Karl Marx

La alianza anglo-francesa

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 5319, 8 de mayo de 1858]

París, 22 de abril de 1858

Desde la absolución del doctor Bernard y el entusiasmo público con que se acogió este veredicto, la alianza anglo-francesa ha dado un nuevo giro. Primero fue el periódico «Univers» el que no sólo calificó a Inglaterra de «cueva de asesinos», sino de un pueblo entero de asesinos, incluidos jurados y jueces, pues tuvo bastante perspicacia para comprender que «el corazón de Inglaterra» no se manifestaba «en las ostentaciones formales de respeto con que el ayuntamiento de Dover abrumó la naturaleza franca del duque de Malakoff», sino más bien «en el infame griterío de júbilo que la gente elevó en el tribunal de Old Bailey». La tesis original de los coroneles queda así confirmada sobre una base más amplia. Pisándole los talones al «Univers», el «Constitutionnel» publica un artículo de fondo firmado por el señor Renée, yerno del señor Macquard, quien, como es sabido, es a su vez secretario, confidente y factótum de Bonaparte. Si el «Univers» había tomado de los coroneles la definición del pueblo inglés, ampliando su sentido, el «Constitutionnel» repite las amenazas de los coroneles, limitándose a intentar dar un respaldo a la furia de los cuarteles con la supuesta indignación «de las ciudades y los distritos rurales». Adoptando ese tono de sensibilidad moral herida tan característico de la venal literatura del Segundo Imperio, el periódico exclama:

«No queremos extendernos en una absolución semejante, que constituye un ataque inaudito y escandaloso a la moral pública; pues ¿qué hombre de honor, en Francia o en Inglaterra, podría albergar la menor duda acerca de la culpabilidad de Bernard? Sólo queremos informar a aquellos de nuestros vecinos que desean el mantenimiento de buenas relaciones entre los dos países de que, a pesar de la mejor intención, al gobierno le resultaría difícil evitar las consecuencias de la indignación pública si, por desgracia, el discurso pronunciado por el abogado de Bernard, <Edwin John James> —discurso que se permitió pese a estar plagado de calumnias e injurias contra el emperador, contra la nación que lo eligió, contra el ejército y contra nuestras instituciones— llegara a difundirse en las ciudades, los cuarteles y los distritos rurales de Francia.» (¡Curiosa esta colocación de los cuarteles entre las ciudades y los distritos rurales!)

Hasta aquí, todo bien. El que Francia se arroje o no sobre Inglaterra dependerá, por tanto, de la mera posibilidad de que el discurso anunciado por el propio «Constitutionnel» se difunda o no en Francia. Pero a esta cuasi declaración de guerra le sigue, un día después, un giro extraño y sensacional en «La Patrie». La invasión francesa debe abandonarse, pero sólo en caso de que se imprima una nueva dirección a la alianza franco-inglesa. La absolución de Bernard ha revelado el creciente poder de la anarquía en la sociedad británica. Lord Derby debería salvar a la sociedad en Inglaterra del mismo modo que Bonaparte la ha salvado en Francia. Tal sería el resultado de la alianza, y ésa su conditio sine qua non. El conde de Derby, se añade, es «un hombre de talento extraordinario y de vínculos de parentesco casi regios», ¡y, por consiguiente, el hombre llamado a salvar a la sociedad en Inglaterra! La prensa diaria inglesa se ocupa con detenimiento de la debilidad, la veleidad y la falta de rumbo que se delatan en esa alternancia de furia, amenaza y sofisma. El corresponsal parisiense del «Daily News» cree haber resuelto el enigma de esas opiniones contradictorias expresadas en «Univers», «Constitutionnel» y «La Patrie» remitiéndose al hecho bien sabido de que Bonaparte dispone de un doble tiro de consejeros: los bebedores ebrios de la noche y los consejeros sobrios de la mañana. Olfatea en los artículos de «Univers» y «Constitutionnel» el aroma del Château-Margaux y de los cigarros, y en el artículo de «La Patrie» los escalofríos del baño de agua fría. Pero el mismo doble tiro ejerció su influencia durante el duelo de Bonaparte con la República Francesa. Los unos amenazaban, ya en enero de 1849, en sus pequeños periódicos vespertinos con un coup d’état, mientras los otros, en las graves columnas del «Moniteur», los desmentían directamente. Y sin embargo, no era en los «rígidos» artículos del «Moniteur», sino en los ebrios gritos de «¡hurra!» del «Pouvoir» donde se dibujaban las sombras de los acontecimientos venideros. Estamos, no obstante, muy lejos de creer que Bonaparte disponga de los medios para atravesar con éxito el «ancho foso» (el canal de la Mancha). Las cómicas visiones nocturnas incubadas en ese sentido, que el «New-York Herald» se ha encargado de publicar, provocarán sin duda una sonrisa aun entre los más bisoños en ciencia militar. Pero opinamos decididamente que Bonaparte, un civil al frente de un gobierno militar —cosa que jamás debiera olvidarse—, ha dado en «La Patrie» la última y única interpretación posible de la alianza anglo-francesa que satisfará a sus «coroneles». Se halla en una situación de lo más grotesca y, a la vez, de lo más peligrosa. Para engañar a los gobiernos extranjeros, necesita hacer sonar el sable. Para aplacar a los portadores del sable e impedir que tomen sus bravatas verdaderamente en serio, tiene que refugiarse en imposibles fictiones juris, como la de que la alianza anglo-francesa significa la salvación de la sociedad en Inglaterra según el acreditado método bonapartista. Naturalmente, los hechos tienen que entrar en contradicción con sus doctrinas, y, si su gobierno no es barrido por una revolución —como nos inclinamos a suponer—, el fin será que su suerte se extinguirá, del mismo modo que comenzó, en aventuras demenciales, en alguna expedición de Boulogne a escala ampliada. El emperador descenderá al aventurero, tal como el aventurero se había transformado en emperador.

Entretanto, vale la pena, mientras «La Patrie» ha dicho la última palabra que Bonaparte puede pronunciar sobre el significado de la alianza anglo-francesa, dirigir la atención al modo como se habla ahora de esta alianza en los círculos dominantes de Inglaterra. A este respecto, merece particular atención un artículo del «Economist» de Londres, titulado «La alianza francesa, su carácter, su valor y su precio». Está escrito con pedantería intencionada, como lo exigen la posición de un antiguo Secretary of the Treasury bajo el gobierno de Palmerston y de un representante de las concepciones económicas de los capitalistas ingleses. El señor Wilson comienza con la tesis de que «la cosa que se ha obtenido puede no corresponder exactamente a aquella por la que se negoció». Dice: «Apenas cabe estimar en demasiado el valor de una alianza efectiva entre Francia e Inglaterra», pero hay distintos tipos de alianzas: reales y artificiales, auténticas y de invernadero, «naturales» y «alianzas de gobierno», «gubernamentales» y «personales». Al principio, el «Economist» da rienda suelta a su «imaginación»; y, a propósito del «Economist», cabe decir lo que se ha dicho de los abogados: cuanto más prosaico es el hombre, tantas más jugarretas puede gastarle su imaginación. El «Economist» apenas puede confiar en su «imaginación» «para examinar la influencia que una alianza real entre los dos grandes pueblos que están a la cabeza de la civilización moderna ejercería sobre los destinos de Europa y sobre la suerte y la dicha de todos los demás países». Sin embargo, se ve obligado a reconocer, aunque espera y confía en que las dos naciones «maduren» hacia una alianza auténtica, «que todavía no están maduras para ello». Si, por consiguiente, Inglaterra y Francia no están aún maduras para una auténtica alianza nacional, se plantea naturalmente la pregunta de qué índole es la presente alianza anglo-francesa. «Nuestra alianza recién concluida», confiesa el ex miembro del gobierno de Palmerston y oráculo de los capitalistas ingleses, «ha sido en gran medida, como admitimos, inevitablemente una alianza concertada más con el gobierno que con la nación, más con el emperador que con el imperio, más con Luis Bonaparte que con Francia; y, además, en el valor que hemos atribuido a la alianza y en el precio que hemos pagado por ella, hemos perdido un poco de vista este hecho significativo y de peso.»

Bonaparte es, por supuesto, el elegido de la nación francesa, y todo ese despropósito, pero desdichadamente «no representa sino la mayoría numérica, y no la intelectual, del pueblo francés. Por desgracia, ocurre que las clases que se mantienen alejadas de él incluyen precisamente a aquellos partidos cuyas opiniones sobre casi todas las grandes cuestiones de la civilización son análogas a las nuestras.»

Después de exponer así, en un lenguaje sumamente prudente y cortés y en oraciones circunstanciadas con las que no queremos abrumar al lector, el axioma de que la presente y llamada alianza anglo-francesa es más una alianza de gobiernos que de naciones, el «Economist» va tan lejos que admite que es incluso más una alianza personal que una mera alianza gubernamental.

«Luis Napoleón —dice— ha insinuado, con una franqueza que no corresponde al jefe de una gran nación, que él es nuestro amigo especial en Francia, que él, más que su pueblo, desea y sostiene la alianza inglesa, y puede ser que nosotros hayamos asentido a esta opinión de manera más dispuesta y sin reservas de lo que en realidad exigían la prudencia y la sinceridad.»

Así, considerada en su conjunto, la alianza anglo-francesa es una mercancía adulterada, una alianza con Luis Bonaparte, pero no una alianza con Francia. Surge, pues, naturalmente, la pregunta de si este artículo subrepticio valía el precio que se pagó por él. Aquí el «Economist» se golpea el pecho y clama en nombre de las clases dominantes de Inglaterra: «¡Pater, peccavi!» Ante todo, Inglaterra es un país constitucional, mientras que Bonaparte es un autócrata.

«Nos debíamos a nosotros mismos que nuestra abierta y leal cortesía hacia el gobernante de facto de Francia sólo hubiera debido madurar y caldearse hasta convertirse en admiración cordial y entusiasta en la medida y en el grado en que su política se mostrara como algo que pudiéramos aprobar con honradez y rectitud.»

En lugar de atenerse, en su bonapartismo, a una especie de escala móvil, la población inglesa, una población constitucional,

sobre un emperador que había destruido las libertades constitucionales de sus súbditos, atenciones que jamás se habían prodigado a un rey constitucional que las había concedido y respetado. Y cuando estaba colérico e irritado, nos hemos humillado para aplacarlo con el lenguaje de una adulación repugnante, que en labios ingleses sonaba extraña. Nuestra conducta y nuestro lenguaje han extrañado a todos aquellos círculos del pueblo francés a cuyos ojos Louis-Napoleon era un usurpador o un déspota militar. Esto ha irritado y asqueado particularmente al partido parlamentario en Francia, ya fueran republicanos u orleanistas.

El “Economist” descubre, por fin, que esta genuflexión ante un usurpador afortunado fue todo menos sensata.

«Es imposible —dice— suponer que el régimen existente en Francia pueda ser aquel duradero bajo el cual esta nación enérgica e inquieta consentirá en vivir... ¿Es, por tanto, sensato vincularnos de tal modo con una fase gubernamental transitoria en Francia que provoquemos la hostilidad de su desarrollo futuro y más duradero?»

Por lo demás, la alianza con Inglaterra era más necesaria para Bonaparte que para Inglaterra la alianza con él. En 1852 era un aventurero: afortunado, pero en todo caso un aventurero.

«No estaba reconocido en Europa, era dudoso que llegara a serlo. Pero Inglaterra lo aceptó pronta y sin vacilar, reconoció inmediatamente sus títulos jurídicos, le franqueó el acceso al círculo exclusivo de las cabezas coronadas y le procuró así valimiento ante las cortes de Europa.»

«No, más aún, mediante el intercambio de visitas y los vínculos cordiales, nuestra corte permitió que el conocimiento se trocara en intimidad... Aquellos círculos emprendedores del dinero y del comercio, cuyo apoyo era para él particularmente importante, vieron en seguida cuán grande era la fuerza que ganaba con la alianza estrecha y cordial con Inglaterra.»

Esta alianza le era necesaria y «la habría comprado a casi cualquier precio». ¿Demostró el gobierno inglés su perspicacia comercial y la acostumbrada vivacidad al fijar ese precio? No se exigió precio alguno; no se insistió en condición de ningún género, sino que, igual que sátrapas orientales, se arrastró en el polvo mientras se le ofrendaba el don de la alianza. Ninguna bajeza por su parte fue lo bastante grande para hacer que el gobierno inglés se detuviera un solo instante en su carrera de «prodigalidad derrochadora», como la llama el “Economist” —de incondicional sumisión, como la llamaríamos nosotros—.

«Sería difícil demostrar —confiesa el pecador inglés— que hayamos manifestado nuestra desaprobación, siquiera por medio de una frialdad pasajera o de un ocasional fruncimiento de ceño, ante una sola de sus diversas medidas encaminadas a obstaculizar el protestantismo, a suprimir el pensamiento, a entorpecer la actividad de las autoridades municipales y a envilecer al Senado y a la Cámara.»

«Haga lo que haga, a quienquiera que haya proscrito, por muchas revistas que haya confiscado o suprimido, cualesquiera que fueran los pretextos especiosos con los que ha destituido a venerables y eminentes profesores de sus cargos... nuestro lenguaje ha sido siempre el mismo; siempre ha sido el gran hombre, este estadista sabio y sagaz, este gobernante eminente y firme.»

De este modo, los ingleses no solo han alimentado, apoyado y favorecido su abominable política interior, sino que, como confiesa el “Economist”, le han permitido entorpecer, modificar, debilitar y envilecer su política exterior.

«Persistir por más tiempo en una posición tan falsa —concluye el “Economist”— no puede redundar en nuestra honra ni en nuestro provecho ni en el bien del imperio mundial inglés.»

Si se compara esta declaración con la de la “Patrie”, no puede caber duda de que la alianza anglo-francesa ha terminado, y con ella el único sostén internacional del Segundo Imperio.