Karl Marx en el New York Daily Tribune

Artículos sobre China, 1853-1860

El tratado británico y chino

15 de octubre de 1858

EL RESUMEN oficial del tratado anglo-chino, que el Ministerio británico ha presentado por fin ante el público, añade, en conjunto, muy poco a la información que ya había sido transmitida por otros canales diversos. El primer y el último artículo comprenden, de hecho, los puntos del tratado de interés exclusivamente inglés. Por el primer artículo, «el Tratado Suplementario y los reglamentos generales de comercio», estipulados tras la conclusión del tratado de Nanking, quedan «abrogados». Ese tratado suplementario disponía que los cónsules ingleses residentes en Hong Kong y en los cinco puertos chinos abiertos al comercio británico cooperasen con las autoridades chinas en caso de que cualquier buque inglés arribase, con opio a bordo, dentro del ámbito de su jurisdicción consular. Se imponía así una prohibición formal a los comerciantes ingleses de importar la droga de contrabando, y el Gobierno inglés, hasta cierto punto, se constituía en uno de los oficiales de aduana del Imperio Celestial. Que la segunda guerra del opio termine eliminando los grilletes con que la primera guerra del opio todavía aparentaba reprimir el tráfico de opio, parece un resultado bastante lógico, y una consumación devotamente reclamada por aquella parte del público mercantil británico que entonaba aplausos entusiastas a los fuegos artificiales de Palmerston en Cantón. Sin embargo, nos equivocamos mucho si este abandono oficial por parte de Inglaterra de su hipócrita oposición al tráfico de opio no ha de llevar a consecuencias totalmente opuestas a las esperadas. Al comprometer al Gobierno británico a cooperar en la supresión del tráfico de opio, el Gobierno chino había reconocido su incapacidad para hacerlo por cuenta propia.

El Tratado Suplementario de Nanking fue un esfuerzo supremo y bastante desesperado por deshacerse del tráfico de opio con ayuda extranjera. Habiendo fracasado este esfuerzo, y siendo ahora proclamado como un fracaso, legalizado el tráfico de opio en lo que respecta a Inglaterra, no puede quedar mucha duda de que el Gobierno chino probará un método igualmente recomendado por consideraciones políticas y financieras — a saber: legalizar el cultivo de la amapola en China e imponer derechos al opio extranjero importado. Cualesquiera que sean las intenciones del actual Gobierno chino, las propias circunstancias en que se ve colocado por el tratado de Tientsín apuntan todas en esa dirección.

Una vez efectuado ese cambio, el monopolio del opio de la India y, con él, el erario indio, recibirán un golpe mortal, mientras que el tráfico británico de opio se reducirá a las dimensiones de un comercio ordinario y muy pronto resultará deficitario. Hasta ahora, ha sido un juego jugado por John Bull con dados cargados. Haber frustrado su propio objeto parece, por tanto, el resultado más obvio de la guerra del opio Nº II.

Habiendo declarado «una guerra justa» a Rusia, la generosa Inglaterra desistió, al concluir la paz, de exigir indemnización alguna por sus gastos de guerra. Habiendo, por otra parte, profesado todo el tiempo estar en paz con la propia China, no puede, en consecuencia, dejar de hacerle pagar los gastos incurridos, en opinión de sus actuales ministros, por una piratería por su parte. Sin embargo, las primeras noticias de los quince o veinte millones de libras esterlinas que habrían de pagar los celestiales resultaron un bálsamo para la conciencia británica más escrupulosa, y el Economist y los redactores de artículos monetarios en general se entregaron a cálculos muy agradables sobre los efectos benéficos de la plata Sycee en la balanza comercial y en la reserva metálica del Banco de Inglaterra. Pero, ¡ay!, las primeras impresiones que la prensa palmerstoniana se había tomado tanto trabajo en producir y explotar eran demasiado tiernas para soportar el choque de la información real.

Un «artículo separado dispone que se pague una suma de dos millones de taels» «a cuenta de las pérdidas sufridas por súbditos británicos por la mala conducta de las autoridades chinas en Cantón; y una suma adicional de dos millones de taels a cuenta de» los gastos de la guerra. Ahora bien, estas sumas juntas ascienden a sólo 1.334.000 libras esterlinas, mientras que en 1842 el Emperador de China tuvo que pagar 4.200.000 libras, de las cuales 1.200.000 eran indemnización por el opio de contrabando confiscado y 3.000.000 por los gastos de guerra. Descender de 4.200.000 libras, con Hong Kong por añadidura, a unas simples 1.334.000 libras no parece, después de todo, un negocio floreciente; pero lo peor está aún por decir. Puesto que, dice el Emperador chino, la vuestra no fue una guerra con China, sino una «guerra provincial» sólo con Cantón, tratad vosotros de sacar de la provincia de Kwangtung los daños que vuestros amables vapores de guerra me han obligado a adjudicaros. Mientras tanto, vuestro ilustre general Straubenzee puede conservar Cantón como garantía material y seguir haciendo de las armas británicas el hazmerreír incluso de los bravos chinos. Los sentimientos lúgubres del sanguíneo John Bull ante estas cláusulas, con las que está gravado el pequeño botín de 1.334.000 libras, se han desahogado ya en audibles gemidos.

«En lugar —dice un periódico londinense— de poder retirar nuestros 53 buques de guerra y verlos regresar triunfantes con millones de plata Sycee, podemos mirar hacia adelante a la grata necesidad de enviar un ejército de 5.000 hombres para recuperar y mantener Cantón, y ayudar a la flota a proseguir esa guerra provincial que el delegado del cónsul ha declarado. Pero ¿no tendrá esta guerra provincial más consecuencias que la de expulsar nuestro comercio de Cantón hacia otros puertos chinos? ... ¿No dará la continuación de ella [la guerra provincial] a Rusia una gran porción del comercio del té? ¿No podrían el continente, y la propia Inglaterra, volverse dependientes de Rusia y los Estados Unidos para su té?»

La ansiedad de John Bull sobre los efectos de la «guerra provincial» en el comercio del té no es del todo gratuita. De las Tarifas Comerciales de Macgregor se puede ver que en el último año de la anterior guerra china, Rusia recibió 120.000 cajones de té en Kiachta.

Al año siguiente de la conclusión de la paz con China, la demanda rusa cayó un 75 por ciento, ascendiendo a sólo 30.000. En todo caso, los costes en que aún incurrirán los británicos al embargar Kwangtung harán aumentar con toda seguridad el lado equivocado de la balanza, de modo que esta segunda guerra china difícilmente se pagará a sí misma, el mayor defecto que, como justamente observa el Sr. Emerson, algo puede cometer en la estimación británica.

Otro gran éxito de la invasión inglesa está contenido en el Art. 51, según el cual el término «bárbaro» «no se aplicará» al Gobierno británico ni a los súbditos británicos «en ningún documento oficial chino emitido por las autoridades chinas». Las autoridades chinas, que se autodenominan celestiales, cuán humilde no debe parecer a su entendimiento John Bull, quien, en lugar de insistir en ser llamado divino u olímpico, se contenta con extirpar el carácter que representa la palabra bárbaro de los documentos oficiales.

Los artículos comerciales del Tratado no dan a Inglaterra ventaja alguna que no disfrutarán sus rivales y, por el momento, se disuelven en promesas sombrías, en su mayor parte no dignas del pergamino en que están escritas. El Art. 10 estipula:

«Los buques mercantes británicos tendrán autorización para comerciar en el Gran Río (Yang-tsé), pero en el actual estado de perturbación del Alto y Bajo Valle, no se abrirá ningún puerto al comercio con excepción de Chin-kiang, que se abrirá un año después de la firma del Tratado. Cuando se restablezca la paz, los buques británicos serán "admitidos al comercio en aquellos puertos hasta Hankow, que no excedan de tres en número, según determine el Ministro británico, previa consulta con el Secretario de Estado chino."»

Por este artículo, los británicos quedan de hecho excluidos de la gran arteria comercial de todo el imperio, de «la única línea», como justamente señala The Morning Star, «por la que pueden empujar sus manufacturas hacia el interior». Si son buenos chicos y ayudan al Gobierno imperial a desalojar a los rebeldes de las regiones ahora ocupadas por ellos, entonces podrán eventualmente navegar por el gran río, pero sólo hasta puertos determinados. En cuanto a los nuevos puertos marítimos abiertos, de «todos» los puertos como se anunció al principio, se han reducido a cinco puertos, añadidos a los cinco puertos del Tratado de Nanking, y, como señala un periódico londinense, «generalmente son remotos o insulares». Además, a estas alturas, la engañosa noción de que el crecimiento del comercio es proporcional al número de puertos abiertos debería haber sido desechada. Considérense los puertos en las costas de Gran Bretaña, Francia o los Estados Unidos: ¡cuán pocos de ellos se han desarrollado en verdaderos emporios comerciales! Antes de la primera guerra china, los ingleses comerciaban exclusivamente con Cantón. La concesión de cinco nuevos puertos, en lugar de crear cinco nuevos emporios comerciales, ha transferido gradualmente el comercio de Cantón a Shanghai, como puede verse en las siguientes cifras, extraídas del Libro Azul parlamentario sobre el comercio de varios lugares para 1856-57. Al mismo tiempo, debe recordarse que las importaciones de Cantón incluyen las importaciones a Amoy y Pochow, que son transbordadas en Cantón.

Comercio de importación británico a    Comercio de exportación británico a
Cantón            Shanghai            Cantón            Shanghai

1844  15.500.000   2.500.000   17.900.000   2.300.000
1845  10.700.000   5.100.000   27.700.000   6.000.000
1846   9.900.000   3.800.000   15.300.000   6.400.000
1847   9.600.000   4.300.000   15.700.000   6.700.000
1848   6.500.000   2.500.000    8.600.000   5.000.000
1849   7.900.000   4.400.000   11.400.000   6.600.000
1850   6.800.000   3.900.000    9.900.000   8.000.000
1851  10.000.000   5.400.000   13.200.000  11.600.000
1852   9.100.000   4.600.000    6.500.000  11.400.000
1853   4.000.000   3.900.000    6.500.000  13.300.000
1854   3.300.000   1.100.000    6.000.000  11.700.000
1855   3.600.000   3.400.000    2.900.000  19.900.000
1856   9.100.000   6.200.000    8.200.000  23.800.000

Las cláusulas comerciales del tratado «son insatisfactorias», es una conclusión a la que llega el Daily Telegraph, el más abyecto sicofante de Palmerston; pero se regocija con «el punto más brillante del programa», a saber: «que un Ministro británico pueda establecerse en Pekín, mientras un mandarín se instalará en Londres, y posiblemente invitará a la Reina a un baile en Albert Gate». Por mucho que John Bull pueda disfrutar de esta broma, no cabe duda de que cualquier influencia política que pueda ejercerse en Pekín recaerá en Rusia, que, en virtud del último tratado, posee un nuevo territorio del tamaño de Francia y, en gran parte, en su frontera, a sólo 800 millas de Pekín. No es en absoluto una reflexión cómoda para John Bull que él mismo, con su primera guerra del opio, consiguiera a Rusia un tratado que le otorgaba la navegación del Amur y el libre comercio en la frontera terrestre, mientras que con su segunda guerra del opio la ha ayudado a obtener el inestimable territorio situado entre el Golfo de Tartaria y el Lago Baikal, una región tan codiciada por Rusia que desde el zar Alexey Michaelovitch hasta Nicolás, siempre ha intentado conseguirla. Tan profundamente sintió el London Times ese aguijón que, en su publicación de las noticias de San Petersburgo, que exageraban enormemente las ventajas obtenidas por Gran Bretaña, se cuidó muy bien de suprimir aquella parte del telegrama que mencionaba la adquisición por Rusia del valle del Amur mediante tratado.