Friedrich Engels

La persecución judicial de Montalembert

"New-York Daily Tribune" núm. 5489 del 24 de noviembre de 1858

 París, 6 de noviembre de 1858

Entre los hombres de algún renombre en Francia, el conde de Montalembert fue el primero en adherirse al golpe de Estado de Luis Napoleón. Bajo Luis Felipe había representado al partido católico en la Cámara de Diputados; bajo la República perteneció a aquel partido reaccionario de la Asamblea Nacional que se componía de orleanistas y legitimistas y que, en apariencia, aceptaba la República para poder socavarla tanto mejor, meciéndose en la esperanza de trabajar en provecho de una u otra línea de los Borbones, cuando en realidad laboraba a favor de Luis Bonaparte, precisamente el mismo que un buen día los hizo a todos detener y dispersar, arrebatando el poder absoluto por la gracia de una soldadesca ebria. Montalembert, que no se libró de esta violenta expulsión, era, aunque por todo su pasado orleanista, el primero, y hasta hoy único parlamentario de renombre —si se prescinde de la “única despreciable excepción” del señor Dupin— que se pasó al campo bonapartista. Esta deserción de Montalembert fue, en la impotencia política que se había apoderado entonces de toda Francia, un hecho significativo; lo fue para el nuevo gobierno, todavía separado de toda Francia por un muro de soldados que constituía su barrera protectora. Montalembert se dejó sobornar por la orientación específicamente católica del gobierno de Luis Napoleón. Corre el rumor de que también cambiaron de dueño regalos más sólidos. Como miembro del Cuerpo Legislativo, Montalembert apoyó al gobierno durante un tiempo; aduló y se arrastró ante el hombre que había sustituido el debate parlamentario por la dictadura militar; fue lo bastante vil como para tener a gala ser uno de aquellos hombres de paja a los que el afortunado

usurpador encargaba votar, a su dictado, leyes y créditos —votar y no hablar— o que, si lo hacía, fuera para su propia gloria. Pero Montalembert no fue recompensado por su humillación voluntaria; había cumplido con su obligación; se había enajenado para siempre a sus antiguos amigos políticos; había quedado comprometido para siempre; ya nunca podría ser un adversario peligroso; estaba exprimido como un limón; ¿para qué hacer muchos cumplidos con él? El cesante Montalembert descubrió que, a fin de cuentas, no era lo correcto cómo Luis Bonaparte había salvado a Francia y seguía salvándola, haciendo que todo bailara al son que él tocaba. No pudo menos que comparar su posición en la Cámara de Diputados con la que había ocupado en el mismo edificio diez o veinte años antes; y paulatinamente comenzó a hacer oposición contra el gobierno. Se le toleró hasta cierto punto; los primeros dos o tres discursos suyos incluso fueron autorizados para su publicación. Desde entonces, él, algunos diputados republicanos que han prestado el juramento de fidelidad y algunos bonapartistas descontentos forman una suerte de oposición en esa asamblea miserable; una oposición tan miserable como la corporación a la que pertenece.

Esta oposición a nuevas pretensiones del emperador parece haberle granjeado al señor Montalembert una efímera y pálida popularidad en cierta parte de la burguesía. Sin duda esperaba una oportunidad para acrecentar esa ventaja mediante un golpe audaz y repentino. Estaba vinculado al "Correspondant", revista propiedad casi exclusiva de la familia Broglie y que, por tanto, sigue una política orleanista. Aprovechando su ausencia de París, Montalembert hizo publicar un artículo suyo bajo el título "Un debate sobre la India en la Cámara de los Comunes inglesa", artículo que en la forma presente no habría aparecido de haber estado en París los prudentes y temerosos Broglie, ejerciendo su influencia. Montalembert busca en este artículo, a modo de rehabilitación, pedir disculpas por haberse pasado al bonapartismo. Al ensalzar el sistema parlamentario de Inglaterra, condena de manera totalmente inequívoca el actual sistema de gobierno en Francia.

"Cuando me zumba la cabeza, a veces por el cuchicheo de los reporteros de antesalas, a veces por los gritos de los fanáticos que se tienen por nuestros dueños, o de los hipócritas que nos toman por sus tontos; cuando siento que la atmósfera opresiva, cargada de emanaciones serviles y venenosas, amenaza con asfixiarme, entonces huyo para respirar un aire más puro y tomar un baño completo en el mar de las libertades de Inglaterra... Si entre quienes abran estas páginas hubiera algunos sometidos al imperio de esa" (la bonapartista y absolutista) "moda, les digo sin rodeos: dejen de leer, no sigan adelante; nada de lo que escribo les gustará ni les interesará; váyanse a rumiar en paz en los fértiles pastos de su reposo satisfecho, y no envidien a quienes, sin envidiarles a ustedes, hallan placer en
el derecho a permanecer fieles a su pasado
, en su afanoso empeño por pensar por cuenta propia y en sus aspiraciones de libertad... Por primera vez, aquel grandioso espectáculo" (el debate de la Cámara de los Comunes) "me conmovió en lo más profundo, como debe suceder a quien en un gobierno ve algo más que la antesala de lacayos y en una nación civilizada busca algo más que un rebaño de ovejas, aptas únicamente para ser esquiladas o para pacer en silencio a la sombra de una enervante despreocupación."

Esto suena muy bonito y, en efecto, no carece de armonía. John Bull, últimamente acostumbrado a oír de la prensa francesa solo burlas e insultos, se muestra naturalmente extraordinariamente agradecido por esta adulación al por mayor con que Montalembert lo ha rociado; tan agradecido, que ha pasado por alto por completo echar un vistazo a aquel "pasado" al que Montalembert quiere haber permanecido fiel. El hecho es que monsieur de Montalembert se alió por voluntad propia con aquellos reporteros de antesalas, con aquellos fanáticos e hipócritas cuyo cuchicheo y gritos chirrían ahora en sus oídos; solo a sí mismo puede culpar, pues se sumergió resuelta y conscientemente en aquella atmósfera cargada de emanaciones serviles y venenosas cuyo peso lo asfixia ahora. Si "hoy está de moda en Francia expresar repugnancia por todo cuanto tenga apariencia de recuerdo o de añoranza de una vida política anterior", monsieur de Montalembert fue uno de los primeros en fomentar esa moda, cuando con banderas desplegadas y al son de tambores se pasó precisamente al campo que proclamaba una nueva era, basada en la destrucción completa y definitiva de la "vida política anterior". En cuanto a las personas que se contentan con rumiar en los fértiles pastos de su reposo satisfecho, Montalembert no puede censurarlas. El golpe de Estado se perpetró precisamente con el pretexto de sofocar las pasiones políticas e inaugurar precisamente esa paz y ese reposo satisfecho. Y si no fue por esta razón por lo que Montalembert no se adhirió al golpe de Estado, ¿por cuál se adhirió entonces? Ciertamente, dígase lo que se diga contra Luis Napoleón, no se le puede acusar de haber enmascarado su política o sus propósitos tras el golpe de Estado. No cabía error —tampoco lo hubo— en que pretendía convertir al pueblo francés en un rebaño de ovejas, aptas únicamente para ser esquiladas o para pacer en silencio a la sombra de una enervante despreocupación. Montalembert lo sabía tan bien como el resto del mundo. Cuando, después de esto, se alza en toda su estatura y nos pide que lo admiremos como al hombre que, sin envidiar a sus antiguos amigos bonapartistas, permanece fiel a su pasado, hemos de preguntarle: ¿A qué pasado se refiere, monsieur de Montalembert? ¿A su pasado en la Cámara monárquica, donde solía hablar y votar en interés de la reacción, de la represión y del fanatismo clerical? ¿O a su pasado en la Asamblea Nacional republicana, cuando con muchos de sus viejos amigos parlamentarios maquinaba restaurar la monarquía, cuando votaba para despojar pieza por pieza al pueblo de sus libertades —la libertad de prensa, la de reunión y de asociación—, y cuando forjó usted mismo las armas para aquel mismo aventurero que a usted y a sus compañeros los echó a la calle precisamente con esas armas? ¿O, por último, a su pasado en el Cuerpo Legislativo bonapartista, donde se humilló ante ese mismo afortunado aventurero y se acercó a él, sumisa y deliberadamente, como uno de los lacayos de su antesala? ¿En cuál de estos tres pasados, monsieur de Montalembert, figuran sus aspiraciones de libertad? Nos inclinamos a creer que a la mayoría de las personas les costará una buena dosis de "afanoso empeño por pensar por cuenta propia" averiguarlo.

Mientras tanto, el gobierno de Luis Napoleón se ha vengado de su infiel adepto mediante una persecución judicial, y el proceso se celebrará en el curso de este mes. Tendremos ocasión de comparar la indignación moral de un monsieur de Montalembert con la indignación moral de un fiscal bonapartista; y ya podemos decir que, en lo que a sinceridad respecta, no se llevan ventaja ninguno de los dos. El proceso mismo suscitará cierta sensación en Francia y, cualquiera que sea su resultado, constituirá un hecho significativo en la historia del Segundo Imperio. Por sí solo, el hecho de que Montalembert haya considerado necesario romper de manera tan llamativa con el gobierno existente y provocar su persecución judicial es una prueba significativa de que la burguesía francesa despierta a la vida política. La apatía total de esta clase —su ánimo hastiado, políticamente desgastado— fue lo que permitió a Luis Napoleón erigir su poder. Puesto que él solo tenía al parlamento en contra...

No contando con el apoyo ni de la burguesía ni de la clase obrera, podía contar con el apoyo pasivo de la burguesía y con la ayuda activa del ejército. Los parlamentarios fueron derrotados de inmediato, pero la clase obrera solo después de una lucha de un mes que se libró en toda Francia. Durante mucho tiempo la burguesía obedeció, aunque refunfuñando, pero obedeció y consideró a Luis Napoleón como el salvador de la sociedad y, por ello, como un hombre indispensable. Ahora parece como si hubiera cambiado gradualmente de opinión. Echa de menos los tiempos en que ella, o al menos una parte de ella, gobernaba el país y la tribuna oratoria y la prensa resonaban únicamente con sus propios intereses políticos y sociales. Comienza manifiestamente a recobrar la confianza en sí misma y en su capacidad para gobernar el país; y si tal fuera el caso, también encontrará los medios para darle expresión. Así pues, podemos esperar un movimiento de la burguesía en Francia que corresponda al que se está desarrollando ahora en Prusia, y que es con la misma certeza el precursor de un nuevo movimiento revolucionario, como el movimiento de la burguesía de 1846/1847 en Italia fue el heraldo de las revoluciones de 1848. Luis Napoleón parece haberlo comprendido perfectamente. En Cherburgo le dijo a un hombre al que no había visto en muchos años:

«Es una lástima que las clases cultas del país no quieran ir conmigo; es su propia culpa; pero el ejército me respalda, y por eso me da igual.»

Pronto descubrirá, sin embargo, en qué se convierte el ejército —y más aún un ejército que tiene oficiales y generales como los suyos—, tan pronto como la masa de la burguesía se halle en abierta oposición. En todo caso, parecen avecinarse tiempos agitados para el continente europeo.