Escrito el 26 de febrero de 1858.
Del inglés.

["New-York Daily Tribune" n.º 5272 del 15 de marzo de 1858, artículo de fondo]

Aunque Orsini no mató a Louis-Napoleon, ciertamente mató a Palmerston. Históricamente considerado, es muy apropiado que este jugador político, que de la mano de un mandarín chino en Cantón fue convertido en dictador de Inglaterra, tuviera que ser finalmente derribado por un carbonario italiano en París. Pero que le haya de suceder Lord Derby supera ya el rango de un mero acontecimiento histórico y se aproxima a la sublimidad de una ley histórica. Corresponde al funcionamiento tradicional de la constitución británica. A Pitt le sucedió Fox, a Fox Perceval, un Pitt más débil; a Wellington Grey, un Fox más débil; a Grey Wellington; a Wellington Melbourne, un Grey más débil; a Melbourne de nuevo Wellington bajo el nombre de Peel; a Peel de nuevo Melbourne bajo el nombre de Russell; a Russell Derby, el sustituto de Peel; a Derby otra vez Russell. ¿Por qué no habría de suceder a Palmerston, el usurpador de la posición de Russell, nuevamente Derby?

Si hubiera en Inglaterra alguna fuerza nueva, capaz de poner fin a la vieja rutina de la que este último cambio de puestos entre los honorables caballeros de un lado de la Cámara y los honorables caballeros del otro es un ejemplo, si hubiera algún hombre o grupo de hombres capaces de hacer frente a la clase dominante tradicional y desplazarla, el mundo aún no los ha descubierto. Pero sobre un punto no puede haber duda, y es que un gobierno tory es mucho más favorable al progreso de todo tipo que cualquier otro. En los últimos cincuenta años, todos los movimientos populares han sido iniciados o consumados bajo la dominación tory. Un ministerio tory aprobó la ley de emancipación de los católicos. Bajo un ministerio tory, el movimiento reformista se hizo irresistible. La imposición de un impuesto sobre la renta, que, por absurdo que sea en su forma actual, contiene los gérmenes de una imposición proporcional, es obra de un ministerio tory. La Liga contra las Leyes de Cereales, débil y tímida bajo el gobierno whig, cobró bajo los tories dimensiones revolucionarias; y mientras Russell, en sus más audaces vuelos, nunca se aventuró fuera de los límites de un derecho arancelario fijo tan moderado como él mismo, Peel no pudo por menos que despachar las leyes de cereales a la tumba de todos los Capuletos. Así, son también los tories quienes, por así decirlo, hicieron popular a la aristocracia, infundiéndole energía y talento plebeyos para reforzar sus energías. Por mediación de los tories, Canning, hijo de una actriz, gobernó como un lord sobre la vieja aristocracia terrateniente; igualmente Peel, hijo de un propietario enriquecido de una fábrica de hilados de algodón, que originalmente había trabajado en un telar manual; y también Disraeli, hijo de un simple literato, y encima judío. El propio Lord Derby transformó al hijo de un pequeño tendero de Lewes en Lord Canciller de Inglaterra bajo el nombre de Lord St. Leonards. Los whigs, por otra parte, siempre se han mostrado lo bastante fuertes como para enterrar a sus criaturas plebeyas en vanas condecoraciones o dejarlas caer con altaneros insultos. Brougham, el alma del movimiento reformista, fue liquidado elevándolo a lord; y a Cobden, jefe de la Liga contra las Leyes de Cereales, le ofrecieron los mismos whigs a los que había devuelto a sus cargos el puesto de vicepresidente del Board of Trade [Ministerio de Comercio y Transportes].

En lo que respecta a las capacidades puramente intelectuales, el nuevo gabinete puede sostener la comparación sin esfuerzo con su predecesor. A hombres como Disraeli, Stanley y Ellenborough no se les hace ningún demérito si se los compara con sujetos de la calaña de un señor Vernon Smith, otrora en el Board of Control [de la Autoridad de Control (para asuntos de la India)], de un Lord Panmure, el ministro de la Guerra, a quien sólo su «Cuidad de Dowb» puede hacer inmortal, y de un Sir C. C. Lewis con el tedio de la "Edinburgh Review", o incluso con próceres morales de la laya de Clanricarde, el Lord del Sello Privado [Lord Guardasellos]. En realidad, Palmerston no sólo había reemplazado el ministerio de todos los partidos por un ministerio de ningún partido, sino también el gabinete de todos los talentos por un gabinete sin ningún talento, salvo el suyo propio.

No cabe duda de que Palmerston no tenía idea de la irrevocabilidad de su caída. Creía que Lord Derby rechazaría ahora el puesto de primer ministro, tal como lo había hecho durante la guerra de Crimea. Russell habría sido entonces llamado por la reina; pero como el grueso de sus propias tropas servía bajo Palmerston y el grueso del ejército enemigo había tomado posiciones bajo Disraeli, habría renunciado a formar gabinete, y tanto más fácilmente cuanto que él, un whig, no podía recurrir al «último recurso», la disolución del Parlamento, que había sido elegido bajo las banderas de los whigs. Así, tras una semana de vacilaciones, el regreso de Palmerston al cargo se habría vuelto inevitable. Esta bonita piececita de cálculo no ha cuajado por la aceptación de Derby. El ministerio tory puede tener un período de mandato más largo o más corto. Puede que se mantengan varios meses antes de verse obligados a proceder a la disolución, medida que con toda seguridad aplicarán antes de renunciar definitivamente a su poder. Pero dos cosas son seguras, a saber: que su mandato estará caracterizado por la introducción de medidas extremadamente liberales en materia de reformas sociales (la conducta previa de Lord Stanley y la ley de educación de Sir John Pakington son una garantía de ello), y, sobre todo, que traerán consigo un cambio sumamente beneficioso y grato en la política exterior. Es cierto que muchos pensadores superficiales y publicistas afirman que la caída de Palmerston no sería un golpe efectivo contra Louis-Napoleon, porque varios de los nuevos ministros tories están personalmente en buenos términos con el déspota francés y porque Inglaterra no se halla en condiciones de hacer la guerra a una enorme potencia continental. Pero justamente porque Inglaterra no está en condiciones de iniciar una nueva guerra, consideramos altamente significativa la respuesta que Gran Bretaña ha dado a las amenazas altisonantes y a las exigencias de los sátrapas de Louis-Napoleon. Los liberales independientes del Parlamento, que expresaron el sentimiento inequívoco y apasionado de la nación, respondieron al despacho de Walewski con el rechazo del proyecto de ley sobre conspiraciones de Palmerston, no porque Malmesbury y Disraeli fueran a entrar en el ministerio. Lord Derby podrá tropezar y caer, pero la resolución por la que se adoptó la moción de Milner Gibson permanecerá a pesar de todo y dará fruto.

No creemos en ninguna alianza cordial y duradera entre el torysmo británico y el bonapartismo francés. Los instintos, las tradiciones y las aspiraciones de ambos partidos se rebelan contra ello. No creemos posible que el nuevo gabinete retome e impulse el proyecto de ley sobre conspiraciones de Palmerston, como pronostican tan confiadamente los periódicos parisinos. Pero si el gabinete actuara de ese modo, no sería antes de haber respondido a Walewski y a de Morny, y de haberlo hecho en el espíritu de Pitt y de Castlereagh. Con todos sus defectos, el torysmo habría tenido que cambiar su naturaleza para estar dispuesto a cambiar las leyes de Inglaterra a una seña de un Bonaparte.

Entre tanto, la importancia de la última resolución no se ve afectada por ninguna suposición de que entre los dos gobiernos estalle rápidamente una contienda. La consideramos sumamente importante como una proclama a Europa de que Bretaña ha dejado de desempeñar, frente al Imperio francés, el papel de un segundo. Así se entiende en Bruselas, en Turín e incluso en Viena, y así se entenderá pronto en Berlín, en Madrid y en San Petersburgo. Inglaterra, que tan largo tiempo ha sido el carcelero del primer Napoleón, ha rechazado enfáticamente seguir siendo por más tiempo un esbirro de su sucesor.