Karl Marx

[La situación financiera de Francia]

["New-York Daily Tribune" Nr. 5312 del 30 de abril]

París, 13 de abril de 1858

Sólo por la fuerza de las circunstancias, el Imperio restaurado se ve cada vez más obligado a abandonar sus encantos accidentales y a mostrar sus verdaderos rasgos en su repugnancia innata. La hora de las confesiones ha caído inesperadamente sobre el Imperio. Ya había abandonado toda pretensión de ser un gobierno regular, es decir, la progenie del "suffrage universel" <"sufragio universal">, y se había proclamado como el régimen del advenedizo, del delator y del cañón de a doce. Ahora da un paso más y confiesa ser el régimen de un estafador. El "Moniteur" del 11 de abril contiene una nota que dice que ciertos periódicos han anunciado prematuramente la fijación del dividendo de las acciones de ciertas
compañías ferroviarias
y
otras sociedades industriales
, y han indicado la cifra de ese dividendo más baja de la que ha sido acordada por los consejos de administración.

"Éstas son maniobras contra las que hay que proteger a la industria y al capital del país.
Los editores de los periódicos mencionados han sido citados ante el Procurateur impérial
<
procurador imperial
> y se les ha advertido que en el futuro tales cosas serían llevadas ante los tribunales, ya que la difusión de opiniones falsas constituye un delito. El deber de la prensa es ilustrar al público, y no engañarlo."

En otras palabras, es el deber de los periodistas, bajo pena de deportación a Cayena, apoyar al Crédit mobilier en lugar de advertir al público del inminente derrumbe de este fraude gigantesco, como lo han hecho últimamente, aunque en tono muy tímido

y apocado. El Crédit mobilier debe celebrar su junta general anual el 29 de abril y anunciar su dividendo por el año transcurrido. Mientras sus directores se envolvían en un secreto impenetrable, corrían los rumores más siniestros acerca de cómo se iba a "cocinar" el esperado dividendo, y un periódico se atrevió a insinuar el hecho de que, en una reunión celebrada hace algún tiempo de una sociedad vinculada al Crédit mobilier, el director anunció a sangre fría que, aunque sólo podía arrojar un dividendo del 8 por ciento,
la sociedad se encontraba en una situación mucho mejor
que el año anterior, cuando dio el 25 por ciento. El autor del artículo se atrevió a expresar su sospecha de que tal vez
algún
dividendo de esas "y otras" sociedades se pagara con cargo al capital y no con los beneficios obtenidos. De ahí la ira del "Moniteur". Las acciones del Crédit mobilier, que el 10 de febrero se cotizaban de 957 a 960 francos y el 10 de marzo de 820 a 860 francos, habían caído el 10 de abril a 715-720 francos, e incluso esta última cotización era meramente nominal. No había forma de ocultar el hecho desagradable de que los accionistas austriacos y prusianos habían decidido vender no menos de 6.000 acciones, y que la Compagnie générale Maritime <Compañía General Marítima>, una de las creaciones fantásticas de los Péreire, se encontraba in articulo mortis <en las últimas>, por haberse embarcado en especulaciones que eran todo menos "marítimas". Es una idea fina, digna de un economista político del calibre de un general Espinasse, imaginar que las amenazas en el "Moniteur" pueden imponer tanto el crédito como el silencio. La advertencia surtirá efecto, pero en una dirección completamente opuesta, tanto más cuanto que procede de un gobierno cuyos fraudes financieros se han convertido en la comidilla de todos. Como es sabido, el presupuesto elaborado por el señor Magne, ministro de finanzas, preveía un superávit, pero por una indiscreción de algún miembro del Cour de Révision <Corte de Revisión> se filtró que, en realidad, presentaba un déficit de aproximadamente 100.000.000 de francos. Cuando se citó al señor Magne ante el "Salvador de la propiedad" para que diera una explicación, tuvo la desfachatez de declarar tranquilamente a su amo que conocía la predilección del maestro por un "superávit" y que había "cocinado" un plan presupuestario, tal como lo habían hecho antes que él los ministros de Luis Felipe. Ahí quedó el asunto, pero el interés público que se prestó a este incidente empujó al gobierno a una confesión. Después de haber proclamado grandiosamente en el "Moniteur" que en el mes de febrero habían aumentado los

ingresos de aduanas, no se atrevió a sostener su afirmación. Los ingresos aduaneros mensuales publicados a fines de marzo muestran que los derechos de importación en el pasado febrero, incluso en la versión oficial, ascendieron sólo a 13.614.251 francos, mientras que en el mes correspondiente de 1857 sumaban 14.160.013 francos, y que en los meses de enero y febrero juntos alcanzaron sólo 25.842.256 francos, frente a 28.044.478 en los mismos meses de 1857. Éste es, pues, el significado oficial de las palabras sobre "la protección de la industria y del capital del país contra las maniobras" y sobre "ilustrar al público" en lugar de "engañarlo".

La nueva puesta en escena del golpe de Estado a escala ampliada, las deportaciones en masa, la fragmentación de Francia en campamentos pretorianos, los rumores de guerra, las complicaciones en el exterior y las conspiraciones en el interior —en una palabra: los espasmódicos esfuerzos del Imperio pequeño desde el atentado del 14 de enero— han distraído algo la atención general de la situación financiera de Francia. De lo contrario, el público se habría percatado de que, en este período, la prosperidad artificial del régimen bonapartista ya se ha disuelto en sus componentes elementales: malversación y especulación. Para probar esta afirmación, me limitaré a enumerar aquellos hechos que de vez en cuando han encontrado su camino hacia la prensa europea. Ahí está, en primer lugar, el señor Prost, jefe de la Compagnie générale de Caisses d'Escompte <Compañía General de Cajas de Descuento>, que no sólo se dedicó a todo tipo de especulación bursátil, sino que también se encargó de establecer bancos de descuento por toda Francia. El capital era de 6.000.000 de dólares, con 60.000 acciones. Había llevado a cabo una fusión con el Crédit mobilier portugués y era magna pars <gran partícipe> del Crédit mobilier de Madrid. Todo el capital se ha perdido y las obligaciones ascienden a aproximadamente 3.000.000 de dólares. El señor Damonieu, de la Compagnie Parisienne des Equipages de grandes Remises <Compañía Parisina de Coches de Alquiler>, fue condenado por el tribunal de police correctionnelle <tribunal correccional> por haber estafado a sus accionistas en 1.000.000 de dólares en efectivo y en acciones, haberlos hundido en deudas por valor de 400.000 dólares y haber dilapidado todo el capital de 1.600.000 dólares. El gerente de otra sociedad —la Lignéenne <Compañía Maderera>—, que afirmaba fabricar papel a partir de la madera, también ha sido condenado por malversar el capital de 800.000 dólares. Otros dos "salvadores de la

propiedad" bonapartistas fueron condenados por haber concertado un acuerdo con algunos banqueros para endosar al público, por 10.000.000 o 15.000.000 de dólares, algunos bosques y minas situados a orillas del lejano Danubio, que ellos habían comprado por 200.000 dólares. En otro caso, resultó que los gerentes de una sociedad minera cerca de Aquisgrán habían vendido a sus accionistas por 500.000 dólares unas minas de las que más tarde tuvieron que admitir que sólo valían 200.000 dólares. Como consecuencia de éstas y otras revelaciones similares, las acciones de las Messageries Générales <Compañía General de Mensajerías>, antaño cotizadas a 1.510 francos, cayeron a unos 500 francos. Las acciones de la Compagnie des Petites Voitures <Compañía de Coches Pequeños>, que poco después de su emisión fueron alzadas a 210 francos, han bajado a 40 francos. Las acciones de la Union-Gesellschaft se han desplomado de 500 a 65 francos. Las acciones de la Compañía Franco-Americana de Navegación, antaño a 750 francos, pueden adquirirse ahora por 30 francos. Las acciones de la Vereinigten Gasgesellschaft han retrocedido de 1.120 a 620 francos. A los accionistas de la Caisse des Actionnaires <Caja de los Accionistas>, el señor Millaud, su director, uno de los millonarios recién acuñados del Imperio pequeño, les dijo que

"las operaciones del último semestre no habían arrojado ningún beneficio, de modo que no sería posible distribuir un dividendo, ni siquiera pagar los intereses semestrales habituales, pero que él pagaría esos intereses de su
propio bolsillo
."

Así reventaban las úlceras sociales del Imperio pequeño. Las ridículas conferencias de Luis Bonaparte con los principales especuladores de la bolsa sobre los recursos que debían aplicarse al comercio y a la industria franceses no han conducido, naturalmente, a ningún resultado. El propio Banco de Francia se encuentra en una mala situación, pues es incapaz de vender las obligaciones de las compañías ferroviarias, contra cuya garantía tuvo que suministrar a las sociedades el dinero que éstas necesitaban para la ejecución de sus obras. Nadie quiere comprar esas obligaciones en un momento en que todo el patrimonio ferroviario en Francia pierde valor rápidamente y los informes ferroviarios semanales muestran una caída constante de sus ingresos.

"En cuanto al estado del comercio francés", observa el corresponsal en París del londinense "Economist", "sigue como estaba, es decir, muestra una tendencia a mejorar, pero no mejora."

Entretanto, Bonaparte persiste en su viejo método de hundir capital en obras improductivas, pero que, como el señor Haussmann, prefecto del departamento del Sena, comunica sin tapujos a la población parisina, son importantes desde el "punto de vista estratégico" y están calculadas para proteger contra "acontecimientos imprevistos que siempre ocurren y pueden poner en peligro a la sociedad". París está, pues, condenada a abrir nuevos bulevares y calles, cuyo costo se estima en 180.000.000 de francos, para protegerse de sus propios sobresaltos. La inauguración del bulevar prolongado de Sebastopol estuvo en completa consonancia con este "punto de vista estratégico". Concebida originalmente como una ceremonia puramente civil y municipal, se transformó de repente en una manifestación militar bajo el pretexto de que se había descubierto un nuevo complot para asesinar a Bonaparte. Para disipar este quid pro quo, el "Moniteur" declara:

"Fue completamente correcto distinguir la inauguración de una arteria semejante de la capital con un desfile de tropas, y que nuestros soldados, después del Emperador, fueran los primeros en pisar un suelo que lleva el nombre de una victoria tan gloriosa."