarnación específica ha de ser capaz de representar diferencias puramente cuantitativas, de modo que esté presupuesta la homogeneidad, la uniformidad de la cualidad. Es ésta la primera condición para la función de una mercancía como medida de los valores. Si, por ejemplo, valoro todas las mercancías en bueyes, pieles, trigo, etc., tengo que medirlas de hecho en bueyes medios ideales, en pieles medias, en trigo medio, ya que un buey difiere cualitativamente de otro, un trigo de otro trigo, una piel de otra piel, es decir, se da una diferencia en el valor de uso de ejemplares de la misma especie. Esta exigencia de la indiferencia cualitativa, independiente de tiempo y lugar, y, por tanto, de la igualdad a igual cantidad, es la

primera exigencia por este lado. La segunda, que brota igualmente de la necesidad de representar una diferencia meramente cuantitativa, es una gran divisibilidad y la posibilidad de recomponer las partes, de modo que, según la magnitud del valor de la | mercancía, el equivalente general pueda ser troceado sin que su valor de uso resulte menoscabado. El oro y la plata, como cuerpos simples en los que no tiene lugar más que una división cuantitativa, son representables, reducibles a la misma fineza. La homogeneidad de la cualidad. Igualmente divisibles, nuevamente componibles. Del oro puede incluso decirse que es el más antiguo metal conocido, el primer metal descubierto. La naturaleza misma, en los grandes lavaderos de oro de los ríos, asume la obra del arte, y no exige así para el hallazgo del mismo por parte del hombre más que un trabajo muy tosco, ni ciencia ni instrumentos de producción desarrollados. «Los metales preciosos coinciden en sus propiedades físicas, de modo que cantidades iguales de ellos deberían ser entre sí idénticas en tal medida que no ofrezcan motivo alguno para preferir uno al otro. Esto no vale, por ejemplo, para un número igual de reses y para cantidades iguales de trigo.»[^1] Asimismo, el oro se encuentra más puro que todos los demás metales; en forma nativa, cristalina, aislada: «separado de los cuerpos comúnmente presentes», rara vez aleado con otro que no sea la plata. Oro «aislado, individualizado»: «El oro se distingue, con muy pocas excepciones, de forma llamativa de los restantes metales por el hecho de que en la naturaleza se encuentra en su estado metálico» (los otros metales en minerales (en el ser químico) de los mismos). «Hierro y cobre, estaño, plomo y plata se descubren por lo general en combinaciones químicas con oxígeno, azufre, arsénico o carbono; y las pocas ocurrencias excepcionales de estos metales en estado no combinado o —como antes se lo denominaba— virginal han de designarse más bien como curiosidades mineralógicas que como fenómenos cotidianos. El oro, sin embargo, se encuentra siempre nativo o, respectivamente, metálico… Además, el oro, al formarse en las rocas más expuestas a la influencia de la atmósfera, se halla en el detrito de las montañas. … [Se] desprenden constantemente fragmentos de roca. Son arrastrados por las aguas a los valles y, por la constante labor del agua corriente, convertidos en cantos rodados.»[^2] El oro, decantado por su peso específico. Se encuentra así en lechos de ríos y en terrenos de aluvión. El oro de río fue el primer oro que se halló. (El lavado de río se aprendió antes que la explotación minera.)… «El oro se presenta con la mayor frecuencia puro o, en todo caso, tan cercano a la pureza que su carácter metálico es reconocible de inmediato, tanto en ríos como en vetas de cuarzo. … Los ríos son, de hecho, grandes artesas de oscilación naturales, pues arrastran consigo de inmediato todas las partículas más ligeras y finas, mientras que las más pesadas o bien quedan prendidas en obstáculos

naturales o son abandonadas allí donde la fuerza o la velocidad de la corriente disminuye. … [E]n casi todos, quizás en todos los países de Europa, África y Asia se lavaron ya muy tempranamente cantidades mayores o menores de oro, con útiles simples, a partir de depósitos auríferos.»[^3] El lavado de oro y la excavación de oro son trabajos enteramente simples, mientras que la minería (y por tanto también la minería del oro) es un arte que requiere el empleo de capital y más ciencias y artes auxiliares que cualquier otra industria. [[El lavado de mineral realizado por la naturaleza.]]

El valor de cambio como tal presupone una sustancia común y reduce todas las diferencias a diferencias meramente cuantitativas. En la función del dinero como medida, todos los valores quedan reducidos, ante todo, a meros cuantos diversos de la mercancía que mide. Así ocurre con los metales preciosos, que de ese modo aparecen como sustancia natural del valor de cambio en cuanto tal. «Los metales poseen la peculiaridad y particularidad de que solo en ellos todas las relaciones quedan reducidas a una sola, a saber, su cantidad; de que por naturaleza no han recibido ninguna cualidad diversa, ni en su estructura interna, ni en su forma y labrado externos.»
4
(
Galiani
, loc. cit., p. 130.) (
Uniformidad de calidad en todas las partes del mundo; admiten división minuciosa y reparto exacto.)

Esta diferencia meramente cuantitativa es igualmente importante para el dinero como medio de circulación (moneda) y como medio de pago, puesto que no posee individualidad, no es una pieza individual de dinero, sino que lo importante es que se devuelva meramente igual cuanto de la misma materia, no la
misma
pieza: «El dinero no se reembolsa
sino

en

naturaleza
… hecho que distingue a este medio de toda otra maquinaria … indica el carácter de su servicio … demuestra claramente la singularidad de su función».
5
(267.
Opdyke.
)

La diversidad de las funciones a las que sirve el dinero permite representar sensiblemente el cambio de las determinaciones formales del dinero. A la diversidad de las funciones a las que sirve el dinero, ya sea como mercancía general, moneda, materia prima de artículos de lujo, materia de acumulación, etc., corresponde el hecho de que el oro y la plata, mediante refundición, pueden ser reducidos una y otra vez a su estado metálico puro, y de igual modo pueden ser reducidos de este estado a cualquier otro, de manera que el oro y la plata no están sujetos, como otras mercancías, a una determinada forma de uso que se les haya dado. Puede pasar de la forma de lingote a la forma de moneda, etc., y viceversa, sin perder su valor como materia prima, | sin poner en peligro los procesos de producción y consumo. Como
medio de circulación
, el oro y la plata tienen de ventaja frente a otras mercancías que a su gran peso específico natural —representar una pesantez relativamente grande en un espacio pequeño— corresponde un peso específico económico, encerrar (objetivar) en un espacio pequeño relativamente mucho tiempo de trabajo, es decir, un gran valor de cambio. Esto último está relacionado naturalmente con su presencia relativamente escasa como objetos naturales. De ahí la facilidad de transporte, de transferencia, etc. En una palabra, facilidad de la circulación real, lo que es naturalmente la primera condición para su función económica como medio de circulación.

Finalmente, en cuanto existencia quiescente del valor, como materia de la formación de tesoros, su relativa indestructibilidad; su duración eterna, su no oxidabilidad al aire («el tesoro que ni la polilla ni el orín corrompen»), su difícil fusibilidad; en el oro especialmente, su indisolubilidad en ácidos salvo en cloro libre (agua regia, una mezcla de ácido nítrico y ácido clorhídrico). Como un momento principal hay que destacar, finalmente, las
propiedades estéticas
del oro y la plata, que los convierten en representaciones inmediatas de la superfluidad, del adorno, de la pompa, de necesidades domingueras naturales, de la riqueza como tal. Brillo de color, ductilidad, capacidad para ser trabajados como herramientas, así como para servir a la exaltación o para ser puestos al servicio de otros objetos. El oro y la plata aparecen en cierto modo como luz maciza, que es extraída de las entrañas mismas del mundo subterráneo. Aparte de la rareza, la gran blandura del oro y de la plata los hace inadecuados como instrumentos de producción en comparación con el hierro e incluso con el cobre (en la forma endurecida en que lo usaban los antiguos). El valor de uso de los metales, en gran medida, está sin embargo relacionado con su papel en el proceso inmediato de producción. El oro y la plata quedan excluidos de esto, así como en general no son objetos indispensables de uso. «El dinero debe tener un valor (de uso) directo,… pero fundado en un besoin factice. Su materia no debe ser indispensable para la existencia del hombre, porque toda la cantidad que se acuña» [[en general como dinero, también en la forma del tesoro acumulada]] «no puede ser empleada individualmente, debe circular siempre». (
Storch
, t. II, pp. 113, 114, loc. cit.) (También la parte que se acumula como tesoro no puede ser empleada «individualmente», ya que la acumulación consiste en mantenerla intacta.)

Éste es, pues, el lado según el cual la naturaleza del valor de uso del oro y de la plata —ser algo
prescindible
— no debe entrar ni en la satisfacción de la necesidad inmediata como objeto de consumo, ni como agente en el proceso inmediato de producción. Es a saber, el lado según el cual el valor de uso del dinero no debe entrar en colisión con su función como tesoro (dinero) o medio de circulación, la necesidad de él como valor de uso individual, con la necesidad surgida de la circulación, de la sociedad misma, de él como dinero en cualquiera de sus determinaciones. Esto es solo el lado negativo.

En polémica contra el dinero, dice por eso Peter Martyr, que parece haber sido un gran amigo del chocolate, acerca de los sacos de cacao que, entre otras cosas, servían también como dinero entre los mexicanos (
De Orbe novo
): «Oh moneda bienaventurada, que proporciona a la humanidad una bebida dulce y útil y que deja a sus poseedores inmunes a la perniciosa peste de la avaricia, pues no puede ser enterrada ni conservada largo tiempo»
6
.

Por otra parte, el oro y la plata no son solo negativamente superfluos, es decir, objetos prescindibles: sino que sus propiedades estéticas, que los convierten en el material de la pompa, del adorno, del brillo, los convierten en formas positivas de la superfluidad o en medios de satisfacción de necesidades que van más allá de lo cotidiano y de la desnuda necesidad natural. Tienen, pues, en sí mismos valor de uso, prescindiendo de su función como dinero. Pero así como son representantes naturales de relaciones meramente cuantitativas —a causa de la identidad de su cualidad—, así también en su uso individual son representantes naturales inmediatos de la superfluidad y, por tanto, de la riqueza como tal, tanto por sus propiedades estéticas naturales como por su carestía.

La ductilidad, una de las propiedades que capacitan al oro y la plata para ser material de adorno. Deslumbrante a la vista. El valor de cambio es, ante todo, el excedente de valores de uso necesarios destinado al intercambio. Este excedente se intercambia por lo superfluo en cuanto tal, es decir, por lo que va más allá del círculo de la necesidad inmediata; por lo dominguero en contraposición a lo cotidiano. El valor de uso, en cuanto tal, expresa ante todo la relación del individuo con la naturaleza; el valor de cambio, junto al valor de uso, expresa su dominio sobre los valores de uso de otros, su relación social: incluso originariamente, a su vez, valores del uso dominguero, que van más allá de la necesidad inmediata.

El color
blanco
de la plata, que refleja todos los rayos de luz en su mezcla originaria; el
rojo amarillento
del oro, que aniquila todos los rayos coloreados de la luz mezclada que incide sobre él y solo refleja el rojo.

Hay que traer aquí lo dicho antes sobre los países productores de minas. [[
Grimm
muestra en su Historia de la lengua alemana la conexión de los nombres del oro y de la plata con el color.]]

|Hemos visto que el oro y la plata no satisfacen la exigencia que se les plantea como valor de cambio autonomizado, como dinero existente de modo inmediato, de ser una
magnitud de valor
constante. Su naturaleza como mercancía particular entra aquí en conflicto con su función como dinero. Sin embargo, poseen, como ya observó Aristóteles, una magnitud de valor más permanente que el promedio de las demás mercancías. Para la circulación metálica en cuanto tal, prescindiendo del efecto general de una apreciación o depreciación de los metales preciosos sobre todas las relaciones económicas, son de particular importancia las fluctuaciones de la relación de valor entre el oro y la plata, ya que constantemente sirven, bien en el mismo país o en países diversos, uno junto al otro, como materia del dinero. Las causas puramente económicas de este cambio sucesivo —conquistas y otras conmociones políticas, que ejercieron gran influencia sobre el valor relativo de los metales preciosos en el mundo antiguo, caen fuera de la consideración meramente económica— deben reducirse al cambio del tiempo de trabajo requerido para la producción de cantidades iguales de estos metales. Este mismo dependerá, por una parte, de las cantidades relativas en que se encuentran en la naturaleza y, por otra, de la mayor o menor dificultad que ofrezca su apoderamiento en estado metálico puro. De lo dicho anteriormente se desprende ya que el oro, cuyo hallazgo como oro de río o de aluvión no requiere ni trabajo de minas ni combinación química o mecánica, a pesar de su mayor rareza absoluta, fue descubierto antes que la plata y durante mucho tiempo, pese a su mayor rareza absoluta, se mantuvo depreciado relativamente frente a la plata. La aseveración de Estrabón de que en una tribu de árabes se daban 10 libras de oro por 1 libra de hierro y 2 libras de oro por 1 libra de plata, no parece, por tanto, en modo alguno increíble. Por otra parte, es claro que a medida que se desarrolla la fuerza productiva del trabajo social, la tecnología, y por tanto el trabajo simple se encarece, al mismo tiempo que las afluencias originarias y superficiales de oro se agotan y la corteza terrestre es rota por todas partes, la presencia relativamente más rara o más frecuente de ambos metales influirá esencialmente sobre la productividad del trabajo, y el oro se apreciará frente a la plata. (Pero nunca es la relación cuantitativa absoluta en que ambos se dan en la naturaleza, aunque por lo general sea un momento esencial en el tiempo de trabajo necesario para su producción, sino este último mismo, el que determina su valor relativo. Aunque, por tanto, según la Académie des Sciences de París (1842) la relación de plata a oro deba estimarse en 52 : 1, su relación de valor era solo de 15 : 1.)

Dada una determinada evolución de la fuerza productiva del trabajo social, el descubrimiento alternativo de nuevos yacimientos de oro o de plata ha de pesar siempre de modo decisivo en la balanza, y el oro tiene frente a la plata la posibilidad de ser descubierto no solo en minas, sino en tierras de aluvión. Existe, por tanto, de nuevo toda probabilidad de un movimiento inverso en la relación de valor, a saber, de una caída del valor del oro frente a la plata. La apertura de minas de plata depende del progreso de la técnica y de la civilización general. Dadas estas, todos los cambios en el descubrimiento de ricos yacimientos de plata o de oro resultan decisivos. En conjunto, encontramos la repetición del mismo movimiento en el cambio de la relación de valor entre el oro y la plata. Los dos primeros movimientos comienzan con la depreciación relativa del oro y terminan con su apreciación. El último comienza con su apreciación y parece apuntar hacia su originaria y menor relación de valor con la plata. En la antigua Asia la relación de oro a plata = 6 : 1 u 8 : 1 (en Manú todavía más baja) (así en China y Japón, esta última todavía a comienzos del siglo XIX); 10 : 1, la relación en tiempo de Jenofonte, puede considerarse como la relación media de la Antigüedad media. En la época romana tardía —las minas de plata españolas abiertas por Cartago habían desempeñado en la Antigüedad aproximadamente el mismo papel que el descubrimiento de América en la época moderna— aproximadamente la relación fue, como después del descubrimiento de América, de 14 o 15 : 1, aunque encontremos con frecuencia una depreciación más profunda de la plata en Roma.

En la Edad Media puede volver a fijarse la relación media, como en tiempos de Jenofonte, en 10 : 1, aunque precisamente en ella las desviaciones locales son extraordinariamente grandes. La relación media en los siglos que siguen al descubrimiento de América = 15 : 1 o 18 : 1. Los nuevos descubrimientos de oro hacen probable que la relación vuelva a reducirse a 10 : 1, u 8 : 1, en todo caso un movimiento inverso en la relación de valor, como desde el siglo XVI. No es aún el lugar de profundizar aquí en esta cuestión especial.

Citas en lenguas extranjeras

1
“The precious metals uniform in their physical qualities, so that equal quantities of it should be so far identical as to present no ground for preferring those one to the others. This is not the case with equal numbers of cattle and equal quantities of grain”.

2
“Gold differs remarkably from the other metals, with a very few exceptions, in the fact, that it is found in nature in its
metallic
state” (los otros metales en minerales (en su ser químico) de los mismos). “Iron and copper, tin, lead and silver are ordinarily discovered in chemical combination[s] with oxygen, sulphur, arsenic, or carbon; and the few exceptional occurrences of these metals in an uncombined, or, as it was formerly called,
virgin
State, are to be cited rather as mineralogical curiosities than as common production[s]. Gold, however, is always found native or metallic... Again gold, from the circumstance of its having been formed in those rocks which are most exposed to the atmospheric action, is found in the debris of the mountains; ... los fragmentos de estas rocas desprendidos, ... arrastrados por las riadas a los valles, y rodados como guijarros por la acción constante del agua corriente...”

3
“Gold most frequently occurs pure, or, at all events, so nearly so that its metallic nature can be at once recognized, tanto en los ríos como en las quartz-veins... Rivers are, indeed, great natural
cradles
, sweeping off all the lighter and finer particles at once, the heavier ones either sticking against natural impediments or being left whenever the current slackens its force or velocity... In almost all, perhaps in all the countries of Europe, Africa, and Asia, greater or smaller quantities of gold have from ... early times been washed by simple contrivances from the auriferous deposits etc.”

4
“I metalli han questo di proprio e singolare che in essi soli tutte la ragioni si riducono ad una che è la loro quantità, non avendo ricevuto dalla natura diversa qualità, nè nell’ interna loro costituzione ne nell’ esterna forma e fattura”.

5
“Money is returned in
kind only;
which fact... distinguishes this agent from all other machinery... indicates the natura of its Service – clearly proves the singleness of its office”.

6
“O felicem monetam, quae suavem utilemque praebet humano generi potum, et a tartarea peste avaritiae suos immunes servat possessores, quod suffodi aut diu servari nequeat”.

[Fragmento del Urtext de Zur Kritik der politischen Ökonomie – Parte 6]

Karl Marx

Urtext “Zur Kritik”

5) Aparición de la ley de apropiación en la circulación simple

Las relaciones económicas de los individuos que son los sujetos del intercambio son aquí fáciles de captar, tal como aparecen en el proceso de intercambio hasta ahora expuesto, sin referencia a relaciones de producción más desarrolladas. Las determinaciones formales económicas constituyen precisamente la determinidad en la que ellos entran en trato recíproco (se enfrentan unos a otros).

“El trabajador tiene un derecho exclusivo sobre el valor que resulta de su trabajo.”¹
(
Cherbuliez
, p. 48, “Riche ou pauvre”. París 1841.)

En primer lugar, los sujetos del proceso de intercambio aparecen como
propietarios
de mercancías. Puesto que sobre la base de la circulación simple sólo existe un método por el cual cada cual se convierte en propietario de una mercancía, a saber, mediante un nuevo equivalente, la propiedad sobre la mercancía
precedente
al intercambio, es decir, la propiedad sobre la mercancía no apropiada por mediación de la circulación, la propiedad sobre la mercancía que, más bien, ha de entrar primeramente en la circulación, aparece brotando directamente del trabajo de su poseedor, y el trabajo como el modo originario de apropiación. La mercancía como valor de cambio es sólo producto,
trabajo objetivado
. Es, a la vez, ante todo la objetualidad de aquel cuyo trabajo se presenta en ella; su propia existencia objetiva, producida por él mismo, para otros. Ciertamente, en el proceso simple de intercambio, tal como se despliega en los diferentes momentos de la circulación, no entra la producción de las mercancías. Ellas están, más bien, presupuestas como valores de uso ya acabados. Tienen que existir antes de que comience el intercambio, simultáneamente, como en la compra y la venta, o al menos en cuanto se consuma la transacción, como en la forma de circulación en la que el dinero funge como medio de pago. Sea simultáneamente o no, entran en la circulación siempre como ya existentes.
El proceso de génesis de las mercancías, y por tanto también su proceso originario de apropiación, queda, pues, más allá de la circulación.
Pero como sólo mediante la circulación, es decir, mediante la enajenación del propio equivalente, puede apropiarse un equivalente ajeno, queda necesariamente presupuesto el trabajo propio como proceso originario de apropiación, y la circulación, en realidad, sólo como intercambio recíproco de trabajo que se ha encarnado en múltiples productos.

Trabajo y propiedad sobre el resultado del trabajo propio aparecen, pues, como el supuesto fundamental sin el cual no tendría lugar la apropiación secundaria mediante la circulación.
La propiedad fundada en el trabajo propio
constituye, dentro de la circulación,
la base de la apropiación de trabajo ajeno
. En efecto, si examinamos con precisión el proceso de circulación, la premisa es que los que intercambian aparezcan como propietarios de valores de cambio, esto es, de cantidades de tiempo de trabajo materializado en valores de uso.
Cómo han llegado a ser propietarios de estas mercancías
es un proceso que transcurre a espaldas de la circulación simple y que se ha extinguido antes de que ella comience. La propiedad privada es premisa de la circulación, pero el proceso mismo de apropiación

no se muestra, no aparece dentro de la circulación, sino que le está presupuesto. En la circulación misma, en el proceso de intercambio tal como sale a la superficie de la sociedad burguesa, cada uno da sólo en la medida en que toma, y toma sólo en la medida en que da. Para hacer lo uno o lo otro, tiene que
tener
. El procedimiento mediante el cual se ha colocado en el estado de tener no constituye ninguno de los momentos de la circulación misma. Sólo como propietarios privados de valor de cambio, sea en la forma de mercancía, sea en la forma de dinero, son los sujetos de la circulación. Cómo han llegado a ser propietarios privados, esto es,
se han apropiado trabajo objetivado
, es una circunstancia que no parece caer en absoluto dentro de la consideración de la circulación simple. Sin embargo, la mercancía es, por otra parte, la premisa de la circulación. Y puesto que desde el punto de vista de ésta sólo pueden apropiarse mercancías ajenas, esto es,
trabajo ajeno
, mediante la enajenación de la propia, desde ese mismo punto de vista el proceso de apropiación de la mercancía, que precede a la circulación, aparece necesariamente como
apropiación mediante el trabajo
. En tanto que
la mercancía como valor de cambio no es más que trabajo objetivado
, pero desde el punto de vista de la circulación —la cual misma no es sino el movimiento del valor de cambio— el trabajo objetivado ajeno no puede ser apropiado sino mediante el intercambio de un equivalente, la
mercancía no puede en realidad ser otra cosa que objetivación del trabajo propio
, y así como éste es en realidad el proceso fáctico de apropiación de productos naturales, aparece igualmente como el título jurídico de propiedad. La
circulación
sólo muestra cómo esta apropiación inmediata, mediante la mediación de una
operación social, transforma la propiedad sobre el trabajo propio en propiedad sobre el trabajo social
.

Por eso, todos los economistas modernos han proclamado el trabajo propio como el título originario de propiedad, sea de manera más económica o más jurídica, y
la propiedad sobre el resultado del trabajo propio como el presupuesto fundamental de la sociedad burguesa.
(
Cherbuliez
: véase arriba. Véase también
A. Smith
.) El presupuesto mismo descansa sobre el
supuesto del valor de cambio como la relación económica que rige la totalidad de las relaciones de producción y de intercambio
, es, por tanto, él mismo un
producto
histórico de la sociedad burguesa,

de la sociedad del valor de cambio desarrollado. Por otra parte, como al considerar relaciones económicas más concretas que las que presenta la circulación simple parecen surgir leyes contradictorias, todos los economistas clásicos, hasta llegar a Ricardo, gustan de hacer valer ciertamente aquella
concepción surgida de la propia sociedad burguesa
como ley general, pero relegar su realidad estricta a las edades de oro, cuando
aún no existía propiedad
alguna. Por así decirlo, a los tiempos anteriores al pecado original económico, como Boisguillebert, por ejemplo.
De tal modo que se produciría el singular resultado de que la verdad de la ley de apropiación de la sociedad burguesa tendría que ser trasladada a una época en que esta sociedad misma aún no existía,
y la ley fundamental de la propiedad, a la época de la carencia de propiedad. Esta ilusión es transparente. La producción originaria descansa sobre comunidades primitivas, dentro de las cuales el intercambio privado sólo aparece como una excepción muy superficial y accesoria. Pero con la disolución histórica de esas comunidades, aparecen de inmediato relaciones de dominación y servidumbre, relaciones de violencia, que se hallan en flagrante contradicción con la suave circulación de mercancías y con las relaciones correspondientes a ella. Sea como fuere, el proceso de circulación, tal como
aparece en la superficie
de la sociedad, no conoce otro modo de apropiación, y si en el curso de la investigación llegasen a surgir contradicciones, éstas, al igual que
esta ley de la apropiación originaria por el trabajo, deberán ser deducidas del desarrollo mismo del valor de cambio.

Presupuesta la ley de apropiación por el trabajo propio
—y éste es un presupuesto que brota de la consideración de la circulación misma, no un presupuesto arbitrario—, se abre por sí mismo en la circulación un reino de la libertad y la igualdad burguesas fundado sobre dicha ley.

Si la apropiación de mercancías mediante trabajo propio se presenta como la primera necesidad, el proceso social mediante el cual este producto debe ser puesto primero como valor de cambio y, como tal, convertido de nuevo en valor de uso para los individuos, aparece como la segunda. Después de la apropiación mediante el trabajo o la objetivación del trabajo, aparece como
ley siguiente
su
enajenación o la transformación del mismo en forma social
. La circulación es el movimiento en el cual el producto propio es puesto como valor de cambio (dinero), esto es, como producto social, y el

producto social es puesto como propio (valor de uso individual, objeto del consumo individual).

Ahora queda claro de nuevo:

Una otra premisa del intercambio, que concierne al conjunto del movimiento, es la de que los sujetos del mismo producen subsumidos bajo la división del trabajo social. Las mercancías que han de intercambiarse recíprocamente no son, en efecto, sino trabajo objetivado en distintos valores de uso, objetivado, pues, de diversas maneras; no son en realidad sino la existencia objetiva de la división del trabajo, objetivación de trabajos cualitativamente distintos, correspondientes a distintos sistemas de necesidades. En la medida en que produzco mercancía, la premisa es que mi producto tiene ciertamente valor de uso, pero no para mí, no es inmediatamente medio de subsistencia (en el sentido más amplio) para mí, sino que es para mí inmediatamente valor de cambio; sólo se convierte en medio de subsistencia después de haber adoptado, en el dinero, la forma del producto social general y de poder ahora realizarse en toda forma de trabajo ajeno, cualitativamente distinto. Produzco, por tanto, sólo para mí en la medida en que produzco para la sociedad, cada uno de cuyos miembros trabaja a su vez para mí en otro ámbito.

Resulta además claro que la premisa de que los que intercambian produzcan valores de cambio presupone no sólo la división del trabajo en general, sino una forma específicamente desarrollada de la misma. En el Perú, por ejemplo, también estaba dividido el trabajo; igualmente en las pequeñas comunidades indias autosuficientes (selfsupporting). Pero ésta es una división del trabajo que no sólo no se funda en el valor de cambio, sino que, a la inversa, presupone una producción más o menos directamente comunitaria. La premisa fundamental de que los sujetos de la circulación han producido valores de cambio, productos puestos inmediatamente bajo la determinación social del valor de cambio, es decir, que han producido también subsumidos bajo una división del trabajo de configuración histórica determinada, incluye una masa de presupuestos que no brotan ni de la voluntad del individuo ni de su naturaleza inmediata, sino de condiciones y relaciones históricas por las cuales el individuo se encuentra ya determinado socialmente, como determinado por la sociedad; del mismo modo que esta premisa incluye relaciones que se presentan en otras relaciones de producción de los individuos que las simples en las que se enfrentan en la circulación. El que intercambia

ha producido mercancía, y ciertamente para productores de mercancías. Esto encierra: por un lado: ha producido como individuo privado independiente, por iniciativa propia, determinado únicamente por su propia necesidad y sus propias capacidades, a partir de sí mismo y para sí mismo, no como miembro de una comunidad natural, ni como individuo que participa inmediatamente, como ser social, en la producción, y que, por tanto, tampoco se relaciona con su producto como fuente inmediata de existencia. Pero, por otro lado, ha producido valor de cambio, un producto que sólo llega a ser producto para él a través de un determinado proceso social, una determinada metamorfosis. Ha producido, pues, ya en una conexión, bajo condiciones de producción y relaciones de intercambio que sólo han llegado a serlo a través de un proceso histórico, pero que a él mismo se le aparecen como necesidad natural. La independencia de la producción individual se ve, así, completada por una dependencia social, que encuentra su expresión correspondiente en la división del trabajo.

El carácter privado de la producción del individuo que produce valores de cambio aparece él mismo como producto histórico – su aislamiento, su autonomización puntual dentro de la producción, condicionado por una división del trabajo que, a su vez, se basa en toda una serie de condiciones económicas por las cuales el individuo está condicionado en todos los sentidos en su conexión con otros y en su propio modo de existencia.

Un arrendatario inglés y un campesino francés, en la medida en que productos del suelo son la mercancía que venden, se hallan en la misma relación económica. Sólo que el campesino no vende más que el pequeño excedente por encima de la producción de su familia. La parte principal la consume él mismo, de modo que no se relaciona con la mayor parte de su producto como valor de cambio, sino como valor de uso, medio de subsistencia inmediato. El arrendatario inglés, por el contrario, depende por entero de la venta de su producto, por tanto de él como mercancía, y por consiguiente del valor de uso social de su producto. Su producción está, pues, en toda su extensión, aferrada y determinada por el valor de cambio. Resulta ahora claro qué desarrollo altamente distinto de las fuerzas productivas del trabajo, de la división del mismo, qué distintas relaciones de los individuos dentro de la producción se requieren para que el trigo, por ejemplo, sea producido como mero valor de cambio y entre, por tanto, íntegramente en la circulación; qué procesos económicos se requieren para hacer de un campesino francés un arrendatario inglés. Adam Smith, en su desarrollo del valor de cambio, comete aún el desacierto de mantener la forma no desarrollada

del valor de cambio, allí donde aún aparece sólo como excedente por encima del valor de uso producido para la propia subsistencia del productor, como la forma adecuada del mismo, mientras que ésta no es sino una forma de su aparición histórica dentro de un sistema de producción aún no aferrado por él como forma general. Pero en la sociedad burguesa ha de concebírselo como la forma dominante, de tal modo que toda relación inmediata de los productores con sus productos en cuanto valores de uso ha desaparecido; todos los productos en cuanto productos comerciales. Tomemos a un obrero en una fábrica moderna, por ejemplo, una fábrica de indianas. Si no hubiese producido ningún valor de cambio, no habría producido nada en absoluto, ya que no puede poner sus dedos sobre ningún valor de uso aprehensible y decir: éste es mi producto. Cuanto más multilateral se vuelve el sistema de las necesidades sociales y más unilateral la producción del individuo, es decir, con el desarrollo de la división social del trabajo, la producción del producto como valor de cambio, o el carácter del producto como valor de cambio, se torna decisivo.

Un análisis de la forma específica de la división del trabajo, de las condiciones de producción en que se basa, de las relaciones económicas de los miembros de la sociedad en que éstas condiciones se disuelven, mostraría que todo el sistema de la producción burguesa está presupuesto para que el valor de cambio aparezca como simple punto de partida en la superficie y el proceso de intercambio, tal como se despliega en la circulación simple, como el metabolismo social simple pero que abarca toda la producción y el consumo. Se pondría así de manifiesto que ya están presupuestas otras relaciones de producción, más complejas y que colisionan más o menos con la libertad e independencia de los individuos, relaciones económicas de los mismos, para que ellos, como los libres productores privados, se contrapongan en las relaciones simples de compras y ventas en el proceso de circulación, figuren como sus sujetos independientes. Pero desde el punto de vista de la circulación simple, estas relaciones están borradas. Considerada ella misma por sí sola, en ella aparece la división del trabajo, de hecho, sólo en el resultado, en su premisa, a saber, que los sujetos del intercambio producen distintas mercancías, que corresponden a distintas necesidades, y que si cada cual depende de la producción de todos, todos dependen de la de él, en la medida en que se complementan recíprocamente, y que, por tanto, el producto de cada individuo, mediante el proceso de circulación, hasta el monto de la magnitud de valor por él poseída, es medio para participar en la producción social en general.

El producto es valor de cambio, trabajo general objetivado, aunque de manera inmediata sea sólo la objetivación del trabajo privado independiente del individuo.

El que la mercancía tenga primero que ser enajenada, la coacción para el individuo de que su producto inmediato no sea un producto para él, sino que sólo llegue a serlo en el proceso social de producción y tenga que adoptar esta forma general y, sin embargo, externa; el que el producto del trabajo particular, como objetivación del trabajo general, tenga que acreditarse socialmente adoptando la forma de la cosa – del dinero –, cosa que está presupuesta exclusivamente como objetividad inmediata del trabajo general – al igual que, mediante este proceso mismo – very process –, este trabajo social general es puesto como cosa externa, dinero –: estas determinaciones constituyen el resorte, el pulso de la circulación misma. Las relaciones sociales que de ello surgen se derivan, por tanto, directamente de la consideración de la circulación simple y no yacen tras ella, como las relaciones económicas encerradas en la división del trabajo.

¿Mediante qué acredita el individuo su trabajo privado como trabajo general, y su producto como producto social general? Mediante el contenido particular de su trabajo, su particular valor de uso, que es objeto de la necesidad de otro individuo, de modo que este último cede su propio producto a cambio como equivalente. [[Que esto tenga que adoptar la forma del dinero, es un punto que sólo investigaremos más tarde; que esta transformación de la mercancía en dinero constituye ella misma un momento esencial de la circulación simple.]] Es decir, mediante el hecho de que su trabajo es una particularidad en la totalidad del trabajo social, una rama particular que la complementa. Tan pronto como el trabajo posee un contenido determinado por la conexión social —ésta es la determinación material y la premisa—, rige como trabajo general. La forma de la generalidad del trabajo se confirma por su realidad como miembro de una totalidad de trabajos, como modo particular de existencia del trabajo social.

Los individuos se contraponen sólo como propietarios de valores de cambio, como tales que se han dado un ser objetivo el uno para el otro a través de su producto, la mercancía. Sin esta mediación objetiva no tienen relación alguna entre sí, considerados desde el punto de vista del metabolismo social que tiene lugar en la circulación. Existen los unos para los otros sólo como cosas,

lo cual en la relación dineraria, donde su comunidad misma aparece frente a todos como una cosa externa y, por tanto, casual, está sólo ulteriormente desarrollado. El que la conexión social, que surge por la colisión de los individuos independientes, aparezca a la vez como necesidad cósica y a la vez como un vínculo externo frente a ellos, representa precisamente su independencia, para la cual la existencia social es ciertamente necesidad, pero sólo es medio, y por tanto aparece a los individuos mismos como algo externo, en el dinero incluso como una cosa palpable. Producen en y para la sociedad, como seres sociales, pero a la vez esto aparece como mero medio para objetivar su individualidad. Puesto que ni están subsumidos bajo una comunidad natural, ni, por otra parte, subsumen bajo sí la comunidad como seres conscientemente comunitarios, ésta tiene que existir para ellos, como los sujetos independientes, frente a ellos, como una realidad igualmente independiente, externa, casual, cósica. Es ésta precisamente la condición para que, como personas privadas independientes, estén a la vez en una conexión social.

Puesto que, por consiguiente, la división del trabajo, [[en la cual pueden resumirse las condiciones sociales de producción bajo las que los individuos producen valores de cambio]] en el proceso simple de intercambio, la circulación, sólo aparece como 1) no producción de los medios de subsistencia inmediatos por el individuo mismo, mediante su trabajo directo; 2) segundo, como existencia del trabajo social general en cuanto totalidad de desarrollo espontáneo que se despliega en un círculo de particularidades, a saber, que los sujetos de la circulación poseen mercancías que se complementan, cada una satisface un aspecto de la necesidad social total del individuo, mientras que las relaciones económicas mismas, que resultan de esta división del trabajo determinada, quedan borradas; tenemos que en el desarrollo del valor de cambio no hemos desarrollado más la división del trabajo, sino que sólo la hemos aceptado como un hecho idéntico al valor de cambio, hecho que en realidad sólo expresa en forma activa, como particularización del trabajo, lo que el diverso valor de uso de las mercancías —y sin este último no habría intercambio ni valor de cambio— expresa en forma material. En realidad, A. Smith, al igual que otros economistas antes que él, Petty, Boisguillebert, los italianos, ([..?..]) allí donde enuncia la división del trabajo como correlativa al valor de cambio, no ha hecho otra cosa. Pero Steuart, antes que todos, ha concebido la división del trabajo y la producción de valores de cambio como idénticas y, en loable diferencia con otros economistas, lo ha comprendido como una forma de la producción social y del metabolismo social mediada por un proceso histórico particular. Lo que A. Smith dice sobre la fuerza productiva de la división del trabajo es un punto de vista completamente extraño, que no corresponde a este lugar, ni al lugar donde él lo ha puesto, y que además, en referencia a una determinada fase de desarrollo de la manufactura, de ningún modo se adecúa al moderno régimen fabril en general. La división del trabajo con la que aquí tenemos que habérnoslas es la división espontánea y libre dentro del conjunto de la sociedad, que se muestra como producción de valores de cambio, no la división del trabajo dentro de una fábrica (su análisis y combinación en una rama de producción singular; más bien, la división social, que surge por así decirlo sin intervención de los individuos, de estas ramas de producción mismas). La división del trabajo dentro de la sociedad correspondería más al principio de la división del trabajo | dentro de una fábrica en el sistema egipcio que en el moderno. El repelerse mutuamente los trabajos sociales en trabajos libres, independientes unos de otros y vinculados a la totalidad y unidad sólo por necesidad interna (no como en aquella división mediante análisis consciente y combinación consciente de lo analizado), son cosas completamente diversas y determinadas por leyes de desarrollo completamente diversas, por mucho que una cierta forma de la una corresponda a una cierta forma de la otra. Menos aún ha concebido A. Smith la división del trabajo, ni en aquella forma simple en la que ella es sólo la forma activa del valor de cambio, ni en la otra en la que es una determinada fuerza productiva del trabajo, sino en aquella en que las antítesis económicas de la producción, las determinidades sociales cualitativas bajo las cuales los individuos se enfrentan, subsumidos, como capitalista y asalariado, capitalista industrial y rentista, arrendatario y perceptor de renta del suelo, etc., son concebidas ellas mismas como las formas económicas de un modo determinado de la división del trabajo.

Si el individuo produce sus medios de subsistencia inmediatos, como por ejemplo sucede en la mayor parte de los países donde perduran las condiciones de agricultura espontáneas, su producción no tiene carácter social y su trabajo no es trabajo social. Si el individuo produce como individuo privado —esta posición suya misma no es, en modo alguno, producto natural, sino resultado refinado de un proceso social—, el carácter social se muestra en que él, en el contenido de su trabajo, está determinado por la conexión social y sólo trabaja como miembro de la misma, es decir, para las necesidades de todos los demás, —existe, pues, dependencia social para él—, pero él mismo emprende a su arbitrio este o aquel trabajo; su relación particular con el trabajo particular no está socialmente determinada; su arbitrio está naturalmente determinado por sus disposiciones naturales, inclinaciones, condiciones naturales de la producción en que se encuentra situado, etc.; de modo que, en realidad, la particularización del trabajo, el despliegue social del mismo en una totalidad de ramas particulares, aparece, por parte del individuo, de tal manera que su propia particularidad espiritual y natural cobra al mismo tiempo la figura de una particularidad social. De su propia naturaleza y de sus particulares presupuestos brota para él la particularidad de su trabajo —primero objetivación de la misma—, que él sabe, empero, simultáneamente como puesta en vigor de un sistema particular de las necesidades y realización de una rama particular de la actividad social. La división del trabajo concebida así como reproducción social de la individualidad particular, la cual es con ello, al mismo tiempo, un miembro en el desarrollo total de la humanidad, y capacita al mismo tiempo al individuo, por medio de su actividad particular, para el disfrute de la producción general, para el disfrute social multilateral, —esta concepción, tal como resulta desde el punto de vista de la circulación simple, que es, pues, confirmación de la libertad de los individuos, en lugar de ser superación de la misma, es aún la moneda corriente en la economía burguesa.

Esta natural diversidad de los individuos y de sus necesidades constituye el motivo de su integración social en cuanto intercambiantes. De entrada, en el acto de intercambio se enfrentan como personas que se reconocen recíprocamente como propietarios, como personas cuya voluntad compenetra sus mercancías y donde la apropiación recíproca mediante enajenación recíproca sólo tiene lugar por su voluntad común, es decir, esencialmente por medio del contrato. Aparece aquí el momento jurídico de la persona y de la libertad, que está contenida en ella. En el derecho romano, el servus está, por eso, correctamente definido como alguien que no puede adquirir mediante el intercambio. Además: existe en la conciencia de los sujetos que intercambian el que cada cual es sólo fin en sí mismo en la transacción; que cada cual es sólo medio para el otro; finalmente, que la reciprocidad, según la cual cada cual es al mismo tiempo medio y fin, y alcanza precisamente su fin propio sólo al convertirse en medio para el otro, y sólo se convierte en medio en la medida en que alcanza su fin —que esta reciprocidad es un factum necesario, presupuesto como condición natural del intercambio, pero que como tal es indiferente a cada uno de los dos sujetos del intercambio y sólo tiene interés para él en la medida en que es su interés. Es decir, el interés común, que aparece como contenido del acto total de intercambio, está sin duda como hecho en la conciencia de ambas partes, pero como tal no es motivo, sino que existe, por así decirlo, sólo a espaldas de los intereses singulares replegados sobre sí mismos. El sujeto puede, si quiere, tener también la conciencia edificante de que la satisfacción de su implacable interés singular es justamente la realización del interés singular superado, del interés general. Del acto mismo del intercambio retorna cada uno de los sujetos a sí mismo como fin último de todo el proceso, como sujeto abarcador. Con ello queda, pues, realizada la plena libertad del sujeto. Transacción voluntaria; violencia de ninguna de las partes; convertirse en medio para el otro sólo como medio para sí mismo o fin en sí mismo; finalmente, la conciencia de que el interés general o común es justamente la multilateralidad del interés egoísta.

Si de esta manera la circulación es, por todos los lados, una realización de la libertad individual, su proceso, considerado como tal —pues las relaciones de la libertad no atañen directamente a las determinaciones económicas de forma del intercambio, sino que se refieren o bien a su forma jurídica o bien conciernen al contenido, a los valores de uso o a las necesidades como tales, es decir, considerado en sus determinaciones económicas de forma, constituye la plena realización de la igualdad social. Como sujetos de la circulación son, ante todo, intercambiantes, y que cada uno esté puesto en esta determinación, por tanto en la misma determinación, constituye precisamente su determinación social. Se enfrentan, en realidad, sólo como valores de cambio subjetivados, esto es, como equivalentes vivos, de igual valor. Como tales, no sólo son iguales: no se da siquiera | una diversidad entre ellos. Se enfrentan sólo como poseedores de valores de cambio y necesitados de intercambio, como agentes del mismo trabajo social general e indiferente. E intercambian, ciertamente, valores de cambio de igual magnitud, pues se presupone que se intercambian equivalentes. La igualdad de lo que cada cual da y toma es aquí momento expreso del proceso mismo. Así como se enfrentan como sujeto del intercambio, así se acreditan en el acto del mismo. Como tal, éste es sólo esta acreditación. Quedan puestos como intercambiantes, por tanto iguales, y sus mercancías (objetos) como equivalentes. Sólo intercambian su existencia objetivada como una de igual valor. Ellos mismos tienen igual valor y se acreditan en el acto del intercambio como de igual valor y recíprocamente indiferentes. Los equivalentes son la objetivación del uno sujeto para el otro; esto es, ellos mismos tienen igual valor y se acreditan en el acto del intercambio como de igual valor e indiferentes el uno para el otro. Los sujetos en el intercambio sólo son el uno para el otro, a través de los equivalentes, como de igual valor, y se acreditan como tales mediante el cambio de la objetualidad en que el uno es para el otro. Puesto que sólo son el uno para el otro como sujetos de la equivalencia, como son de igual valor, son al mismo tiempo recíprocamente indiferentes. Su otra diferencia no les concierne. Su particularidad individual no entra en el proceso. La diversidad material en el valor de uso de sus mercancías queda borrada en la existencia ideal de la mercancía como precio, y en la medida en que esta diferencia material es motivo del intercambio, son recíprocamente necesidad (cada uno representa la necesidad del otro) y necesidad satisfecha meramente mediante igual quantum de tiempo de trabajo. Esta diversidad natural es el fundamento de su igualdad social, los pone como sujetos del intercambio. Si la necesidad de A fuera la misma que la de B, y la mercancía de A satisficiera la misma necesidad que la de B, no existiría relación alguna entre ellos, en lo que a relaciones económicas se refiere (por el lado de su producción). La satisfacción recíproca de sus necesidades, por medio de la diversidad material de su trabajo y de su mercancía, hace de su igualdad una relación social realizada y de su trabajo particular un modo de existencia particular del trabajo social en general.

En la medida en que el dinero interviene, está tan lejos de abolir esta relación de igualdad que, en realidad, es su expresión real. En primer lugar, en la medida en que funciona como elemento fijador de precios, como medida, es precisamente la función del dinero, también en cuanto a la forma, la de poner a las mercancías como cualitativamente idénticas, expresar su idéntica sustancia social, mientras que sólo tiene lugar una diversidad cuantitativa. En la circulación, la mercancía de cada uno aparece entonces, en realidad, como lo mismo; adquiere la misma forma social del medio de circulación; en la cual toda particularidad del producto se halla extinguida y el propietario de cada mercancía se convierte en propietario de la mercancía universalmente válida, palpablemente subjetivada. Aquí vale en sentido propio aquello de que el dinero *non olet*. Si el tálero que uno tiene en la mano ha realizado el precio de estiércol o de seda, no se le nota en absoluto, y toda diferencia individual, en la medida en que el tálero funciona como tálero, se halla extinguida en la mano de su poseedor.

Pero esta extinción es general, puesto que todas las mercancías se convierten en moneda. La circulación, en un determinado momento, no sólo iguala a cada uno con el otro, sino que los pone como lo mismo, y su movimiento consiste en que cada uno, considerada la función social, pasa alternativamente a ocupar el lugar del otro. En la circulación, los que intercambian se enfrentan también, ciertamente, cualitativamente como compradores y vendedores, como mercancía y dinero, pero, por una parte, cambian de lugar, y el proceso consiste tanto en la desigualación como en la abolición de la igualación, de modo que esta última sólo aparece como formal. El comprador se convierte en vendedor, el vendedor en comprador, y cada uno sólo puede convertirse en comprador en cuanto vendedor. La diferencia formal existe para todos los sujetos de la circulación simultáneamente como metamorfosis sociales por las que [ellos] tienen que pasar. Además, la mercancía, en su ser ideal como precio, es tan dinero como el dinero que se le enfrenta. En el dinero mismo, en cuanto circulante, de modo que aparece ora en una mano, ora en otra, y se muestra indiferente ante esa aparición, la igualdad está puesta de manera objetiva y la diferencia es sólo formal. Cada uno aparece frente al otro como poseedor del medio de circulación, él mismo como dinero, en cuanto se considera el proceso del intercambio. La particular diversidad natural que residía en la mercancía está extinguida y es constantemente extinguida por la circulación.

Si examinamos en general la relación social de los individuos dentro de su proceso económico, debemos atenernos simplemente a las determinaciones de forma de este proceso mismo. Pero en la circulación no existe diferencia alguna más que la de mercancía y dinero, y ella es también la constante desaparición de esa misma diferencia. La igualdad aparece aquí como producto social, así como, en general, el valor de cambio es existencia social.

Puesto que el dinero no es más que la realización del valor de cambio y el sistema desarrollado del valor de cambio es sistema monetario, el sistema monetario no puede ser, en realidad, más que la realización de este sistema de igualdad y libertad.

En el valor de uso de la mercancía está contenida, para el que intercambia, la faceta individual, particular, de la producción (trabajo); pero en su mercancía como valor de cambio, todas las mercancías valen por igual como objetivación del trabajo social, indiferenciado, sin más; sus propietarios, como funcionarios igualmente dignos, pares, del proceso social.

En cuanto el dinero aparece en su tercera función, ya se ha mostrado antes que, como material general de los contratos, medio general de pago, suprime toda diferencia específica en las prestaciones, las iguala. Iguala a todos ante el dinero, pero el dinero no es más que su propia conexión social objetivada. Como materia de la acumulación y de la formación de tesoros, podría parecer a primera vista que la igualdad queda abolida, al presentarse la posibilidad de que un individuo se enriquezca más, adquiera más títulos sobre la producción general que el otro. Pero ninguno puede retirar dinero a expensas del otro. Sólo puede tomar en forma de dinero lo que da en forma de mercancía. El uno disfruta del contenido de la riqueza, el otro se posesiona de su forma general. Si uno se empobrece y el otro se enriquece, eso es cosa de su arbitrio, de su ahorro, laboriosidad, moral, etc., y no se deriva en modo alguno de las relaciones económicas mismas, de las relaciones de intercambio en las que los individuos se enfrentan en la circulación. Incluso la herencia y otras relaciones jurídicas semejantes, que pueden prolongar desigualdades surgidas así, no menoscaban la igualdad social. Si la relación originaria del individuo A no está en contradicción con ella, esta contradicción ciertamente no puede ser producida por el hecho de que el individuo A ocupe el lugar del individuo B, la eternice. Se trata más bien de hacer valer la ley social más allá del límite natural de la vida; una consolidación de la misma contra el efecto casual de la naturaleza, cuya acción, como tal, más bien sería la abolición de la libertad del individuo. Además, puesto que en esta relación el individuo no es más que la individuación del dinero, es como tal tan inmortal como el dinero mismo. Por último, la actividad atesoradora es una idiosincrasia heroica, un fanatismo de la ascesis, que no se hereda de manera natural como la sangre. Puesto que sólo se intercambian equivalentes, el heredero tiene que volver a lanzar el dinero a la circulación para realizarlo como goce. Si no lo hace, simplemente continúa siendo un miembro útil para la sociedad y no toma de ella más de lo que le da. Pero la naturaleza de las cosas trae consigo que el despilfarro, entonces, como dice Steuart, en su calidad de «agradable nivelador», vuelva a igualar la desigualdad, de modo que ésta misma aparece como sólo pasajera.

El proceso del valor de cambio desarrollado en la circulación no sólo respeta la libertad y la igualdad, sino que ellas son su producto; él es su base real. Como ideas puras, son expresiones idealizadas de sus diversos momentos; desarrolladas en relaciones jurídicas, políticas y sociales, no son sino reproducidas en otras potencias. Esto se ha confirmado también históricamente. No sólo la trinidad de propiedad, libertad e igualdad ha sido formulada teóricamente por primera vez, sobre esta base, por los economistas italianos, ingleses y franceses de los siglos XVII y XVIII. Sólo se realizaron en la sociedad burguesa moderna. El mundo antiguo, que no tenía al valor de cambio como base de la producción, y que más bien pereció a causa de su desarrollo, produjo una libertad y una igualdad de contenido completamente opuesto y esencialmente sólo local. Por otra parte, puesto que en el mundo antiguo, al menos en el círculo de los hombres libres, se desarrollaron los momentos de la circulación simple, es explicable que en Roma, y especialmente en la Roma imperial, cuya historia es precisamente la historia de la disolución del antiguo régimen comunitario, se desarrollaran las determinaciones de la persona jurídica, del sujeto del proceso de intercambio, y se elaborara el derecho de la sociedad burguesa en sus determinaciones esenciales, derecho que, sobre todo frente a la Edad Media, hubo de hacerse valer como el derecho de la naciente sociedad industrial.

De ahí resulta el error de aquellos socialistas, especialmente de los franceses, que quieren presentar el socialismo como realización de las ideas burguesas no descubiertas por la Revolución francesa, sino históricamente puestas en circulación, y se afanan en demostrar que el valor de cambio era originariamente (en el tiempo) o según su concepto (en su forma adecuada) un sistema de libertad e igualdad de todos, pero que ha sido falseado por el dinero, el capital, etc. O también, que la historia ha hecho hasta ahora intentos fallidos por llevarlas a cabo en la forma correspondiente a su verdad, y ahora, como Proudhon por ejemplo, pretenden haber descubierto una panacea mediante la cual se debe proporcionar la auténtica historia de estas relaciones en lugar de la falseada. El sistema del valor de cambio, y más aún el sistema monetario, son de hecho el sistema de la libertad y la igualdad. Pero las contradicciones que aparecen en un desarrollo más profundo son contradicciones inmanentes, enredos de esa misma propiedad, libertad e igualdad, que ocasionalmente se truecan en su contrario. Es un deseo tan piadoso como necio el de que, por ejemplo, el valor de cambio no se desarrolle desde la forma de mercancía y dinero hacia la forma del capital, o que el trabajo que produce valor de cambio no se desarrolle hacia el trabajo asalariado. Lo que distingue a estos socialistas de los apologistas burgueses es, por una parte, el sentimiento de las contradicciones del sistema, y por otra, el utopismo, el no comprender la diferencia necesaria entre la figura real y la ideal de la sociedad burguesa, y por tanto, la tarea superflua de querer realizar de nuevo la expresión ideal, la imagen luminosa transfigurada y reflejada, arrojada fuera de sí por la realidad misma como tal.

A esta concepción se contrapone, por otro lado, la insípida demostración de que las contradicciones contra esta visión basada en la consideración de la circulación simple, tan pronto como avanzamos hacia estadios concretos del proceso de producción, descendiendo de la superficie a su profundidad, son en realidad mera apariencia. Se afirma, en efecto, y se demuestra mediante la abstracción de la forma específica de las esferas más desarrolladas del proceso social de producción, de las relaciones económicas más desarrolladas, que todas las relaciones económicas no son más que otros y otros nombres para las mismas relaciones siempre del intercambio simple, del intercambio de mercancías, y de las determinaciones correspondientes de propiedad, libertad e igualdad. Así, por ejemplo, se toma de la empiria que, junto al dinero y la mercancía, se encuentran relaciones de valor de cambio en la forma del capital, del interés, de la renta del suelo, del salario, etc. Mediante el proceso de una abstracción muy barata, que a voluntad deja caer ya este, ya aquel aspecto de la relación específica, se lo reduce a las determinaciones abstractas de la circulación simple, y así se demuestra que las relaciones económicas en que se encuentran los individuos en esas esferas más desarrolladas del proceso de producción no son más que las relaciones de la circulación simple, etc. Es de este modo como el señor Bastiat ha soldado su teodicea económica, las «Harmonies économiques». En oposición a la economía clásica de Steuart, Smith, Ricardo, que tienen la fuerza de exponer las relaciones de producción en su forma pura, sin miramientos, se afirma como progreso esta impotente y engreída tintorería azul. Bastiat no es, sin embargo, el inventor de esta concepción armónica, sino que la ha tomado más bien del norteamericano Carey. Carey, en cuya concepción sólo el Nuevo Mundo, del que es miembro, sirvió de trasfondo histórico, ha demostrado en las obras de su primera época, muy voluminosas, la «armonía» económica —que no es todavía sino reducción, por doquier, a las determinaciones abstractas del proceso simple de intercambio— haciendo que el Estado, por una parte, y la influencia de Inglaterra en el mercado mundial, por otra, falseen por todas partes esas relaciones simples. En sí, las armonías existen. Pero dentro de los países no americanos, están falseadas por el Estado; en la propia América, por la forma más desarrollada en que se presentan estas relaciones, su realidad de mercado mundial, en la forma Inglaterra.

para producirlas, no encuentra otro medio que llamar en auxilio, finalmente como ángel guardián, al diabolus por él denunciado, al Estado, y colocarlo a la puerta del paraíso armónico – a saber, los aranceles protectores. Pero como él es un investigador, no un literato, como Bastiat, tuvo que ir más lejos en su última obra «[Slavery at home and abroad (?)]». El desarrollo de América en los últimos 18 años ha dado tal golpe a su concepción armónica que ahora ya no ve la falsificación de las “armonías naturales” —en sí aún siempre sostenidas— sólo en la intervención exterior del Estado, sino en…
¡el comercio! ¡Resultado admirable éste: celebrar el valor de cambio como fundamento de la producción armónica, y hacer que luego sea suprimido, en sus leyes inmanentes, por la forma desarrollada del intercambio, el comercio!
(2)
Es en esta forma desesperada como enuncia el juicio dilatorio[3] de que el desarrollo del valor de cambio armónico es disarmónico.

Notas del autor

(1)
Por ejemplo: es armónico cuando dentro de un país la producción patriarcal cede el paso a la industrial, y el proceso de disolución que acompaña este desarrollo es captado sólo por su lado positivo. Pero es disarmónico cuando la gran industria inglesa pone fin, con espanto, a las formas patriarcales o pequeñoburguesas de la producción nacional extranjera. La concentración del capital dentro de un país y el efecto disolvente de esta concentración no le ofrecen más que aspectos positivos. Pero los efectos del capital inglés concentrado, que él denuncia como el monopolio de Inglaterra, sobre otros capitales nacionales, son la misma disarmonía.

(2)
Carey es en verdad el único economista original de América, y la gran importancia de sus obras reside en que en ellas, materialmente, está siempre como base la sociedad burguesa en su realidad más libre y amplia. De forma abstracta expresa las grandes relaciones americanas, y precisamente en contraposición al viejo mundo. El único trasfondo real de Bastiat es la pequeñez de las relaciones económicas francesas, que por doquier sacan sus largas orejas de sus armonías, y frente a las cuales se formulan las relaciones de producción inglesas y americanas idealizadas como “exigencias de la razón práctica”. Carey es, por tanto, rico en investigaciones independientes, por así decir, bona fide, sobre cuestiones económicas específicas. Cuando Bastiat, excepcionalmente, aparenta descender de sus lugares comunes pulidos con coquetería a la consideración de categorías reales, por ejemplo en la renta del suelo, se limita a copiar a Carey. Mientras este último, por tanto, combate principalmente las contradicciones contra su concepción armónica en la forma en que fueron desarrolladas por los propios economistas clásicos ingleses, Bastiat arguye contra los socialistas. La visión más profunda de Carey encuentra en la economía misma la contraposición que él, como armonista, ha de combatir, mientras que el vanidoso y dogmático raciocinante la ve simplemente fuera de ella.

Notas de los editores

Con esta página comienza un nuevo cuaderno. Marx distingue en él dos partes. La primera, que abarca las páginas 1-14, la designa en los referatos a mis propios cuadernos como cuaderno B″; la segunda, de la página 16 a la 19 de este mismo cuaderno, como cuaderno B II. Entre ambas partes se encuentra la página en blanco 15.

«Leistungen» también legible como «Bestimmungen».

«dilatorische» también legible como «dialektische» o «delektorische».

Expresiones en lengua extranjera

1* eben diesem Prozeß

2* Zunächst

3* Sklave

4* Faktum

5* nicht stinkt

6* Gleichmacher

Citas en lengua extranjera

1
«Le travailleur a un droit exclusif sur la valeur resultant de son travail.»

[Fragmento del Urtext de Zur Kritik der politischen Ökonomie – Parte 7]

Karl Marx

Urtext «Zur Kritik»

| 6) Transición al capital

Consideremos ahora el proceso de circulación en su totalidad: examinemos en primer lugar el
carácter formal
de la circulación simple.

En realidad, la circulación representa simplemente el proceso formal en el que los dos momentos inmediatamente coincidentes e inmediatamente divergentes en la mercancía, cuya unidad inmediata es ella —valor de uso y valor de cambio— son mediados. La mercancía alterna cada una de las dos determinaciones. En tanto la mercancía está puesta como precio, es ciertamente también valor de cambio, pero su existencia como valor de uso aparece como su realidad, su existencia como valor de cambio es sólo una relación de la misma, su existencia ideal. En el dinero, ella es también sin duda valor de uso, pero su existencia como valor de cambio aparece como su realidad, puesto que el valor de uso, como general, es sólo ideal.

En la mercancía, la materia tiene un precio; en el dinero, el valor de cambio posee una materia.

Hay que considerar las dos formas de la circulación: M–D–M y D–M–D.

La mercancía que se ha intercambiado por dinero contra mercancía sale de la circulación para ser consumida como valor de uso. Su determinación como valor de cambio y, por tanto, como mercancía, se ha extinguido. Ahora es
valor de uso
como tal. Pero si se autonomiza frente a la circulación en el dinero, entonces no representa ya más que la forma general de la riqueza, carente de sustancia, y se convierte en un valor de uso inútil, oro, plata, en la medida en que no vuelva a entrar en la circulación como medio de compra o medio de pago. En realidad, es una contradicción que el valor de cambio autonomizado —la existencia absoluta del valor de cambio— deba ser aquello en lo cual está sustraído al intercambio. La única realidad económica que posee el atesoramiento en la circulación es subsidiaria, para la función del dinero como medio de circulación (en las dos formas de medio de compra y de medio de pago): formar reservas que permitan la posibilidad de la expansión y contracción de la currency (por tanto, la función del dinero como mercancía general).

En la circulación acontecen dos cosas. Se intercambian equivalentes, es decir, magnitudes de valor iguales; al mismo tiempo, las determinaciones de ambos lados se trastocan una frente a la otra. El valor de cambio fijado en el dinero desaparece (para el poseedor del dinero) tan pronto como se realiza en la mercancía como valor de uso; y el valor de uso existente en la mercancía desaparece (para su poseedor) tan pronto como su precio se realiza en dinero. Mediante

el simple acto del intercambio, cada uno sólo puede perderse en su determinación frente al otro tan pronto como se realiza en él. Ninguno puede conservarse en una determinación al pasar a la otra.

La circulación considerada en sí misma es la
mediación de extremos presupuestos.
Pero ella no pone estos extremos. Como totalidad de la mediación, como proceso total mismo, tiene que estar, por tanto, mediada.
Su ser inmediato es, por consiguiente, pura apariencia.
Es el
fenómeno de un proceso que transcurre a sus espaldas.
Ahora está negada en cada uno de sus momentos: como mercancía, como dinero y como relación de ambos, como simple intercambio de ambos, circulación.

La repetición del proceso desde los dos puntos, dinero y mercancía, no surge de las condiciones de la circulación misma. El acto no puede encenderse de nuevo en sí mismo. La circulación no lleva, pues, en sí misma el principio de la auto-renovación. Arranca de momentos presupuestos, no de momentos puestos por ella misma. Hay que arrojar constantemente mercancías de nuevo en la circulación, y precisamente desde fuera, como combustible al fuego. De lo contrario, se extingue en la indiferencia. Se extinguiría en el dinero como resultado indiferente, el cual, en la medida en que ya no estuviera en relación con mercancías, precios, circulación, habría dejado de ser dinero, de expresar una relación de producción; de él sólo restaría su existencia metálica, pero su existencia económica estaría aniquilada.

Frente al dinero como “forma general de la riqueza”, como valor de cambio autonomizado, se alza todo el mundo de la riqueza real. El dinero es la pura abstracción de ésta; de ahí que, retenido así fijamente, sea una magnitud imaginaria. Allí donde la riqueza general parece existir de modo enteramente material, palpable, como tal, su existencia está únicamente en mi cabeza, es pura quimera. Como representante material de la riqueza general, el dinero sólo se realiza al ser arrojado de nuevo a la circulación, desaparecer frente a los modos particulares de la riqueza. En la circulación, sólo es realmente en tanto se entrega. Si quiero retenerlo, se evapora entre mis manos en un mero espectro de la riqueza. Hacerlo desaparecer es la única manera posible de asegurarlo como riqueza. La disolución de lo almacenado en goces efímeros es su realización. Puede ser nuevamente almacenado por otros individuos, pero entonces el proceso comienza de nuevo. La autonomía del dinero frente a la circulación es pura apariencia. El dinero, por tanto, se suprime en su determinación como valor de cambio consumado.

En la circulación simple, el valor de cambio, en su forma de dinero, aparece como una cosa simple para la cual la circulación es sólo un movimiento exterior, o que está individualizada como sujeto en una materia particular. Por otro lado, | la circulación misma aparece como un movimiento meramente formal: realización de los precios de las mercancías, intercambio (finalmente) de diferentes valores de uso entre sí. Ambas cosas están presupuestas como punto de partida de la circulación: el valor de cambio de la mercancía, las mercancías de diferente valor de uso. Igualmente, caen fuera de la circulación la sustracción de la mercancía mediante el consumo —es decir, su aniquilación como valor de cambio— y la sustracción del dinero, su autonomización, que es a su vez otra forma de su aniquilación. A la circulación le está presupuesto el
precio
determinado (el valor de cambio medido en dinero, es decir, este último mismo, la magnitud de valor); ella no le da más que existencia formal en el dinero. Pero el precio no
deviene
en ella.

La circulación simple, que es meramente el intercambio de mercancía y dinero, así como el intercambio de mercancías en forma mediada, prolongado incluso hasta el atesoramiento, puede existir históricamente, precisamente porque es sólo el movimiento mediador entre puntos de partida presupuestos, sin que el valor de cambio haya afectado a la producción de un pueblo, ni en toda su superficie, ni en profundidad. Al mismo tiempo, históricamente se muestra cómo la circulación misma conduce a la producción burguesa, es decir, a la producción que pone valor de cambio, y se crea una base distinta de aquella de la que partió inmediatamente. El intercambio del excedente es tráfico que intercambia y pone valor de cambio. Pero se extiende meramente al acto del intercambio mismo y transcurre al lado de la producción propiamente dicha. Pero si se repite la aparición de intermediarios que solicitan al intercambio (lombardos, normandos, etc.) y se desarrolla un comercio continuado, en el cual los pueblos productores ya sólo ejercen, por así decirlo, un comercio pasivo, en tanto que el impulso a la actividad ponente de intercambio proviene de fuera, no de la configuración interna de la producción, entonces el excedente de la producción no debe ser sólo un excedente casual, ocasionalmente existente, sino uno constantemente repetido, y así el producto mismo adquiere una tendencia dirigida a la circulación, a la posición de valores de cambio. En un primer momento, el efecto es más material. El círculo de las necesidades se amplía; el fin es la satisfacción de las nuevas necesidades, y por ello una mayor regularidad y multiplicación de la producción. La organización de la producción interior misma está ya modificada por la circulación y el valor de cambio, pero aún no está afectada por ella ni en toda su superficie ni en toda su profundidad. Es éste el llamado efecto civilizador del comercio exterior. Es

depende luego, en parte de la intensidad de ese efecto desde fuera, en parte del grado del desarrollo interno, de hasta qué punto el movimiento que pone valor de cambio se apodera del conjunto de la producción. En Inglaterra, por ejemplo, en el siglo XVI, el desarrollo de la industria holandesa dio a la producción lanera inglesa una gran importancia comercial, así como, por otra parte, crecía la necesidad especialmente de mercancías holandesas e italianas. Para tener ahora más lana para la exportación como medio de intercambio, se convirtió tierra de labranza en pastos para ovejas, se rompió el pequeño sistema de arrendamiento y tuvo lugar toda aquella violenta subversión económica que Thomas Morus lamenta (denuncia). La agricultura perdió, pues, el carácter de trabajo para el valor de uso —como fuente inmediata de subsistencia— y el intercambio de su excedente, el carácter exterior, hasta entonces indiferente para la estructura interna de las relaciones agrícolas. La agricultura misma empezó en determinados puntos, determinada puramente por la circulación, a transformarse en producción que pone valor de cambio puro. Con ello no solo se modificó el modo de producción, sino que todas las viejas relaciones de población y de producción, las relaciones económicas tradicionales que le correspondían, [fueron] disueltas. Así, la circulación tenía aquí como supuesto una producción que solo conocía el valor de cambio en la forma del sobrante, del excedente por encima del valor de uso; pero revirtió a una producción que solo se realizaba ya con referencia a la circulación, a la producción que pone el valor de cambio como su objeto inmediato. Es este un ejemplo del retroceso histórico de la circulación simple al capital, al valor de cambio como forma dominante de la producción.

El movimiento solo ataca así el surplus de la producción calculada para el valor de uso inmediato, y solo se mueve dentro de estos límites. Cuanto menos se ha apoderado el valor de cambio de toda la estructura económica interna de la sociedad, tanto más aparecen estas como extremos exteriores de la circulación —firmemente dados y que se comportan pasivamente frente a ella. Todo el movimiento como tal aparece autonomizado frente a ellas como comercio intermediario, cuyos portadores, como los semitas en los intermundos del mundo antiguo, judíos, lombardos, normandos en los de la sociedad medieval, les representan alternativamente los diversos momentos de la circulación, dinero y mercancía. Estos son los mediadores del metabolismo social.

Aquí no nos ocupamos, sin embargo, del tránsito histórico de la circulación al capital. La circulación simple es más bien una esfera abstracta del proceso de producción burgués en su conjunto, la cual, por sus propias determinaciones, se revela como momento,

| mera forma fenoménica de un proceso más profundo que se encuentra tras ella, que tanto resulta de ella como la produce —del capital industrial—.

La circulación simple es, de un lado, el intercambio
de mercancías existentes
y la mera mediación de estos extremos situados más allá de ella, presupuestos a ella. Toda la actividad está limitada a la actividad del intercambio y al poner las
determinaciones formales
que la mercancía recorre como unidad de valor de cambio y valor de uso. Como tal unidad, la mercancía estaba presupuesta, o sea, un producto determinado era solo
mercancía
en cuanto unidad inmediata de estas dos determinaciones. Realmente como tal unidad, como mercancía, no es ella como un ser quiescente (fijo), sino solo en el movimiento social de la circulación, en el cual 1) las dos determinaciones de la mercancía, ser valor de uso y valor de cambio, se distribuyen en lados diferentes. Para el vendedor se convierte en valor de cambio, para el comprador se convierte en valor de uso. Para el vendedor es
medio de intercambio
, es decir, lo contrario de valor de uso inmediato, por ser valor de uso para el otro, o sea, como valor de uso individual, inmediato, negado; pero, de otra parte, como
precio
está medido su ámbito como medio de intercambio, su poder de compra. Para el comprador se convierte en valor de uso, al realizarse su precio, esto es, al realizarse su existencia ideal como dinero. Solo al realizarla para el otro en la determinación del valor de cambio puro, se convierte para él mismo en la determinación del valor de uso. El valor de uso mismo aparece doblemente; en la mano del vendedor como mera materiatura particular del valor de cambio, existencia del valor de cambio; para el comprador, en cambio, como
valor de uso en cuanto tal
, es decir, como objeto de satisfacción de necesidades particulares; para ambos como precio. Pero el uno quiere realizarla como precio, dinero; el otro realiza el dinero en ella. Es específico en la existencia de la mercancía como medio de intercambio que el valor de uso aparezca 1) como valor de uso inmediato (individual) superado, esto es, como valor de uso para los otros, para la sociedad; 2) como materiatura del valor de cambio para su poseedor. La duplicación y alternancia de la mercancía en las dos determinaciones: mercancía y dinero, es el contenido principal de la circulación. Pero la mercancía no está simplemente enfrentada al dinero; sino que su valor de cambio aparece en ella idealmente como dinero; como precio es dinero ideal, y el dinero frente a ella es solo la realidad de su propio precio. En la mercancía está también el valor de cambio como determinación ideal, como equiparación ideal con dinero; luego obtiene en el dinero como moneda

existencia abstracta, unilateral, pero evanescente, como mero valor; luego se extingue el valor en el valor de uso de la mercancía comprada. Desde el momento en que la mercancía se convierte en simple valor de uso, deja de ser mercancía. Su existencia como valor de cambio se ha extinguido. Pero mientras se encuentra en la circulación, está puesta siempre doblemente, no solo que exista como mercancía frente al dinero, sino que existe siempre como mercancía con un precio, [con] valor de cambio medido en la unidad de medida de los valores de cambio.

El movimiento de la mercancía a través de los diversos momentos, en los que es precio, se convierte en moneda, finalmente se transforma en valor de uso. Ella
está
presupuesta como valor de uso y valor de cambio, pues solo así es mercancía. Pero realiza estas determinaciones
formalmente
en la circulación, y justamente en cuanto que, en primer lugar, como se ha dicho, recorre las diversas determinaciones; pero, en segundo lugar, en cuanto que en el proceso del intercambio su ser como valor de uso y como valor de cambio está siempre distribuido en dos lados, en ambos extremos del intercambio. Su doble naturaleza se despliega en la circulación, y ella
deviene
en cada una de las condiciones en ella presupuestas solo mediante este proceso formal. La unidad de las dos determinaciones aparece como movimiento intranquilo, que transcurre a través de ciertos momentos, y a la vez como movimiento siempre bilateral. Solo siempre en esta relación social, de modo
que las diversas determinaciones de la mercancía, en realidad, no son sino relaciones alternantes, en las que se comportan los sujetos del intercambio durante el proceso de intercambio.
Pero este comportamiento aparece como una relación objetiva, en la que ellos son puestos por el contenido del intercambio, su determinabilidad social, independientemente de su voluntad. En el precio, la moneda, así como el dinero, aparecen estas relaciones sociales como exteriores a ellos, subsumiéndolos bajo sí. La negación en una determinación de la mercancía es siempre su realización en la otra. Como precio, ya está negada, idealmente como valor de uso, y puesta como valor de cambio; como precio realizado, es decir, dinero, es valor de uso negado: como dinero realizado, esto es, medio de compra superado, es valor de cambio negado, valor de uso realizado. Ella es inicialmente solo δυνάμει
2*
en cuanto a valor de uso y valor de cambio; deviene ambas cosas solo en la circulación, y ciertamente es esta el cambio de estas determinaciones. En tanto que es así la alternancia y contraposición, la circulación es siempre también la equiparación de estas determinaciones.

Pero en la medida en que consideramos la forma M–D–M, el valor de cambio aparece, sea en su forma como precio, sea en su forma

como moneda, sea en la forma del movimiento del equiparar, del movimiento del intercambio mismo, solo como mediación evanescente. Mercancía se intercambia finalmente por mercancía, o más bien, puesto que la determinación de mercancía se ha extinguido, valores de uso de diferente cualidad se intercambian entre sí, y la circulación misma solo sirvió para, de un lado, hacer cambiar de manos los valores de uso de acuerdo con la necesidad, y de otro lado, hacerlos cambiar de manos en la medida en que contienen tiempo de trabajo; hacer que se sustituyan en la medida en que son momentos igualmente pesados del tiempo de trabajo social general. Pero ahora las mercancías lanzadas a la circulación han alcanzado su fin. Cada una en la mano de su nuevo poseedor deja de ser mercancía; cada una se convierte en objeto de la necesidad y como tal, conforme a su naturaleza, es consumida. Con esto, la circulación ha llegado a su fin. No queda más que el medio de circulación como simple residuo. Pero como tal residuo pierde su determinación formal. Se derrumba en su materia, que permanece como ceniza inorgánica de todo el proceso. Tan pronto como la mercancía se ha convertido en valor de uso en cuanto tal, ha sido arrojada fuera de la circulación, ha dejado de ser mercancía. Por tanto, no es por este lado del contenido (stoff) donde tenemos que buscar las determinaciones formales que van más allá. El valor de uso en la circulación solo deviene aquello como lo cual estaba presupuesto independientemente de ella: objeto de una necesidad determinada. Como tal era y sigue siendo motivo stofflich de la circulación; pero permanece enteramente intocado por ella como forma social. En el movimiento M–D–M, lo material aparece como el contenido propio del movimiento; el movimiento social, solo como mediación evanescente para satisfacer las necesidades individuales. El metabolismo del trabajo social. En este movimiento, la superación de la determinación formal, es decir, de las determinaciones surgidas del proceso social, no aparece solo como resultado, sino como fin; enteramente como el llevar un proceso para el campesino, si bien no para el abogado. Así pues, para seguir la determinación formal ulterior que brota del movimiento de la circulación misma, tenemos que atenernos al lado en que el lado formal, el valor de cambio en cuanto tal, se desarrolla ulteriormente; obtiene determinaciones más profundas a través del proceso de circulación mismo. O sea, por el lado del desarrollo del dinero, de la forma D–M–D.

El valor de cambio, como quantum objetivado del tiempo de trabajo social, avanza en la objetivación que obtiene en la

circulación hasta su existencia como dinero, como tesoro y medio general de pago. Si el dinero se fija ahora en esta forma, su determinación formal se extingue igualmente; deja de ser dinero, se convierte en mero metal, mero valor de uso, que, sin embargo, como no ha de servir como tal, en su cualidad metálica, es inútil, o sea, no se realiza como valor de uso en el consumo, a diferencia de la mercancía.

Hemos visto cómo la mercancía realiza los momentos contenidos en ella, al negar constantemente uno de ellos. Considerado el movimiento de la mercancía en cuanto tal, el valor de cambio existe idealmente en ella como precio; se convierte en medio de intercambio abstracto en la moneda; pero en su realización final en la otra mercancía, su valor de cambio se extingue y ella sale del proceso como simple valor de uso, objeto inmediato del consumo (M–D–M). Es este el movimiento de la mercancía en el que su existencia como valor de uso es el momento predominante, y el movimiento no es en realidad sino el de adoptar justamente la figura del valor de uso adecuada a la necesidad, en lugar de aquella en la que se encuentra como mercancía.

Si consideramos, por el contrario, la evolución ulterior del valor de cambio en el dinero, en el primer movimiento aquel [el valor de cambio] sólo alcanza su existencia como dinero ideal, o moneda, como unidad y cantidad. Pero si tomamos ambos movimientos conjuntamente, se muestra que el dinero, que en el precio sólo existe como unidad ideal de medida, material representado del trabajo general, en la moneda sólo como signo de valor, existencia abstracta y evanescente del valor, representación materializada, es decir, símbolo, finalmente en su forma como dinero, en primer lugar, niega ambas determinaciones, pero también las contiene a ambas como momentos, y al mismo tiempo se fija en una materialización autónoma frente a la circulación misma, en relación constante con ella, aunque sea como negativa.

Considerada la forma de la circulación misma, lo que en ella se convierte, surge, se produce, es el dinero mismo, nada más.

Las mercancías se intercambian en la circulación, pero no surgen en ella. El dinero como precio y moneda es ya, ciertamente, producto específico de la circulación, pero sólo formalmente. Al precio está presupuesto el valor de cambio de la mercancía, así como la moneda misma no es más que la forma autonomizada de la mercancía como medio de intercambio, que estaba igualmente presupuesta. La circulación no crea el valor de cambio, como tampoco su magnitud. Para que una mercancía sea medida en dinero, es necesario que el dinero y la mercancía se relacionen recíprocamente como valores de cambio, esto es, como objetivación de tiempo de trabajo.

El valor de cambio de la mercancía sólo obtiene en el precio una expresión separada de su valor de uso; igualmente, el signo de valor surge únicamente del equivalente, de la mercancía como medio de intercambio. Como medio de intercambio, la mercancía debe ser valor de uso, pero sólo ha de convertirse en tal mediante la enajenación, ya que no es valor de uso para aquel en cuya mano es mercancía, sino para aquel que la intercambia como valor de uso. Su valor de uso para el poseedor de la mercancía consiste meramente en su intercambiabilidad, en su enajenabilidad por el alcance del valor de cambio representado en ella. En cuanto medio general de intercambio, la mercancía se convierte por tanto en la circulación en mero valor de uso como
existencia del valor de cambio
, y su valor de uso como tal se extingue. Esto aparece como un simple cambio formal: que el valor de cambio es puesto como precio, o el medio de intercambio como dinero. Toda mercancía, como valor de cambio realizado, es el dinero de cuenta de las demás mercancías, su elemento dador de precio, así como toda mercancía en tanto medio de intercambio —pero aquí fracasa por el alcance en que es medio de intercambio, pues sólo sería medio de intercambio frente al poseedor de la mercancía que necesita el que intercambia, y tendría que convertirse, en una serie de intercambios, en medio de intercambio final; prescindiendo de la clumsiness[1*] de este proceso, entraría además en conflicto con su naturaleza de valor de uso, al tener que ser divisible en porciones para cumplir sucesivamente los diferentes intercambios en las proporciones requeridas— es medio de circulación, moneda. En el precio y la moneda, ambas determinaciones han sido transferidas a una sola mercancía. Esto aparece como mera simplificación. En las relaciones en las que una mercancía es la medida del valor de todas las demás, es medio de intercambio, equivalente, enajenable contra ellas; puede servir realmente como equivalente, como
medio de intercambio
. El proceso de circulación no confiere a estas determinaciones sino una forma más abstracta en el dinero como moneda y medio de intercambio. La forma M–D–M, esta corriente de la circulación en la que el dinero sólo figura como medida y moneda, aparece por eso también como una forma meramente mediada del trueque, en cuyo fundamento y contenido nada ha cambiado. La conciencia reflexiva de los pueblos concibe por tanto el dinero, en su determinación como medida y moneda, como invenciones arbitrarias, convencionalmente introducidas por comodidad; porque la transformación que experimentan las determinaciones contenidas en la mercancía como unidad de valor de uso y valor de cambio es puramente formal. El precio es sólo expresión determinada del valor de cambio, la expresión universalmente comprensible que éste recibe en el lenguaje de la circulación misma; así como la moneda, que también puede existir en su existencia como mero símbolo, no es sino expresión figurada del valor de cambio; en cuanto medio de intercambio, empero, sigue siendo simplemente medio para el intercambio de la mercancía, y por tanto no entra en ello ningún
contenido nuevo. Precio y moneda surgen, ciertamente, también del intercambio; son, de hecho, las expresiones creadas por el intercambio, las expresiones de intercambio de la mercancía como valor de cambio y medio de intercambio.

Otra cosa ocurre con el dinero. Es producto de la circulación, que, por decirlo así, contra lo convenido, ha brotado de ella.

No es una forma meramente mediadora del intercambio de mercancías. Es una forma del valor de cambio que brota del proceso de circulación, un producto social que se genera por sí mismo a través de las relaciones en que los individuos entran en la circulación. Tan pronto como el oro y la plata (o cualquier otra mercancía) se han desarrollado como medida del valor y medio de circulación (sea esto último en su forma corpórea o sustituido por un símbolo), se convierten en dinero, sin intervención ni voluntad de la sociedad. Su poder aparece como un *fatum*, y la conciencia de los hombres, sobre todo en condiciones sociales que perecen a causa de un desarrollo más profundo de las relaciones de valor de cambio, se rebela contra el poder que una materia, una cosa, adquiere frente a ellos, contra la dominación del maldito metal, que aparece como pura locura. Es en el dinero, primeramente, y precisamente en la forma más abstracta, por tanto más absurda, más incomprensible —una forma en la que toda mediación está superada—, donde aparece la transformación de las relaciones sociales recíprocas en una relación social fija, avasalladora, que subsume a los individuos. Y la apariencia es tanto más dura cuanto que brota del supuesto de las personas privadas, libres, arbitrarias, atomísticas, que sólo se relacionan entre sí por las necesidades recíprocas en la producción. El dinero mismo contiene en sí la negación de su ser como mera medida y moneda. [[De hecho, la mercancía, considerada para sí, debe ser para su poseedor mera existencia del valor de cambio; para él, su materialidad tiene sólo el sentido de ser objetividad del tiempo de trabajo general, intercambiable con cualquier otra objetividad del mismo; es decir, inmediatamente
equivalente general
, dinero. Pero este lado, oculto, aparece él mismo sólo como un lado.]] Los viejos filósofos, así como Boisguillebert, consideran esto como inversión, como abuso del dinero, que de siervo se convierte en señor, deprecia la riqueza natural y anula la nivelación de los equivalentes. Platón, en su *República*, quiere mantener por la fuerza el dinero como mero medio de circulación y medida, pero no dejar que se convierta en dinero como tal. Aristóteles, por eso, estigmatiza la forma de la circulación M–D–M, en la que el dinero funciona sólo como medida y moneda —movimiento que él llama el económico—, como la natural y racional, mientras que la forma D–M–D, la crematística, la reprueba como antinatural y contraria a su fin. Lo que aquí se combate es sólo el valor de cambio que se convierte en contenido y fin en sí de la circulación, la sustantivación del valor de cambio como tal; el que el valor como tal se convierta en fin del intercambio y reciba forma autónoma, primero todavía en la forma simple y palpable del dinero. [En el] vender para comprar, el fin es el valor de uso; comprar para vender, el valor mismo.

Ahora bien, hemos visto ciertamente que el dinero, en su función, es de hecho medio de circulación suspendido, sea que haya de entrar más tarde en la circulación como medio de compra o como medio de pago. En cambio, su comportamiento autónomo frente a la circulación, su retiro de la misma, le arrebata ambos valores: su valor de uso, pues no debe servir como metal, y su valor de cambio, pues posee este valor de cambio precisamente sólo como momento de la circulación, como el símbolo abstracto, contrapuesto recíprocamente por las mercancías, de su propio valor; como un momento del movimiento formal de la mercancía misma. Mientras permanece sustraído a la circulación, es tan carente de valor como si yaciera enterrado en la más profunda galería de una mina. Pero si entra de nuevo en | la circulación, se acaba con su imperecederidad, el valor contenido en él perece en los valores de uso de las mercancías contra las que se intercambia, se convierte de nuevo en mero medio de circulación. Éste es un momento.
Proviene de la circulación, como resultado de ésta, es decir, como existencia adecuada del valor de cambio, equivalente general que es para sí y que persiste en sí.

Por otra parte: en cuanto fin del intercambio, esto es, como movimiento que tiene por contenido el valor de cambio, el dinero mismo, el único contenido es el aumento del valor de cambio, la acumulación de dinero. Pero en realidad este aumento es puramente formal. No se extrae valor del valor, sino que el valor es arrojado a la circulación bajo la forma de mercancía, para ser retirado de ella como valor inservible, como tesoro.

«Rico eres, dicen todos; mas para mí eres un pobre;
pues la riqueza la muestra el uso.»[1] [*Anthologia Graeca* XI, 166, 1–2.]

El enriquecimiento aparece así, según el
, como un empobrecimiento voluntario. Es sólo la carencia de necesidades, la renuncia a la necesidad, la renuncia al valor de uso del valor tal como existe en la forma de mercancía, lo que hace posible acumularlo en la forma de dinero. El movimiento real de la forma D–M–D no existe, en efecto, en la circulación simple, donde los equivalentes no hacen más que trasponerse de la forma de mercancía a la de dinero
y viceversa. Si cambio un tálero por la mercancía que vale un tálero, y ésta de nuevo por un tálero, eso es un proceso carente de contenido. En la circulación simple sólo hay que considerar esto —el contenido de esta forma misma—, a saber, el dinero como fin en sí mismo. Que ella se
presenta
como tal, está claro; prescindiendo de la cantidad, la forma dominante del comercio consiste en cambiar dinero por mercancía y mercancía por dinero. Puede ocurrir también, y ocurre, que en este proceso el resultado no sea simplemente la misma cantidad de dinero que el supuesto. En mal negocio puede salir menos de lo que entró. Aquí sólo hay que considerar el significado; la determinación ulterior no pertenece a la circulación simple misma. En la circulación simple misma, el aumento de la magnitud de valor, el movimiento en el que el crecimiento del valor mismo es el fin, sólo puede aparecer en la forma del atesoramiento, mediado por M–D, por la venta constantemente renovada de la mercancía, impidiendo al dinero recorrer su curso total y, una vez que la mercancía se ha transformado en él, volver a dejarlo transformarse en mercancía. Por eso el dinero no aparece, como lo exige la forma D–M–D, como punto de partida, sino siempre sólo como resultado del intercambio. Es punto de partida únicamente en la medida en que, por parte del vendedor, la mercancía misma
sólo
vale para él como precio, como dinero que aún debe existir, y él la arroja en esa forma transitoria a la circulación, para sacarla en su forma eterna. El valor de cambio era, de hecho, el supuesto de la circulación, y por tanto dinero, y del mismo modo su existencia adecuada y la multiplicación de ésta aparecen como resultado de la circulación; en tanto que ésta culmina en el atesoramiento de dinero.

Así pues, el dinero, en su determinación concreta como dinero —en la cual él mismo es ya la negación de su ser como mera medida y mera moneda—, es negado aún en el movimiento de la circulación en el que fue puesto como dinero. Pero lo que con ello se niega es sólo la forma abstracta en que la sustantivación del valor de cambio —y la forma abstracta del proceso de esta sustantivación— aparece en el dinero. Toda la circulación, desde el punto de vista del valor de cambio, está negada, en la medida en que no lleva en sí el principio de la autorrenovación.

La circulación parte de ambas determinaciones de la mercancía, de ella como valor de uso, de ella como valor de cambio. En la medida en que predomina la primera determinación, termina en la autonomización del valor de uso; la mercancía se convierte en objeto del consumo. En la medida en que predomina la segunda determinación, concluye en la segunda determinación, la autonomización del valor de cambio. La mercancía se convierte en dinero. Pero en esta última determinación, sólo llega a serlo mediante el proceso de la circulación y sigue refiriéndose a la circulación. En la última determinación se desarrolla ulteriormente como tiempo de trabajo general objetivado –en su forma social. De este último lado, por tanto, ha de efectuarse también la determinación ulterior del trabajo social, que originariamente aparece como valor de cambio de la mercancía, luego como dinero. El valor de cambio es la forma social en cuanto tal; su desarrollo ulterior es, por consiguiente, el desarrollo ulterior del proceso social o la profundización en él, proceso que arroja la mercancía a su superficie.

Si partimos ahora, como antes de la mercancía, del valor de cambio como tal – su autonomización es el resultado del proceso de circulación – , encontramos:

1) El valor de cambio existe doblemente: como mercancía y como dinero; el dinero aparece como su forma adecuada; pero en la mercancía, mientras ésta sigue siendo mercancía, el dinero no se pierde, sino que existe como su precio. La existencia del valor de cambio se desdobla así: una vez en valores de uso, otra vez en dinero. Pero ambas formas se intercambian, y por el mero intercambio como tal el valor no se pierde.

2) Para que el dinero se conserve como dinero, debe, así como aparece como precipitado y resultado del proceso de circulación, ser capaz de volver a entrar en él, es decir, no convertirse en la circulación en mero medio de circulación que desaparece, en la forma de mercancía, contra mero valor de uso. El dinero, al entrar en una determinación, no debe perderse en la otra; por tanto, en su existencia como mercancía debe seguir siendo dinero, y en su existencia como dinero debe existir sólo como forma pasajera de la mercancía; en su existencia como mercancía no debe perder el valor de cambio, en su existencia como dinero no debe perder la referencia al valor de uso. Su entrada en la circulación debe ser ella misma un momento de su permanecer cabe sí, y su permanecer cabe sí debe ser una entrada en la circulación. El valor de cambio, pues, queda ahora determinado como un proceso, ya no como mera forma evanescente del valor de uso, indiferente frente a éste mismo como contenido material, ni como mera cosa en la forma del dinero; como relación consigo mismo a través del proceso de la circulación. Por otra parte, la circulación misma ya no como mero proceso formal en que la mercancía recorre sus diversas determinaciones, sino que el valor de cambio mismo, y precisamente el valor de cambio medido en dinero, debe aparecer como presupuesto, puesto a la vez por la circulación y, como puesto por ella, presupuesto a ella. La circulación misma debe aparecer como un momento de la producción de los valores de cambio (como proceso de producción de los valores de cambio). En la autonomización del valor de cambio en el dinero no está puesto de hecho más que su indiferencia frente al valor de uso particular en que se incorpora. El equivalente universal autonomizado es el dinero, ya exista en la forma de la mercancía, ya en la del dinero. La autonomización en el dinero misma debe aparecer sólo como un momento del movimiento, como resultado ciertamente de la circulación, pero dispuesto a comenzarla de nuevo, no a perseverar en esta forma.

El dinero, esto es, el valor de cambio autonomizado, que ha surgido del proceso de circulación como resultado y a la vez como impulso viviente de la circulación (aunque esto último solo en la forma limitada del atesoramiento), se ha negado como mera moneda, es decir, como mera forma evanescente del valor de cambio, como aquello que se disuelve simplemente en la circulación; asimismo se ha negado como lo que se le enfrenta autónomamente. Para no petrificarse como tesoro, debe volver a entrar en la circulación tal como ha salido de ella, pero no como mero medio de circulación, sino que su existencia como medio de circulación, y por tanto su conversión en mercancía, debe ser una mera modificación de forma, para reaparecer en su forma adecuada, como valor de cambio adecuado, pero a la vez como valor de cambio multiplicado, incrementado, valor de cambio valorizado. El valor que se valoriza, es decir, que se multiplica, en la circulación es, en general, el valor de cambio existente para sí, que recorre la circulación como fin en sí mismo. Esta valorización, multiplicación cuantitativa del valor –el único proceso que el valor en cuanto tal puede experimentar– aparece en la acumulación de dinero solo como opuesta a la circulación, es decir, por medio de su propia supresión. La circulación misma debe ser puesta más bien como el proceso en que el valor se conserva y valoriza. Pero en la circulación el dinero se convierte en moneda y, como tal, se intercambia por mercancía. Si ahora este cambio no ha de ser meramente formal –o no ha de perderse el valor de cambio en el consumo de la mercancía–, de modo que solo se cambiase la forma del valor de cambio, una vez su existencia universal abstracta en el dinero, otra vez su existencia en el valor de uso particular de la mercancía, entonces el valor de cambio debe efectivamente intercambiarse por valor de uso y la mercancía consumirse como valor de uso, pero conservarse como valor de cambio en este consumo, o bien su desaparecer debe desaparecer y ser él mismo solo medio del surgimiento de un valor de cambio mayor, de la reproducción y producción del valor de cambio – consumo productivo, esto es, consumo mediante el trabajo, para objetivar el trabajo, para poner valor de cambio. Producción de valor de cambio es, en general, solo producción de un valor de cambio mayor, multiplicación del mismo. Su reproducción simple cambia el valor de uso en que existe, como lo hace la circulación simple, lo produce, pero no lo crea.

El valor de cambio autonomizado presupone la circulación como momento desarrollado y aparece como proceso constante que pone la circulación y retorna constantemente desde ella a sí mismo para ponerla de nuevo. El valor de cambio como movimiento que se pone a sí mismo no aparece ya como el movimiento meramente formal de los valores de cambio presupuestos, sino a la vez produciéndose y reproduciéndose a sí mismo. La producción misma no está aquí ya presente antes de sus resultados, es decir, presupuesta; sino que aparece como produciendo ella misma estos resultados al mismo tiempo; pero ya no pone el valor de cambio como lo que meramente conduce a la circulación, sino que a la vez supone la circulación desarrollada en su proceso.

Para autonomizarse, el valor de cambio no solo debía surgir de la circulación como resultado, sino ser capaz de volver a entrar en ella, de conservarse en ella al convertirse en mercancía. En el dinero, el valor de cambio ha obtenido una forma autónoma frente a la circulación M–D–M, esto es, frente a su disolución final en mero valor de uso. Pero solo una forma negativa, evanescente, o ilusoria, si se la fija. Solo existe en relación con la circulación y como posibilidad de entrar en ella. Pero pierde esta determinación tan pronto como se realiza. Vuelve a recaer en sus dos funciones como medida y medio de circulación. Como mero dinero no va más allá de esta determinación. Al mismo tiempo, empero, en la circulación está puesto también que siga siendo dinero, ya exista como tal o como precio de la mercancía. El movimiento de la circulación no debe aparecer como el movimiento de su desaparecer, sino más bien como el movimiento de su ponerse real como valor de cambio, de la realización de él mismo como valor de cambio. Cuando se intercambia mercancía por dinero, la forma del valor de cambio, el valor de cambio puesto como valor de cambio, el dinero, solo perdura mientras se mantiene fuera del intercambio en que funciona como valor, se le sustrae, es pues una realización puramente ilusoria del mismo, puramente ideal en esta forma en que la autonomía del valor de cambio existe de modo tangible.

El mismo valor de cambio tiene que devenir dinero, mercancía, mercancía, dinero: la exigencia puesta por la forma D–M–D. En la circulación simple la mercancía se convierte en dinero y luego en mercancía; es otra mercancía la que se pone de nuevo como dinero. El valor de cambio no se conserva en este cambio de su forma. Pero en la circulación ya está puesto que el dinero es ambas cosas, dinero y mercancía, y que se conserva en el cambio de ambas determinaciones.

En la circulación el valor de cambio aparece doblemente: una vez como mercancía, otra vez como dinero. Cuando está en una determinación, no está en la otra. Esto vale para cada mercancía particular; igualmente para el dinero como medio de circulación. Pero, considerado el conjunto de la circulación, reside en él que el mismo valor de cambio, el valor de cambio como sujeto, se pone una vez como mercancía, otra vez como dinero, y que es justamente el movimiento de ponerse en esta doble determinación y de conservarse en cada una de ellas como su contrario, en la mercancía como dinero y en el dinero como mercancía. Esto, que está presente en sí en la circulación simple, no está, empero, puesto en ella.

Allí donde en la circulación simple las determinaciones se comportan autónomamente una frente a otra, de modo positivo, como en la mercancía que deviene objeto de consumo, ella deja de ser momento del proceso económico; donde de modo negativo, como en el dinero, deviene locura, una aberración que brota del proceso económico mismo.

No puede decirse que el valor de cambio se realice en la circulación simple, porque el valor de uso no se le enfrenta como valor de uso en cuanto tal, determinado por él mismo. A la inversa, el valor de uso como tal no se convierte él mismo en valor de cambio, o lo hace solo en la medida en que la determinación de los valores de uso –ser trabajo general objetivado– les es aplicada como medida externa. Su unidad se descompone aún inmediatamente y su diferencia todavía confluye de modo inmediato. Ahora debe ser puesto que el valor de uso como tal deviene por el valor de cambio, y que el valor de cambio se media a sí mismo a través del valor de uso. En la circulación simple solo teníamos dos determinaciones del valor de cambio formalmente distintas –dinero y precio de la mercancía–; y solo dos valores de uso materialmente distintos –M-M– para los cuales el dinero es solo mediación evanescente del valor de cambio, una forma que adoptan transitoriamente. No tenía lugar una relación efectiva entre valor de cambio y valor de uso. En el valor de uso, el valor de cambio existe ciertamente también como precio (determinación ideal); en el dinero existe ciertamente también el valor de uso, como su realidad, su material. En un caso, el valor de cambio era solo ideal; en el otro, el valor de uso. La mercancía como tal –su valor de uso particular– es por tanto también solo motivo material del intercambio, pero como tal cae fuera de la determinación de forma económica; o la determinación de forma económica es solo forma superficial, determinación formal que no penetra en el ámbito de la sustancia real de la riqueza y no se relaciona en absoluto con ella en cuanto tal; si se quiere fijar, pues, esta determinación formal como tal en el tesoro, se convierte subrepticiamente en un producto natural indiferente, un metal, en el que también está extinguida la última relación de aquél con la circulación. El metal como tal no expresa naturalmente ninguna relación social; también la forma de la moneda se ha extinguido en él, el último signo vital de su significado social.

El valor de cambio, como presupuesto y resultado de la circulación, así como ha salido de ella, debe asimismo volver a entrar en ella.

Ya hemos visto, a propósito del dinero, y en la formación del tesoro aparece, que el acrecentamiento del dinero, su multiplicación, es el único proceso de la forma de la circulación [que es] fin en sí mismo para el valor, es decir, que el valor autonomizado y que se conserva en la forma de valor de cambio (en primer lugar dinero) es, al mismo tiempo, el proceso de su propio acrecentamiento; que su conservarse como valor es, a su vez, su ir más allá de su límite cuantitativo, su aumento como magnitud de valor, y que la autonomización del valor de cambio no tiene, por lo demás, ningún contenido.

La conservación del valor de cambio como tal por medio de la circulación aparece al mismo tiempo como su acrecentamiento, y esto es su *autovalorización*, su activo ponerse como *valor que crea valor*, como valor que se reproduce a sí mismo y en ello se conserva, pero a la vez poniéndose como valor, es decir, como *plusvalía*.

Este proceso es todavía puramente formal en la formación del tesoro. En la medida en que se considera al individuo, aparece como un movimiento carente de contenido, que transforma la riqueza de una forma útil en una inútil y, según su determinación, en una forma inservible. En la medida en que se considera el proceso económico en su conjunto, la formación del tesoro sirve sólo como una de las condiciones de la circulación metálica misma. Mientras el dinero permanece como tesoro, no funciona como valor de cambio, es sólo imaginario. Por otro lado, el acrecentamiento —el ponerse como valor, el valor que no sólo se conserva a través de la circulación, sino que se produce a partir de ella, es decir, se pone como plusvalía— es también sólo imaginario. La misma magnitud de valor que antes existía en la forma de mercancía, existe ahora en la forma de dinero; se acumula en esta última forma porque en la otra se renuncia a ella. Si ha de realizarse, desaparece en el consumo. La conservación y el acrecentamiento del valor son, pues, sólo abstractos, formales. En la circulación simple está puesta únicamente la forma de los mismos.

Como forma de la riqueza general, valor de cambio autonomizado, el dinero no es capaz de otro movimiento que uno cuantitativo: acrecentarse. Según su concepto, es el compendio de todos los valores de uso; pero, como siempre es sólo una magnitud de valor determinada, una suma determinada de oro y plata, su límite cuantitativo está en contradicción con su cualidad. Por tanto, está en su naturaleza ir constantemente más allá de su propio límite. (Como riqueza que se disfruta, por ejemplo, en la época imperial romana, aparece por ello como un despilfarro ilimitado y demente, que intenta elevar también el goce a su ilimitación imaginaria, es decir, que, en cuanto tal forma de la riqueza, la trata al mismo tiempo inmediatamente como valor de uso. Ensalada de perlas, etc.)

Para el valor que se fija como valor en sí, acrecentamiento coincide por tanto con autoconservación, y se conserva sólo en la medida en que constantemente va más allá de su límite cuantitativo, que contradice su universalidad interior. El enriquecerse es así fin en sí mismo. La actividad determinante del fin del valor de cambio autonomizado no puede ser sino el enriquecimiento, es decir, el acrecentarse a sí mismo; la reproducción, pero no sólo formalmente, sino acrecentándose en la reproducción. Pero, como magnitud de valor cuantitativamente determinada, el dinero es también sólo el representante limitado de la riqueza general, o representante de una riqueza limitada, que llega exactamente hasta donde llega la magnitud de su valor de cambio, exactamente medida por él. No tiene, pues, en modo alguno la capacidad que, según su concepto general, debería tener de comprar todos los goces, todas las mercancías, la totalidad de la riqueza material; no es un «précis de toutes les choses». Fijado como riqueza, como forma general de la riqueza, como valor que vale como valor, es, pues, el impulso constante a ir más allá de su límite cuantitativo; proceso sin fin. Su propia vitalidad consiste exclusivamente en eso; se conserva sólo como valor que vale por sí mismo, distinto del valor de uso, multiplicándose constantemente por el proceso del intercambio mismo. El valor activo es sólo valor que pone *plusvalía*. La única función como valor de cambio es el intercambio mismo. En esta función, por tanto, tiene que acrecentarse, no mediante la retirada del mismo, como en la formación del tesoro. En ésta, el dinero no funciona como dinero. Retirado como tesoro, no funciona ni como valor de cambio ni como valor de uso; es tesoro muerto, improductivo. De él no parte ninguna acción. Su acrecentamiento es un añadido externo a partir de esa retirada, en la medida en que se arroja de nuevo mercancía a la circulación y el valor se traduce de la forma de mercancía a la forma de dinero, y luego se le pone a salvo, es decir, deja de ser dinero en absoluto. Pero si vuelve a entrar en la circulación, entonces desaparece como valor de cambio.

El dinero que resulta de la circulación como valor de cambio adecuado y autonomizado, pero que vuelve a entrar en la circulación, que se eterniza y se valoriza (se multiplica) en y por ella, es *capital*. En el capital, el dinero ha perdido su rigidez y ha pasado de ser una cosa tangible a ser un proceso. El dinero y la mercancía como tales, así como la circulación simple misma, existen para el capital sólo como momentos abstractos particulares de su existencia, en los cuales aparece tan constantemente, pasando de uno a otro, como constantemente desaparece. La autonomización aparece no sólo en la forma de que, como valor de cambio abstracto autónomo —dinero—, se enfrenta a la circulación, sino en que ésta es, a la vez, el proceso de su autonomización; él deviene de ella como algo autonomizado.

En la forma D–M–D está expresado que la autonomización del dinero debe aparecer como proceso, tanto como presupuesto como resultado de la circulación. Pero esta forma como tal no recibe ningún contenido en la circulación simple, no aparece ella misma como movimiento con contenido. Un movimiento de la circulación para el cual el valor de cambio no es sólo forma, sino el contenido y el fin mismo, y que por tanto es como la forma del *valor de cambio que deviene proceso*.

En la circulación simple, el valor de cambio autonomizado, el dinero como tal, aparece siempre sólo como resultado, *caput mortuum* del movimiento. Tiene que aparecer igualmente como su presupuesto; su resultado como su presupuesto, y su presupuesto como su resultado.

El dinero tiene que conservarse como dinero, tanto en su forma de dinero como de mercancía; y el intercambio de estas determinaciones, el proceso en el cual recorre estas metamorfosis, tiene que aparecer al mismo tiempo como su proceso de producción, como creador de sí mismo —es decir, acrecentamiento de su magnitud de valor—. En la medida en que el dinero se convierte en mercancía, y la mercancía como tal es consumida necesariamente como valor de uso, tiene que perecer, este perecer mismo tiene que perecer, este consumirse tiene que consumirse a sí mismo, de modo que el consumo de la mercancía como valor de uso aparezca él mismo como un momento del proceso del valor que se reproduce a sí mismo.

El dinero y la mercancía, así como la relación de ambos en la circulación, aparecen ahora tanto como simples presupuestos del capital como, por otra parte, formas de existencia del mismo; tanto como simples presupuestos elementales existentes para el capital, como, por otra parte, siendo ellos mismos formas de existencia y resultados del mismo.

La imperecibilidad que el dinero persigue al comportarse negativamente frente a la circulación (sustrayéndose a ella), la alcanza el capital al conservarse precisamente entregándose a la circulación. El capital, como valor de cambio que presupone la circulación, que le está presupuesto y que se conserva en ella, asume alternativamente ambos momentos contenidos en la circulación simple, pero no como en la circulación simple, en la que sólo pasa de una de las formas a la otra, sino que en cada una de las determinaciones es al mismo tiempo la relación con la opuesta. Cuando aparece como dinero, esto es ahora sólo la expresión abstracta unilateral de él como universalidad; al despojarse igualmente de esta forma, sólo se despoja de su determinación contrapuesta (de la forma contrapuesta de la universalidad). Puesto como dinero, es decir, como esta forma contrapuesta de la universalidad del valor de cambio, está puesto al mismo tiempo en él que no debe perder la universalidad, como en la circulación simple, sino su determinación contrapuesta, o la asume sólo de manera fugaz, o sea, se intercambia de nuevo por mercancía, pero como mercancía que expresa ella misma, en su particularidad, la universalidad del valor de cambio, y por tanto cambia constantemente su forma determinada.

La mercancía no es sólo valor de cambio, sino valor de uso, y como esto último tiene que ser consumida conforme a un fin. Al servir la mercancía como valor de uso, es decir, en su consumo, tiene que conservarse al mismo tiempo el valor de cambio, y aparecer como el alma determinante del fin del consumo. El proceso de su perecer, por tanto, tiene que aparecer al mismo tiempo como proceso del perecer de su perecer, es decir, como proceso reproductivo. El consumo de la mercancía, pues, no está orientado al goce inmediato, sino que es él mismo un momento de la reproducción de su valor de cambio. El valor de cambio no proporciona así sólo la forma de la mercancía, sino que aparece como el fuego en el que se diluye su sustancia misma. Esta determinación resulta del concepto mismo del valor de uso. Pero en la forma de dinero, el capital aparecerá, por un lado, sólo de manera fugaz como medio de circulación; por otro lado, como el estar-puesto del mismo meramente como momento pasajero en la determinabilidad del valor de cambio adecuado.

Por un lado, la circulación simple es el presupuesto existente de la mercancía, y sus extremos, dinero y mercancía, aparecen como presupuestos elementales, formas que según su posibilidad devienen capital, o son meras esferas abstractas del proceso de producción del capital presupuesto. Por otro lado, retroceden a él como a su abismo o conducen a él. (Aquí el ejemplo histórico anterior.)

En el capital aparece el dinero, el valor de cambio autonomizado presupuesto —no sólo como valor de cambio, sino como valor de cambio autonomizado— como resultado de la circulación. Y en efecto, no tiene lugar ninguna formación de capital antes de que la esfera de la circulación simple, aunque partiendo de condiciones de producción completamente distintas a las del capital mismo, esté desarrollada hasta cierta altura. Por otro lado, el dinero está puesto como lo que pone la circulación como movimiento de su propio proceso, como movimiento de su propia realización del valor que se eterniza y se valoriza. Como presupuesto, es aquí al mismo tiempo resultado del proceso de circulación, y como resultado al mismo tiempo presupuesto de la forma determinada del mismo, que estaba determinada como D–M–D (en un principio sólo esta corriente de la misma). Es unidad de mercancía y dinero, pero la unidad procesante de ambos, y ni lo uno ni lo otro, como tanto lo uno como lo otro.

Se conserva y se valoriza en y por la circulación. Por otro lado, el valor de cambio está presupuesto, no ya como simple valor de cambio, tal como existe como simple determinación en la mercancía antes de que ésta entre en la circulación, o como determinación más bien sólo supuesta, ya que sólo en la circulación, de manera fugaz, deviene valor de cambio. Existe en la forma de la objetualidad, pero siendo indiferente si esta objetualidad es la del dinero o la de la mercancía. Procede de la circulación; la presupone, por tanto; pero al mismo tiempo parte de sí mismo como presupuesto frente a ella.

En el intercambio real del dinero por mercancía, tal como lo expresa la forma D–M–D, puesto que, por tanto, el ser real de la mercancía es su valor de uso y la existencia real del valor de uso es su consumo, de la mercancía que se realiza como valor de uso ha de volver a surgir el valor de cambio mismo; el dinero y el consumo de la mercancía aparecen tanto como una forma de su conservación como de su autovalorización. La circulación aparece frente a él como un momento del proceso de su propia realización.

1*  
Torpeza

2*  
de la posibilidad

3*  
Compendio, sentido de todas las cosas. [Probablemente cita de Boisguillebert]

4*  
cabeza muerta

Citas extranjeras

1  
«Πλουτειν φασί σε παντες, εγώ δε φημί πένεσθαι  
χρήσις γαρ πλούτου μάρτυς»  
[Todos dicen que eres rico, mas yo digo que eres pobre; pues el uso es testimonio de la riqueza.]  
[Fragmento del texto originario de Zur Kritik der politischen Ökonomie – Parte 8]

Karl Marx  
Urtext «Zur Kritik»

Capítulo tercero. El capital.

A. Proceso de producción del capital

1) Transformación del dinero en capital

Como resultado de la circulación simple, el capital existe primeramente en la forma simple del dinero. Pero la autonomía objetiva que, en cuanto atesoramiento, mantiene en esta forma frente a la circulación, ha desaparecido. Antes bien, en su existencia como dinero, expresión adecuada del equivalente general, solo queda dicho que él es indiferente frente a la particularidad de todas las mercancías y puede adoptar cualquier forma de la mercancía. No es esta o aquella mercancía, sino que puede metamorfosearse en toda mercancía y continúa siendo en cada una de ellas la misma magnitud de valor y el mismo valor que se comporta consigo mismo como fin en sí. El capital que existe inicialmente en la forma de dinero no permanece, pues, detenido frente a la circulación; tiene, más bien, que entrar en ella. Tampoco se pierde dentro de la circulación al convertirse de la forma de dinero en la forma de mercancía. Su existencia dineraria es, más bien, solo su existencia como el valor de cambio adecuado, que puede convertirse indiferentemente en cualquier clase de mercancía. En cada una de ellas sigue siendo valor de cambio que se mantiene en sí. Pero el capital solo puede ser valor de cambio autonomizado en la medida en que está autonomizado frente a un tercero, en una relación con un tercero. [[Su existencia como dinero es ambas cosas: puede intercambiarse por cualquier mercancía que se quiera, y, en cuanto valor de cambio general, no está ligado a la sustancia particular de mercancía alguna; segundo: sigue siendo dinero incluso cuando se convierte en mercancía; es decir, el material en el que existe no es objeto para la satisfacción de un goce individual, sino materialización del valor de cambio, que solo adopta esta forma para conservarse y acrecentarse.]] Ese tercero no son las mercancías. Pues el capital es dinero que, a partir de su forma de dinero, pasa indiferentemente a la de cualquier mercancía, sin perderse en ella como objeto del consumo individual. En vez de excluir al capital, el círculo entero de las mercancías, todas las mercancías, aparecen como otras tantas encarnaciones del dinero. En lo que atañe a la diversidad material natural de las mercancías, ninguna excluye al dinero de ocupar plaza en ellas, de hacerlas su propio cuerpo, ya que ninguna excluye la determinación del dinero en la mercancía. El mundo objetivo entero de la riqueza aparece ahora como cuerpo del dinero, lo mismo que el oro y la plata, y la diferencia, puramente formal, entre el dinero en la forma de dinero y su diferencia en la forma de mercancía lo habilita para adoptar por igual una u otra forma, para pasar de la forma de dinero a la de mercancía. (La autonomización consiste solo, a partir de ahora, en que el valor de cambio se afirma en cuanto valor de cambio, ya exista en la forma de dinero o en la de mercancía, y solo pasa a la forma de mercancía para valorizarse a sí mismo.)

El dinero es ahora *trabajo objetivado*, ya posea la forma de dinero o la de una mercancía particular. Ningún modo de existencia objetiva del trabajo se contrapone al capital, sino que cada uno de ellos aparece como modo de existencia posible del mismo, que este puede adoptar mediante un simple cambio de forma, pasando de la forma de dinero a la forma de mercancía. La única contraposición frente al trabajo *objetivado* es el trabajo *no objetivo*, el trabajo *subjetivo* en oposición al trabajo *objetivado*. O bien, en oposición al trabajo temporalmente pasado, pero espacialmente existente, el trabajo temporalmente presente, el trabajo *vivo*. Como trabajo temporalmente presente, no objetivo (y por ello tampoco objetivado todavía), este solo puede existir como facultad, posibilidad, capacidad, como *capacidad de trabajo* del sujeto vivo. Frente al capital, en cuanto trabajo objetivado que se mantiene autónomamente en sí, solo puede formar la antítesis la capacidad viva de trabajo misma; y así, el único intercambio por el cual el dinero puede convertirse en capital es aquel que su poseedor entabla con el poseedor de la capacidad viva de trabajo, es decir, con el obrero.

Como valor de cambio en absoluto, el valor de cambio solo puede autonomizarse frente al valor de uso que se le contrapone como tal. Solo en esta relación puede el valor de cambio como tal autonomizarse; ser puesto y funcionar como tal. En el dinero, se suponía que el valor de cambio obtuviera esa autonomía gracias a que se hacía abstracción del valor de uso y la abstracción activa, el permanecer en oposición al valor de uso, aparecía aquí, de hecho, como el único método para conservar y acrecentar el valor de cambio como tal. En cambio, ahora el valor de cambio debe, en su existencia como valor de uso, en su existencia real, no meramente formal, como valor de uso, conservarse como valor de cambio – como valor de cambio dentro del valor de uso como valor de uso – y producirse a partir de él. La existencia real de los valores de uso es su negación real, su consumo, su aniquilamiento en el consumo. Es, pues, esta su negación real en cuanto valores de uso, esta negación que les es | inmanente a ellos mismos, aquello en lo que el valor de cambio tiene que acreditarse, conservándose frente al valor de uso, o, más bien, haciendo del ser activo del valor de uso la confirmación del valor de cambio. No la negación por la cual el valor de cambio, como precio, es mera determinación formal del valor de uso, en la que este queda idealmente superado, pero en la que, de hecho, solo aparece el valor de cambio como una determinación formal evanescente en él. Ni tampoco su fijación en oro y plata, donde una sustancia rígida y fija aparece como la existencia petrificada del valor de cambio. De hecho, en el dinero está puesto que el valor de uso es mera materialización, realidad del valor de cambio. Pero es la mera existencia palpable, intencionada, de su abstracción. Sin embargo, en la medida en que el valor de uso como valor de uso, es decir, el consumo de la mercancía misma, es determinado como poner el valor de cambio, y como simple medio para ponerlo, el valor de uso de la mercancía no es, en verdad, más que la actuación del valor de cambio en proceso. La negación real del valor de uso, la que no existe en la abstracción de él, sino en su consumo (no en el permanecer tensamente quieto frente a él), esta su negación real, que es al mismo tiempo su realización como valor de uso, tiene que convertirse por tanto en acto de autoafirmación, de autoactuación del valor de cambio. Pero esto solo es posible en la medida en que la mercancía es consumida por el trabajo, en la medida en que su consumo mismo aparece como objetivación del trabajo y, por ello, como puesta de valor. Para, por tanto, no solo conservarse y actuarse formalmente, como en el dinero, sino en su existencia real como mercancía, el valor de cambio objetivado en el dinero tiene que apropiarse el trabajo mismo, intercambiarse con él.

Para el dinero como capital, el valor de uso no es ya un artículo de consumo en el que este se pierde, sino que es solo aquel valor de uso por medio del cual se conserva y acrecienta. *Para el dinero como capital no existe ningún otro valor de uso.* Es justamente este su comportamiento de valor de cambio hacia el valor de uso. El único *valor de uso que puede constituir una contraposición y un complemento del dinero como capital es el trabajo*; y este existe en la capacidad de trabajo, la cual existe como sujeto. Como capital, el dinero solo es en referencia al no-capital, la negación del capital, en relación con la cual únicamente es capital. *El verdadero no-capital es el trabajo mismo.* El primer paso para que el dinero se convierta en capital es su intercambio con la capacidad de trabajo, a fin de, por intermedio de esta última, transformar el consumo de las mercancías – es decir, su poner y negar reales como valores de uso – a la vez en su actuación del valor de cambio.

El intercambio por el cual el dinero se convierte en capital no puede ser el intercambio con mercancías, sino aquel con su contraposición conceptualmente determinada, con la mercancía que se halla frente a él en una contraposición conceptualmente determinada: el trabajo.

Al valor de cambio en la forma del dinero se le contrapone el valor de cambio en la forma del valor de uso particular. Pero todas las mercancías particulares, como modos de existencia particulares del trabajo objetivado, son ahora expresión indiferente del valor de cambio, al que el dinero puede transferirse sin perderse. No es, pues, mediante el intercambio con estas mercancías —ya que ahora puede presuponerse indiferentemente que existe en una u otra forma— como el dinero podría perder su carácter simple. Sino mediante el intercambio, en primer lugar, con la única forma del valor de uso que él mismo no es de manera inmediata —a saber, trabajo no objetivado— y, al mismo tiempo, con el valor de uso inmediato para él como valor de cambio en proceso —de nuevo, el trabajo. Por tanto, es solo mediante el intercambio del dinero con el trabajo como puede efectuarse su transformación en capital.

El valor de uso contra el cual el dinero, en cuanto posibilidad de capital, puede intercambiarse, solo puede ser el valor de uso a partir del cual el valor de cambio mismo deviene, se genera y se acrecienta. Y este no es sino el trabajo.

El valor de cambio solo puede realizarse como tal oponiéndose al valor de uso —no a este o aquel—, sino al valor de uso en relación consigo mismo. Este es el trabajo. La capacidad de trabajo misma es el valor de uso cuyo consumo coincide inmediatamente con la objetivación del trabajo, es decir, con la puesta del valor de cambio. Para el dinero como capital, la capacidad de trabajo es el valor de uso inmediato contra el cual ha de intercambiarse. En la circulación simple, el contenido del valor de uso era indiferente, | quedaba al margen de la relación formal económica. Aquí, ese contenido es un momento económico esencial de la misma. En la medida en que el valor de cambio solo se determina, de momento, como valor que se mantiene en el intercambio en sí, lo hace intercambiándose con el valor de uso que, según su propia determinación formal, se le contrapone.

La condición de la transformación del dinero en capital es que el poseedor
del dinero pueda intercambiar dinero por la capacidad de trabajo ajena como mercancía. Es decir, que dentro de la circulación se ofrezca en venta la capacidad de trabajo como mercancía, pues dentro de la circulación simple los que intercambian solo se contraponen como compradores y vendedores. La condición es, pues, que el trabajador ofrezca en venta su capacidad de trabajo como mercancía a utilizar: es decir, el trabajador libre. La condición es que el trabajador, en primer lugar, como propietario libre, disponga de su capacidad de trabajo, se comporte frente a ella como frente a una mercancía; para ello ha de ser libre propietario de la misma. Y en segundo lugar, que ya no tenga que intercambiar su trabajo en la forma de otra mercancía, de trabajo objetivado, sino que la única mercancía que ha de ofrecer, que ha de vender, sea precisamente su capacidad de trabajo viva, existente en su corporalidad viva, de modo que las condiciones de la objetivación de su trabajo, las condiciones objetivas de su trabajo, existan como propiedad ajena, como mercancías situadas del otro lado en la circulación, más allá de él mismo.

Que el poseedor de dinero —o el dinero, pues por el momento el primero no es para nosotros, en el proceso económico mismo, más que la personificación del segundo— encuentre
la capacidad de trabajo en el mercado, dentro de los límites de la circulación, como mercancía: este presupuesto, del que aquí partimos y del que parte la sociedad burguesa en su proceso de producción, es evidentemente el resultado de un largo desarrollo histórico, el resumen de muchas revoluciones económicas, y presupone la ruina de otros modos de producción (de relaciones sociales de producción) y un determinado desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social. El determinado proceso histórico pasado que está dado en este presupuesto se formulará de manera aún más determinada al examinar más detenidamente la relación. Pero este estadio de desarrollo histórico de la producción económica —cuyo producto es ya él mismo
el trabajador libre
— es, a su vez, presupuesto para el devenir y, más aún, para la existencia del capital como tal. Su existencia es el resultado de un prolongado proceso histórico en la configuración económica de la sociedad. Este punto muestra de manera precisa cómo la forma dialéctica de la exposición solo es correcta cuando conoce sus límites. De la consideración de la circulación simple se nos infiere
el concepto general del capital, porque dentro del modo de producción burgués la circulación simple misma solo existe como presupuesto del capital y presuponiéndolo. El inferirse aquella del mismo no convierte al capital en la encarnación de una idea eterna; sino que lo muestra tal como solo en

la realidad efectiva, como forma necesaria
, | ha de desembocar en el trabajo que pone valor de cambio, en la producción basada en el valor de cambio.

Es de importancia esencial retener este punto: que la relación, tal como aquí se presenta como relación simple de circulación —perteneciente por de pronto aún enteramente a ella y solo impulsada más allá de los límites de la circulación simple por el valor de uso específico de las mercancías intercambiadas—, es solo relación de dinero y mercancía, de los equivalentes en la forma de los dos polos contrapuestos, tal como aparecen en la circulación simple. Dentro de la circulación, y el intercambio entre capital y trabajo, tal como se da él mismo como mera relación de circulación, no es el intercambio entre dinero y trabajo, sino el intercambio entre
dinero
y la
capacidad de trabajo viva.
Como valor de uso, la capacidad de trabajo se realiza solo en la actividad del trabajo mismo, pero exactamente del mismo modo como una botella de vino que se compra ve realizado su valor de uso solo al beber el vino. El trabajo mismo cae tan poco dentro del proceso simple de circulación como el beber. El vino, como capacidad, en potencia
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, es bebible, y la compra del vino es apropiación de algo bebible. Así, la compra de la capacidad de trabajo es capacidad de disposición sobre el trabajo. Dado que la capacidad de trabajo existe en la vitalidad del sujeto mismo y solo se manifiesta como exteriorización vital propia del mismo, entonces, naturalmente, la adquisición de la capacidad de trabajo, la apropiación del título sobre el uso de la misma, durante el acto de uso, sitúa a comprador y vendedor en una relación distinta a la que se da en el caso del trabajo objetivado, que existe como objeto fuera del productor. Esto no afecta a la relación simple de intercambio. Es solo la naturaleza específica del valor de uso que se compra con el dinero —a saber, que su consumo, el consumo de la capacidad de trabajo, es producción, tiempo de trabajo objetivador, consumo que pone valor de cambio—, que su existencia real como valor de uso es creación de valor de cambio, lo que hace
del
intercambio entre dinero y trabajo el intercambio específico D—M—D, en el que como fin del intercambio está puesto el valor de cambio mismo y el
valor de uso comprado es inmediatamente valor de uso para el valor de cambio, es decir, valor de uso ponedor de valor
. Es indiferente si el dinero es considerado aquí como simple medio de circulación (medio de compra) o como medio de pago.

En la medida en que alguien que, por ejemplo, me vende el valor de uso de 12 horas de su capacidad de trabajo, su capacidad de trabajo por 12 horas, de hecho solo me la ha vendido una vez que, si yo insisto en ello, ha trabajado 12 horas, solo al final de las 12 horas me ha entregado su capacidad de trabajo por 12 horas, está en la naturaleza de la relación que el dinero aparezca aquí como medio de pago; que compra y venta no se realicen inmediatamente de manera simultánea en ambas partes. Lo importante aquí es solo
que el medio de pago, que es medio de pago general, es dinero
, y que el trabajador, por tanto, no entra en relaciones con el comprador que no sean las de circulación por una modalidad de pago particular, natural-espontánea. Él transforma su capacidad de trabajo inmediatamente en el equivalente general, como poseedor del cual mantiene la misma relación —la magnitud de su valor—, la misma relación dentro de la circulación general que cualquier otro; y asimismo la riqueza general, la riqueza en su forma social general y como posibilidad de todos los goces, es el fin de su venta.