El gran escándalo Bulwer, que *The London Times* creía «afortunadamente» silenciado mediante un arreglo familiar amistoso, dista mucho de haber entrado en un estado de quietud. Es cierto que, pese a los grandes intereses partidistas implicados, la prensa metropolitana, con algunas insignificantes excepciones, hizo todo cuanto estuvo en su mano para silenciar el caso mediante una conspiración de silencio —siendo Sir Edward Bulwer uno de los jefes de la camarilla literaria que ejerce su dominio sobre las cabezas de los periodistas londinenses de modo aún más despótico que las conexiones partidistas, y a cuyo enojo hacer frente abiertamente suele faltarles a los literatos el valor necesario—. *The Morning Post* informó primero al público de que los amigos de Lady Bulwer tenían la intención de insistir en una investigación legal*; *The London Times* reimprimió el breve párrafo de *The Morning Post*, e incluso *The Advertiser*, aunque ciertamente no tiene posición literaria alguna que arriesgar, no se aventuró más allá de unos magros extractos de *The Somerset Gazette*. Incluso la influencia de Palmerston resultó por el momento ineficaz para arrancar nada a sus secuaces literarios, y al aparecer la frívola y apologética carta del hijo de Bulwer, todos estos guardianes públicos de la libertad del súbdito, al tiempo que se declaraban altamente satisfechos, deploraban cualquier ulterior intrusión indelicada en el « penoso asunto ». La prensa tory, por supuesto, ha gastado hace ya tiempo toda su virtuosa indignación en favor de Lord Clanricarde, y la prensa radical, que recibe más o menos sus inspiraciones de la escuela de Manchester, evita ansiosamente crear cualquier

* The Morning Post, nº 26369, 5 de julio de 1858.— Ed. 
b The Times, nº 23038, 6 de julio de 1858.— Ed. 
nº 23049, 19 de julio de 1858.— Ed.

inconveniente a la administración actual. Sin embargo, junto a la prensa respetable o pretendidamente respetable de la metrópoli, existe una prensa irrespetable, absolutamente dominada por sus patronos políticos sin posición literaria alguna que los contenga, siempre dispuesta a acuñar dinero con su privilegio de libre expresión, y ansiosa por aprovechar una oportunidad de aparecer ante los ojos del público como las últimas representantes de la hombría. Por otra parte, una vez despertados los instintos morales de la masa del pueblo, no será necesario seguir maniobrando. Una vez que la mente pública alcance un estado de excitación moral, incluso *The London Times* puede arrojar su máscara de reserva y, con el corazón sangrante, por supuesto, apuñalar a la administración Derby dictando la sentencia de la «opinión pública» sobre un jefe literario como Sir Edward Bulwer-Lytton. Este es exactamente el cariz que están tomando ahora las cosas. Que Lord Palmerston, como insinuamos al principio, es el director secreto del espectáculo es ya *un secret qui court les rues*, como dicen los franceses.

«*On dit* —dice un semanario londinense— que la mejor amiga de Lady Bulwer-Lytton en este asunto ha sido Lady Palmerston. Todos recordamos cómo los tories tomaron las armas por el señor Norton cuando Lord Melbourne estaba en apuros por la esposa de aquel caballero. Tal para cual, es juego limpio. Pero, pensándolo bien, resulta bastante triste en estos tiempos encontrarse con que un Secretario de Estado utiliza la influencia de su cargo para cometer actos de opresión, y que la esposa de un Ministro utiliza a la esposa de otro Ministro contra una Administración.»

A menudo, solo por los tortuosos caminos de la intriga política se introduce de contrabando la verdad en algún rincón de la prensa británica. El horror aparentemente generoso ante una verdadera atrocidad no es, después de todo, más que una mueca calculada; y se apela a la justicia pública solo para alimentar un rencor privado. Por lo que pudiera importarles a los caballeroscos paladines del tintero, Lady Bulwer podría haberse quedado para siempre en un manicomio de Londres; podrían haberse deshecho de ella más discretamente que en San Petersburgo o Viena; las convenciones del decoro literario le habrían vedado cualquier medio de reparación, de no ser por la feliz circunstancia de que el ojo avizor de Palmerston la señaló como la punta de cuña con la que posiblemente partir a una Administración tory.

Un breve análisis de la carta dirigida por el hijo de Bulwer a los periódicos londinenses contribuirá en gran medida a dilucidar el verdadero estado del caso. El señor Robert B. Lytton comienza afirmando que su «simple aseveración» debe ser «creída de inmediato», porque él es «el hijo de

Lady Bulwer-Lytton, con el mejor derecho para hablar en su nombre y, obviamente, con los mejores medios de información.» Ahora bien, este tan tierno hijo no se había preocupado por su madre, ni mantenido correspondencia con ella, ni la había visto, durante casi diecisiete años, hasta que se encontró con ella en el estrado electoral de Hertford con motivo de la reelección de su padre. Cuando Lady Bulwer abandonó el estrado y visitó al alcalde de Hertford para solicitar el uso del Ayuntamiento como sala de conferencias, el señor Robert B. Lytton envió a un médico a casa del alcalde con la misión de informarse sobre el estado de la mente maternal. Cuando, después, su madre fue secuestrada en Londres, en casa del señor Hale Thompson, en Clarges Street, y su prima Miss Ryves salió corriendo a la calle y, viendo al señor Lytton esperando fuera, le suplicó que interviniera y procurase ayuda para evitar que su madre fuera llevada a Brentford, el señor Lytton se negó fríamente a tener nada que ver con el asunto. Habiendo actuado primero como uno de los principales agentes en la trama urdida por su padre, ahora cambia de bando y se presenta como el portavoz natural de su madre. El segundo punto alegado por el señor Lytton es que su madre «no fue llevada ni por un momento a un manicomio», sino, por el contrario, a la «casa privada» del señor Robert Gardiner Hill, cirujano. Esto es una mera argucia legal. Como la «Wyke House», dirigida por el señor Hill, pertenece legalmente no a la categoría de «manicomios», sino a la de «Casas Metropolitanas Autorizadas», es literalmente cierto que Lady Bulwer fue arrojada, no en un «manicomio», sino en una casa de locos.

El cirujano Hill, que comercia por cuenta propia con la «locura», también ha salido a la palestra con una apología, en la que afirma que Lady Bulwer nunca había estado encerrada bajo llave, sino que, por el contrario, había disfrutado del uso de un brougham y había salido a pasear en él casi todas las tardes durante su detención, a Richmond, Acton, Hanwell o Isleworth. El señor Hill se olvida de decir al público que este «trato mejorado a los locos», adoptado por él, corresponde exactamente a la recomendación oficial de los Comisionados en Locura. Las muecas amistosas, la indulgencia sonriente, los mimos infantiles, la palabrería melosa, los guiños cómplices y la afectada serenidad de una banda de celadores amaestrados pueden volver loca a una mujer sensible tanto como las duchas, las camisas de fuerza, los guardianes brutales y las salas oscuras. Sea como fuere, las protestas por parte del señor Cirujano Hill y del señor Lytton se reducen simplemente a esto, que Lady Bulwer fue tratada como loca, sí, pero según las reglas del nuevo sistema en lugar del antiguo.

«Yo —dice el señor Lytton en su carta— me puse en constante comunicación con mi madre, ... y cumplí las órdenes de mi padre, quien me confió

implícitamente todas las disposiciones ... y me encomendó que me valiera del consejo de Lord Shaftesbury en todo lo que se juzgara mejor y más bondadoso para Lady Lytton.»

Lord Shaftesbury, es sabido, es el comandante en jefe de la hueste que tiene su cuartel general en Exeter Hall. Quitar el mal olor a un asunto sucio con su olor de santidad podría considerarse un golpe de efecto teatral digno del genio inventivo de un novelista. Más de una vez, en el asunto chino, por ejemplo, y en la conspiración de Cambridge House, se ha empleado a Lord Shaftesbury en esa línea. Sin embargo, el señor Lytton solo admite al público a una confidencia a medias, de lo contrario habría declarado claramente que, tras el secuestro de su madre, una imperiosa nota de Lady Palmerston desbarató los planes de Sir Edward y le indujo a «valerse del consejo de Lord Shaftesbury», quien, por un infortunio particular, resulta ser a la vez yerno de Palmerston y presidente de los Comisionados en Locura. En su intento de mistificación, el señor Lytton prosigue afirmando:

«Desde el momento en que mi padre se vio obligado a autorizar esas medidas que han sido objeto de tan burdas tergiversaciones, su desvelo fue obtener la opinión de los médicos más expertos y capaces, a fin de que mi madre no estuviera sujeta a restricción ni un momento más de lo estrictamente justificable. Tal fue el encargo que me dio.»

Por la redacción evasiva de este pasaje estudiadamente torpe se desprende, pues, que Sir Edward Bulwer sintió la necesidad de un consejo médico autorizado, no para secuestrar a su esposa como demente, sino para liberarla como *mentis compos*. De hecho, los médicos con cuyo consentimiento fue secuestrada Lady Bulwer eran cualquier cosa menos «los médicos más expertos y capaces». Los individuos empleados por Sir Edward fueron un tal Sr. Ross, un boticario de la City, a quien, al parecer, su licencia para comerciar con drogas ha convertido de repente en una lumbrera psicológica, y un tal Sr. Hale Thompson, anteriormente relacionado con el Hospital de Westminster, pero un completo desconocido para el mundo científico. Fue solo después de que comenzara una suave presión desde fuera, cuando Sir Edward sintió ansiedad por dar marcha atrás, cuando se dirigió a hombres de reputación médica. Sus certificados son publicados por su hijo; pero ¿qué prueban? El Dr. Forbes Winslow, editor de *The Journal of Psychological Medicine*, a quien habían consultado previamente los asesores legales de Lady Bulwer, certifica que, «habiendo examinado a Lady B. Lytton en cuanto a su estado mental», lo encontró tal «que justificaba su liberación de la restricción». Lo que había que probar

al público no era que la liberación de Lady Bulwer, sino, por el contrario, que su restricción estaba justificada. El señor Lytton no se atreve a tocar este punto delicado y decisivo. ¿Acaso no se reirían de un alguacil, acusado de encarcelamiento ilegal de un británico libre, por alegar que no había cometido ningún delito al poner a su prisionero en libertad? Pero, ¿está realmente en libertad Lady Bulwer?

«Mi madre —continúa el señor Lytton— está ahora conmigo, libre de toda restricción, y a punto, por su propio deseo, de viajar por un breve tiempo, en compañía mía y de una amiga y pariente, de su propia elección.»

La carta del señor Lytton está fechada en «Nº 1 Park Lane», es decir, desde la residencia urbana de su padre. ¿Se ha trasladado, entonces, a Lady Bulwer desde su lugar de confinamiento en Brentford a un lugar de confinamiento en Londres, y se la ha entregado en cuerpo a un adversario exasperado? ¿Quién garantiza que esté «libre de toda restricción»? En todo caso, cuando firmó el compromiso propuesto, no estaba libre de restricción, sino escociéndose bajo el sistema mejorado del cirujano Hill. La circunstancia más importante es esta: Mientras Sir Edward ha hablado, Lady Bulwer ha guardado silencio. Ninguna declaración por su parte, aficionada como es al ejercicio literario, ha llegado a los ojos del público. Un relato escrito por ella misma, sobre su propio trato, ha sido hábilmente retirado de las manos de la persona a quien iba dirigido.

Cualquiera que sea el acuerdo que hayan concertado el marido y la mujer, la cuestión para el público británico es si, al amparo de la ley de locura, pueden expedirse lettres de cachet* por individuos sin escrúpulos capaces de pagar honorarios tentadores a dos médicos hambrientos. Otra cuestión es si se le permitirá a un Secretario de Estado condonar un crimen público mediante un arreglo privado.

Ahora se ha filtrado que durante el presente año, mientras investigaban el estado de un manicomio de Yorkshire, los Comisionados de Locura descubrieron a un hombre, en plena posesión de sus facultades mentales, que durante varios años había sido emparedado y ocultado en un sótano. A raíz de una pregunta formulada en la Cámara de los Comunes por el Sr. Fitzroy acerca de este caso, el Sr. Walpole contestó que no había encontrado «ninguna constancia del hecho», respuesta que niega la constancia pero no el hecho. Que no se dejarán las cosas en este punto puede inferirse del aviso del Sr. Tite de que «en una fecha temprana de la próxima sesión presentaría una moción para que se nombre un comité selecto que investigue la aplicación de la Ley de Locura».*

Escrito el 23 de julio de 1858. Reproducido del New-York Daily Tribune, núm. 5393, 4 de agosto de 1858.