Karl Marx

La dominación de los pretorianos

Del inglés.

["New-York Daily Tribune", núm. 5270, del 12 de marzo de 1858]

París, 22 de febrero de 1858

«¿Cuándo será nombrado ministro de Instrucción Pública Gérard, el matador de leones?» Tal es la frase predilecta general en los suburbios parisienses desde que el general Espinasse, director de la campaña del Dobrudja de ingrato recuerdo, ha sido nombrado ministro del Interior y de la Seguridad Pública. Es bien sabido que en Rusia un general de caballería preside el Santo Sínodo. ¿Por qué, entonces, no iba a presidir Espinasse el Home-Ministry (Ministerio del Interior) francés, una vez que Francia se ha convertido en el home (hogar) exclusivo de los pretorianos? Mediante semejantes desproporciones manifiestas se proclama de manera perfectamente inequívoca la dominación de la espada desnuda, y Bonaparte quiere dar a entender claramente a Francia que el dominio imperial no se basa en la voluntad de Francia, sino en 600.000 bayonetas. De ahí las adhesiones pretorianas redactadas por los coroneles de los distintos regimientos según un modelo proporcionado por las Tullerías, adhesiones en las que se evita con escrupuloso cuidado la más mínima alusión a la llamada «voluntad del pueblo»; de ahí la fragmentación de Francia en cinco pachalikatos; de ahí la conversión del Ministerio del Interior en un apéndice del ejército. Con esto no acaban las modificaciones. Aproximadamente 60 prefectos han de ser destituidos en breve y sustituidos en su mayor parte por militares. La dirección de las prefecturas ha de encomendarse a coroneles y tenientes coroneles a media paga (una especie de oficiales de reserva con sueldo reducido). El antagonismo entre el ejército y la población ha de convertirse en garante de la «seguridad pública», a saber, de la seguridad del héroe de Satory y de su dinastía.

Un gran historiador contemporáneo nos ha contado que en Francia —por mucho que se pretenda velar el hecho—, desde los días de la Gran Revolución, el ejército siempre ha dispuesto del poder. Es indudable que bajo el Imperio, bajo la Restauración, bajo Luis Felipe y durante la república de 1848, han gobernado distintas clases. Bajo el Imperio predominó el campesinado, hijo de la Revolución de 1789; bajo la Restauración, la gran propiedad territorial; bajo Luis Felipe, la burguesía; y la república de 1848 resultó ser, en realidad, pese a la intención de sus fundadores, un intento fracasado de repartir por partes iguales la dominación entre los partidarios de la monarquía legítima y los partidarios de la monarquía de Julio. Todos estos regímenes se apoyaron, sin embargo, por igual en el ejército. ¿No fue incluso la Constitución de la república de 1848 elaborada y proclamada bajo el estado de sitio, es decir, bajo la dominación de la bayoneta? ¿No fue esa república encarnada por el general Cavaignac? ¿No fue salvada por el ejército en junio de 1848 y de nuevo en junio de 1849, para ser finalmente abandonada por el mismo ejército en diciembre de 1851? ¿En qué consiste, pues, lo nuevo del régimen proclamado ahora abiertamente por Luis Bonaparte? ¿En que gobierna con ayuda del ejército? Eso hicieron todos sus predecesores desde los días de Termidor. Pero, aunque en todas las épocas pasadas la clase dominante, cuyo ascenso correspondía a un desarrollo específico de la sociedad francesa, veía en el ejército su ultima ratio (último recurso) contra sus adversarios, predominaba no obstante un interés social específico. En el Segundo Imperio ha de predominar el interés del ejército mismo. El ejército no ha de mantener por más tiempo la dominación de una parte del pueblo sobre otra parte del pueblo. El ejército ha de mantener su propia dominación, personificada en su propia dinastía, sobre el pueblo francés en general.

El ejército debe representar al
Estado
en oposición a la
sociedad
. No hay que creer que Bonaparte no sea consciente del carácter peligroso del experimento que intenta. Al erigirse a sí mismo en jefe de los pretorianos, erige a cualquier jefe pretoriano en su competidor. Sus propios partidarios, con el general Vaillant a la cabeza, objetaron la división del ejército francés en cinco mariscalatos, diciendo que la división era buena desde el punto de vista del orden, pero no para el Imperio, porque algún día acabaría en una guerra civil. El Palacio Real, muy irritado por el nuevo giro de la política imperial, ha evocado el recuerdo de las traiciones de los mariscales de Napoleón, con Berthier a la cabeza.

La actitud que adoptarán en un momento crítico los cinco mariscales, que se odian de todo corazón, puede juzgarse mejor por su pasado. Magnan traicionó a Luis Felipe; Baraguay d'Hilliers traicionó a Napoleón; Bosquet traicionó a la república, a la que debía su ascenso y cuyos principios, como es sabido, se suponía que representaba. Castellane ni siquiera esperó una catástrofe real para traicionar al propio Luis Bonaparte. Durante la guerra rusa, le llegó un despacho telegráfico que decía: «El emperador ha muerto». Redactó de inmediato una proclama para Enrique V y la envió a la imprenta. El prefecto de Lyon había recibido el verdadero despacho, que decía: «El emperador de Rusia [Nicolás I] ha muerto». La proclama se ocultó, pero la historia fue del dominio público. En cuanto a Canrobert, puede ser fiel al emperador, pero no es más que una fracción de un todo y, sobre todo, carece de la capacidad de ser un todo. Estos cinco mariscales, conscientes de la dificultad de la tarea que iban a asumir, dilataron de tal modo la aceptación de sus respectivos mandos que no se pudo arreglar nada con su consentimiento. Cuando Bonaparte lo vio, escribió él mismo los nombres junto a los respectivos destinos, entregó la lista a Fould para su complemento y envío al «Moniteur», y así se publicó finalmente su nombramiento, quisieran o no. Por otra parte, Bonaparte no se atrevió a completar su plan nombrando a Pélissier mariscal general de campo. Acerca de su pentarquía de mariscales podemos decir lo que se cuenta que el príncipe Jerónimo Napoleón respondió al señor Fould cuando Bonaparte lo envió a su tío para entregarle el nombramiento como jefe del Consejo de Regencia. Después de que el ex rey de Westfalia <Jerónimo Napoleón> rechazara la oferta en la forma más descortés, acompañó a Fould a la salida, según cuenta el chismorreo parisino, con las siguientes palabras: «Du reste <Por lo demás>, vuestro Consejo de Regencia está compuesto de tal manera que para todos vosotros no hay más que un objetivo, a saber, el de haceros detener unos a otros lo antes posible». Repetimos que es imposible suponer que Luis Bonaparte desconozca los peligros de que está plagado su sistema innovador. Pero no le queda otra opción. Conoce su propia situación y la impaciencia de la sociedad francesa por deshacerse de él y de su mascarada imperial. Sabe que los distintos partidos se han repuesto de su parálisis, y que la base material de su régimen de agiotaje bursátil ha sido saltada por el terremoto comercial. Por eso no sólo prepara la guerra contra la sociedad francesa, sino que la proclama en voz alta. Corresponde a su decisión de adoptar una actitud guerrera contra Francia el que insulte a los partidos más diversos. Así, por ejemplo, cuando Cassagnac denunció en el «Constitutionnel» al señor Villemain como «provocador del odio» contra el Imperio y acusó al «Journal des Débats» de «complicidad» en el atentado por su silencio, se consideró al principio como un acto de celo insensato por parte del hombre a quien Guizot ha calificado de roi des drôles <rey de los bufones>. Pronto se filtró, sin embargo, que el artículo había sido impuesto al «Constitutionnel» por el señor Rouland, el ministro de Instrucción Pública, quien en persona había corregido las galeradas. De paso, el señor de Sacy, del «Débats», recibió esta aclaración del señor Mirès, propietario del «Constitutionnel», que no deseaba asumir la responsabilidad del artículo. Que Bonaparte acuse a todos los partidos como sus enemigos personales encaja, pues, en su juego de intrigas. Forma parte de su sistema. Les dice claramente que no se hace ilusión alguna en cuanto al rechazo general de su dominación, pero que está dispuesto a hacerle frente con metralla y fuego de fusilería.