Karl Marx

Los procesos franceses en Londres

Escrito el 4 de abril de 1858.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 5309 del 27 de abril de 1858]

París, 4 de abril de 1858

Cuando Victor Hugo calificó al sobrino de Napoleón el Pequeño, reconoció al tío como Napoleón el Grande. El título de su célebre panfleto entrañaba una antítesis y, en cierto grado, rendía homenaje precisamente a ese culto a Napoleón sobre el cual el hijo de Hortensia Beauharnais supo erigir el sangriento edificio de su fortuna. A la generación actual le sería más provechoso que se le inculcase que Napoleón el Pequeño encarna realmente la pequeñez de Napoleón el Grande. La ilustración más acertada la ofrecen los recientes «dolorosos malentendidos» entre Inglaterra y Francia y los procesos penales contra emigrados e impresores a los que, por parte del gobierno inglés, condujeron dichos «malentendidos». Un breve repaso histórico demostrará que Napoleón el Pequeño, durante todo este lamentable melodrama, no ha hecho sino repetir con penosa exactitud el mezquino papel que anteriormente concibió y representó Napoleón el Grande.

Sólo en el breve lapso entre la Paz de Amiens (25 de marzo de 1802) y la nueva declaración de guerra de Gran Bretaña (18 de mayo de 1803) pudo Napoleón ceder a su deseo e inmiscuirse en los asuntos internos de Gran Bretaña. No perdió tiempo. Aún estaban en curso las negociaciones de paz cuando el *Moniteur* ya vomitaba veneno y hiel contra todos los periódicos londinenses que osaban poner en tela de juicio «las moderadas y sinceras intenciones de Bonaparte», y dejaba entrever, apenas veladamente, que «la duda al respecto podría verse seguida de castigo en breve plazo». Pero el Cónsul no se limitó a una censura del lenguaje y las opiniones de la prensa británica. El *Moniteur* injuriaba a Lord Granville y al señor Windham por la posición que habían adoptado en el debate sobre las negociaciones de paz. El diputado señor Elliot fue llamado a rendir cuentas en la Cámara de los Comunes por el Fiscal General Perceval, por haber expresado sus dudas sobre las intenciones de Bonaparte. Lord Castlereagh y el propio Pitt marcaron la pauta del servilismo al insistir, con una severidad que nunca se había dado en ocasiones anteriores, en evitar toda expresión polémica al referirse al Cónsul de Francia. Aproximadamente seis semanas después de la firma de la paz, el 3 de junio de 1802, Talleyrand comunicó al señor Merry, el encargado de negocios británico en París, que, por consideración hacia Inglaterra, Bonaparte había decidido sustituir al señor Otto, el encargado de negocios francés en Londres, por un verdadero embajador en la persona del general Andréossi; pero que era sincero deseo del Primer Cónsul que, antes de la llegada de esa excelsa personalidad,

«se allanasen aquellos obstáculos que tanto se interponían en el camino de la completa reconciliación entre ambos países y sus gobiernos».

Lo que exigía era, simplemente, expulsar de los dominios británicos

«a todos los príncipes franceses y su séquito, junto con los obispos franceses y demás franceses cuyos principios políticos y conducta debían despertar inevitablemente gran desconfianza en el gobierno francés ... La protección y el favor de que siguen gozando todas las personas en cuestión en un país tan vecino a Francia han de considerarse ya de por sí como un estímulo a los descontentos de aquí, aunque esas personas no fueran culpables de actos que condujeran a provocar nuevos disturbios en este país; sin embargo, el gobierno de aquí posee pruebas de que esos individuos abusan ahora de la protección que disfrutan en Inglaterra y de la ventaja que obtienen de su proximidad a Francia, habiéndose interceptado recientemente varios impresos de los que se sabía que esas personas los habían remitido y hecho circular en Francia con la intención de crear una oposición al gobierno.»

En aquel tiempo existía en Inglaterra una ley de extranjería, pero concebida exclusivamente para protección del gobierno británico. En respuesta a la exigencia de Talleyrand, el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Lord Hawkesbury, replicó:

«Su Majestad el Rey espera con certeza que todos los extranjeros a quienes se permite residir dentro de sus dominios no sólo lleven una vida conforme a las leyes del país, sino que se abstengan de todo acto dirigido contra el gobierno de cualquier país con el que Su Majestad desee mantener relaciones pacíficas. Sin embargo, mientras se conduzcan con arreglo a estos principios, Su Majestad considera incompatible con su dignidad, con su honor y con las leyes generales de la hospitalidad privarles de aquella protección de la que las personas domiciliadas en sus territorios sólo pueden verse despojadas por su propia mala conducta. La mayor parte de las personas mencionadas en la comunicación del señor Talleyrand vive en el retiro.»

Al transmitir el despacho de Lord Hawkesbury a Talleyrand, el señor Merry no escatimó, en absoluto, seguridades destinadas a «aplacar, tranquilizar y satisfacer al Primer Cónsul»; pero Talleyrand insistió en su libra de carne, afirmando que el Primer Cónsul no había pedido más de lo que el propio gobierno británico había exigido a Luis XIV cuando el Pretendiente <Jacobo II> se hallaba en Francia; que no podía ver humillación alguna en la medida propuesta y tenía que repetir «que su aceptación sería sumamente grata y satisfactoria para el Primer Cónsul», y sería considerada por éste «como la prueba más convincente del deseo de Su Majestad de ver establecida una cordial y buena inteligencia entre los dos países».

El 25 de julio de 1802, el señor Otto, desde su residencia en Portman Square, remitió una carta a Lord Hawkesbury en la que, de manera muy categórica, exigía nada menos que la supresión de la libertad de la prensa inglesa, en lo concerniente a Bonaparte y su gobierno.

«Hace algún tiempo», decía, «remití al señor Hammond un número de la revista de Peltier, que contenía las más groseras calumnias contra el gobierno francés y toda la nación, y observé al respecto que probablemente recibiría el encargo de exigir el castigo de semejante abuso de la prensa. Ese encargo ha llegado, en efecto, y no puedo ocultarle, señor mío, que los repetidos insultos por parte de un pequeño número de extranjeros que se han reunido en Londres para conspirar contra el gobierno francés han acarreado las peores consecuencias para la buena relación entre las dos naciones... Debo llamar la atención del gobierno de Su Majestad no sólo sobre Peltier, sino también sobre el redactor del *Courrier Français de Londres* (Reignier), sobre Cobbett y sobre otros escritores de este género... La falta de leyes expresas contra esta clase de ultrajes no puede excusar la violación del derecho de gentes, según el cual la paz debería poner fin a todo tipo de hostilidades; y, sin duda, aquellos que vulneran el honor y la reputación de un gobierno y cuyo empeño se dirige a fomentar una insurrección entre el pueblo, cuyos intereses están confiados a ese gobierno, son los más aptos para menoscabar las ventajas de la paz y alimentar los resentimientos nacionales.»

En lugar de hacer frente a estas primeras recriminaciones, que marcan la injerencia bonapartista en los asuntos de la prensa, con una respuesta firme y digna, Lord Hawkesbury, en una carta al señor Otto fechada el 28 de julio, ofreció una disculpa lastimosa de la existencia de la libertad de prensa. En ella decía:

«le es imposible al gobierno de Su Majestad examinar el artículo de Peltier sin sentir el mayor desagrado y el más vivo deseo de que quien lo ha publicado sufra el castigo que merece».

Luego, tras un lamento sobre las «incomodidades» de los procesos por difamación y sobre la «dificultad» de obtener una condena de los difamadores, concluye manifestando que ha sometido el asunto al Attorney-General <abogado de la corona> del Rey, «para conocer su opinión sobre si se trata o no de un artículo injurioso».

Mientras el gobierno británico preparaba así una cruzada contra la libertad de prensa para aplacar la susceptibilidad del grande y nuevo aliado, el 9 de agosto apareció de pronto un artículo amenazador en el *Moniteur*, que no sólo acusaba a Inglaterra de acoger a bandidos y asesinos franceses, de albergarlos en Jersey y de enviarlos en incursiones a las costas de Francia, sino que presentaba al propio rey inglés como retribuidor e instigador de asesinatos.

«El *Times*, del que se dice está bajo control del gobierno, está lleno de incesantes ataques contra Francia. Dos de sus cuatro páginas se emplean día tras día para poner en circulación las más groseras calumnias. Todo lo que la fantasía puede concebir de infame, vil y bajo, ese miserable periódico lo atribuye al gobierno francés. ¿Qué objetivo persigue? ¿Quién lo paga? ¿Qué se pretende conseguir? Pero hasta el *Times* es superado por un periódico francés publicado por unos cuantos miserables emigrados, el residuo de lo más inmundo, una hez despreciable, sin patria, sin honor, manchada con crímenes que ninguna amnistía puede lavar.» «Once obispos, rebeldes a su país y a la Iglesia, se han reunido en Londres bajo la presidencia del abominable obispo de Arras. Imprimen libelos contra los obispos y el clero francés.» «La isla de Jersey está llena de bandidos que, tras la firma de la paz, fueron detenidos por asesinato, robo e incendio y condenados a muerte por los tribunales. Georges pasea públicamente en Londres su cinta roja como recompensa por la máquina infernal que destruyó una parte de París y mató a treinta mujeres, niños y ciudadanos pacíficos. Esta protección especial autoriza a suponer que, con un poco más de suerte, habría sido condecorado con la orden de la Jarretera.» «O el gobierno inglés aprueba y tolera estos crímenes de Estado y privados, en cuyo caso no cabe decir que semejante conducta sea compatible con la generosidad, la civilización y el honor británicos, o bien el gobierno no puede impedirlos, y entonces no merece el nombre de gobierno, sobre todo si carece de los medios para reprimir el asesinato y la calumnia y para proteger el orden social.»

Cuando el amenazador *Moniteur* llegó a Londres a última hora de la tarde, provocó tal indignación que el *True Briton*, el periódico del gobierno, se vio obligado a declarar: «Este artículo no pudo haberse insertado en el *Moniteur* con conocimiento o consentimiento del gobierno francés». En la Cámara de los Comunes, el doctor Laurence exhortó al señor Addington (más tarde lord Sydmouth) a que se pronunciase sobre las calumnias francesas contra Su Majestad. El ministro respondió que «desearía poder mostrar al docto caballero las satisfactorias explicaciones que se han dado sobre esta cuestión». Se replicó que el gobierno británico convertía una mofa sobre Bonaparte y su mujer en un asunto de Estado, llevaba al señor Peltier ante el tribunal supremo y lo acusaba como criminal por sus chanzas sobre esas personas, mientras que, en el otro caso, en que la nación británica y su soberano rey eran insultados en el periódico oficial de Francia y presentados como premiadores de asesinos, quería despachar el asunto con una «declaración» que, además, era tan secreta que no se podía comunicar al Parlamento. Alentado por la manifiesta volubilidad del gobierno inglés, Otto presentó el 17 de agosto de 1802 una nota sumamente insolente a lord Hawkesbury, en la que se exigía formalmente que se tomasen medidas eficaces para suprimir todas las publicaciones impropias y sediciosas en los periódicos ingleses, expulsar a ciertas personas de Jersey, desterrar a los obispos franceses, enviar a Georges y a su séquito al Canadá y mandar a los príncipes franceses a Varsovia. Refiriéndose a la Ley de Extranjería, el señor Otto insiste en que el gobierno ha de poseer «facultades legales y suficientes» para «mantener a raya a los extranjeros, incluso sin recurrir a los tribunales», y añade:

«El gobierno francés, que ofrece plena reciprocidad en este punto, da una nueva prueba de sus intenciones pacíficas al exigir que se envíe lejos a aquellas personas cuyas maquinaciones están unánimemente encaminadas a sembrar la discordia entre las dos naciones.»

Lord Hawkesbury contestó el 28 de agosto mediante un despacho al plenipotenciario inglés en París. Esta respuesta ha sido calificada por la prensa londinense, durante la reciente disputa con Bonaparte III, como modelo de dignidad de estadista; hay que confesar, sin embargo, que, pese a las expresiones de indignación moral en que está redactada, contiene concesiones que sacrifican a los emigrados franceses a las suspicaces aprensiones del Primer Cónsul.

A comienzos de 1803, Napoleón se propuso reglamentar los procedimientos del Parlamento y restringir la libertad de palabra de sus miembros. Refiriéndose a los antiguos ministros Windham, lord Cranville y lord Minto, declaró textualmente en su *Moniteur*:

«Sería una ley patriótica y sabia la que prescribiese que los ministros destituidos no pudiesen ocupar escaño en el Parlamento inglés durante los siete primeros años posteriores a su destitución. Otra ley no menos sabia sería que todo miembro que ultrajase a un pueblo amigo o a una potencia amiga fuese condenado a guardar silencio durante dos años. Cuando la lengua ofende, la lengua debe ser castigada.»

Al mismo tiempo, el general Andréossi, llegado entretanto a Londres, se quejaba en una nota a lord Hawkesbury de que los abominables escritorzuelos y difamadores de la prensa británica

«habían sido constantemente respaldados en sus impertinentes observaciones por frases sueltas tomadas de los discursos de algunos destacados miembros del Parlamento». De estos discursos se afirma que «todo inglés sensato debe sentirse rebajado por tan inaudito desenfreno».

En nombre del Primer Cónsul expresa el deseo

«de que se tomen medidas para impedir en el futuro que se mencionen en absoluto los acontecimientos de Francia, tanto en las discusiones oficiales como en los escritos polémicos de Inglaterra, y que, del mismo modo, en las discusiones oficiales y escritos polémicos franceses no se mencionen los acontecimientos de Inglaterra».

Mientras Bonaparte se dirigía en secreto al gobierno británico en ese tono, en el que la hipocresía se mezclaba con la arrogancia, el *Moniteur* rebosaba de insultos contra el pueblo británico y publicaba también un informe oficial del coronel Sébastiani que contenía las acusaciones más hirientes contra el ejército británico en Egipto. El 5 de febrero de 1803, el *Commissaire de Relation Commerciale* <comisionado de relaciones comerciales> francés en Jersey, aunque no reconocido en carácter oficial alguno,

tuvo la desfachatez de presentar una queja contra algunos impresores por haber citado ciertos párrafos dirigidos contra Bonaparte de los periódicos londinenses, y amenazó con que, si no se castigaba esa práctica, Bonaparte se vengaría sin duda alguna en Jersey. Esta amenaza surtió el efecto deseado. Dos impresores fueron llevados ante el tribunal real y se les impuso la prohibición expresa de publicar nada contra Francia, aunque procediese de los periódicos de Londres. El 20 de febrero de 1803, un día antes del proceso Peltier, el enviado inglés en París, lord Whitworth, fue convocado ante el gran hombre en persona. Recibido en su gabinete, se invitó a Whitworth a tomar asiento después de que Bonaparte se hubiera sentado al otro lado de la mesa. Enumeró las diversas provocaciones que, según él, le habían sido inferidas desde Inglaterra.

«Señaló los insultos que sobre él se difundían en los impresos ingleses, pero que esto —dijo— no le preocupaba tanto como lo que aparecía en los periódicos franceses publicados en Londres. Esto lo consideraba mucho más perjudicial, pues pretendía soliviantar a su país contra él y su gobierno. Se quejó de la protección que se dispensaba a Georges y a sus semejantes; admitió que su indignación contra Inglaterra crecía a diario, ya que cada viento que soplaba de Inglaterra no le traía más que hostilidad y odio… Como prueba de su deseo de preservar la paz, quería saber qué podía ganar con una guerra contra Inglaterra. Un desembarco hostil era el único medio de ataque de que disponía, y estaba decidido a intentar un desembarco poniéndose él mismo al frente de la expedición. Reconocía que las probabilidades eran de cien contra una en su contra, pero aun así estaba resuelto a intentarlo si la guerra era la consecuencia de la presente controversia, y la disposición de las tropas era tal que un ejército tras otro se hallaría presto para esta empresa… Para que se conservara la paz, debía cumplirse el Tratado de Amiens, los insultos en los impresos públicos debían, si no suprimirse por completo, al menos mantenerse dentro de límites y circunscribirse a los periódicos ingleses, y la protección tan abiertamente otorgada a sus más acérrimos enemigos debía retirarse.»

El 21 de febrero, Peltier fue llevado ante lord Ellenborough y un tribunal especial, acusado de difamar a Bonaparte y de «tener la intención de incitar al pueblo de Francia a asesinar a su soberano». Lord Ellenborough tuvo la bajeza de terminar su alocución al jurado con las siguientes palabras:

«Caballeros, confío en que vuestro veredicto fortalecerá las relaciones mediante las cuales los intereses de este país están unidos a los intereses de Francia

y en que ilustrará y justificará en todos los rincones del mundo la convicción, larga y universalmente albergada, de la inmaculada pureza de la administración de justicia británica.»

El jurado pronunció el veredicto sin siquiera retirarse a deliberar: culpable. Sin embargo, a consecuencia de la posterior ruptura entre los dos países, no se intimó al señor Peltier a aceptar el veredicto, con lo que la acusación quedó en nada. Después de haber empujado al gobierno británico a esta persecución de la prensa y de haberle arrancado la condena de Peltier, el honrado y valeroso *Moniteur* publicó el 3 de marzo de 1803 el siguiente comentario:

«Una persona llamada Peltier ha sido declarada culpable por un tribunal de Londres de haber impreso y publicado ciertos libelos viles contra el Primer Cónsul. Sólo que no queda del todo claro por qué el gobierno inglés se empeña en convertir esto en un asunto sensacional. Puesto que en los periódicos ingleses se ha afirmado que el proceso se había incoado a petición del gobierno francés y que el enviado francés había estado incluso presente en la sala cuando el jurado emitió su veredicto, estamos autorizados a declarar que jamás ha ocurrido cosa semejante. El Primer Cónsul ni siquiera sabía de la existencia de los libelos de Peltier hasta que llegaron a su conocimiento a través de las actas oficiales del proceso. Hay que reconocer, no obstante, que este procedimiento judicial, por inútil que pueda ser en otros aspectos, ha brindado a los jueces que lo presidieron la oportunidad de demostrar, mediante su sabiduría e imparcialidad, que son realmente dignos de administrar justicia ante un pueblo que, en tantos aspectos, es tan ilustrado y estimable.»

Mientras el *Moniteur* subrayaba en ese mismo artículo que todas las «naciones civilizadas de Europa» tenían el deber de contener recíprocamente a los bárbaros de la prensa, el plenipotenciario francés en Hamburgo, el señor Reinhard, hizo reunir al Senado de Hamburgo para deliberar sobre la exigencia del Primer Cónsul de insertar en el *Hamburger Correspondenten* un artículo sumamente ofensivo para el gobierno británico. El deseo del Senado era poder omitir o suavizar al menos los pasajes más insultantes. Pero el señor Reinhard dijo que sus instrucciones ordenaban la íntegra y exacta inserción de todo el artículo. En consecuencia, el artículo apareció en su aspereza original. El ministro francés deseó que el mismo artículo se publicase en los periódicos de Altona. Las autoridades danesas, sin embargo, dijeron que no podían permitirlo sin órdenes expresas de su gobierno. A raíz de esta negativa, el ministro francés en Copenhague, el señor d’Aguesseau, recibió de su colega de Hamburgo un ejemplar del

artículo con la petición de que intercediese por su publicación en los periódicos daneses. Cuando lord Whitworth protestó ante el señor Talleyrand por este artículo difamatorio, éste declaró

«que los ministros británicos no debían mostrarse más sorprendidos de lo que lo había estado el Primer Cónsul al ver un artículo semejante oficialmente autorizado; se exigiría de inmediato una explicación al señor Reinhard, etc.».

Así era Napoleón el Grande.