Karl Marx

Los partidos políticos en Inglaterra -

La situación en Europa]

Escrito el 11 de junio de 1858.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" nº 5359 del 24 de junio de 1858, artículo de fondo]

Inglaterra ofrece en este momento el extraño espectáculo de una descomposición que se manifiesta en las cúpulas del Estado, mientras en la base de la sociedad todo parece inconmovible. No hay excitación perceptible entre las masas, pero sí un cambio visible en sus gobernantes. ¿Debemos suponer que las capas superiores se descomponen, mientras las inferiores persisten en la misma obtusa parálisis? Por supuesto, no aludimos a los cínicos intentos de Palmerston y sus compinches de “saquear” el tesoro. Los choques entre el partido gobernante y la oposición constituyen, en la historia parlamentaria de Inglaterra, un rasgo constante no menos que las luchas entre proscritos y proscriptores en los anales medievales de las ciudades italianas. Tenemos aquí al jefe de los tories, Disraeli, que concluye su discurso en la Cámara de los Comunes con la ominosa declaración de que

“existe un vínculo de concordia entre nosotros” (los radicales y los tories) “en esta Cámara y en este país, a saber, ¡que ya no seremos los instrumentos ni las víctimas de una oligarquía caduca!”

Ahí está la Cámara de los Lores, que adopta un punto de la Carta del Pueblo: la abolición del censo de propiedad para los miembros de la Cámara de los Comunes; ahí tenemos a Lord Grey, descendiente del reformista whig, que advierte a sus nobles primos de que están precipitándose hacia una “revolución total en todo el sistema de su modo de gobierno y en el carácter de su constitución”; ahí está el duque de Rutland, fuera de sí por el temor ante la perspectiva de tener que tragarse “los cinco puntos enteros de la Carta y aún más”. Y luego, un día, el “Times” de Londres amonesta en tonos sombríos a la burguesía a que tenga cuidado con Disraeli y Bulwer, que no le desean nada bueno a esa clase y que, para dominarla, pueden aliarse con la chusma; y al día siguiente advierte a la aristocracia terrateniente de que será aplastada por la shopocracia (dominio de los tenderos, del mundo de los negocios), que supuestamente llegará al poder mediante la ley de Locke King, recién aprobada en segunda lectura en la Cámara de los Comunes, porque esa ley, al rebajar el censo electoral a 10 libras esterlinas, amplía el derecho de sufragio en los condados.

Es un hecho que los dos partidos oligárquicos gobernantes de Inglaterra se han transformado desde hace tiempo en meras agrupaciones sin principios particulares de ningún tipo. Tras los vanos intentos, primero con una coalición y luego con una dictadura, han llegado ahora al punto en que cada uno de ellos sólo puede pensar en obtener una prórroga, entregando sus intereses comunes a su enemigo común, el partido radical de la burguesía, que en la Cámara de los Comunes tiene en John Bright a su poderoso representante. Hasta ahora, los tories han sido aristócratas que han gobernado en nombre de la aristocracia, y los whigs, aristócratas que han gobernado en nombre de la burguesía; pero, puesto que la burguesía reclama gobernar en su propio nombre, el negocio de los whigs ha terminado. Para mantener a los whigs fuera del gobierno, los tories cederán a la presión del partido de la burguesía hasta que hayan agotado la paciencia de los whigs y convencido a estos oligarcas de que, para salvaguardar sus intereses de clase, deben fundirse en las filas conservadoras y renunciar a sus tradicionales pretensiones de representar los intereses liberales o de constituir un poder propio. La absorción de la fracción whig en la fracción tory y su transformación conjunta en el partido de la aristocracia como antagonista del nuevo partido de la burguesía, que aparece bajo dirección propia, bajo bandera propia, con consignas propias: ése es el proceso que presenciamos actualmente en Inglaterra.

Si consideramos esta situación interna de Inglaterra y la relacionamos con el hecho de que la guerra en la India sigue devorando hombres y recursos financieros, podemos decir con seguridad que Inglaterra no estará en condiciones de obstaculizar la revolución europea que visiblemente se aproxima, como ocurrió en 1848. Existe otra gran potencia que hace diez años puso violento freno a la corriente revolucionaria. Nos referimos a Rusia. Esta vez se ha acumulado bajo sus propios pies material inflamable que un fuerte golpe de viento procedente de Occidente puede inflamar de repente. Los síntomas de una guerra de los siervos son tan evidentes en el interior de Rusia, que los gobernadores provinciales no pueden explicarse la agitación inusitada más que acusando a Austria de difundir por todo el país, mediante emisarios secretos, doctrinas socialistas y revolucionarias. ¡Piénsese tan sólo: Austria es no sólo sospechosa, sino acusada públicamente de actuar como emisaria de la revolución! Las matanzas de Galitzia han demostrado suficientemente al mundo que, en caso de necesidad, el gabinete de Viena sabe cómo inculcar a los siervos un socialismo de su propia factura. Pero Austria rechaza airadamente la acusación y declara que agentes paneslavistas rusos infestan y envenenan sus provincias orientales, mientras sus súbditos italianos son influidos por las intrigas conjuntas de Bonaparte y del zar. Prusia, por último, siente claramente los peligros de la situación; pero tiene atadas las manos y los pies, y le está prohibido moverse en dirección alguna. El poder real está de hecho quebrantado por la alienación mental del rey y por la falta de plenos poderes del regente. La discordia entre la camarilla del rey, que se niega a abdicar, y la camarilla del príncipe, que no se atreve a gobernar, ha abierto las compuertas al movimiento popular.

Así pues, todo depende de Francia; y aquí la crisis del comercio y de la agricultura, el golpe de Estado financiero y la instauración del dominio del ejército en lugar del dominio por medio del ejército aceleran la explosión. Hasta la prensa francesa admite por fin que en la actualidad hay que abandonar toda esperanza de un retorno de la prosperidad. “Creemos que sería insensato atormentar al público con la quimérica esperanza de una reacción inmediata”, dice el “Constitutionnel”. “El estancamiento persiste y, pese a los elementos favorables existentes, no debemos esperar cambio alguno inmediato”, dice la “Patrie”. En las columnas de la “Union” y del “Univers” resuenan estas quejas. “Se admite generalmente que desde la revolución de 1848 no se ha vivido en París una crisis comercial como la actual”, dice el corresponsal parisino del “Times” de Londres. Y las acciones del Crédit mobilier han caído aproximadamente a 550 francos, es decir, por debajo del precio nominal al que fueron vendidas al gran público. Por otra parte, el vacío de la caja imperial obliga a Napoleón a insistir en su plan de confiscación. “Lo único que hay que preguntarse”, dice un periódico clerical que aparece en Anjou, “es si la propiedad será respetada o no.” ¡La propiedad, en verdad! Lo único que hay que preguntarse en este momento, responde Bonaparte, es cómo asegurarse del ejército, y resuelve esta cuestión a su manera habitual. Hay que comprar de nuevo a todo el ejército. Ha ordenado un aumento general de su soldada. Entre tanto, Inglaterra está alarmada y Austria aterrorizada. En todas partes se cree que la guerra es inminente. Luis Napoleón no tiene otros medios para escapar a una pronta destrucción. El comienzo del fin está próximo.