Karl Marx

De [el inglés].

[«New-York Daily Tribune», núm. 5465 del 27 de octubre de 1858]

Berlín, 13 de octubre de 1858

Después de una dura lucha, la revolución palaciega prusiana ha acabado por convertirse en un *fait accompli* <un hecho consumado>. De simple representante y apoderado del rey, el príncipe de Prusia ha sido transformado en regente del Estado. La repugnancia con que cedieron la reina y la camarilla se puso de manifiesto incluso en la escena final del drama dinástico. El señor von Westphalen, ministro del Interior y representante oficial de aquélla, rehusó firmar el decreto en virtud del cual el rey traspasa el poder real a su hermano, dimitió de su cargo y tuvo que ser sustituido por el señor von Flottwell. Por otra parte, el rey no ha abdicado incondicionalmente, sino que, según las palabras del decreto, traspasa el poder «...hasta que Yo mismo pueda cumplir nuevamente con los deberes de Mi real cargo», y con la reserva: «De los asuntos de Mi Real Casa reservo a Mi propia disposición aquellos que conciernen a Mi persona». Por la primera cláusula, el poder del regente es provisional, y por la segunda, la reina sigue manteniendo la mano sobre la bolsa real. La forma condicionada de la transferencia demuestra que la camarilla, aunque obligada a desalojar la fortaleza, está decidida a no abandonar la lucha. Es, en efecto, un secreto a voces que los propios médicos del rey, tras el ataque de apoplejía que sufrió la semana pasada, han expresado dudas de si, incluso en las circunstancias más favorables, vivirá aún un año. Esta declaración ha contribuido esencialmente a la decisión del señor von Manteuffel de cambiar de frente e izar la bandera del príncipe de Prusia. Como posee un conocimiento superficial de la historia moderna,

sabe que la influencia de Mazarino sobrevivió a Luis XIII. Sabe que Perceval, a pesar de las intrigas y las sombrías profecías de los cazadores de puestos whigs, logró conquistar el favor del regente (el futuro Jorge IV) y conservar su puesto, pese a haber ofendido gravemente al príncipe heredero como instrumento ciego de la camarilla conocida bajo el nombre de los amigos del rey y encabezada por la reina y el duque de York. Esta deserción de Manteuffel forzó a la camarilla y al partido de los junkers que estaba detrás de ella a tocar retirada. De lo contrario, al príncipe de Prusia no le habría quedado más remedio que llevar tan solo la máscara prestada de la dignidad real, o bien llamar al pueblo a intervenir; este último paso habría sido incompatible tanto con sus propios principios como con las tradiciones de la dinastía Hohenzollern. La capacidad de transformación de Manteuffel lo sacó de este penoso dilema. Está por verse si se mostrará agradecido con el tránsfuga. Precisamente el hecho de que el nombre de Manteuffel esté unido indeleblemente a la derrota de la Revolución de Marzo, que él sea el redactor responsable del golpe de Estado prusiano y que su ministerio constituya por tanto una protesta viva y continua contra una «usurpación» por parte del pueblo, puede disuadir al príncipe, a pesar de su aversión personal, de separarse inmediata y ostentosamente de este «hombre de la acción salvadora».

La oposición entre el príncipe y el rey lleva la acostumbrada impronta de la familia Hohenzollern. Al comediante, más o menos pródigo, más o menos imbuido de concepciones religiosas bizantinas, más o menos coquetea con el romanticismo medieval, sigue siempre la hosca mezcla de sargento, burócrata y maestro de escuela. Así es la oposición entre Federico I y su hijo Federico Guillermo I, entre Federico Guillermo II y Federico Guillermo III, entre las endebles extravagancias de Federico Guillermo IV y la sobria mediocridad del actual regente.

Se espera de manera bastante general, y la prensa británica difunde con celo esta opinión, que el ascenso al poder del regente provoque inmediatamente un viraje en la política exterior prusiana, la libere de la preponderancia rusa y la acerque a Inglaterra. Ahora bien, es concebible que el príncipe regente juegue personalmente con ideas semejantes. La manera insultante con que Nicolás trató al conde de Brandeburgo, plenipotenciario prusiano y pariente cercano de la casa real, en el Congreso de Varsovia —una afrenta que empujó a Brandeburgo al suicidio—, jamás se ha borrado de la memoria del príncipe. El aguijón de la afrenta personal se sintió tanto más amargo cuanto que Nicolás obligó a Prusia al mismo tiempo, y por añadidura muy descomedidamente, a ceder a las pretensiones de Austria, a presenciar pasivamente cómo un ejército austríaco marchaba a Hamburgo y Schleswig-Holstein, y a humillarse ante los ojos de toda Europa. Cuando más tarde se publicaron en Inglaterra los despachos secretos y confidenciales del embajador británico en Petersburgo, el príncipe, de ningún modo hombre de temperamento conciliador, se sintió nuevamente ofendido por el desprecio ostensible con que el difunto emperador, al evaluar la actitud que probablemente adoptarían las grandes potencias europeas en caso de un reparto del Imperio Turco, no se dignó siquiera mencionar a Prusia. Es sabido que el príncipe de Prusia, tras las primeras medidas bélicas, en una entrevista en Praga, enfrentó la orgullosa arrogancia dictatorial de su cuñado moscovita con testaruda obstinación. En el curso de la guerra rusa, la camarilla sospechaba que el príncipe se inclinaba hacia el lado de la alianza occidental, y lo sometió en consecuencia a un sistema de *surveillance* <vigilancia> personal y espionaje, que fue descubierto por casualidad en un escandaloso proceso de Potsdam. El príncipe, por su parte, se había cerciorado de que los jefes de la camarilla y favoritos del rey, el general von Gerlach y el consejero de gabinete <Kabinettsrat: en la «N.-Y. D. T.» en alemán> Niebuhr (hijo del gran historiador), actuaban como agentes directos del gobierno de Petersburgo, la informaban exactamente de todo lo que ocurría en el gabinete y recibían de ella encargos que llegaban incluso a detalles como la disposición de los diversos cuerpos de ejército en todo el reino. Con la muerte del emperador Nicolás desaparecieron los motivos del antagonismo personal. Por otra parte, no puede esperarse de Alejandro II que inspire a su tío aquel sentimiento de temor con el que Nicolás, tras su matrimonio con la hija mayor de Federico Guillermo III, supo herir a la dinastía Hohenzollern en pleno corazón. Es, por el contrario, muy probable que las nuevas relaciones familiares del regente con Inglaterra ejerzan cierta influencia en la orientación de su política exterior. Sin embargo, ésta no depende realmente de las inclinaciones personales del príncipe, sino de las condiciones de vida del Estado. Si Prusia fuera simplemente una potencia alemana, la cuestión podría decidirse de manera muy sencilla; pero Prusia no es solo la rival de Austria, que a su vez es un adversario de Rusia; el principio más importante de la monarquía prusiana es el robo de tierras a costa de Alemania con ayuda de Rusia. Gracias a la alianza de Federico Guillermo I con Rusia, Prusia logró arrebatar Pomerania a los suecos. A su vez, mediante la alianza con Catalina, le fue posible a Federico el Grande conservar la Silesia austríaca y obtener partes sustanciales de Polonia; la misma maniobra repitieron Federico Guillermo II y Federico Guillermo III con idéntico éxito. Asimismo, por la protección de Alejandro I, Prusia obtuvo la provincia del Rin y se le permitió, al mismo tiempo, engrandecerse a costa de Sajonia. Y precisamente en Rusia debe apoyarse Prusia en caso de una invasión francesa. Es, por tanto, más que dudoso que las condiciones de vida del Estado prusiano permitan jamás que sus gobernantes se liberen de la preponderancia rusa, y si, por ello, no se verán defraudadas las expectativas del público tanto en este punto como en las cuestiones de política interior.