Karl Marx

Un curioso episodio histórico

[*New-York Daily Tribune*, núm. 5352, del 16 de junio de 1858]

Manchester (Inglaterra), 18 de mayo de 1858

Muy poco después de terminada la última guerra con Rusia, apareció en la prensa la noticia de que cierto Mechmed Bey, coronel del ejército turco, alias J. Bangya, ex-coronel del ejército húngaro, había salido de Constantinopla para dirigirse a Circasia con un grupo de voluntarios polacos. Apenas llegado, se convirtió en una especie de jefe de estado mayor de Sefer Pachá, el caudillo circasiano. Quien conociera de antes a este libertador húngaro de Circasia no podía abrigar la menor duda de que había ido a aquel país con un solo propósito: venderlo a Rusia.
Estaba probado de manera clara y patente
que este hombre había estado a sueldo de la policía francesa lo mismo que de la prusiana como espía en Londres y París.

Hace aproximadamente un mes, los periódicos europeos publicaron, en efecto, la noticia de que se había descubierto que Bangya-Mechmed Bey había mantenido correspondencia traidora con el general ruso Philipson y de que un consejo de guerra lo había condenado a muerte. Poco tiempo después, sin embargo, Bangya apareció de improviso en Constantinopla. Con su insolencia habitual, declaró que todas aquellas historias sobre traición, consejo de guerra, etc., eran pura invención de sus enemigos, y trató de presentarse como víctima de una intriga.

Por casualidad, estamos en posesión de los documentos más importantes relativos a este curioso incidente de la guerra de Circasia, y vamos a comunicar ahora algunos extractos de ellos. Estos papeles fueron llevados a Constantinopla por el teniente Franz Stock, del batallón polaco en Circasia, uno de los miembros del consejo de guerra que había desenmascarado a Bangya. Que el público juzgue por sí mismo.

Extractos de las actas del consejo de guerra celebrado en Aderbi, Circasia, seguido contra Mechmed Bey, alias J. Bangya de Illosfalva.

(Núm. 1) Sesión del 9 de enero de 1858. Declaración de Mustapha, natural de la provincia de Narkhouatz:

«… Cuando el coronel Mechmed Bey llegó a Shepsohour, me pidió que hiciese llegar una carta al comandante de los cosacos del Mar Negro, general Philipson. A mi observación de que yo no podía hacerlo sin informar a Sefer Pachá, o sin su permiso, Mechmed Bey me declaró que, en su calidad de enviado y lugarteniente del Padishá y de comandante militar en Circasia, tenía derecho a intercambiar cartas con los rusos, que Sefer Pachá conocía el asunto y que su intención era inducir a error a los rusos… Cuando Sefer Pachá y la Asamblea Nacional me enviaron el manifiesto de Circasia, dirigido al Zar, Mechmed Bey me dio también una carta para el general Philipson. No encontré al general Philipson en Anapa y entregué la carta al mayor comandante en Anapa. El mayor me prometió remitir el manifiesto, pero se negó a recibir la carta, que no llevaba ni dirección ni firma. Devolví la carta; pero como había sospechado a causa de la frecuente correspondencia de Mechmed Bey y temía verme comprometido, puse todo el asunto en conocimiento de los superiores…»

(Núm. 2) – Declaración de Achufet Effendi, antiguo secretario turco de Mechmed Bey:

«… Mechmed Bey estaba muy enfurecido con Tefik Bey (el coronel Lapinski) y hablaba de él con gran desprecio, añadiendo que éste llevaba ya mucho tiempo intentando cerrarle el paso. La segunda noche después de nuestra llegada a Aderbi…, hacia la mañana fui despertado por el palafrenero de Mechmed Bey. El mismo Mechmed Bey me comunicó que se había oído un intenso cañoneo procedente de la dirección de Gelendschik. Se había levantado y parecía inquieto… La noticia de que el coronel Lapinski y toda su comitiva habían sido hechos prisioneros llegó, no sé cómo, a Aderbi antes de que hubiese cesado el estruendo de los cañones. Oí a Mechmed Bey hablar de ello. Cuando más tarde llegó la noticia de que ni el coronel ni sus hombres habían sido hechos prisioneros, Mechmed Bey dijo, muy airado, “que probablemente había vendido sus cañones a los rusos”.»

(Núm. 3) – Declaración de los oficiales y soldados polacos estacionados en Aderbi:

«Un día antes de que Gelendschik fuese tomado por sorpresa, Mechmed Bey se presentó en el campamento y dijo que había recibido cartas de Constantinopla que le comunicaban que era entera y absolutamente culpa del coronel Lapinski si no encontraban ayuda en ninguna parte… Hizo distribuir aguardiente a los soldados y les hizo toda clase de promesas si abandonaban a su coronel y le seguían… Cuando más tarde resultó ser falsa la noticia (de que Lapinski había sido hecho prisionero), Mechmed Bey se presentó personalmente en el campamento y dirigió una arenga al destacamento para inducirlos a negar la obediencia al coronel. Pero cuando regresó el coronel, afirmó no saber nada de ello. Abandonó a su suerte a varios hombres que se le habían unido y permitió que se les castigara sin interceder por ellos. Más tarde, durante la ausencia del coronel, Mechmed Bey se esforzó por incitar a la tropa al motín con ayuda de varios húngaros. Los húngaros redactaron un documento con acusaciones contra el coronel y trataron de que los hombres lo firmasen. Con excepción de tres hombres, que confesaron haber sido inducidos a ello, todos los demás declararon bajo juramento que sus firmas eran falsificadas… Esta falsificación era tanto más fácil cuanto que en el destacamento sólo unos pocos soldados saben escribir.»

(Núm. 4) – Confesión de Bangya ante el consejo de guerra:

«Fatigado por el largo interrogatorio, presento a la comisión esta confesión, escrita de mi puño y letra y firmada por mí. Espero que mis jueces, a quienes así ahorro una tarea larga y difícil, se muestren tanto más inclinados a recordar que con mi suerte está ligada también la suerte de mi inocente familia(1). Antes mi nombre era Janos Bangya de Illosfalva; ahora me llamo Mechmed Bey; tengo cuarenta años de edad; mi religión era la católica romana, pero en 1853 me convertí al Islam… Mi actividad política… me fue dictada por el antiguo líder de mi país, Lajos Kossuth… Provisto de cartas de presentación de mi jefe político, llegué a Constantinopla el 22 de diciembre de 1853… Ingresé en el ejército turco con el grado de coronel. Por aquella época recibía con frecuencia cartas e instrucciones de Kossuth relativas a los intereses de mi país. Al mismo tiempo, Kossuth dirigió un mensaje al gobierno otomano en el que instaba encarecidamente a los turcos a guardarse de una alianza con Francia, Inglaterra o Austria, y les aconsejaba unirse más bien con los italianos y húngaros revolucionarios… Mis instrucciones me aconsejaban que me incorporase de algún modo a las tropas destinadas a operar en las costas de Circasia… Llegado a Circasia, me contenté durante algún tiempo con estudiar la situación del país y comunicar mis observaciones a mis amigos políticos… Intenté adherirme a Sefer Pachá… Mis instrucciones me aconsejaban impedir todo paso ofensivo por parte de los circasianos y oponerme a toda influencia extranjera en el país.

Poco antes de mi partida de Constantinopla, el coronel Türr, que recibe sus instrucciones del mismo lugar que yo y con quien he mantenido durante años vinculación política, recibió el encargo de incorporarse a la sublevación griega. El general Stein (Ferhad Pachá), que también pertenece a nuestro grupo, fue destinado a Anatolia. En cuanto al plan de ser agregado a Sefer Pachá, surtió efecto, y muy pronto me gané su entera confianza. Una vez que poseí su confianza, me fue fácil seguir y ejecutar mis instrucciones… Convencí a Sefer Pachá de que después de la guerra Circasia volvería a estar sometida a la dominación del sultán… A los comandantes turcos les hice ver que todas las medidas ofensivas de sus tropas serían peligrosas, ya que los circasianos… les abandonarían en la hora del peligro. Las circunstancias me eran favorables, y aunque los rusos habían enviado sus tropas al teatro de la guerra dejando sus fronteras desguarnecidas, no sufrieron incursiones serias de los circasianos… Enviaba regularmente informes sobre mi actividad secreta a mis superiores políticos… Al mismo tiempo, encontré en mi camino hombres y circunstancias que eran completamente opuestos a mis planes. Me refiero a la llegada del señor Longworth, el cónsul británico en Anapa. Las instrucciones del señor Longworth le ordenaban inducir a Sefer Pachá a organizar 6.000 circasianos a costa de Gran Bretaña y enviarlos a Crimea… Recibí órdenes similares de mis superiores turcos, pero al mismo tiempo mis superiores secretos me dieron la orden taxativa de hacer todo lo que estuviese en mi poder para frustrar la misión del cónsul… En una conversación con el señor Longworth… pedí un puesto en el ejército británico con el rango de coronel o la suma de 10.000 libras esterlinas… El señor Longworth pensó ganarme con un ofrecimiento de 50.000 piastras… Mi intriga dio resultado. El príncipe Sefer, tantas veces engañado con vanas promesas, se volvió receloso y le negó al cónsul redondamente lo que éste deseaba de su gente… Por aquella época me gané por enemigo al príncipe Ibrahim Karabatir, hijo de Sefer Pachá, que había sido designado para mandar los 6.000 circasianos…

El 21 de marzo de 1856, Sefer Pachá me comunicó que la Asamblea Nacional había decidido enviar una diputación a los gobiernos turco, francés y británico, para pedir a estas potencias que reincorporasen Circasia a Turquía. Conseguí de Sefer Pachá que se me permitiera unirme a esta diputación… A mi llegada a Constantinopla… envié a mis amigos políticos y a Kossuth un informe detallado sobre la situación en Circasia… Como respuesta recibí instrucciones que me ordenaban ponerme en contacto con el coronel Türr y el general Stein, conducir los asuntos en común con ellos e implicar en ello a tantos húngaros como fuera posible. Al mismo tiempo, entré en relación con Ismail Pachá, el administrador de correos del Imperio otomano, circasiano de nacimiento, que me pareció patriota y capaz de hacer sacrificios por su país. Discutí con él la manera en que nos sería posible enviar a Circasia armas, municiones, equipos para armeros, así como buenos oficiales y artesanos.
Pero el plan efectivo de la expedición fue concertado entre

el general Stein, el coronel Türr y yo. El capitán Franchini, secretario militar del embajador ruso, estuvo presente en varias de nuestras deliberaciones. El objetivo era ganar Circasia para los intereses rusos de un modo pacífico, lento pero seguro…
Una vez que Circasia se hubiera plegado a las directrices del general Stein y mías, nuestro plan debía ser el siguiente:

I. Elegir a algún príncipe indígena que sometiera todo el país a su dominio;

II. convencer a los circasianos de que no habían de esperar apoyo alguno ni del sultán ni de ninguna otra potencia;»

III. desmoralizar a los montañeses mediante derrotas en el campo de batalla —derrotas que deberían ser cuidadosamente calculadas y preparadas de antemano—;

IV. llevarlos a reconocer al zar como su soberano nominal, sin pagar tributo alguno, pero admitiendo guarniciones en el país... Los húngaros llevados a Circasia serían alojados en el entorno del príncipe, los más capaces serían investidos con los puestos importantes... El capitán Franchini me aseguró que Rusia no exigía más que una subordinación aparente... los signos del favor imperial, el dinero y las órdenes rusas harían el resto...

El 22 de septiembre de 1856, Ismail Pachá me recomendó contratar para Circasia a varios cientos de polacos que estaban acuartelados en Scutari y habían formado parte de la legión bajo el mando de Zamoyski... Esta propuesta no concordaba con nuestros planes, pero era difícil rechazarla. Yo conocía de antes al señor Lapinski, que había servido con éxito en Hungría... Vivía ahora en Scutari... Acordamos con el general Stein que lo mejor sería ganarnos al coronel Lapinski, que tenía absoluta confianza en mí... El 24 de septiembre comuniqué por escrito al coronel Lapinski que los patriotas circasianos apelaban a él para formar un cuerpo polaco en Circasia. El coronel exigió como respuesta armas y equipo para 700 polacos... Deliberamos después juntos —el general Stein, Türr, Franchini y yo—, y se decidió que Türr debía dirigirse a Inglaterra para comprar herramientas y máquinas para la fabricación de cartuchos, pero que debía demorar cualquier suministro de armas. Queríamos asegurarnos primero a los polacos antes de darles armas... Las serias representaciones del coronel Lapinski... me obligaron a acelerar la partida, aunque no tenía los medios para llevar conmigo a los oficiales húngaros que había contratado... En enero de 1857 recibí cartas e instrucciones de Kossuth y de mis otros amigos políticos. Mi plan fue aprobado... Poco antes de mi partida se fingió un claro enfriamiento en las relaciones entre el general Stein y yo. Yo quería retrasar aún mi partida para que algunos húngaros pudieran viajar conmigo, pero el capitán Franchini declaró que no se podía perder ni un día. La expedición se había convertido en la comidilla de toda Constantinopla, y si la embajada rusa no intervenía, podría ser acusada de complicidad. El 15 de febrero se embarcó el coronel Lapinski a bordo del vapor inglés 'Kangaroo'. Yo me embarqué igualmente... A mi llegada a Dob" (la rusa Kabardinsk) "dirigí cartas a Sefer Pachá, al Naib y a los demás jefes de las tribus; en estas cartas me anuncié como el enviado de Su Majestad Imperial el Sultán, que debía comandar las fuerzas militares de Circasia... El comportamiento del coronel Lapinski no era muy tranquilizador para mí... Algunas semanas después de la llegada del destacamento polaco a Shapsucho" (el fuerte ruso Tenginsk), "la residencia de Sefer Pachá, el señor Römer llegó a Dob a bordo del bergantín cargado de armas y municiones que habíamos dejado atrás en el Bósforo... La repentina irrupción de los rusos en Attakum en el mes de mayo congregó a miles de guerreros circasianos de todas las partes del país. Por primera vez vieron los circasianos cómo su propia artillería atacaba con éxito a la artillería rusa. Este combate, bastante insignificante en sí, me dio importancia a mí y al destacamento polaco... Aproveché la ventaja del ánimo de la gente para desempeñar mi papel; me presenté públicamente como el enviado del Sultán; exigí obediencia incondicional... Más tarde supe que el coronel Lapinski trabajaba con toda su fuerza para anular mis planes... Me esforcé por ganar partidarios entre los oficiales y la tropa de su destacamento, y como la situación del cuerpo era precaria, lo atribuí al fracaso de su comandante... La confiscación de unas sandalias <embarcaciones estrechas de dos mástiles> por parte de un buque ruso en los puertos de Sudjak y Gelendschik me brindó la ocasión de trasladar al coronel a cierta distancia del teatro de guerra en Attakum y aislarlo completamente... Algunos días después recibí del coronel Lapinski una carta en la que me comunicaba que en Gelendschik no había tropas y que su posición no era sostenible... Fui yo mismo a Gelendschik, y en el lugar mismo me expuso el coronel Lapinski la peligrosidad de su posición y la amenaza inminente de un ataque de los rusos. Nueve días después su predicción se hizo realidad...

La agitación que promoví entre los oficiales y soldados en Aderbi durante y después de la catástrofe de Gelendschik fue simplemente la consecuencia de mi decisión de sembrar la discordia entre el destacamento y el coronel Lapinski... A través de emisarios hice correr rumores entre los circasianos de que él había vendido los cañones a los rusos... Me dejé engañar por la simulada franqueza del coronel, que en realidad me observaba con mayor vigilancia que nunca...

De acuerdo con mis instrucciones, debía yo establecer relaciones con el general ruso... Mi carta anónima, que actualmente está en manos de la comisión, debía iniciar una correspondencia regular, pero por la estupidez del comandante ruso ha caído en manos de ustedes...

De repente, el coronel Lapinski se quitó la máscara y me declaró abruptamente ante Sefer Pachá que no me reconocía ni como su superior ni como comandante militar en Circasia, rompió todo trato conmigo... y dirigió también una orden del día en este sentido al destacamento polaco. Intenté destituirlo mediante otra orden del día dirigida a los soldados, pero mis esfuerzos fueron vanos...

Firmado: Mechmed Bey."

(Núm. 5) — Carta de Janos Bangya al general Philipson:

«¿No sería del interés de Rusia pacificar Circasia? Tal vez sea posible conquistar las llanuras de Circasia por un corto tiempo con enormes sacrificios, pero las montañas y las fortificaciones naturales no serán conquistadas jamás. Los cañones rusos han perdido su efecto. La artillería circasiana responderá a la rusa con suficiente éxito. Los circasianos ya no son lo que eran hace cinco años; apoyados por una pequeña fuerza regular, combaten exactamente igual de bien que las tropas rusas, y por su religión y su tierra lucharán hasta el último hombre. ¿No sería mejor conceder a los circasianos una especie de libertad ilusoria, someter a Circasia a un príncipe nacional y poner a este príncipe bajo el protectorado del zar ruso? En una palabra, ¿hacer de Circasia otra Georgia o algo por el estilo? Una vez que Circasia esté estrechamente ligada a Rusia, los caminos de Anatolia y de la India estarán abiertos a los rusos. Sapienti sat. <Al buen entendedor, basta.> Sería posible abrir negociaciones sobre esta base. Reflexione y responda.»

(Núm. 6) Sentencia, 20 de enero de 1858:

«Tras la lectura de la confesión del coronel Mechmed Bey en las sesiones de los días 2, 3, 4, 5, 6, 7 y 11 de enero; tras oír las declaraciones de los testigos en la sesión del 9 de enero, el consejo de guerra, en su sesión de hoy, declara a Mechmed Bey convicto, en base a su confesión y a las declaraciones de los testigos, de alta traición y correspondencia secreta con el enemigo; lo declara sin honor, despojado de su rango en este país y lo condena a muerte — por unanimidad.

Firmado: Jacob Beckert, soldado; Philipp Terteltaub, artillero; Mathias Bedneizek, sargento; Otto Linovski, artillero; Franz Stock, subteniente; Anton Krysciewicz, subteniente; Michael Marecki, teniente; Leon Zawadski, artillero; Stanislas Tanckowski, cabo; John Hamaniski, sargento; Alexander Michicki, sargento mayor; Casimir Wystocki, subteniente; Josef Aranoski, teniente; Peter Stankiewicz, capitán; Theophil Lapinski, coronel.»

A los documentos anteriores solo tenemos que añadir que Sefer Pachá no estaba dispuesto a hacer ejecutar la sentencia de muerte en un hombre que ostentaba el rango de coronel en el ejército del Sultán, y que por ello lo hizo escoltar hasta Trebisonda. Los húngaros en Constantinopla declararon que la traición de Mechmed Bey era una pura calumnia, pero los oficiales polacos protestaron de inmediato contra esta afirmación y amenazaron con una eventual publicación de los documentos relacionados con este asunto. Los publicamos ahora en extracto, ya que constituyen la contribución con mucho más interesante a la historia de la guerra de Circasia.

Respecto al comportamiento de la embajada rusa durante este asunto, podemos añadir los siguientes hechos: En Constantinopla era del conocimiento general que el 'Kangaroo' había sido fletado para llevar tropas y suministros a Circasia. La embajada rusa, sin embargo, no dejó caer ni una palabra en relación con esta expedición ante la Puerta; pero el mismo día en que el 'Kangaroo' dejó atrás el Bósforo, el embajador ruso dirigió una protesta a la Puerta e hizo que se iniciara una investigación para descubrir a los instigadores de la expedición. Se hicieron todos los esfuerzos para implicar en el asunto al conde Zamoyski, que se encontraba en aquel momento en Constantinopla; pero esto fracasó por completo. Luego, aparentemente a petición de Rusia, el general Stein e Ismail Pachá fueron enviados al destierro por estar implicados en el asunto. Tras un destierro de algunos meses, con motivo de un día festivo en la familia del zar ruso, de nuevo a petición de la embajada rusa, se permitió al general Stein e Ismail Pachá regresar a Constantinopla.

Notas a pie de página

(1) Con esto alude a la familia Bangya núm. 3. Además de su familia islámica en Constantinopla, tiene una mujer en Hungría y otra en París.