Karl Marx en el New-York Tribune, 1858

El atentado contra la vida de Bonaparte[1]

*Quos deus vult perdere prius dementat*[A] parece ser el juicio que, de manera bastante general, se emite en Europa sobre el usurpador francés, a quien, apenas unas semanas atrás, los innumerables aduladores del éxito en todos los países y en todas las lenguas coincidían en engrandecer hasta convertirlo en una suerte de providencia sublunar. Ahora, de repente, ante la primera aproximación de un peligro real, se supone que el semidiós ha enloquecido. Sin embargo, para quienes no se dejan arrastrar por las primeras impresiones, nada resultará más evidente que el héroe de Boulogne es hoy lo que era ayer: sencillamente un tahúr. Si se juega su última carta y lo arriesga todo, no es el hombre quien ha cambiado, sino las probabilidades de la partida. Ya antes hubo atentados contra la vida de Bonaparte sin que produjeran efecto visible alguno en la economía del Imperio. ¿Por qué el fulminante que estalló el 14 de enero no solo mató personas, sino todo un estado de cosas? Con las granadas de mano de la rue Lepelletier ocurre lo mismo que con los cartuchos engrasados repartidos en Barrackpore. No han metamorfoseado un imperio, sino que se han limitado a rasgar el velo que ocultaba una metamorfosis ya consumada.

El secreto del encumbramiento de Bonaparte se halla, por un lado, en la postración mutua de los partidos antagónicos y, por el otro, en la coincidencia de su golpe de Estado con la entrada del mundo comercial en un período de prosperidad. Por consiguiente, la crisis comercial ha minado necesariamente la base material del Imperio, el cual jamás poseyó base moral alguna, salvo la desmoralización transitoria de todas las clases y todos los partidos. Las clases trabajadoras recobraron su actitud hostil hacia el Gobierno existente en el mismo momento en que se vieron privadas de empleo. Una gran parte de las clases medias comerciales e industriales se vio situada por la crisis exactamente en la misma posición que espoleó a Napoleón a precipitar su golpe de Estado; pues bien se sabe que el temor a la prisión de deudores de Clichy puso fin a sus vacilaciones. El mismo motivo empujó al burgués parisino a las barricadas en 1848 y le haría considerar en este momento una convulsión política como una bendición del cielo. Ahora se comprende perfectamente que, en el punto álgido del pánico, el Banco de Francia, por orden del Gobierno, renovó todas las letras vencidas –una concesión que, dicho sea de paso, se vio de nuevo obligado a otorgar el 31 de enero–; pero esta suspensión en la liquidación de las deudas, en lugar de restaurar la actividad comercial, no ha hecho sino imprimir un carácter crónico al pánico. Otra porción muy amplia de las clases medias parisinas, y muy influyente por cierto –los *petits rentiers*, u hombres de pequeñas rentas fijas–, se ha encontrado con una ruina en masa, consecuencia de las enormes fluctuaciones de la Bolsa, fomentadas por la dinastía imperial y sus aventureros secuaces, a cuyo enriquecimiento contribuyeron. Al menos aquella parte de las clases superiores francesas que pretende representar lo que se llama la civilización francesa nunca aceptó el Imperio sino como un recurso provisional necesario, nunca ocultó su profunda hostilidad hacia el «sobrino de su tío» y, últimamente, ha aprovechado cualquier pretexto para mostrar su enojo ante el intento de transformar lo que consideraban un mero expediente en una institución duradera.

Tal era el estado general del sentimiento al que el atentado de la rue Lepelletier brindó ocasión de manifestarse. Esta manifestación, por otra parte, ha despertado al seudo Bonaparte a la conciencia de la tormenta que se avecina y lo ha obligado a jugar su última carta. Mucho se ha hablado en el *Moniteur* de los gritos y aclamaciones y del «entusiasmo público» prodigado al partido imperial a su salida de la Ópera. El valor de este entusiasmo callejero queda de manifiesto por la siguiente anécdota, que emana de uno de los actores principales de la escena y cuya autenticidad está avalada por un periódico inglés de la mayor respetabilidad:

«En la noche del 14, una persona de alto rango de la servidumbre imperial, pero que aquella noche no estaba de servicio, cruzaba los bulevares cuando oyó las explosiones y vio correr a la gente hacia la Ópera. Corrió también hacia allí y presenció toda la escena. Al ser reconocido de inmediato, una de las personas más directamente concernidas en todo lo ocurrido le dijo: “¡Oh, señor X, por amor de Dios, busque a alguien que pertenezca a las Tullerías y mande pedir nuevos carruajes. Si no encuentra a nadie, vaya usted mismo”. La persona así interpelada se puso manos a la obra al instante para encontrar a algunos de los sirvientes de la casa, tarea nada fácil, pues todos, de alto a bajo, de chambelanes a lacayos, con una o dos admirables excepciones, habían puesto pies en polvorosa con increíble presteza. Sin embargo, al cabo de un cuarto de hora dio con un mensajero y lo envió a toda prisa a palacio con las órdenes necesarias. Habían transcurrido unos veinticinco minutos o media hora cuando regresó a la rue Lepelletier y se abrió paso de vuelta al peristilo del teatro con gran dificultad, debido a la multitud. Los heridos seguían tendidos por todas partes y el desorden parecía reinar en todo lugar. A poca distancia, el caballero aludido divisó al señor Pietri, el prefecto de policía, y lo llamó para atraer su atención e impedir que se marchara antes de poder reunirse con él. Cuando lo hizo, exclamó al instante: “Permítame suplicarle que haga cerrar la calle sin pérdida de tiempo. Los nuevos carruajes llegarán pronto y no pueden llegar hasta la puerta. Además, vea qué confusión sobreviene. Permítame rogarle que despeje las calles”. El señor Pietri lo miró con sorpresa: “¡Despejar la calle! —repitió—; pero si la calle está despejada; se despejó en cinco minutos”. Su interlocutor lo miró fijamente: “Pero entonces, ¿qué es toda esa multitud? ¿Qué es esa densa masa de hombres entre la cual uno no puede abrirse paso a codazos?”. “Todos esos son mi gente —respondió el señor Pietri—. No hay ni un extraño en este momento en este tramo de la rue Lepelletier; todos los que usted ve me pertenecen”».

Si tal era el secreto del entusiasmo callejero del que hacía gala el *Moniteur*, sus párrafos sobre las «iluminaciones espontáneas de los bulevares tras el atentado» ciertamente no podían engañar a los parisinos que habían presenciado aquella iluminación, la cual se limitó a los comercios de los proveedores del Emperador y de la Emperatriz. Incluso estos mismos individuos no tardaron en decir que, media hora después de la explosión de la «máquina infernal», agentes de policía les hicieron una visita para sugerirles la conveniencia de iluminar al instante, a fin de demostrar lo encantados que estaban por la salvación del Emperador. Más aún, el carácter de los mensajes de felicitación y de las protestas públicas de adhesión al Emperador da testimonio de su completo aislamiento. No hay ni un solo firmante de los mismos que no pertenezca, de un modo u otro, a la Administración, ese ubicuo parásito que se alimenta de las entrañas de Francia y al que el Ministro del Interior pone en movimiento como a un muñeco al tocarlo. El *Moniteur* se vio obligado, día tras día, a registrar estas monótonas felicitaciones, dirigidas por el Emperador al Emperador, como otras tantas pruebas del amor ilimitado del pueblo por el golpe de Estado. Se hicieron, en efecto, algunos esfuerzos por obtener un mensaje de la población parisina, y con ese fin los agentes de la policía hicieron circular un mensaje; pero, al comprobarse que la masa de firmas no sería suficientemente imponente, se abandonó el plan. Incluso los tenderos parisinos se atrevieron a negarse a firmar el mensaje, pretextando que la policía no era la fuente apropiada de la cual hacerlo emanar. La actitud de la prensa parisina, en la medida en que depende del público y no del erario público, correspondió por entero a la actitud del pueblo. O bien, como el desdichado *Spectateur*, musitó algunas palabras a medio sofocar sobre los derechos hereditarios; o bien, como el *Phare de la Loire*, citó los periódicos semioficiales como fuentes del entusiasmo reportado; o bien, como el *Journal des Débats*, mantuvo sus felicitaciones dentro de los rígidos límites de la cortesía convencional, o se limitó a reimprimir los artículos del *Moniteur*. En una palabra, se hizo evidente que si Francia no estaba aún del todo dispuesta a tomar las armas contra el Imperio, estaba ciertamente resuelta a desembarazarse de él en la primera ocasión.

«Según mis informantes —escribe el corresponsal en Viena de *The London Times*—, recién llegados de París, la opinión general en esa ciudad es que la dinastía actual se tambalea hacia su caída».

El propio Bonaparte, hasta entonces el único hombre en Francia que creía en la victoria final del golpe de Estado, cobró conciencia de golpe de la vacuidad de sus delirios. Mientras todos los cuerpos públicos y la prensa juraban que el crimen de la rue Lepelletier, perpetrado como lo fue únicamente por italianos, solo servía para poner de relieve el amor de Francia por Luis Napoleón, el propio Luis Napoleón se apresuró al Cuerpo Legislativo para declarar allí públicamente que la conspiración era nacional y que, por consiguiente, Francia necesitaba nuevas «leyes represivas» para mantenerla a raya. Dichas leyes, ya propuestas y entre las cuales figuran a la cabeza las *lois des suspects* [leyes de sospechosos], no son más que una repetición de las idénticas medidas empleadas en los primeros días del golpe de Estado. Entonces, sin embargo, fueron anunciadas como expedientes temporales, mientras que ahora se proclaman como leyes orgánicas. Así pues, el propio Luis Napoleón declara que el Imperio solo puede perpetuarse mediante las mismas infamias que lo engendraron; que todas sus pretensiones a las formas más o menos respetables de un gobierno regular deben abandonarse, y que el tiempo de la aquiescencia hosca de la nación al dominio de la Sociedad del usurpador perjuro ha pasado definitivamente.

[A] «Aquellos a quienes Dios quiere perder, primero los priva de la razón».

Poco antes de la ejecución del golpe de Estado, Luis Napoleón se las ingenió para recoger de todos los departamentos, y principalmente de los distritos rurales, exposiciones dirigidas contra la Asamblea Nacional y que expresaban una confianza ilimitada en el Presidente. Una vez agotada esta fuente, no quedó más remedio que apelar al ejército. Las proclamas militares —en una de las cuales los zuavos «casi lamentan no haber tenido ocasión de manifestar de un modo llamativo su devoción al Emperador»— son simplemente la proclamación descarada de la dominación pretoriana en Francia. La división de Francia en cinco grandes bajalatos militares, con cinco mariscales a su frente, bajo el control supremo de Pelissier como mariscal general, es una simple consecuencia de esa premisa. Por otro lado, la instauración de un Consejo Privado —que ha de actuar al mismo tiempo como Consejo durante la eventual Regencia de una Montijo— compuesto por individuos tan grotescos como Fould, Morny, Persigny, Baroche y semejantes, muestra a Francia al mismo tiempo qué clase de régimen le reservan los estadistas recién entronizados. La instauración de este Consejo, junto con la reconciliación familiar, anunciada al mundo atónito por la carta de Luis Napoleón en el Moniteur, en virtud de la cual Jerónimo, ex rey de Westfalia, es nombrado Presidente de los Consejos de Estado en ausencia del Emperador —todo esto, se ha observado con razón, «parece el peregrino que se dispone a emprender un viaje peligroso»—. ¿A qué nueva aventura se propone entonces embarcarse el héroe de Estrasburgo? Unos dicen que pretende aliviarse con una campaña en África; otros, que trama una invasión de Inglaterra. En cuanto al primer plan, recuerda su antigua idea de ir a Sebastopol; pero ahora, como entonces, su discreción podría resultar la mejor parte de su valor. En cuanto a cualquier hostilidad contra Inglaterra, no haría sino revelar a Bonaparte su aislamiento en Europa, como el atentado de la Rue Lepelletier reveló su aislamiento en Francia. Ya las amenazas lanzadas a Inglaterra en las proclamas de la soldadesca han apagado definitivamente la alianza anglo-francesa, que desde hacía tiempo luchaba in articulo mortis. La ley de extranjería de Palmerston no hará más que exasperar el orgullo ya herido de John Bull. Cualquier paso que dé Bonaparte —y ha de intentar restaurar su prestigio de una u otra manera— no hará sino precipitar su ruina. Se aproxima al final de su extraña, malvada y perniciosa carrera.