Friedrich Engels DETA°LLES DEL ATAQUE A LUCKNOW [ ... ] Al tomar por asalto el Imambarah y el Kaisargarh, la fuga de los indios fue tan rápida, que no se tomó el lugar, sino que simplemente se marchó sobre él. Pero la escena más interesante apenas había comenzado; pues, como observa con suavidad Mr. Russell fue tan sorprendente que ese día se conquistara Kaisargarh, que no hubo tiempo para impedir ·el saqueo indiscriminado. Debe de haber sido un cuadro alegre para un verdadero John Bull, amante de la libertad, el ver a sus granaderos británicos servirse con generosidad las joyas, las costosas armas, las ropas y todos los arreos de su majestard de Oudh. Los sikhs, los gurkhas y sus acompañantes civiles estaban listos para seguir el ejemplo, y se produjo entonces una escena de saqueo y destrucción que evidentemente superó el talento descriptivo de Mr. Russell. Cada nuevo paso adelante era acompañado de pillaje y devastación. El Kaisargarh cayó el 14; y media hora después no existía ya la disciplina, y los oficiales habían perdido toda autoridad sobre sus hombres. El 17 el general Campbell se vio obligado a establecer patrullas para contener el saqueo y a mantener la inactividad "hasta que termine el actual libertinaje". Las tropas se hallaban evidentemente desenfrenadas. El 18 nos enteramos de que terminó el saqueo más grueso, pero continúa aún libremente la devastación: En la ciudad, sin embargo, mientras la vanguardia combatía contra los nativos que hacían fuego desde sus casas, la retaguardia saqueaba y destruía a sus anchas. Por la tarde hubo otro bando contra el pillaje; fuertes parti• das de cada regimiento debían salir a buscar a sus propios hombres, y retener a sus acompañantes civiles; nadie podía abandonar el campamento, a no ser por obligaciones del servicio. El 20 se reiteraron las mismas órdenes. El mismo día, dos "oficiales y caballeros" ingleses, los tenientes Cape y Thackwell, "intervinieron en el saqueo de la ciudad, y fueron asesinados en una casa"; y el 26 las cosas seguían tan mal, que se impartieron las órdenes más severas para. reprimir el saqueo y los ultrajes; se dispuso que a cada hora se pasara lista; S'? prohibió estrictamente a todos los soldados la entrada a la ciudad: los acompañantes civiles que fuesen encontrados en la ciudad annados serían ahorcados; los soldados no podían llevar armas, excepto cuando estuvieran de guardia, y todos los no combatientes debían ser desannados. Para que estas órdenes tuvieran el peso necesario, se erigieron, ..en lugares convenientes", varias estructuras de madera donde se ataba a los hombres para azotarlos. Es, por cierto, un bonito estado de cosas para un ejército civilizado en el siglo XIX; y si cualesquiera otras tropas en el mundo hubiesen cometido una décima parte de estos excesos, ¡cómo las hubiera cubierto de oprobio la indignada prensa británica! Pero éstos son actos del ejército británico, y por consiguiente se nos dice que tales cosas no son más que consecuencias normales de la guerra. Los oficiales y · caballeros ingleses tienen todo el derecho de apropiarse de todas las cucharas de plata, brazaletes con piedras preciosas y cualquier otro pequeño trofeo que puedan encontrar en el escenario de su gloria; y si Campbell se vio obligado a desarmar a su propio ejército en medio de la guerra a fin de detener los robos y la violencia al por mayor, debieron de existir razones militares para que diera ese paso; pero con seguridad nadie querrá regatear a estos pobres hombres un día de fiesta y un poco de diversión luego de tantas fatigas y privaciones.

, El hecho es que no existe en Europa o América un ejército tan brutal como el británico. El pillaje, la violencia, las matanzas -cosas que en cualquier otra parte están estricta y completamente proscritas-, son un privilegio consagrado, un derecho establecido del soldado británico. Las infamias cometidas durante días enteros, después del asalto a Badajoz y San Sebastián, en la guerra peninsular, no tienen paralelo en los anales de ninguna otra nación, desde el comienzo de la Revolución francesa; y la práctica medieval, proscrita en todas partes, de entregarse al saqueo de una ciudad tomada por asalto, es aún norma para los ingleses. En Delhi, imperiosas consideraciones militares impusieron una excepción; pero el ejército, aunque recibía una paga extra, refunfuñó, y ahora se ha resarcido en Lucknow de lo que perdió en Delhi. ·Durante doce días y sus respectivas noches no hubo ejército británico en Lucknow; sólo hubo un populacho desaforado, borracho y brutal, dividido en bandas de ladrones mucho más desaforadas, violentas y voraces que .los cipayos que acababan de ser expulsados del lugar. El saqueo de Lucknow en 1858 será una eterna ignominia para el servicio militar británico.

Si en su avance civilizador y humanizador a través de la India, la soldadesca desenfrenada sólo pudo robar a los nativos su propiedad personal, el gobierno británico interviene en seguida y los despoja, además, de sus fincas. ¡Como para hablar de la confiscación de tierras de los nobles y de la iglesia por la primera Revolución ·francesa! ¡Como para hablar de las confiscaciones que hizo Luis Napoleón de las propiedades de la familia Orleans! Llega lord Canning, un noble británico, de .lenguaje, modales y sentimientos moderados, y, por orden de su superior el vizconde de Palmerston, confisca las tierras ·de todo un pueblo, hasta la última pértiga, vara o acre, en una extensión de diez mil millas cuadradas. ¡Un lindo botín, por cierto, para John Bull! Y no bien lord Ellenborough, en nombre del nuevo ·gobierno, desaprueba esta medida, hasta entonces sin igual, saltan The Times y una horda de periódicos secundarios ingleses en defensa de este robo al por mayor, y rompen lanzas por el derecho de John Bull a confiscar todo lo qu~ guste. Pero es claro que John es un ser excepcional, y según The Times lo que en él es virtud en los demás sería infamia. Mientras tanto -gracias a la total dispersión del ejército inglés dedicado al saqueo-, sin que nad¡e los persiguiera, los insurrectos escaparon a campo abierto. Se concentran en Rohilkhand, y mientras una parte organiza guerrillas en Oudh, otros fugitivos se encaminan a Budelkhand. Al mismo tiempo, el calor y las lluvias están muy cerca; y no puede esperarse que la estación resulte tan excepcionalmente favorable al físico de los europeos como el año pasado. Entonces el grueso de las tropas europeas estaban más o menos aclimatadas; este año, la mayoría acaba de llegar. No cabe la menor duda de que una campaña en junio, julio y agosto costará un gran número de vidas a los británicos, y con las guarniciones que deben dejarse establecidas en cada ciudad conquistada, el ejército activo se disolverá muy rápidamente. Ya sabemos que refuerzos de 1.000 hombres por mes apenas mantendrán al ejército en su fuerza efectiva; y en cuanto a la guarniciones, Lucknow sólo requiere por lo menos 8.000 hombres más de un tercio del ejército de Campbell. La fuerza que se organiza para la campaña de Rohilkhand será muy poco mayor que esta guarnición de Lucknow. Se sabe también que gana terreno, entre los oficiales británicos, la idea de que la guerra de guerrillas, que con toda seguridad seguirá a la dispersión de los contingentes mayores de los insurrectos, será mucho más hostigadora y mortífera para los británicos que la guerra actual, con sus sitios y batallas. Y por último, los sikhs comienzan a hablar en una forma que no presagia nada bueno para los ingleses. Consideran que sin su ayuda los ingleses apenas hubieran podido conservar la India, y que de haberse plegado a la insurrección, ciertamente el Indostán se habría liberado de los ingleses, al menos por un tiempo. Lo dicen en voz alta, y lo exageran, en su estilo oriental. Para ellos los ingleses ya no representan esa raza superior que los batió en Mudki, Ferozeshah y AUwal. De semejante convicción a una hostilidad abierta no hay mis que un paso, cuando se trata de naciones orientales; una chispa puede encender la hoguera. La captura de Lucknow no ha aplastado la Insurrección india, lo mismo que no la aplastó la toma de Delhi. La campaña de este verano puede originar tales acontecimientos, que el próximo invier• no los ingleses tengan que volver a recorrer en. t.érminos generales el mismo terreno, y quizás inclusive se vean obligados a reconquistar el Penjab. Pero en el mejor de los casos tienen por delante una guem de guerrillas larga y hostigadora, cosa nada envidiable para los europeos, bajo el sol de la India. Escrito el 8 de mayo de 1858. Publicado en el New-York DaUy Tribune núm. 5333, del 25 de mayo de 1858.