Frederick Engels en el New-York Tribune, 1858

El ejército indio

La guerra en la India está pasando paulatinamente a esa fase de guerra de guerrillas errática a la que, más de una vez, hemos señalado como su próxima e inminente fase de desarrollo, la más peligrosa. Los ejércitos insurrectos, tras sus sucesivas derrotas en batallas campales y en la defensa de ciudades y campamentos atrincherados, se disuelven gradualmente en cuerpos más reducidos, de entre dos y seis u ocho mil hombres, que actúan, en cierto grado, con independencia unos de otros, pero siempre dispuestos a unirse para una breve expedición contra cualquier destacamento británico al que puedan sorprender aislado. El abandono de Bareilly sin disparar un tiro, después de haber atraído a la fuerza activa de campaña de Sir C. Campbell a unas ochenta millas de Lucknow, constituyó, en este sentido, el punto de inflexión para el ejército principal de los insurrectos; el abandono de Calpee revistió la misma significación para el segundo gran cuerpo de tropas nativas. En ambos casos, la última base central de operaciones defendible fue entregada, y con ello, al hacerse imposible la guerra de un ejército como tal, los insurrectos emprendieron retiradas excéntricas dividiéndose en cuerpos más pequeños. Estas columnas móviles no necesitan una gran ciudad como base central de operaciones. Pueden hallar medios de subsistencia, de reequipamiento y de reclutamiento en los diversos distritos por los que se mueven; y una pequeña ciudad o una aldea grande como centro de reorganización puede ser para cada una de ellas tan valiosa como lo fueron Delhi, Lucknow o Calpee para los ejércitos mayores. Con este cambio, la guerra pierde buena parte de su interés; los movimientos de las diversas columnas de insurrectos no pueden seguirse en detalle y aparecen confusos en los relatos; las operaciones de los mandos británicos escapan en gran medida a la crítica, debido a la inevitable oscuridad que envuelve las premisas sobre las que se basan; el éxito o el fracaso quedan como único criterio, y ciertamente son, de todos, el más engañoso.

Esta incertidumbre respecto a los movimientos de los nativos es ya muy grande. Tras la toma de Lucknow, se retiraron de forma excéntrica: unos hacia el sudeste, otros hacia el nordeste, otros hacia el noroeste. Estos últimos constituían el cuerpo más fuerte, y fueron seguidos por Campbell hasta Rohilcund. Se habían concentrado y reorganizado en Bareilly; pero cuando los británicos se aproximaron, abandonaron el lugar sin resistencia y volvieron a retirarse en direcciones distintas. No se conocen los pormenores de estas diferentes líneas de retirada. Sólo sabemos que una parte se dirigió hacia las colinas de la frontera de Nepaul, mientras que una o más columnas parecen haber marchado en dirección opuesta, hacia el Ganges y el Doab (la región entre el Ganges y el Jumna). Sin embargo, tan pronto como Campbell hubo ocupado Bareilly, los insurrectos que se habían retirado en dirección este efectuaron una unión con algunos cuerpos en la frontera de Oude y cayeron sobre Shahjehanpore, donde se había dejado una pequeña guarnición británica, mientras otras columnas insurrectas se apresuraban hacia ese punto. Afortunadamente para la guarnición, el brigadier Jones llegó con refuerzos el mismo 11 de mayo y derrotó a los nativos; pero éstos, a su vez, fueron reforzados por las columnas que se concentraban en Shahjehanpore, y volvieron a cercar la ciudad el día 15. Ese día, Campbell, dejando una guarnición en Bareilly, marchó en su socorro; pero no fue hasta el 24 de mayo cuando los atacó y los rechazó, dispersándose de nuevo en distintas direcciones las diversas columnas de insurrectos que habían cooperado en esta maniobra.

Mientras Campbell se hallaba así empeñado en las fronteras de Rohilcund, el general Hope Grant hacía marchar a sus tropas de un lado a otro por el sur de Oude sin resultado alguno, salvo pérdidas para su propia fuerza por el agotamiento bajo el sol de un verano indostánico. Los insurrectos eran demasiado rápidos para él. Estaban en todas partes menos allí donde él por casualidad los buscaba, y cuando esperaba encontrarlos de frente, hacía tiempo que le habían ganado de nuevo la retaguardia. Más abajo, en el Ganges, el general Lugard se ocupaba de perseguir una sombra similar en el distrito comprendido entre Dinapore, Jugdespore y Buxar. Los nativos lo mantuvieron constantemente en movimiento y, después de atraerlo lejos de Jugdespore, cayeron de repente sobre la guarnición de ese lugar. Lugard regresó, y un telegrama da cuenta de que obtuvo una victoria el día 26. La identidad de la táctica de estos insurrectos con las de las columnas de Oude y Rohilcund es evidente. La victoria alcanzada por Lugard, sin embargo, apenas tendrá gran importancia. Semejantes bandas pueden permitirse ser derrotadas muchas veces antes de quedar desmoralizadas y débiles.

Así, hacia mediados de mayo, toda la fuerza insurrecta del norte de la India había renunciado a la guerra a gran escala, a excepción del ejército de Calpee. Esta fuerza, en un tiempo comparativamente breve, había organizado en esa ciudad un centro completo de operaciones; poseían provisiones, pólvora y otros pertrechos en abundancia, gran cantidad de cañones e incluso fundiciones y manufacturas de mosquetes. Aunque se hallaba a menos de 25 millas de Cawnpore, Campbell los había dejado tranquilos: se limitaba a observarlos con una fuerza en el lado del Doab o ribera occidental del Jumna. Los generales Rose y Whitlock llevaban largo tiempo en marcha hacia Calpee; al fin llegó Rose y derrotó a los insurrectos en una serie de combates frente a Calpee. La fuerza de observación situada en la otra orilla del Jumna, mientras tanto, había bombardeado la ciudad y el fuerte, y repentinamente los insurrectos evacuaron ambos, descomponiendo este, su último gran ejército, en columnas independientes. Las rutas tomadas por ellos no resultan en absoluto claras por las comunicaciones recibidas; sólo sabemos que algunos han penetrado en el Doab y otros hacia Gwalior.

Así, todo el territorio comprendido desde el Himalaya hasta las montañas de Bihar y Vindhya, y desde Gwalior y Delhi hasta Joruckpore y Dinapore, pulula con activas bandas insurrectas, organizadas en cierto grado por la experiencia de una guerra de doce meses y alentadas, en medio de numerosas derrotas, por el carácter indeciso de cada una y por las escasas ventajas conquistadas por los británicos. Es cierto que se les han arrebatado todas sus fortalezas y centros de operaciones; que la mayor parte de sus pertrechos y artillería se ha perdido; que todas las ciudades importantes están en manos de sus enemigos. Pero, por otra parte, los británicos, en todo este vasto distrito, no ocupan más que las ciudades y, del campo abierto, nada más que el punto donde por casualidad se encuentran sus columnas móviles; se ven forzados a perseguir a sus ágiles enemigos sin esperanza de alcanzarlos, y están bajo la necesidad de emprender este extenuante modo de guerra precisamente en la estación más mortífera del año. El indígena indostánico puede soportar el calor del mediodía de su verano con relativa comodidad, mientras que la mera exposición a los rayos del sol es casi una muerte segura para el europeo; puede marchar cuarenta millas en semejante estación, cuando diez derrumban a su adversario septentrional; para él, incluso las lluvias cálidas y las junglas pantanosas son comparativamente inocuas, en tanto que la disentería, el cólera y la fiebre terciana acompañan todo esfuerzo realizado por los europeos en la estación lluviosa o en parajes cenagosos. Carecemos de informes detallados sobre el estado sanitario del ejército británico; pero por la proporción comparativa entre los fulminados por el sol y los alcanzados por el enemigo en el ejército del general Rose, por el informe de que la guarnición de Lucknow está enferma, por el hecho de que el 38.° regimiento, que llegó el otoño pasado con más de mil efectivos, apenas cuente ahora con 550, y por otros indicios, podemos extraer la conclusión de que el calor estival, durante abril y mayo, ha hecho su labor entre los hombres y muchachos recién importados que han reemplazado a los soldados veteranos, tostados por el sol, de la campaña del año anterior. Con los hombres de que dispone Campbell, no puede emprender las marchas forzadas de Havelock ni un asedio durante la estación lluviosa como el de Delhi. Y aunque el Gobierno británico vuelve a enviar fuertes refuerzos, es dudoso que basten para reemplazar el desgaste de esta campaña estival contra un enemigo que rehúsa combatir a los británicos a menos que sea en los términos que más le favorecen.

La guerra de los insurrectos comienza a cobrar ahora el carácter de la que hicieron los beduinos de Argelia contra los franceses, con la diferencia de que los hindúes distan mucho de ser tan fanáticos y de que no son una nación de jinetes. Esto último es importante en un país llano de inmensa extensión. Hay entre ellos abundantes mahometanos que formarían buena caballería irregular; sin embargo, las principales naciones ecuestres de la India no se han sumado hasta ahora a la insurrección. La fuerza de su ejército estriba en la infantería, y esa arma, no siendo apta para enfrentarse a los ingleses en campo abierto, se convierte en un lastre en la guerra de guerrillas en terreno llano; porque en semejante país el nervio de la guerra errática es la caballería irregular. Hasta qué punto pueda remediarse esta carencia durante el forzoso asueto que los ingleses tendrán que tomar durante las lluvias, lo veremos. Ese asueto dará, en conjunto, a los nativos la oportunidad de reorganizar y reclutar sus fuerzas. Además de la organización de la caballería, hay otros dos puntos importantes. Tan pronto como empiece el tiempo frío, la mera guerra de guerrillas no bastará. Se precisan centros de operaciones, pertrechos, artillería, campamentos atrincherados o ciudades para mantener ocupados a los británicos hasta que pase la estación fría; de lo contrario, la guerra de guerrillas podría extinguirse antes de que el siguiente verano le infunda nueva vida. Gwalior parece ser, entre otros, un punto favorable, si es que los insurrectos se han apoderado realmente de él. En segundo lugar, la suerte de la insurrección depende de que sea capaz de expandirse. Si las columnas dispersas no consiguen cruzar de Rohilcund a Rajpootana y al país maharata; si el movimiento permanece confinado en el distrito centro-septentrional, entonces, sin duda, el invierno próximo bastará para dispersar a las bandas y convertirlas en dacoits, quienes pronto serán más odiosos para los habitantes incluso que los invasores de pálido rostro.