Karl Marx

[La cuestión de la abolición de la servidumbre en Rusia]

Escrito el 1.º de octubre de 1858.

["New-York Daily Tribune" núm. 5458 del 19 de octubre de 1858, artículo de fondo]

La cuestión de la servidumbre parece tomar actualmente en Rusia un giro serio; esto se reconoce de la mejor manera en el paso extraordinario al que se ha visto empujado el zar Alejandro II, al convocar a San Petersburgo una especie de representación general de la nobleza para deliberar sobre la abolición de la servidumbre. La actividad del comité principal para la cuestión campesina había sido casi infructuosa y sólo había conducido a violentas disputas entre sus propios miembros, disputas en las que el gran duque Constantino, presidente de dicho comité, se había enfrentado al zar junto con el partido de la vieja Rusia. La mayoría de los comités de la nobleza de las gobernaciones, por su parte, parecen haber aprovechado esta oportunidad de deliberación oficial sobre medidas preparatorias para la emancipación de los campesinos única y exclusivamente para frustrar esa medida. Con seguridad existe entre la nobleza rusa un partido que aboga por la abolición de la servidumbre, pero no sólo es minoría numéricamente, sino que también discrepa en las cuestiones más importantes. Declararse contra la servidumbre, pero no permitir la emancipación más que bajo condiciones que la rebajen a un mero fraude: esta actitud parece estar de moda incluso entre la nobleza rusa liberal. En realidad, esta resistencia abierta a la emancipación, o bien su tibio apoyo, resulta de lo más natural para los viejos partidarios de la servidumbre. La desaparición de los ingresos, la disminución del valor de su propiedad territorial y la seria restricción del poder político a cuyo ejercicio se han acostumbrado –todos esos pequeños autócratas que giran en torno al gran autócrata como centro–, éstas son las consecuencias inmediatas que prevén; y difícilmente puede esperarse de ellos que se entusiasmen mucho con ello. Como consecuencia de la incertidumbre reinante sobre si se avecina una desvalorización de las fincas, en algunas gobernaciones ya se ha hecho imposible hoy obtener préstamos con garantía de propiedad territorial. Una gran parte de la propiedad territorial en Rusia está hipotecada al Estado, y los terratenientes se preguntan cómo habrán de cumplir sus obligaciones para con el gobierno. Muchos tienen deudas privadas que gravan sus fincas. Un gran número vive de las prestaciones de sus siervos, que se han establecido en las ciudades como comerciantes, artesanos, menestrales y obreros. Estos ingresos desaparecerían naturalmente con la abolición de la servidumbre. Además, hay pequeños boyardos que poseen un número muy limitado de siervos, pero, en proporción, una superficie de tierra aún menor. Si cada siervo, como ha de ser en caso de emancipación, recibe un pedacito de tierra, los propietarios de esos siervos quedarán reducidos a la mendicidad. Desde el punto de vista de los grandes terratenientes, la emancipación campesina se considera casi como una renuncia a su poder político. Una vez emancipados los siervos, ¿qué barrera real les queda a los grandes terratenientes frente a la arbitrariedad del zar? Y además, ¿qué será de los impuestos que Rusia necesita tan urgentemente, cuyo monto depende del valor real de la tierra? ¿Qué será de los campesinos de la corona? Todas estas cuestiones se discuten y ofrecen muchas posiciones sólidas detrás de las cuales los partidarios de la servidumbre plantan sus tiendas. Esta historia es tan vieja como la historia de los pueblos. En efecto, no se puede liberar a la clase oprimida sin perjudicar a la clase que vive de su opresión y sin desbaratar al mismo tiempo toda la superestructura del Estado que descansa sobre tan miserable base social. Cuando ha llegado el tiempo de semejante cambio, se manifiesta al principio un gran entusiasmo; se intercambian alegremente felicitaciones por la mutua buena voluntad, con palabras solemnes sobre el amor universal al progreso, etcétera. Pero tan pronto como los actos deben ocupar el lugar de las palabras, muchos retroceden, atemorizados por los espíritus que han invocado, mientras la mayoría declara su firme decisión de luchar por sus intereses reales o imaginarios. Sólo bajo la presión de la revolución o como resultado de una guerra han sido capaces los gobiernos legítimos de Europa de abolir la servidumbre. El gobierno prusiano no se atrevió a pensar en la emancipación de los campesinos hasta que gemía bajo el yugo de hierro de Napoleón; e incluso entonces resolvió la cuestión de tal modo que en 1848 hubo que ocuparse nuevamente de ella; y aún hoy, aunque bajo una forma modificada, sigue siendo una cuestión que habrá de ser resuelta en una futura revolución. En Austria no fueron ni el gobierno legítimo ni la buena voluntad de las clases dominantes los que resolvieron esta cuestión, sino la revolución de 1848 y la insurrección de los húngaros. En Rusia, Alejandro I y Nicolás intentaron, no por razones de humanidad, sino por razones de razón de Estado, efectuar por vía pacífica un cambio en la situación de las masas populares, pero ambos fracasaron. Hay que añadir, sin embargo, que Nicolás, después de la revolución de 1848-49, abandonó sus propios planes anteriores de emancipación y se convirtió en un celoso partidario del conservadurismo. En lo que respecta a Alejandro II, difícilmente era una cuestión de elección el si debía despertar o no los elementos dormidos. La herencia de la guerra que le legó su padre exigió a las masas populares rusas sacrificios inauditos, sobre cuya magnitud se puede juzgar a partir de un simple hecho: en el período de 1853 a 1856, la suma circulante de papel moneda fiduciario aumentó de trescientos treinta y tres millones a cerca de setecientos millones de rublos, y todo ese aumento del papel moneda no representaba en realidad sino impuestos anticipados. Alejandro II no hizo más que seguir el ejemplo de Alejandro I, quien durante la guerra contra Napoleón entretuvo a los campesinos con promesas de emancipación. Además, la guerra pasada terminó en una derrota ignominiosa, por lo menos a los ojos de los siervos, de quienes no puede esperarse que estén versados en los secretos de la diplomacia. E iniciar su nuevo reinado con derrotas y humillaciones manifiestas y romper luego las promesas hechas a los campesinos durante las guerras: incluso para el zar era demasiado peligroso osar dar semejante paso.

Cabe dudar de que el propio Nicolás hubiera podido seguir aplazando por más tiempo esta cuestión, con guerra de Oriente o sin ella. Alejandro II, en todo caso, no podía hacerlo, pero supuso –y la conjetura no carecía del todo de fundamento– que los nobles, acostumbrados como todos a subordinarse, no se echarían atrás ante sus órdenes e incluso considerarían un honor que, por medio de diversos comités, se les permitiera desempeñar un papel en este gran drama. Esos cálculos han resultado, sin embargo, ser falsos. Por otra parte, los campesinos, que se forjaban ideas exageradas de lo que el zar se proponía hacer por ellos, empezaron a perder la paciencia al darse cuenta del lento proceder de sus señores. Los incendios que han estallado en algunas gobernaciones son señales de alarma inequívocas. Se sabe, además, que tanto en la Gran Rusia como en los territorios que antes pertenecieron a Polonia han estallado disturbios, acompañados de escenas horribles, lo que ha inducido a la nobleza a abandonar el campo por las ciudades, donde, al amparo de murallas y guarniciones, puede reírse con desprecio de sus airados esclavos. En estas circunstancias, Alejandro II ha juzgado oportuno convocar algo así como una asamblea de los estamentos. ¿Qué sucederá si esta asamblea se convierte en un punto de inflexión en la historia de Rusia? ¿Qué sucederá si los nobles insisten en su propia emancipación política como condición previa para cualquier concesión que hagan al zar con respecto a la emancipación de sus siervos?