Karl Marx en el New-York Tribune, 1858

Londres, 24 de diciembre de 1858

Un gobierno que, como el actual ministerio británico, representa a un partido en decadencia, siempre se desembarazará con más éxito de sus viejos principios que de sus viejas conexiones. Al instalarse en Downing Street, lord Derby se propuso sin duda reparar las torpezas que en tiempos pasados habían convertido su nombre en palabra de oprobio en Irlanda; y su versátil attorney-general para Irlanda, el señor Whiteside, no dudaría ni un instante en echar a volar los juramentos que lo ligaban a las logias orangistas.[72] Pero, al mismo tiempo, el advenimiento de lord Derby al poder daba la señal para que una de las camarillas de la clase gobernante se precipitase a ocupar los puestos que acababa de dejar vacantes la expulsión forzosa de la otra camarilla. La formación del gabinete Derby traía consigo la consecuencia de que todos los cargos gubernamentales se repartieran entre una abigarrada cuadrilla, unida todavía por un nombre de partido que ha perdido todo significado, y que aún desfila bajo una bandera hecha jirones, pero que en realidad nada tiene en común salvo reminiscencias del pasado, intrigas de club y, sobre todo, la firme resolución de repartirse juntos los panes y los peces del oficio. Así, lord Eglinton, el Don Quijote empeñado en resucitar los torneos de caballería en la traficante de dinero Inglaterra, fue entronizado como lord lugarteniente en el castillo de Dublín,[73] y lord Naas, notorio por su partidismo temerario a favor del terratenientismo irlandés, fue nombrado su primer ministro. La digna pareja, *arcades ambo*, al abandonar Londres, recibió, por supuesto, severas instrucciones de sus superiores para que desecharan sus manías, se comportaran como era debido y no trastornaran a sus propios patronos con travesuras caprichosas. No dudamos de que el camino de lord Eglinton a través del canal estaba empedrado de buenas intenciones, mientras las baratijas virreinales danzaban ante su mente infantil; y lord Naas, a su llegada al castillo de Dublín, estaba decidido a cerciorarse de que el desalojo en masa de fincas, el incendio de chozas y el despiadado desalojamiento de sus pobres moradores se realizasen a la debida escala. Pero, así como las necesidades del partido habían forzado a lord Derby a instalar a hombres inadecuados en un lugar inadecuado, las necesidades del partido falseaban de inmediato la posición de esos hombres, cualesquiera que fuesen sus intenciones personales.

Había sido menospreciado oficialmente el orangismo por su lealtad impertinente; el propio gobierno se había visto obligado a denunciar esta organización como ilegal, y se le había comunicado, sin mucha ceremonia, que ya no servía para ningún propósito terrenal y que debía desaparecer. La mera llegada de un gobierno tory, la mera ocupación del castillo de Dublín por un Eglinton y un Naas, reavivaron las esperanzas de los acobardados orangistas. De nuevo brilló el sol para los «true blues»; volverían a enseñorearse de la tierra como en los días de Castlereagh, y el día de cobrar venganza había despuntado visiblemente. Paso a paso, condujeron a los torpes, débiles y, por tanto, temerarios representantes de Downing Street de una falsa posición a otra, hasta que, una buena mañana al fin, el mundo se sobresaltó con una proclama del lord lugarteniente que ponía a Irlanda (como si dijéramos) en estado de sitio y convertía, mediante recompensas de 100 y 50 libras, el oficio de espía, delator, perjurador y agente provocador en el más lucrativo tráfico de la verde Erin. Apenas se habían fijado los carteles que anunciaban recompensas por la denuncia de sociedades secretas, cuando un infame individuo llamado O’Sullivan, aprendiz de boticario en Killarney, denunció a su propio padre y a varios muchachos de Killarney, Kenmare, Bantry y Skibbereen como miembros de una formidable conspiración que, en inteligencia secreta con filibusteros del otro lado del Atlántico, se proponía no sólo, como el señor Bright, «americanizar las instituciones inglesas», sino anexionar Irlanda a la república modelo. En consecuencia, los detectives se afanaron en los condados de Kerry y Cork; se produjeron detenciones nocturnas, prosiguieron declaraciones informativas misteriosas; del sudoeste la caza de conspiraciones se extendió al nordeste; en el condado de Monaghan se desarrollaron escenas farsescas, y la alarmada Belfast vio desfilar por sus calles y ser encerrados en las cárceles a una docena de maestros de escuela, pasantes de abogado y dependientes de comercio. Lo que empeoraba la cosa era el velo de misterio tendido sobre los procedimientos judiciales. En todos los casos se negaba la libertad bajo fianza; las sorpresas a medianoche se convirtieron en moneda corriente; se mantenían secretas todas las investigaciones; se rehusaba sistemáticamente la entrega de copias de las declaraciones en que se basaban las detenciones arbitrarias; los magistrados estipendiarios iban y venían de sus asientos judiciales a las antecámaras del castillo de Dublín, y de toda Irlanda cabía decir lo que el señor Rea, defensor de los acusados en Belfast, observó respecto a aquella localidad: «Creo que la Constitución británica ha abandonado Belfast durante esta última semana».

Ahora bien, a través de todo este barullo y todo este misterio, se trasluce cada vez más la ansiedad del gobierno –que había cedido a la presión de sus crédulos agentes irlandeses, quienes, a su vez, eran meros juguetes en manos de los orangistas– por salir del atolladero sin perder de golpe reputación y cargos. Al principio se pretendió que la peligrosa conspiración, que extendía sus ramificaciones del sudoeste al nordeste por toda la superficie de Irlanda, emanaba del americanizante Club Fénix.[74] Luego se trató de un resurgimiento del ribbonismo;[75] mas ahora resulta ser algo enteramente nuevo, completamente desconocido, y tanto más espantoso por ello. Los recursos a que se ve arrastrado el gobierno pueden juzgarse por las maniobras del *Dublin Daily Express*, órgano del gobierno, que día tras día obsequia a sus lectores con falsos rumores de asesinatos cometidos, hombres armados que merodean y celebraciones de reuniones nocturnas. Para su mayor indignación, los hombres muertos retornan de sus tumbas y protestan en las propias columnas del periódico contra el modo en que el director dispone de ellos.

Bien puede existir algo parecido a un Club Fénix, pero, en todo caso, es cosa muy pequeña, puesto que el propio gobierno ha estimado conveniente sofocar a este Fénix en sus propias cenizas. En cuanto al ribbonismo, su existencia nunca dependió de conspiradores secretos. Cuando, a finales del siglo XVIII, los *Peep-o'-Day Boys* protestantes se unieron para hacer la guerra a los católicos en el norte de Irlanda, surgió la sociedad opuesta de los Defensores.[76] Cuando, en 1791, los *Peep-o'-Day Boys* se fundieron en el orangismo, los Defensores se transformaron en ribbonistas. Cuando, por fin, en nuestros propios días, el gobierno británico repudió el orangismo, la Sociedad Ribbonista, perdida su condición de vida, se disolvió voluntariamente. Las medidas extraordinarias adoptadas por lord Eglinton pueden, de hecho, resucitar el ribbonismo, como pueden hacerlo los actuales intentos de los orangistas de Dublín de colocar a oficiales ingleses al frente de la policía irlandesa y llenar sus escalones inferiores con sus propios partidarios. En la actualidad no existen en Irlanda sociedades secretas, a excepción de sociedades agrarias. Acusar a Irlanda de producir tales sociedades sería tan juicioso como acusar al bosque de engendrar hongos. Los terratenientes irlandeses se han confederado para una guerra de exterminio endemoniada contra los cottagers; o, como ellos dicen, se alían para el experimento económico de limpiar la tierra de bocas inútiles. Se desembaraza a los pequeños arrendatarios nativos ni más ni menos que una criada de interior le sacude del polvo. Los desesperados infelices, por su parte, intentan una resistencia débil formando sociedades secretas, dispersas por el país e impotentes para lograr otra cosa que demostraciones de venganza individual.

Pero si la conspiración que se persigue en Irlanda es un mero invento del orangismo, las primas ofrecidas por el gobierno pueden acertar a dar forma y cuerpo a la vacuidad. No es más seguro que el sargento reclutador enrole, con su chelín y su ginebra, a parte de la chusma de Su Majestad para el servicio de Su Majestad, de lo que lo es que una recompensa por la denuncia de sociedades secretas irlandesas cree las sociedades a denunciar. De las entrañas de cada condado surgen al instante canallas que, transformándose en delegados revolucionarios, recorren los distritos rurales, inscriben miembros, administran juramentos, denuncian a las víctimas, las juran la horca y se embolsan el dinero de la sangre. Para caracterizar a esta raza de delatores irlandeses y el efecto que en ellos producen las recompensas gubernamentales, bastará citar un pasaje de un discurso pronunciado por sir Robert Peel en la Cámara de los Comunes:

«Cuando yo era secretario principal de Irlanda, se cometió un asesinato entre Carrick-on-Suir y Clonmel. Un señor fulano guardaba un odio mortal a un señor mengano, y pagó a cuatro hombres a dos guineas cada uno para asesinarlo. Había un camino a cada lado del río Suir, de Carrick a Clonmel; y, colocando a dos hombres en cada camino, la fuga de su víctima era imposible. Así, pues, fue infamemente asesinado, y el país quedó tan horrorizado por este crimen atroz, que el gobierno ofreció una recompensa de 500 libras por la denuncia de cada uno de los asesinos. ¿Se puede creer que el miserable que sobornó a los cuatro asesinos fue el mismo individuo que vino y dio la información que los condujo a la ejecución, y que con estas manos pagué en mi despacho del castillo de Dublín la suma de 2 000 libras a ese monstruo con forma humana?».

Notas

72. Logias orangistas u orangistas (la Orden orangista), llamada así en honor a Guillermo III, príncipe de Orange: una organización terrorista, fundada por los terratenientes y el clero protestante en Irlanda en 1795 para combatir el movimiento de liberación nacional del pueblo irlandés. La Orden agrupaba a elementos ultrarreaccionarios ingleses e irlandeses de todas las capas de la sociedad e incitaba sistemáticamente a los protestantes contra los católicos irlandeses. Los orangistas tenían una influencia particularmente grande en Irlanda del Norte, donde la mayoría de la población era protestante.

73. El castillo de Dublín fue construido por los conquistadores ingleses en el siglo XIII y se convirtió en la sede de las autoridades inglesas, baluarte contra la población irlandesa. El castillo de Dublín era un símbolo del dominio colonial inglés.

74. El Club Fénix: sociedad secreta irlandesa formada a partir de los clubes revolucionarios aplastados después de 1848, y que unía principalmente a pequeños empleados, dependientes de comercio y obreros. La sociedad estaba vinculada con emigrados revolucionarios irlandeses en los Estados Unidos. En 1858, la mayoría de los miembros del club ingresaron en la sociedad secreta feniana, y poco después el Club Fénix fue desarticulado por la policía inglesa.

75. Ribbonismo: movimiento campesino irlandés surgido en Irlanda del Norte a fines del siglo XVIII. Sus miembros se agrupaban en sociedades secretas y llevaban una cinta verde como emblema. El movimiento ribbonista fue una forma de resistencia popular a la arbitrariedad de los terratenientes ingleses y a los desalojos forzosos de los arrendatarios. Los ribbonistas atacaban propiedades, organizaban atentados contra los odiados terratenientes y administradores. Las actividades de los ribbonistas tenían un carácter puramente local, descentralizado, y carecían de un programa común de acción.

76. Los círculos gobernantes ingleses y los terratenientes irlandeses reaccionarios hicieron todo lo posible para fomentar las luchas religiosas entre católicos y protestantes irlandeses, lo que debilitó considerablemente el movimiento de liberación nacional en Irlanda. En la década de 1780 ayudaron a crear organizaciones terroristas secretas protestantes en Irlanda del Norte, entre ellas la sociedad de los “Peep-o'-Day Boys”. Los miembros de esas sociedades irrumpían por lo general en las casas de los católicos al amanecer y, con el pretexto de buscar armas (cuya posesión estaba prohibida a los católicos), destruían sus bienes.
Los Defensores: miembros de una organización de católicos irlandeses, surgida en la década de 1780 para defenderse de los “Peep-o'-Day Boys”.