Frederick Engels en New-York Tribune 1858

La segunda mitad del año 1858 ha sido testigo, en Europa, de un singular renacimiento de la actividad política. Desde el 2 de diciembre de 1851 hasta mediados del presente año, el continente europeo estuvo, políticamente hablando, cubierto como por un sudario. Los poderes que, por gracia de los ejércitos, habían salido victoriosos de la gran contienda revolucionaria, habían podido gobernar a su antojo, hacer y deshacer, mantener o quebrantar las leyes según les placía. Las instituciones representativas habían sido rebajadas en todas partes a una mera farsa; apenas existía en ningún sitio oposición parlamentaria; la prensa estaba amordazada; y de no haber sido, de vez en cuando, por alguna explosión repentina —un estallido en Milán, un desembarco en Salerno, un motín en Châlon, un atentado contra la vida de Luis Napoleón—, de no haber sido por algunos procesos políticos en Angers y en otros lugares, durante los cuales el viejo espíritu revolucionario se regodeó, por una hora fugaz y a cualquier precio, en una ruidosa y sorprendente autoafirmación, se habría podido pensar que el continente europeo había renunciado a toda idea de vida política tras el experimento de 1848, y que el despotismo militar, el gobierno de los césares, era aceptado generalmente como la única forma de gobierno practicable. Incluso en Inglaterra, el espíritu de reforma política había estado en constante declive. La legislación judicial, mercantil y administrativa —esta última con una indudable tendencia a la centralización— ocupaba la atención del Parlamento. Los intentos de mantener vivo un movimiento político popular fracasaron del modo más señalado; el partido reformista de la clase media se durmió tranquilamente y sufrió una derrota inmensa en las elecciones generales de lord Palmerston en 1857, mientras que el cartismo se había desmoronado por completo.

De todas las naciones europeas, Rusia fue la primera en despertar de ese letargo político. La guerra de Crimea, aunque concluida sin una pérdida territorial muy sustancial y, en lo que respecta a Oriente, incluso sin pérdida de prestigio, había humillado su orgullo. Por primera vez se había visto obligada a abandonar el principio de que jamás devuelve las tierras que anexiona. Todo su sistema administrativo, en su rama más perfecta —la militar—, se había derrumbado por completo y hubo que reconocerlo como un fracaso. La obra en la que Nicolás había trabajado día y noche durante veinticinco años se había desmoronado junto con los baluartes y fuertes de Sebastopol. Sin embargo, con el estado político del país tal como existía, no era posible otro sistema de administración que el sistema burocrático exclusivo y exagerado que imperaba. Para sentar las bases de un sistema mejor, Alejandro II tuvo que recurrir a la idea de emancipar a los siervos. Tenía que habérselas con dos adversarios formidables: la nobleza y esa misma burocracia a la que pretendía reformar contra su propia voluntad, y que al mismo tiempo había de servir de instrumento de sus designios. Para apoyarle no contaba sino con la tradicional obediencia pasiva de esa masa inerte de siervos y comerciantes rusos a la que hasta entonces se le había negado incluso el derecho a pensar en su condición política. Para hacer utilizable ese apoyo, se vio obligado a crear una especie de opinión pública y, al menos, la sombra de una prensa. En consecuencia, la censura se relajó y se invitó a una discusión civil, bienintencionada y de buenos modales; incluso se permitieron críticas ligeras y corteses a los actos de los funcionarios públicos. El grado de libertad de debate que existe hoy en Rusia parecería ridículamente escaso en cualquier país de Europa excepto Francia; pero, para quienes conocían la Rusia de Nicolás, el paso adelante parece enorme y, combinado con las dificultades que necesariamente surgen de la emancipación de los siervos, este despertar a la vida política de las clases más instruidas de Rusia está lleno de buenos auspicios.

El siguiente renacimiento político tuvo lugar en Prusia. Cuando el rey se retiró temporalmente del gobierno activo, pronto se supo que su perturbación mental era incurable y que, tarde o temprano, habría que nombrar regente a su hermano con plenos poderes. Este período intermedio dio lugar a cierta agitación que, bajo el pretexto de clamar por una regencia definitiva, se dirigía de hecho contra la existencia de un ministerio impopular. Hace dos meses, cuando la regencia quedó finalmente establecida, el ministerio cambió y se eligió una nueva Cámara de Representantes, el movimiento político, tanto tiempo represado, se abrió paso de inmediato y expulsó de la legislatura a la antigua mayoría, casi sin excepción. A qué conducirá en última instancia toda esta manifestación actual en Prusia ya ha sido analizado en estas columnas en ocasiones anteriores; aquí sólo hemos de dejar constancia del hecho de que el renacimiento político ha tenido lugar. La existencia de semejante movimiento no podía pasar inadvertida en el resto de Alemania. De hecho, ya se está haciendo sentir en los Estados más pequeños; y cambios de ministerio, desplazamientos de mayorías y vacilaciones en la política habrán de desarrollarse con seguridad a medida que el movimiento en Prusia cobre una forma más definida. Y no sólo en la pequeña grey de las monarquías alemanas, sino también en Austria, empieza a sentirse seriamente este movimiento. El partido constitucional de Austria no tiene ahora ocasión de inducir al Gobierno a hacer un segundo intento de instituciones representativas; así que el único medio de que disponen para mantener la cuestión ante el público es alabar el «retorno al sano gobierno constitucional» en Prusia; y, en verdad, es asombroso cómo Prusia se ha vuelto popular de repente en Austria y en el sur de Alemania. Pero sea cual fuere su expresión, el movimiento existe incluso en Austria.

Otro foco de agitación es Italia. Relativamente tranquila desde la paz con Rusia, era seguro que la infección política, ayudada por las intrigas bonapartistas, se propagara a esta nación inflamable. El viejo movimiento antitabaco ha vuelto a comenzar en Lombardía; la duquesa de Parma encuentra conveniente permitir que Ristori declame contra los austriacos bajo el disfraz de Judith predicando una guerra santa contra los asirios, y esto a oídos de la guarnición austriaca de Piacenza. La posición del ejército francés de ocupación en Roma, y la del Gobierno pontificio allí, se tornan igualmente difíciles. Nápoles está incluso presto a sublevarse y, para colmo, Víctor Manuel de Cerdeña exhorta a sus generales a estar preparados, pues posiblemente tengan que volver a oler la pólvora en primavera.

Incluso Francia se ha visto presa de este nuevo espíritu. El artículo de Montalembert contra el bonapartismo fue una prueba sorprendente del despertar de una nueva vida entre las clases medias francesas. Ahora resulta que no sólo había preparado Montalembert otro ensayo, sino que el señor Falloux, ex ministro de Luis Napoleón, también va a publicar un enérgico artículo contra el estado de cosas existente. El proceso de Montalembert se resuelve en una solemne protesta de las celebridades parlamentarias de Francia contra el sistema actual, y en una declaración de que todavía aspiran a la restauración del gobierno parlamentario. De Broglie, Odilon Barrot, Villemain y muchos otros hombres de esa clase estaban allí, y Berryer habló por todos ellos cuando, al amparo de esa inviolabilidad que en cierta medida se adhiere a los discursos forenses de un abogado, exclamó:

«No, nunca y bajo ningún concepto renegaremos de nuestro pasado. Tenéis a este país en demasiado poco. Vosotros mismos admitís que es cambiante e inconstante. ¿Qué garantía tenéis, entonces, de que no vuelva un día a esas instituciones que ha amado y bajo las cuales ha vivido durante medio siglo? ¡Ah! Nuestras fuerzas están muy agotadas por nuestras prolongadas luchas, por nuestras dolorosas pruebas, por la amargura de nuestros desengaños; pero cuando nuestra patria nos necesite, nos encontrará siempre en nuestros puestos. Nos consagraremos a ella con el mismo ardor, la misma perseverancia y el mismo desinterés que en días pasados, y el último grito de nuestra voz agonizante será: ¡“Libertad y Francia”!»

Ciertamente, jamás se habría aventurado una declaración de guerra tan abierta contra la totalidad de las instituciones existentes en Francia si no hubiera un partido fuerte fuera del parlamento que prestara su apoyo moral al orador. Por último, encontramos incluso en Inglaterra una agitación reformista resucitada, y una certeza casi absoluta de que esta cuestión debe mantenerse ahora ante el Parlamento, bajo una u otra forma definida, hasta que se apruebe una medida que altere materialmente el equilibrio de los partidos y ataque con ello los cimientos de la venerable pero renqueante Constitución británica.

Ahora bien, ¿qué hay en el fondo de este movimiento uniforme y, hasta ahora, extraordinariamente armonioso en casi todos los países de Europa? Cuando las convulsiones volcánicas de 1848 arrojaron de repente ante los ojos de las asombradas clases medias liberales de Europa el espectro gigantesco de una clase obrera armada, que luchaba por su emancipación política y social, las clases medias, para quienes la posesión segura de su capital era inmensamente más importante que el poder político directo, sacrificaron ese poder y todas las libertades por las que habían luchado, a fin de asegurar la represión de la revolución proletaria. La clase media se declaró a sí misma políticamente menor de edad, incapaz de manejar los asuntos de la nación, y se resignó al despotismo militar y burocrático. Entonces surgió aquella extensión espasmódica de las manufacturas, las minas, los ferrocarriles y la navegación a vapor, aquella época de Crédits Mobiliers, burbujas de sociedades anónimas, de estafas y agiotaje, en la que la clase media europea trató de compensar sus derrotas políticas con victorias industriales, su impotencia colectiva con la riqueza individual. Pero con su riqueza creció su poder social, y en la misma proporción se expandieron sus intereses; nuevamente empezaron a sentir las cadenas políticas que se les habían impuesto. El movimiento actual en Europa es la consecuencia y la expresión natural de ese sentimiento, combinado con el retorno de la confianza en su propio poder sobre los obreros, que diez años de tranquila actividad industrial han traído consigo. El año 1858 guarda un estrecho parecido con el año 1846, que también inició un renacimiento político en la mayor parte de Europa, y se distinguió asimismo por un buen número de príncipes reformadores, los cuales, dos años después, fueron arrastrados sin remedio por la avalancha del torrente revolucionario que ellos mismos habían desencadenado.