Frederick Engels en el New-York Tribune, 1858

La derrota de Windham

Mientras durante la guerra de Crimea toda Inglaterra clamaba por un hombre capaz de organizar y dirigir sus ejércitos, y mientras se confiaba el cargo a incapaces como Raglan, Simpson y Codrington, había en Crimea un soldado dotado de las cualidades que se exigen a un general. Nos referimos a sir Colin Campbell, que ahora está demostrando día tras día en la India que domina su profesión con mente de maestro. En Crimea, después de que se le permitiera conducir su brigada en el Alma, donde, debido a la rígida táctica lineal del ejército británico, no tuvo ocasión de mostrar sus capacidades, fue encerrado en Balaklava y nunca se le permitió participar en las operaciones subsiguientes. Y, sin embargo, sus dotes militares habían quedado claramente establecidas en la India mucho antes, por una autoridad nada menos que el general más grande que Inglaterra ha producido desde Marlborough: sir Charles James Napier. Pero Napier era un hombre independiente, demasiado orgulloso para rebajarse ante la oligarquía reinante, y su recomendación bastó para que Campbell quedara señalado y bajo sospecha.

Otros hombres, sin embargo, ganaron distinciones y honores en aquella guerra. Ahí estaba sir William Fenwick Williams, de Kars, a quien ahora le resulta cómodo dormirse sobre los laureles adquiridos mediante la desvergüenza, la autopropaganda y defraudando al general Kmetty de su fama bien ganada. Una baronía, mil libras al año, un cómodo puesto en Woolwich y un escaño en el Parlamento son más que suficientes para impedirle que arriesgue su reputación en la India. A diferencia de él, “el héroe del Redán”, el general Windham, ha partido a mandar una división contra los cipayos, y su primer acto lo ha sentenciado para siempre. Ese mismo Windham, un oscuro coronel de buenas conexiones familiares, mandaba una brigada en el asalto al Redán, operación durante la cual se comportó con suma flema y, por último, al no llegar refuerzos, abandonó dos veces a sus tropas a su suerte mientras él iba en persona a buscarlos. Por este acto tan cuestionable, que en otros ejércitos habría sido investigado por un consejo de guerra, fue nombrado general inmediatamente y, poco después, llamado al puesto de jefe del Estado Mayor.

Cuando Colin Campbell avanzó hacia Lucknow, dejó las viejas trincheras, el campamento y la ciudad de Cawnpore, junto con el puente sobre el Ganges, a cargo del general Windham y una fuerza suficiente para ese propósito. Había cinco regimientos de infantería, completos o parcialmente, muchas piezas de posición, 10 cañones de campaña y dos cañones navales, además de 100 jinetes; toda la fuerza superaba los 2.000 hombres. Mientras Campbell estaba empeñado en Lucknow, los diversos cuerpos de insurrectos que merodeaban por el Doab se concentraron para atacar Cawnpore. Además de una chusma heterogénea, reunida por los zemindares sublevados, la fuerza atacante contaba con tropas instruidas (disciplinadas no puede llamárselas): el resto de los cipayos de Dinapore y una parte del contingente de Gwalior. Estas últimas eran las únicas tropas insurrectas cuya formación puede decirse que superaba la de compañías, pues habían sido mandadas casi exclusivamente por oficiales nativos y, de ese modo, con sus jefes y capitanes, conservaban algo parecido a batallones organizados. En consecuencia, los británicos las miraban con cierto respeto. Windham tenía órdenes estrictas de mantenerse a la defensiva, pero al no recibir respuesta a sus despachos de Campbell —pues la comunicación estaba interrumpida—, decidió actuar por su propia responsabilidad. El 26 de noviembre avanzó con 1.200 infantes, 100 jinetes y 8 cañones al encuentro de los insurrectos que se aproximaban. Después de derrotar fácilmente a su vanguardia, vio acercarse la columna principal y se retiró a las inmediaciones de Cawnpore. Allí tomó posición frente a la ciudad, con el 34.º Regimiento a la izquierda, los Rifles (5 compañías) y dos compañías del 82.º a la derecha. La línea de retirada atravesaba la ciudad, y había unos hornos de ladrillos a retaguardia de la izquierda. A menos de cuatrocientas yardas del frente, y en varios puntos aún más próximos a los flancos, se extendían bosques y maleza, que ofrecían un excelente abrigo al enemigo en su avance. De hecho, no podía haberse escogido una posición peor: ¡los británicos expuestos en la llanura abierta, mientras los indios podían acercarse a cubierto hasta trescientas o cuatrocientas yardas! Para hacer resaltar aún más el “heroísmo” de Windham, había muy cerca una posición bastante decente, con una llanura al frente y a retaguardia, y con el canal como obstáculo ante el frente; pero, naturalmente, se insistió en la posición peor. El 27 de noviembre el enemigo abrió un cañoneo, llevando sus piezas hasta el borde del abrigo que ofrecía la maleza. Windham, que, con la modestia inherente a un héroe, llama a esto un “bombardeo”, dice que sus tropas lo soportaron durante cinco horas; pero pasadas éstas ocurrieron algunas cosas que ni Windham, ni hombre alguno de los presentes, ni periódico indio o británico alguno se ha atrevido hasta ahora a relatar. Desde el momento en que el cañoneo se convirtió en batalla, cesan todas nuestras fuentes directas de información, y quedamos librados a sacar nuestras propias conclusiones a partir de las pruebas vacilantes, equívocas e incompletas que tenemos ante nosotros. Windham se limita a la siguiente declaración incoherente:

“Pese al intenso bombardeo del enemigo, mis tropas resistieron el ataque [bastante novedoso llamar ataque a un cañoneo contra tropas de campaña] durante cinco horas y aún mantenían el terreno, hasta que, por el número de hombres bayoneteados por el 88.º, comprendí que los amotinados habían penetrado completamente en la ciudad; habiéndoseme dicho que estaban atacando el fuerte, ordené al general Dupuis que se replegara. Toda la fuerza se retiró al fuerte, con todas nuestras provisiones y cañones, poco antes de oscurecer. Debido a la huida de los asistentes de campamento, no pude llevarme mi equipo de campaña y parte del bagaje. Si no se hubiera producido un error en la transmisión de una orden mía, soy de la opinión de que habría podido mantener el terreno, al menos hasta el anochecer.”

El general Windham, con ese instinto que ya mostró en el Redán, se dirige a la reserva (el 88.º, que ocupaba la ciudad, según hemos de deducir) y encuentra, no al enemigo vivo y combatiendo, sino a un gran número de enemigos bayoneteados por el 88.º. ¡Este hecho lo lleva a la conclusión de que el enemigo (no dice si vivo o muerto) ha penetrado completamente en la ciudad! Por alarmante que sea esta conclusión tanto para el lector como para él mismo, nuestro héroe no se detiene ahí. Le dicen que el fuerte está siendo atacado. Un general corriente habría indagado la veracidad de esta historia, que, desde luego, resultó ser falsa. Pero no es el caso de Windham. ¡Ordena la retirada, aunque sus tropas podrían haber mantenido la posición al menos hasta el anochecer, de no haberse cometido un error en la transmisión de una orden de Windham!

Así, primero tenemos la heroica conclusión de Windham de que donde hay muchos cipayos muertos tiene que haber muchos vivos; en segundo lugar, la falsa alarma respecto al ataque al fuerte; y en tercer lugar, el error cometido en la transmisión de una orden; todos estos contratiempos combinados hicieron posible que una chusma muy numerosa de indígenas derrotara al héroe del Redán y venciera el indomable arrojo británico de sus soldados.

Otro cronista, un oficial presente, dice:

“No creo que nadie pueda describir con exactitud el combate y la retirada de aquella mañana. Se ordenó una retirada. Se dispuso que el 34.º de infantería de Su Majestad se replegara detrás del horno de ladrillos, ¡pero ni oficiales ni soldados sabían dónde encontrarlo! La noticia de que nuestra fuerza había sido batida y estaba en retirada voló velozmente por los acantonamientos, y se produjo una avalancha irresistible hacia las trincheras interiores, tan incontenible como la masa de agua de las cataratas del Niágara. Soldados y marineros, europeos e indígenas, hombres, mujeres y niños, caballos, camellos y bueyes, afluían en número incontable desde las 2 de la tarde. Al caer la noche, el campamento atrincherado, con su abigarrada multitud de hombres y bestias, bagajes, equipaje y diez mil estorbos indescriptibles, rivalizaba con el caos que existía antes del fiat de la creación.”

Finalmente, el corresponsal del Times en Calcuta afirma que es evidente que los británicos sufrieron el día 27 “lo que casi equivale a una derrota”, pero que, por motivos patrióticos, la prensa anglo-india cubre la deshonra con el velo impenetrable de la caridad. Con todo, se admite también lo siguiente: que uno de los regimientos de Su Majestad, compuesto mayoritariamente por reclutas, por un momento cayó en desorden, aunque sin ceder terreno, y que en el fuerte la confusión fue extrema, pues Windham perdió todo control sobre sus hombres, hasta que en la tarde del 28 llegó Campbell y “con unas pocas palabras altaneras” devolvió a cada cual a su sitio.

Ahora bien, ¿cuáles son las conclusiones evidentes de todas estas declaraciones confusas y equívocas? Ninguna otra sino que, bajo la dirección incapaz de Windham, las tropas británicas fueron completa, aunque absolutamente innecesariamente, derrotadas; que cuando se ordenó la retirada, los oficiales del 34.º Regimiento, que ni siquiera se habían tomado la molestia de familiarizarse en modo alguno con el terreno en que habían combatido, no pudieron encontrar el lugar al que se les ordenaba retirarse; que el regimiento cayó en desorden y finalmente huyó; que esto provocó un pánico en el campamento, que rompió todas las barreras del orden y la disciplina y ocasionó la pérdida del equipo de campaña y parte del bagaje; que, por último, a pesar de lo que afirma Windham sobre las provisiones, 15.000 cartuchos Minié, las cajas del pagador y los zapatos y vestuario de muchos regimientos y nuevas levas cayeron en manos del enemigo.

La infantería inglesa, en línea o en columna, rara vez huye. Al igual que los rusos, posee una cohesión natural que generalmente solo se da en los soldados veteranos y que se explica en parte por la considerable mezcla de veteranos en ambos ejércitos, pero que en parte también pertenece evidentemente al carácter nacional. Esta cualidad, que no tiene nada que ver con el “arrojo”, sino que es, por el contrario, un peculiar desarrollo del instinto de conservación, es sin embargo muy valiosa, sobre todo en posiciones defensivas. Asimismo, al igual que la naturaleza flemática de los ingleses, impide el pánico; pero ha de observarse que cuando las tropas irlandesas se desordenan y son presa del pánico, no es fácil reagruparlas. Así le sucedió a Windham el 27 de noviembre. De ahora en adelante figurará en esa lista no muy extensa pero distinguida de generales ingleses que han conseguido hacer que sus tropas huyeran presas del pánico.

El día 28, el contingente de Gwalior fue reforzado por un cuerpo considerable procedente de Bithoor y se aproximó hasta menos de cuatrocientas yardas de los puestos avanzados británicos atrincherados. Se produjo otro combate, llevado por los asaltantes sin vigor alguno. Durante el mismo se dio un ejemplo de auténtico arrojo por parte de los soldados y oficiales del 64.º, que nos complace relatar, aunque la hazaña en sí fue tan insensata como la célebre carga de Balaklava. También se le atribuye la responsabilidad a un muerto: el coronel Wilson, de dicho regimiento. Al parecer, Wilson avanzó con ciento ochenta hombres contra cuatro cañones enemigos, defendidos por fuerzas muy superiores en número. No se nos dice quiénes eran; pero el resultado lleva a la conclusión de que se trataba de las tropas de Gwalior. Los británicos tomaron los cañones al asalto, clavaron tres de ellos y resistieron durante algún tiempo pero, al no acudir refuerzos, tuvieron que retirarse, dejando en el terreno a sesenta hombres y a la mayoría de sus oficiales. La prueba de lo reñido del combate está en las pérdidas. Aquí tenemos una pequeña fuerza que, por las bajas que sufrió, debió de estar ante un enemigo bastante igualado, defendiendo una batería hasta que un tercio de sus hombres queda fuera de combate. Esto sí que es combatir con dureza, y es el primer ejemplo de ello desde el asalto de Delhi. Sin embargo, el hombre que planeó este avance merece ser juzgado ante un consejo de guerra y fusilado. Windham dice que fue Wilson. Él cayó en la acción y no puede responder.

Al caer la tarde, toda la fuerza británica estaba hacinada en el fuerte, donde el desorden continuaba reinando, y la posición del puente se hallaba en evidente peligro. Pero entonces llegó Campbell. Restableció el orden, hizo cruzar tropas frescas por la mañana y rechazó al enemigo lo suficiente como para asegurar el puente y el fuerte. Luego hizo que todos sus heridos, mujeres, niños y bagajes cruzaran, y mantuvo una posición defensiva hasta que todos estos llevaran un buen trecho recorrido en el camino a Allahabad. Tan pronto como se logró esto, atacó a los cipayos el día 6 y los derrotó, persiguiéndolos su caballería y artillería a lo largo de catorce millas ese mismo día. Que la resistencia ofrecida fue escasa lo muestra el parte de Campbell; se limita a describir el avance de sus propias tropas, sin mencionar jamás resistencia o maniobra alguna por parte del enemigo; no hubo contención, y no fue una batalla, sino una batida. El brigadier Hope Grant, con una división ligera, siguió a los fugitivos y los sorprendió el día 8 en el acto de cruzar un río; acorralados así, se volvieron y sufrieron graves pérdidas. Con este acontecimiento se cierra la primera campaña de Campbell, la de Lucknow y Cawnpore, y debe comenzar una nueva serie de operaciones, cuyos primeros desarrollos esperamos tener noticia dentro de quince días o tres semanas.