Al suroeste de Oude, las selvas de Jugdispore parecen ofrecer un centro para tales dacoits. Estos bosques impenetrables de bambú y maleza están en poder de un grupo de insurgentes bajo el mando de Ummer Singh, quien muestra bastante más actividad y conocimiento de la guerra de guerrillas; en cualquier caso, ataca a los británicos siempre que puede, en vez de esperarlos tranquilamente. Si, como se teme, una parte de los insurgentes de Oude se le uniera antes de que pueda ser expulsado de su fortaleza, los británicos podrían esperar un trabajo bastante más duro del que han tenido últimamente. Estas selvas han servido durante cerca de ocho meses como refugio a partidas insurgentes, que han logrado hacer muy inseguro el Grand Trunk Road de Calcuta a Allahabad, la principal vía de comunicación de los británicos.

En la India occidental, los insurgentes de Gwalior siguen siendo perseguidos por el general Roberts y el coronel Holmes. En el momento de la toma de Gwalior, era una cuestión de gran importancia la dirección que pudiera tomar el ejército en retirada, pues todo el país maratha y parte de Rajputana parecían dispuestos a sublevarse apenas un cuerpo suficientemente fuerte de tropas regulares llegara allí para formar un núcleo de la insurrección. Una retirada de las fuerzas de Gwalior en dirección suroeste parecía entonces la maniobra más probable para alcanzar tal resultado. Pero los insurgentes, por razones que no podemos adivinar a partir de los informes de que disponemos, han elegido una dirección noroeste. Se dirigieron a Jeypore, y de allí giraron hacia el sur en dirección a Oodeypore, intentando ganar el camino hacia el país maratha. Pero estas marchas tortuosas dieron a Roberts la oportunidad de alcanzarlos y derrotarlos por completo sin gran esfuerzo. Los restos de este cuerpo, sin cañones, sin organización y municiones, sin jefes de renombre, no son hombres que puedan provocar nuevas insurrecciones. Por el contrario, la inmensa cantidad de botín que llevan consigo, y que entorpece todos sus movimientos, parece haber excitado ya la codicia del campesinado. Todo cipayo rezagado es muerto y despojado de su carga de mohures de oro. Si las cosas han llegado a este punto, el general Roberts puede dejar tranquilamente la dispersión final de estos cipayos a la población rural. El saqueo de los tesoros de Scindiah por sus propias tropas libra a los británicos de una reanudación de la insurrección en una región más peligrosa que el Indostán, pues un levantamiento en el país maratha sometería al ejército de Bombay a una prueba bastante severa.

Hay un nuevo amotinamiento en las cercanías de Gwalior. Un pequeño vasallo de Scindiah, Maun Singh (no el Maun Singh de Oude), se ha unido a los insurgentes y se ha apoderado de la pequeña fortaleza de Paoree. Sin embargo, este lugar ya está sitiado por los británicos, y pronto deberá ser tomado.

Entretanto, los distritos conquistados se pacifican gradualmente. Se dice que los alrededores de Delhi han sido tan completamente tranquilizados por sir J. Lawrence que un europeo puede viajar con perfecta seguridad, desarmado y sin escolta. El secreto de este resultado es que se ha hecho responsable colectivamente a los habitantes de cada aldea por cualquier crimen o atropello cometido en su territorio; que se ha organizado una policía militar; y, sobre todo, que la justicia sumaria del consejo de guerra, tan singularmente impresionante para los orientales, está en plena actividad por doquier. Con todo, este éxito parece ser la excepción, pues nada semejante oímos de otros distritos. La pacificación completa de Rohilcund y Oude, de Bundelcund y de muchas otras extensas provincias, habrá de requerir todavía mucho tiempo y dará aún abundante trabajo a las tropas británicas y a los consejos de guerra.

Pero mientras la insurrección del Indostán se reduce a dimensiones que la privan de casi todo interés militar, ha ocurrido un acontecimiento lejano, en los confines más remotos de Afganistán, que está preñado de amenazas de futuras dificultades. Se ha descubierto entre varios regimientos sijs, en Dera Ismael Khan, una conspiración para asesinar a sus oficiales y sublevarse contra los británicos. Hasta qué punto estaba ramificada esta conspiración no podemos decirlo. Tal vez fue un asunto meramente local, surgido entre una clase peculiar de sijs; pero no estamos en condiciones de afirmarlo. En todo caso, se trata de un síntoma sumamente peligroso. Hay hoy cerca de 100.000 sijs al servicio británico, y hemos oído cuán insolentes son; luchan, dicen, hoy por los británicos, pero pueden luchar mañana contra ellos, como Dios quiera. Valientes, apasionados, volubles, están aún más sujetos a impulsos repentinos e inesperados que otros orientales. Si estallara seriamente un motín entre ellos, entonces sí tendrían los británicos serias dificultades para mantenerse. Los sijs fueron siempre los adversarios más formidables de los británicos entre los indígenas de la India; formaron un imperio relativamente poderoso; son de una secta particular del brahmanismo, y odian tanto a hindúes como a musulmanes. Han visto el “raj” británico en el máximo peligro; han contribuido en gran medida a restaurarlo, y están incluso convencidos de que su propia parte en la obra fue la decisiva. ¿Qué hay más natural que abriguen la idea de que ha llegado el momento en que el raj británico sea reemplazado por un raj sij, que un emperador sij gobierne la India desde Delhi o Calcuta? Puede que esta idea esté aún lejos de madurar entre los sijs, puede que estén tan hábilmente distribuidos que queden equilibrados por los europeos, de modo que cualquier levantamiento pudiera ser fácilmente sofocado; pero que esta idea existe entre ellos debe resultar claro, suponemos, a todo el que haya leído los relatos sobre el comportamiento de los sijs después de Delhi y Lucknow.

Con todo, por el momento, los británicos han reconquistado la India. La gran rebelión, agitada por el motín del ejército de Bengala, está, al parecer, extinguiéndose. Pero esta segunda conquista no ha acrecentado el dominio de Inglaterra sobre la mente del pueblo indio. La crueldad de las represalias infligidas por las tropas británicas, incitadas por informes exagerados y falsos de las atrocidades atribuidas a los indígenas, y el intento de confiscar el reino de Oude, tanto al por mayor como al por menor, no han creado ninguna simpatía particular hacia los vencedores. Al contrario, ellos mismos confiesan que tanto entre hindúes como entre musulmanes el odio hereditario contra el intruso cristiano es más feroz que nunca. Por impotente que este odio pueda ser en la actualidad, no deja de tener su significado e importancia mientras esa nube amenazadora se cierne sobre el Punyab sij. Y esto no es todo. Las dos grandes potencias asiáticas, Inglaterra y Rusia, han llegado ya a un punto entre Siberia y la India donde los intereses rusos e ingleses tienen que entrar en colisión directa. Ese punto es Pekín. Desde allí hacia el oeste, no tardará en trazarse una línea a lo ancho del continente asiático, sobre la cual se producirá constantemente este choque de intereses rivales. Así pues, el tiempo puede no estar, en verdad, tan lejano en que “el cipayo y el cosaco se encontrarán en las llanuras del Oxus”, y si ese encuentro llega a producirse, las pasiones antibritánicas de 150.000 indígenas de la India serán un asunto de seria consideración.