Los últimos correos de Calcuta han traído algunos detalles, que han llegado a este país a través de los periódicos londinenses, a partir de los cuales es posible formarse un juicio sobre la actuación de Sir Colin Campbell en Lucknow. Puesto que la prensa británica afirma que esta proeza de armas brilla con gloria sin rival en la historia de la guerra, bien vale la pena examinar el asunto un poco más de cerca.

La ciudad de Lucknow está situada en la margen derecha del río Goomtee, que en ese lugar corre en dirección sureste. A una distancia de dos a tres millas del río, un canal discurre casi paralelo a él, atraviesa la ciudad y, más abajo, se acerca al río, al que se une alrededor de una milla más al sur. Las riberas del río no están ocupadas por calles atestadas, sino por una sucesión de palacios, con jardines y edificios públicos aislados. En la confluencia del canal y el río, pero en la margen derecha o meridional de ambos, se hallan, muy cerca uno del otro, una escuela, llamada La Martinière, y un palacio de caza y parque, llamado Dilkhoosha. Cruzando el canal, pero permaneciendo en el lado sur del río y pegado a su orilla, el primer palacio y jardín es el de Secunderbagh; más al oeste vienen los cuarteles y el casino de oficiales, y luego el Motee Mahal (Palacio de la Perla), que se halla a solo unos cientos de yardas de la Residencia. 14 Este último edificio está erigido sobre la única altura del vecindario; domina la ciudad y consiste en un recinto considerable con varios palacios y dependencias en su interior. Al sur de esta línea de edificios se encuentra la parte compacta de la ciudad, y dos millas al sur de esta se hallan el parque y palacio de Alumbagh.

La fuerza natural de la Residencia explica de inmediato cómo fue posible que los ingleses resistieran en ella contra fuerzas muy superiores en número; pero este mismo hecho muestra también a las claras qué clase de combatientes son los oudianos. En realidad, hombres que, en parte adiestrados bajo oficiales europeos y provistos abundantemente de artillería, nunca han sido capaces de superar un mísero recinto defendido por europeos —tales hombres son, militarmente hablando, poco mejores que salvajes, y una victoria sobre ellos no puede añadir mucha gloria a ejército alguno, por muy grande que sea la superioridad numérica a favor de los nativos. Otro hecho que coloca a los oudianos entre los adversarios más despreciables que puedan encontrarse es la manera en que Havelock se abrió paso a través de la parte más densa de la ciudad, a pesar de barricadas, casas aspilleradas y cosas por el estilo. Sus pérdidas, ciertamente, fueron grandes; pero compárese semejante choque incluso con el peor combate callejero de 1848. Ni un solo hombre de su débil columna habría podido abrirse paso si hubiera habido algo de lucha real. Las casas no pueden haber sido defendidas en absoluto; habrían sido necesarias semanas para tomar tantas como para asegurar un paso franco. En cuanto al criterio mostrado por Havelock al tomar así el toro por los cuernos, no podemos formarnos una opinión; se dice que se vio obligado a ello por el grave aprieto en que se hallaba la Residencia, y se mencionan otros motivos; sin embargo, no se sabe nada fehacientemente.

Cuando Sir Colin Campbell llegó, contaba con unos 2.000 infantes europeos y 1.000 sijs; 350 jinetes europeos y 600 sijs; 18 piezas de artillería a caballo, 4 piezas de sitio y 300 marineros con sus pesados cañones navales; en total, 5.000 hombres, de los cuales 3.000 eran europeos. Esta fuerza era, en número, aproximadamente tan fuerte como la media más cabal de la mayoría de los ejércitos angloindios que han realizado grandes hazañas; en efecto, la fuerza de campaña con la que Sir C. Napier conquistó el Sind apenas era la mitad de grande, y a menudo menor. Por otra parte, su gran proporción de elemento europeo y el hecho de que toda su porción nativa estuviera compuesta por la mejor nación combatiente de la India, los sijs, le confieren un carácter de solidez y cohesión intrínsecas muy superior al de la generalidad de los ejércitos angloindios. Sus adversarios, como hemos visto, eran despreciables, en su mayor parte tosca milicia en lugar de soldados adiestrados. Es cierto que los oudianos pasan por ser la raza más belicosa del Bajo Indostán, pero esto solo es así en comparación con los cobardes bengalíes, cuya moral está completamente quebrantada por el clima más enervante del mundo y por siglos de opresión. El modo en que se sometieron a la anexión filibustera de su país a los dominios de la Compañía, y todo su comportamiento durante la insurrección, los colocan ciertamente por debajo del nivel de los cipayos en lo que se refiere a valor e inteligencia. Se nos informa, por cierto, de que la cantidad suplió a la calidad. Algunos corresponsales dicen que llegó a haber hasta 100.000 hombres en la ciudad. Sin duda, superaban a los británicos en una proporción de cuatro o seis a uno, tal vez más; pero con semejantes enemigos eso importa poco. Una posición solo puede ser defendida por un número determinado de hombres, y si estos están decididos a huir, poco importa que haya dentro de media milla cuatro o cinco veces esa cantidad de héroes semejantes. No cabe duda de que se han visto muchos casos de valor individual, incluso entre estos oudianos. Algunos entre ellos pueden haber luchado como leones; pero ¿de qué sirvieron en un lugar que eran demasiado débiles para defender, después de que la mera chusma de la guarnición hubiera huido? Parece que nunca hubo entre ellos intento alguno de reunir al conjunto bajo un mando único; sus jefes locales solo tenían autoridad sobre sus propios hombres y no se sometían a nadie más.

Sir Colin Campbell avanzó primero sobre Alumbagh; luego, en lugar de abrirse paso a través de la ciudad como había hecho Havelock, aprovechó la experiencia adquirida por aquel general y se dirigió hacia Dilkhoosha y La Martinière. El terreno frente a estos recintos fue despejado de los escaramuzadores oudianos el 13 de noviembre. El día 15 comenzó el ataque. Tan negligente había sido el enemigo que los preparativos para atrincherar el Dilkhoosha no estaban aún terminados ni siquiera entonces; fue tomado de inmediato y sin mucha resistencia, y lo mismo ocurrió con La Martinière. Estas dos posiciones aseguraron a los ingleses la línea del canal. El enemigo avanzó una vez más a través de este obstáculo para recuperar los dos puestos perdidos por la mañana, pero fue pronto derrotado con fuertes pérdidas. El día 16 los británicos cruzaron el canal y atacaron el palacio de Secunderbagh. Las trincheras aquí estaban en un orden algo mejor; por consiguiente, el general Campbell atacó cuerdamente la posición con artillería. Una vez destruidas las defensas, la infantería cargó y tomó el lugar. El Samuck, otra posición fortificada, fue cañoneado a continuación durante tres horas y luego tomado, «después de uno de los combates más reñidos que jamás se hayan presenciado», dice Sir C. Campbell — y, añade un sesudo corresponsal desde el teatro de la guerra, «pocos hombres han visto más duros combates que él». Nos gustaría saber dónde los vio. Seguro que no en Crimea, donde, después de la batalla del Alma, llevó una vida muy tranquila en Balaklava, ya que solo uno de sus regimientos participó en la batalla de Balaklava y ninguno en Inkermann.

El día 17 la artillería fue apuntada sobre los cuarteles y el casino de oficiales, que formaban la siguiente posición hacia la Residencia. Este cañoneo duró hasta las 3, hora en que la infantería tomó el lugar por asalto. El enemigo en fuga fue perseguido encarnizadamente. Quedaba una posición más entre el ejército que avanzaba y la Residencia: el Motee Mahal. Antes del anochecer también esta fue conquistada, y la comunicación con la guarnición quedó plenamente establecida.

Hay que elogiar a Campbell por el buen juicio con que tomó la ruta más fácil y con el que empleó su artillería pesada para reducir las posiciones atrincheradas antes de lanzar sus columnas. Pero los británicos combatieron con todas las ventajas de soldados adiestrados que obedecen a un solo jefe sobre semisalvajes sin mando alguno; y, como vemos, se aprovecharon plenamente de estas ventajas. No expusieron a sus hombres más de lo absolutamente necesario. Usaron la artillería mientras hubo algo que derribar a cañonazos. No cabe duda de que combatieron con valor; pero por lo que merecen crédito es por la discreción. La mejor prueba de ello está en el número de muertos y heridos. Todavía no se ha publicado en lo que respecta a la tropa; pero hubo cinco oficiales muertos y treinta y dos heridos. El ejército debía de tener, con 5.000 hombres, por lo menos de 250 a 300 oficiales. Los oficiales ingleses ciertamente nunca escatiman sus vidas. Dar ejemplo de valentía a sus hombres es, en demasiados casos, la única parte de su deber que conocen. Y cuando en tres días consecutivos de combates, en circunstancias y posiciones de las que se sabe que cuestan más vidas que ninguna otra para conquistarlas, las pérdidas son solo de uno por cada ocho o nueve, no cabe calificarlo de lucha reñida. Tomando un ejemplo solo de la historia británica, ¿qué es toda esta lucha en la India puesta en conjunto frente a la sola defensa de Hougoumont y La Haye Sainte en Waterloo? ¿Qué dirían estos escritores que ahora convierten cualquier pequeña escaramuza en una batalla campal de contiendas como Borodino, donde un ejército perdió la mitad y el otro un tercio de sus combatientes?