Karl Marx

La posición actual de Bonaparte

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 5287, del 1.º de abril de 1858]

París, 18 de marzo de 1858

"Risorgerò nemico ognor più crudo

Cenere anco sepolto e spirto ignudo."

("Como enemigo más cruel aún he de resurgir, aunque sólo sea ceniza sepulta y espíritu desnudo.") Estos dos versos del «Jerusalén» de Tasso, que Orsini, con una extraña sonrisa, susurró a su defensor tras el discurso de Favre, comienzan ya a cumplirse. La actitud de la muchedumbre que presenció la muerte del patriota italiano es descrita por un testigo ocular de la siguiente manera:

"El temor del gobierno había sido tan grande que se movilizó toda una división bajo el mando personal de un oficial de rango de general, que estuvo presente en la ejecución. Quince mil soldados estaban dispuestos a actuar a la menor señal, y todos los pasillos y salidas se encontraban vigilados como en tiempos de un levantamiento. Según mis cálculos, se hallaban reunidas entre 90.000 y 100.000 personas de los arrabales, obreros con sus blusas, en las calles y plazas cercanas a la Place de la Roquette; pero debido a la manera en que estaban apostados los soldados, se encontraban de tal modo que poco o nada podían ver. Cuando el hacha cayó sobre Orsini con un ruido sordo y mate, respondió un inmenso, pero sofocado, 'Vive la Republique' <'¡Viva la República!'>. No puedo describirlo con exactitud; era como un murmullo inmenso; no era un grito ni una exclamación, sino que sonaba como la respiración o el suspiro de miles de seres humanos. Las autoridades lo comprendieron bien, pues los soldados alzaron al instante el ruido más confuso que imaginarse pueda, azuzaron a sus caballos para que piafaran y cocearan, hicieron sonar sus armas y lograron ahogar el susurro del pueblo, sin reprimirlo realmente. Pero las palabras '¡Viva la República!' debieron ser claramente perceptibles para todos. Yo

me fui a casa a pie, adrede, y me abrí paso lentamente entre los grupos, allí donde más densos eran. Debo confesar que por doquier oí expresiones de compasión y admiración hacia Orsini, cuyo crimen parece haberse olvidado por completo, quedando sólo la impresión que su valor y su magnanimidad para con sus compañeros han suscitado. El nombre de Pieri no lo escuché ni una sola vez. Quisiera decir que la actitud de la población era sumamente amenazadora, pues llevaba las marcas de un odio y una sed de venganza cuya profundidad no puede expresarse con palabras. Todas las observaciones que oí se hacían en voz baja, como si en todo momento se temiera a un espía de la policía."

A resultas de ello, parece que las medidas de "seguridad general" destinadas a exterminar el elemento republicano, las detenciones y deportaciones en masa, no han dado más fruto que las cités ouvrières <colonias obreras>, los talleres recién creados y los demás intentos de comprar la conciencia de la clase obrera francesa. Las circunstancias,
en ocasiones anteriores
analizadas, que acompañaron al proceso de Orsini se han convertido ahora en tema general de conversación en París. Incluso ha trascendido que, durante el examen de la voluminosa correspondencia de Orsini y Pieri, salieron a la luz cartas escritas muchos años atrás por Louis-Napoleon y firmadas de su puño y letra. Si el "Constitutionnel" francés se hallara aún en la agradable posición que ocupaba en tiempos del señor Guizot, se nos obsequiaría día tras día con la solemne frase: "L'horizon politique s'obscurcit." <"El horizonte político se oscurece."> Tal es, en efecto, el caso. Grande fue la consternación en las Tullerías cuando se supo del comportamiento de los oficiales de la guarnición de Chalon, e inmensa la cólera ante la naïveté <ingenuidad> del "Moniteur", que informó a Francia y a Europa de que los oficiales de Chalon, en lugar de echarse a reír al punto sobre todo el asunto y hacer formar a sus soldados o declarar que, incluso si en París se hubiera proclamado la república, lucharían por el Imperio contra ella, en lugar de eso corrieron primero a ver al subprefecto y no estaban dispuestos a arriesgar sus vidas y sus puestos por el emperador antes de haberse asegurado de si la república había sido proclamada o no. El hecho demuestra que la masa del ejército no es de fiar. Fuera de sus jefes, demasiado comprometidos o que han recibido primas demasiado espléndidas como para poder desatar su suerte de la del Imperio, acaso no haya en el ejército más que una sola parte plenamente digna de confianza, a saber, la

Guardia. Este cuerpo es realmente muy fuerte, y ha de temer que, bajo cualquier otro gobierno, sea integrado en la línea o disuelto del todo. La infantería de la Guardia se compone de cuatro regimientos de granaderos, dos de voltigeurs, uno de gendarmes, uno de zuavos y un batallón de cazadores: en total diecisiete batallones de infantería. Además, la Guardia cuenta con dos regimientos de coraceros, dos de dragones, uno de granaderos a caballo, uno de húsares y uno de cazadores, o sea, en total veintiún escuadrones de caballería; y la artillería de la Guardia es también bastante fuerte. La fuerza numérica de este cuerpo asciende a unos 20.000 hombres con 40 ó 50 cañones, núcleo suficientemente sólido para hacer frente a las tendencias vacilantes que, en caso de una lucha seria contra la población de París, podrían ganar la delantera en la línea. Además, todo está previsto para una repentina concentración de las tropas de provincias, como demuestra la más superficial ojeada a un mapa ferroviario de Francia, de modo que un movimiento que no lograra tomar por sorpresa al gobierno se vería con seguridad enfrentado al formidable poder de 60.000 a 80.000 hombres en contra suya. Pero precisamente las medidas que el propio Bonaparte ha tomado para sofocar una insurrección armada hacen sumamente improbable que ésta llegue a estallar, a no ser que se dé una gran ocasión imprevista, cuando la actitud resueltamente antibonapartista de la burguesía, cuando las sociedades secretas que minan las capas inferiores del ejército, cuando los mezquinos celos, la traicionera venalidad y las inclinaciones orleanistas y legitimistas que dividen sus capas superiores, vuelven las probabilidades de éxito en favor de las masas revolucionarias. Lo peor que podría ocurrir a estas últimas sería un atentado afortunado contra la vida de Bonaparte. Tal vez en este caso la respuesta se revelara como la profecía que Morny dio al comienzo de la guerra contra Rusia, cuando Bonaparte le preguntó qué pensaban hacer en caso de su muerte repentina.

"Nous commencerions de jeter tous les Jerômes par la fenêtre, et puis nous tacherions de nous arranger tant bien que mal avec les Orléans." ("Empezaríamos por echar a todos los Jerômes por la ventana, y luego trataríamos de entendernos, mal que bien, con la casa de Orleans.")

Antes de que la población de los faubourgs estuviera en condiciones de tomar su decisión sobre el camino a seguir, Morny podría ejecutar su revolución palaciega, proclamar a los Orleans y atraer así a la burguesía al campo contrarrevolucionario.

Entretanto, los desengaños de Bonaparte en el terreno de la política exterior contribuyen en alto grado a empujarlo a su sistema de terror en el interior. A cada revés que sufre en el exterior, que revela la debilidad de su posición y da nuevo impulso a los afanes de sus adversarios, siguen necesariamente nuevas manifestaciones de la llamada "fuerza del gobierno". Y estos fracasos en política exterior se han acumulado rápidamente en las últimas semanas. Primero ocurrió el gran contratiempo con respecto a Inglaterra. Luego, incluso Suiza, pese a haber hecho concesiones muy cobardes, cobró ánimos para oponerse a los nuevos pasos que se le imponían de la manera más desconsiderada. A la Confederación se le declaró oficialmente que, en caso necesario, regimientos de infantería franceses entrarían y cumplirían aquellos deberes policiales que la propia policía suiza no estuviera en condiciones de cumplir. En este punto, incluso el señor Kern consideró necesario pedir sus pasaportes, y el gobierno francés cedió. Bélgica, que había modificado su ley según el dictado de Bonaparte, se negó a someterse a la exigencia de expulsar al general Changarnier. La comisión de la Cámara piamontesa, encargada de examinar el proyecto de ley para adecuar las instituciones sardas a las idées napoléoniennes, propuso por mayoría de cinco contra dos rechazar lisa y llanamente el proyecto bonapartista. Austria, perfectamente consciente de que la ejecución de Orsini le ha entregado atado de pies y manos al héroe de Estrasburgo y de que éste ya no puede inquietarla con Italia, le vuelve la espalda.

Exponerse al ridículo es, para el gobierno francés, el camino más seguro para destruirse a sí mismo. Bonaparte es consciente del aspecto grotesco que sus últimos intentos frustrados de hacer de dictador de Europa han arrojado sobre él. Cuanto más despreciable se vuelve su posición en Europa, con mayor agudeza siente la necesidad de mostrarse aterrador ante Francia. En consecuencia, el reino del terror se extiende cada vez más. El general Espinasse, que dirige el Ministerio del Interior, cuenta ahora con el apoyo del señor Boittelle, antiguo coronel de húsares que ahora tiene a su cargo la prefectura de policía. El sistema practicado por estos mirmidones militares del Segundo Imperio es descrito en "The Continental Review" como sigue:

"Han tomado las viejas listas de las personas señaladas por la policía como peligrosas tras los disturbios de 1848 y 1851, y han arrestado a estas personas en masse, tanto en París como en los departamentos. Todo ello ha ocurrido sin que se hayan realizado las más mínimas indagaciones al respecto

No se preguntó nunca si esas personas habían dado motivo de queja desde aquel tiempo o no, y se ha llegado a las más crueles consecuencias. Así, ciudadanos honorables que en 1848 fueron arrastrados por el torbellino que agitó a toda la nación y que profesaban ideas progresistas, pero que desde entonces han abandonado la política y muchos de los cuales son ahora jefes de familia y laboriosos hombres de negocios, han sido arrancados por la policía de sus negocios y de sus familias. Son hechos conocidos los que muestran cuán poco motivo había para las detenciones y cuán incluso faltaba la apariencia de legalidad o necesidad en la ejecución de estas medidas de terror. Entre las personas que los agentes de policía querían detener se encontraban algunas que residían fuera de Francia desde no menos de seis años, y que, por consiguiente, no podían haber cometido delito alguno, pero a las cuales, si hubieran estado en Francia en el momento actual, se las habría arrojado infaliblemente a la cárcel bajo el pretexto de la «seguridad pública». Es más, con el propósito de efectuar detenciones, la policía llegó a ir a las casas de varias personas que estaban muertas desde hacía algunos años. Sus nombres figuraban en las listas de personas que habían sido detenidas anteriormente (y muchas de ellas simplemente por haberse encontrado entre la multitud en las calles, ése era su único delito). De aquí resulta claro que la policía no lucha contra los culpables, sino contra los sospechosos, y la manera como se maneja la ley es ya por sí sola una justificación del nombre que la opinión pública da a esa ley. En los departamentos ocurre casi lo mismo que en París. Las listas de sospechosos fueron confeccionadas por las autoridades administrativas, y ¡ay de aquellos que en las elecciones del pasado junio se atrevieron a oponerse al candidato apoyado por el prefecto, y que, en la creencia de que la Constitución, la ley electoral y las circulares del ministro del Interior eran realidades serias, creyeron poder tomar medidas para la elección de los candidatos de su preferencia! Estos últimos son considerados los peores criminales, y tienen que ser muy ricos, muy influyentes o estar muy bien protegidos por amigos para escapar a la venganza de aquellos funcionarios a los que se habían interpuesto en el camino. Entre las personas detenidas en provincias aparece el nombre del general Courtais, quien, después de haber desempeñado un papel en 1848 como comandante en jefe de la Guardia Nacional de París, vivía desde hacía nueve años en el mayor retiro en una casa de campo en el departamento de Allier, apartado de la sociedad y completamente ajeno a la política y a los asuntos públicos.

En parte por este sistema de «seguridad general», en parte por los dolores de una crisis comercial que se ha vuelto crónica, la burguesía francesa pronto será llevada al punto en que considerará necesaria una revolución para «restablecer la confianza».