Karl Marx

[El proyecto de regulación del precio del pan en Francia]

Escrito hacia el 19 de noviembre de 1858.

Del inglés.

"New-York Daily Tribune", núm. 5507 del 15 de diciembre de 1858, artículo de fondo.

El emperador de los franceses acaba de emprender la ejecución de uno de sus proyectos favoritos, a saber, la regulación del precio del pan en todo su imperio. Esta idea la había anunciado ya con precisión en 1854, en su discurso ante el Cuerpo Legislativo con motivo de la declaración de guerra a Rusia. Vale la pena citar su declaración de entonces al respecto; la reproducimos a continuación:

«Ante todo, recomiendo a su atención el sistema adoptado ahora por la ciudad de París, pues, si como espero se extiende a toda Francia, evitará en el futuro esas fluctuaciones extremas del precio del grano que, en tiempos de abundancia, hacen padecer a la agricultura por el bajo precio del trigo, y en años de escasez, por el encarecimiento del trigo, causan tanto sufrimiento a las clases más pobres. Este sistema consiste en crear, en todos los grandes centros de población, un instituto de crédito, un llamado banco de panaderos (Caisse de la Boulangerie), que durante los años de carestía podría vender el pan a un precio infinitamente más bajo que el precio oficial del mercado, con la condición de que su precio sea algo más elevado en los años de abundancia. Como las buenas cosechas son en general más numerosas que las malas, se comprende fácilmente que la compensación entre ambas puede llevarse a cabo con facilidad. A esto se añade la inmensa ventaja de que se encontrarán sociedades de crédito que, en lugar de ganar con la subida del precio del pan, como todo el mundo, estarían interesadas en su baratura; pues, al contrario de lo que ha ocurrido hasta ahora, esas sociedades harían negocios en tiempos de fertilidad y perderían dinero en los años de carestía.»

El principio aquí defendido es que el pan se venda «infinitamente» por debajo de su precio de mercado en tiempos malos y sólo «un poco» por encima de ese precio en tiempos buenos, compensación que debería resultar de la esperanza de que los años buenos superen con mucho a los de escasez.

Cuando un decreto imperial, en diciembre de 1853, creó el banco de panaderos en París, se fijó el precio máximo del pan de cuatro libras en 40 céntimos; los panaderos fueron autorizados a reclamar a la banca una indemnización por sus pérdidas; la banca, por su parte, formó sus fondos mediante la emisión de obligaciones garantizadas por la municipalidad de París; ésta, a su vez, constituyó el fondo de garantía contrayendo nuevas deudas y aumentando los impuestos indirectos sobre los artículos de consumo a las puertas de París.

Además, el gobierno aportó directamente cierta suma procedente del tesoro público. A fines de 1854, las deudas contraídas así por la municipalidad de París, junto con el dinero del gobierno, habían alcanzado ya la suma de ochenta millones de francos. El gobierno se vio entonces obligado a retirar sus pasos y a aumentar sucesivamente el precio máximo de una hogaza de pan a 45 y a 50 céntimos. Así, la población parisina pagaba parcialmente, en forma de mayores impuestos indirectos, lo que ahorraba en el precio del pan, y el resto de Francia pagaba un subsidio general de pobres para la metrópoli en forma de la subvención gubernamental directa concedida a la municipalidad de París. Sin embargo, el experimento resultó un fracaso completo, pues el precio del pan en París, durante los malos tiempos de 1855 a 1857, subió por encima del máximo oficial y, durante las ricas cosechas de 1857 y 1858, descendió por debajo de él.

Sin desanimarse en absoluto por el fracaso de su experimento en una escala relativamente pequeña, Luis Napoleón ha emprendido ahora la tarea de organizar, mediante un ukase de su propia y altísima persona, el oficio de panadero y el comercio de granos en toda Francia. Hace algunas semanas, uno de sus periódicos de París intentó convencer al público de que una «reserva de grano» en todas las ciudades importantes era una necesidad. El argumento era que, en los peores años de escasez, el mayor déficit de grano equivalía al consumo de la población total durante 28 días, y que el número medio de años malos consecutivos era de tres. Partiendo de estos supuestos, se calculó que «una reserva efectiva para tres meses será todo lo que, según la previsión humana, se necesite». Si esta reserva ha de extenderse únicamente a ciudades con una población mínima de 10.000 habitantes, cuya población total en Francia (excluida París) asciende a 3.776.000 almas, si cada persona consume por término medio en tres meses 45 kilogramos de trigo y el precio actual del trigo es de 14 francos por hectolitro, ¡una reserva semejante costaría, según esos cálculos, entre 31.000.000 y 32.000.000 de francos! Ahora bien, el 18 de noviembre, el «Moniteur» publicó un decreto del siguiente tenor:

«Art. 1. La reserva de los panaderos en todas las ciudades donde el oficio de panadero esté regulado por decretos y ordenanzas consistirá en aquella cantidad de grano o harina necesaria para abastecer la demanda diaria de cada panadería durante tres meses.

Art. 2. Dentro del plazo de un mes a partir de esta fecha, los prefectos de departamento, tras consultar a las municipalidades, decidirán si las reservas deben constituirse en grano o en harina, y fijarán el plazo dentro del cual deben ser adquiridas, así como la proporción de las mismas que podrá almacenarse en depósitos públicos.»

A este decreto se adjunta una lista de las ciudades «en las que el oficio de panadero está regulado» y que, en consecuencia, deben constituir reservas. La lista comprende todas las ciudades de Francia con cierto grado de importancia, excepto París y Lyon, que ya poseen reservas y no están, por tanto, sujetas a las disposiciones de este decreto. En total, no hay menos de 161 ciudades, y entre ellas figuran Marsella, Saint Quentin, Moulins, Caen, Angoulême, Dijon, Bourges, Besançon, Evreux, Chartres, Brest, Nîmes, Toulouse, Burdeos, Montpellier, Rennes, Tours, Grenoble, Saint Etienne, Nantes, Orléans, Angers, Reims, Chalon, Metz, Lille, Douai, Valenciennes, Beauvais, Arras, Saint Omer, Calais, Boulogne-sur-Mer, Estrasburgo, Mulhouse, Rouen, Le Havre, Mâcon, Le Mans, Amiens, Abbeville y Tolón. ¡Según el último censo, la población de las 161 ciudades puede calcularse ahora en unos 8.000.000 de habitantes! Ello supone entonces 5.500.000 hectolitros, por un valor de 70.000.000 a 80.000.000 de francos, para las reservas.

Al transmitir el decreto mediante circular a los prefectos de los departamentos, el ministro de Agricultura y Comercio les comunica que, si bien no deben «obligar a los panaderos a cumplir precipitadamente las obligaciones que les impone el decreto», han de fijar el plazo concedido para la ejecución de esta medida «dentro de límites razonables». Deja a los prefectos decidir, por consideraciones locales, si las reservas deben constituirse en grano o en harina. Les comunica a continuación que la medida actual, por muy amplia que sea, puede considerarse como susceptible de ampliación.

«El gobierno no exagera, señor prefecto, la importancia de la medida que he descrito. Tiene clara conciencia de que el decreto sólo afecta a una pequeña parte de la población, y por ello se ha ocupado de la posibilidad de ampliar su radio de acción. Los habitantes de villas y aldeas cuecen su propio pan y toman de su cosecha la cantidad de trigo necesaria para sus familias durante el período de un año. La injerencia del gobierno, en lo que a estas familias respecta, sería inútil e imposible. Pero en un cierto número de capitales de departamento, y en un número mayor de centros de distrito y de cantón, e incluso en grandes pueblos, los panaderos elaboran una parte considerable del pan que se consume y, sin embargo, no están sujetos a regulación alguna ni obligados a constituir reservas. ¿No es posible someter a los panaderos de tales localidades al mismo régimen e imponerles la misma saludable ley de prudencia? El gobierno se inclina a creer que sus prescripciones a este respecto no encontrarían objeción seria alguna.»

Sin embargo, antes de someter al decreto arriba mencionado a todo el resto de Francia, salvo las pequeñas aldeas, el ministro da instrucciones a los prefectos para que consulten a las municipalidades de esas localidades que aún no están comprendidas en el ámbito de aplicación de este decreto. Luego comunica a los prefectos cómo deben almacenarse las reservas:

«Los panaderos deben aprovechar al máximo los locales anexos a sus tiendas, puesto que su vigilancia será fácil. Pero usted debe instar a las municipalidades a crear depósitos públicos y ponerlos a disposición de los panaderos, depósitos calculados para recibir, mediante el pago de un alquiler fijado por tarifa, las reservas que no puedan almacenar ellos mismos. No dudo de que la cooperación ilustrada de las autoridades municipales hará fácilmente realizables estas medidas.»

El ministro aborda por fin la cuestión vital: de dónde ha de salir el dinero para la ejecución del decreto:

«En lo que concierne a la realización del capital necesario, estoy convencido de que los panaderos harán los más serios esfuerzos para procurarse las sumas que necesitan. Tal inversión de capital ofrece ventajas comerciales tan grandes y promete reportar ganancias tan legítimas que difícilmente dejarán de obtener crédito, particularmente en un momento en que el tipo de interés es tan bajo. ¿Supone demasiado buena voluntad de los capitalistas de cada municipio esperar su colaboración en favor de los panaderos? ¿No encontrarían en las reservas constituidas una prenda segura para sus adelantos —y una prenda destinada más bien a aumentar que a disminuir de valor? Seré feliz si los esfuerzos a que usted se someta en este asunto se ven coronados por el éxito.
Me pregunto si las municipalidades no podrían, en caso necesario y a imitación de la Caisse de Paris, crear recursos y utilizarlos para hacer adelantos a los panaderos.
Para favorecer y facilitar tales adelantos y multiplicarlos mediante la circulación, los graneros destinados a recibir las reservas podrían recibir el carácter de depósitos de mercancías no despachadas (magasins généraux) y podrían emitir certificados de prenda, que serían ciertamente aceptados con la mayor disposición por nuestras instituciones financieras, y en especial por el Banco de Francia.»

El ministro termina su circular señalando que, en el plazo de veinte días, los prefectos deben comunicarle lo que propongan respecto a la ejecución del artículo segundo del decreto, y que, en el plazo de un mes, deben informar de lo que recomienden las municipalidades de las ciudades y pueblos no comprendidos en el decreto.

Ahora bien, no nos proponemos entrar en este momento en la cuestión de los graneros públicos, pero la enorme importancia de este golpe de Estado económico no necesita largo comentario. Es bien sabido que el precio actual del trigo en Francia es desesperadamente bajo y que, a consecuencia de ello, se perciben signos de descontento entre el campesinado. Mediante la demanda artificial que se crea con la reserva de tres meses, intenta Napoleón elevar artificialmente los precios y tapar así la boca a la Francia agrícola. Por otra parte, se proclama ante los proletarios de las ciudades como una especie de providencia socialista, aunque de manera bastante torpe, pues la primera consecuencia sensible de su decreto ha de ser que los obreros se verán obligados a pagar más por su pan que antes.

El «Salvador de la propiedad» muestra a la burguesía que no es ni siquiera la injerencia formal de sus ridículos órganos legislativos, sino un simple ukase personal suyo, lo único que se necesita para zarandear sus bolsas, disponer de la propiedad municipal, perturbar el curso del comercio y someter sus negocios monetarios a sus maquinaciones privadas. Finalmente, hay que considerar aún la cuestión desde el punto de vista puramente bonapartista. En toda Francia se harán necesarias enormes construcciones de graneros públicos, ¡y qué fresco campo de acción abrirán para los negocios y el saqueo! También se da un giro inesperado al comercio de trigo. ¡Qué ganancias podrán embolsarse el Crédit Mobilier y los demás socios de juego de Su Majestad Imperial! En todo caso, podemos estar seguros de que el Socialista Imperial se mostrará más exitoso en la elevación del precio del pan que lo ha sido en los intentos de bajarlo.