Londres, 20 de abril de 1858

El discurso sobre el presupuesto que el señor Disraeli pronunció en la Cámara de los Comunes el 19 de abril llena unas diez columnas del _Times_ de Londres, pero, en todo caso, resulta agradable de leer, quizá incluso más agradable que «The Young Duke», del mismo autor. Por lo que se refiere a la claridad del análisis, la sencillez de la exposición, la hábil ordenación y el ligero manejo de los detalles, contrasta felizmente con las pesadas y prolijas disertaciones que su predecesor palmerstoniano infligía durante noches enteras. No contenía ninguna novedad sorprendente ni pretendía contenerla. El señor Disraeli se hallaba en la afortunada situación de un ministro de Hacienda que se enfrentaba a un déficit que él mismo no había creado, sino que se había encontrado al asumir el cargo. Su papel era el de médico, no el de paciente. De un lado, tenía que cubrir un déficit; de otro, toda restricción seria de los gastos quedaba excluida por las arriesgadas empresas en que Inglaterra se había embarcado bajo la égida de lord Palmerston. El señor Disraeli comunicó sin rodeos a la Cámara de los Comunes que, si deseaba una política de invasión y agresión, tenía que pagar por ella, y que sus estrepitosas voces reclamando economía no serían más que pura burla, puesto que se combinaban con una escrupulosa disposición a cualquier gasto. Según la declaración de Disraeli, los gastos del ejercicio 1858/1859 serían los siguientes:

                                                                   £
Gastos de la deuda consolidada                             28.400.000
Gastos permanentes del fondo consolidado                    1.900.000
Presupuesto del ejército                                   11.750.000
Gastos de la marina, incluido el servicio de paquebotes     9.860.000
Servicio civil                                              7.000.000
Departamento de ingresos públicos                           4.700.000
Bonos del Tesoro exigibles en mayo de 1858                  2.000.000
Fondo de amortización de la deuda de guerra                1.500.000
Gastos totales                                            67.110.000

Los ingresos para 1858/1859 se calcularon del siguiente modo:

                                                               £
Impuestos aduaneros                                  23.400.000
Renta de correos                                      3.200.000
Acisa                                                18.100.000
Impuesto sobre el patrimonio y el timbre              7.550.000
Impuesto sobre la renta                               6.100.000
Contribución territorial e inmobiliaria               3.200.000
Tierras de la Corona                                    270.000
Ingresos varios                                       1.300.000
Total de ingresos                                    63.120.000

Una comparación entre los gastos calculados y los ingresos calculados muestra un claro déficit de 4.000.000 de libras esterlinas, pese a las opiniones bastante optimistas del señor Disraeli sobre los rendimientos eventuales de aduanas, acisa y renta de correos. ¿Cómo ha de cubrirse ese déficit? Los palmerstonianos se habían regocijado con el solo pensamiento de que el señor Disraeli se viera obligado a aplazar la reducción del impuesto sobre la renta, aprobada para el año siguiente, de 7 peniques a 5 peniques por libra, propuesta contra la cual, precisamente, el señor Disraeli y el señor Gladstone se habían opuesto enérgicamente cuando la presentó sir Cornewall Lewis. En tal caso se habría levantado la grita sobre el egoísmo partidista de la oposición y se habría sacado buen provecho de la impopularidad del impuesto sobre la renta. En una palabra, el impuesto sobre la renta era el escollo en el que, según se predecía confiadamente, la nave del Estado de Derby debía estrellarse. El señor Disraeli era, sin embargo, zorro demasiado viejo para dejarse atrapar en semejante trampa. Comunicó a la Cámara de los Comunes, en contra de lo que se esperaba, que John Bull se había «portado» en los últimos cinco años, en materia de finanzas, como un buen chico, había soportado con valentía las cargas públicas y que, por tanto, en sus difíciles circunstancias presentes, no se le apenase con un impuesto al que siempre había profesado una particular aversión; tanto más, cuanto que el acuerdo adoptado en 1853 por una gran mayoría en la Cámara de los Comunes había prometido al buen chico la reducción progresiva del impuesto y, después de cierto número de años, su abolición definitiva. La propia receta del señor Disraeli para cubrir el déficit e incluso asegurar un pequeño superávit en los ingresos se reduce a lo siguiente: aplazamiento de la amortización de los bonos del Tesoro por valor de dos millones de libras esterlinas hasta una fecha posterior; suspensión del pago de 1.300.000 libras esterlinas para el fondo de amortización de la deuda de guerra hasta que exista un auténtico superávit <sólido> que debiera aplicarse a tal fin; igualación de los impuestos inglés e irlandés sobre las bebidas mediante la elevación del impuesto irlandés de 6 chelines 10 peniques a 8 chelines por galón, con lo que el Tesoro ingresaría 500.000 libras esterlinas adicionales; y, por último, introducción de un impuesto de timbre de un penique sobre los cheques, que reportaría un ingreso adicional de 300.000 libras esterlinas.

En lo que se refiere a los pequeños nuevos impuestos que el señor Disraeli reclama, no puede formularse contra ellos ninguna objeción seria. Aunque los representantes de Paddy <Irlanda> consideraron naturalmente su deber protestar, toda restricción del consumo de alcohol en Irlanda debe considerarse una medida saludable. Cuando el ministro de Hacienda la propuso, no pudo resistir la tentación de burlarse a costa de sus amigos irlandeses. «Con el espíritu de la más sincera cordialidad», pidió a los «ingeniosos irlandeses» que consintieran la propuesta de gravar las «bebidas espirituosas irlandesas» y que fundieran sus «espíritus vitales» con los de los ingleses y escoceses, etc. El impuesto de timbre de un penique sobre los cheques fue violentamente atacado por el señor Glyn, representante de los círculos bancarios y bursátiles de Londres. Aquel infame penique, estaba seguro, impediría que la circulación monetaria del país cumpliese sus deberes; pero por muy grandes que fuesen los terrores que el señor Glyn sintió, o fingió sentir, ante la osadía de imponer una pequeña contribución a los banqueros y agiotistas, sus sentimientos no hallarán probablemente eco entre la masa del pueblo británico.

El rasgo más significativo del presupuesto del señor Disraeli es la liquidación del artificial fondo de amortización de la deuda pública, aquel gran fraude financiero que sir Cornewall Lewis había reintroducido con ocasión de las deudas contraídas durante la guerra con Rusia. El originario fondo británico de amortización de la deuda pública es uno de esos monstruosos engaños que ofuscan las facultades mentales de toda una generación y cuya esencia difícilmente logra comprender la generación siguiente. Fue en el año 1771 cuando el doctor Richard Price, en sus _Observations on Reversionary Payments_, reveló por vez primera al mundo los secretos del interés compuesto y de los fondos de amortización.

«El dinero —dijo— que devenga interés compuesto crece al principio lentamente; pero, como la tasa de crecimiento se acelera de continuo, su ritmo se vuelve al cabo de algún tiempo tan rápido que desafía toda imaginación. Un penique, prestado al nacer nuestro Salvador a un interés compuesto del 5 por ciento, se habría convertido ya en una suma mayor que la contenida en 150 millones de tierras, todas de oro macizo. En cambio, prestado a interés simple, en el mismo lapso no habría llegado más que a 7 chelines y 4 peniques y medio. Hasta ahora, nuestro gobierno ha preferido mejorar sus finanzas por este último camino, y no por el primero.» «Un Estado no necesita, pues, encontrarse nunca en dificultades; porque con los ahorros más pequeños puede pagar la deuda más enorme en un plazo tan breve como sus intereses lo exijan. En este plan, nada importa el tipo de interés que el Estado esté obligado a pagar por el dinero; pues cuanto más altos sean los intereses, tanto antes amortizará semejante fondo el capital del empréstito.»

En consecuencia, proponía

«constituir una reserva anual —junto con los intereses de las sumas así amortizadas— para destinarla constantemente a la redención de la deuda pública; o, en otras palabras, la creación de un fondo de amortización de la deuda pública».

Este plan fantástico, todavía menos sensato que el plan financiero del loco en una de las novelas de Cervantes, que proponía a todo el pueblo español abstenerse de comer y beber durante dos semanas para allegar los medios necesarios para saldar la deuda pública, cautivó no obstante la imaginación de Pitt. Como él mismo confesó, en 1786 construyó sobre esa base su fondo de amortización de la deuda pública, al que asignó una suma fija de 5.000.000 de libras esterlinas, que cada año debían pagarse «puntualmente» a tal fin. El sistema no fue abandonado hasta 1825, cuando la Cámara de los Comunes adoptó un acuerdo según el cual solo el auténtico superávit de los ingresos del país debía emplearse para pagar la deuda pública. Todo el sistema de crédito público fue trastornado por este extraño tipo de fondo de amortización. Entre lo que se tomaba prestado por necesidad y lo que se tomaba prestado arbitrariamente, entre empréstitos que aumentan las deudas y empréstitos que debían pagarlas, surgió un confuso embrollo; intereses e interés compuesto, deudas y amortización danzaban en sucesión incesante ante los ojos de los hombres; se produjo tal fantasmagoría de consols y bonos, de obligaciones y letras del Tesoro, de capital sin intereses e intereses sin capital, que hasta el entendimiento más claro era extraviado. El principio del doctor Price era que el Estado debía tomar prestado dinero a interés simple para hacerlo crecer mediante el interés compuesto. De hecho, el Reino Unido contrajo una deuda de 1.000 millones de libras esterlinas, por la que recibió nominalmente unos 600 millones de libras esterlinas, mientras que 390 millones de libras esterlinas de esa suma se destinaban, no a pagar las deudas, sino a mantener el fondo de amortización de la deuda pública. El canciller del Exchequer palmerstoniano había intentado endosar de nuevo a John Bull esta gloriosa institución que caracteriza la edad de oro de los agiotistas y especuladores. El señor Disraeli le asestó el _coup de grâce_ <golpe de gracia>.