Karl Marx

El nuevo ministerio

Del inglés.

“New-York Daily Tribune” núm. 5489 del 24 de noviembre de 1858

Berlín, 6 de noviembre de 1858

Tras muchas idas y venidas se ha formado por fin el nuevo ministerio, al que cabe caracterizar, en el mejor de los casos, como un ministerio de la princesa de Prusia. Lleva un color más liberal del que los filisteos berlineses se atrevían a esperar; y, como cabía esperar de una elección femenina, se ha prestado muy poca atención a la concordancia de sus diversos elementos al componerlo, de modo que el objetivo principal perseguido —ganar una popularidad temporal— apenas se ha alcanzado. Como corresponde a una verdadera dama, la princesa dice a cada cual una palabra afable: a los católicos, mediante el nombramiento de un católico <Príncipe de Hohenzollern-Sigmaringen> como ministro presidente, cosa inaudita en los anales prusianos; a los protestantes fanáticos, entregando el Ministerio de Culto a un pietista evangélico <von Bethmann-Hollweg>; a la corriente antirrusa, confiando el Ministerio de la Guerra a un general <von Bonin> que en su día fue destituido de ese mismo puesto por orden terminante del zar Nicolás; a los celos antiaustríacos, entregando el Ministerio de Asuntos Exteriores a un hombre <barón von Schleinitz> que en el pasado ya había dimitido de ese cargo para no tener que someterse a las órdenes del príncipe Schwarzenberg; a la mentalidad burocrática, nombrando ministro del Interior a un superviviente de los buenos viejos tiempos de Federico Guillermo III <von Flottwell> —el ministro que es jefe de todo el ejército burocrático, tanto de la policía como de la Regierung <Regierung: en la “N.-Y. D. T.” en inglés y en alemán>—; a los liberales, concediendo un asiento sin cartera en el gabinete —un puesto similar al de presidente del Consejo Privado en un ministerio inglés— a un hombre <von Auerswald> que había sido ministro presidente en el primer gabinete formado por la revolución de 1848; a los partidarios del libre cambio, colocando al señor von Patow en el Ministerio de Finanzas, y a los partidarios del proteccionismo, manteniendo a von der Heydt en el Ministerio de Comercio; a la nobleza, llamando a la cabeza del gabinete a un príncipe de la casa real y ocupando todos los puestos políticos con nobles; a la burguesía, dejando los ministerios especializados —es decir, los de Justicia, Comercio, Culto e Interior— a burgueses no nobles o ennoblecidos; a los enemigos de la camarilla, formando la gran mayoría del nuevo gabinete con enemigos personales de Gerlach y compañía; y a los conservadores, que temen que en Prusia pueda surgir algo así como un cambio de gabinete en sentido parlamentario, dejando su sueldo a algunos ministros que habían sido colegas de Manteuffel, escogidos por él mismo, y que habían refrendado aquellas órdenes con las que se proclamó el golpe de Estado de diciembre de 1848.

Así pues, el eclecticismo es el rasgo específico del nuevo gabinete: un eclecticismo que parte de la caza de popularidad, pero contenido por la firme determinación de no sacrificar nada importante a esa misma popularidad. De un rasgo del nuevo gabinete quiero hacer únicamente una insinuación, un matiz que para el frío observador político es completamente indiferente, pero que para el traficante de rumores berlinés es del más alto interés. Entre los ministros recién nombrados no hay ninguno cuyo nombre no se asemeje a un triunfo que se juega contra la reina de Prusia, o a un epigrama personal que su maliciosa cuñada dirige contra ella.

La impresión general que el nombramiento del nuevo gabinete ha provocado entre aquellos berlineses que reflexionan algo más quisiera transmitirla con las palabras de un amigo mío berlinés. La comunicación oficial no apareció hasta la edición vespertina de hoy del “Staats-Anzeiger”, es decir, hacia las seis de la tarde; no obstante, la lista exacta de los nombrados circulaba libremente mucho antes de esa hora entre los grupos de personas congregados “Unter den Linden”. Cuando encontré allí a mi amigo, ya mencionado, un vulgar político de cervecería berlinés, le pregunté qué pensaba del nuevo gabinete y qué se decía en general “en la ciudad” del asunto. Pero antes de comunicar su respuesta, he de decirle a usted lo que es un vulgar político de cervecería berlinés. Es un hombre imbuido de la idea de que Berlín es la primera ciudad del mundo, de que en ninguna parte fuera de Berlín puede encontrarse “Geist” <“Geist”: en la “N.-Y. D. T.” en alemán> (el concepto es intraducible, aunque el inglés ghost es etimológicamente la misma palabra; el francés esprit es algo completamente distinto), y de que la Weißbier <Weißbier: en la “N.-Y. D. T.” en alemán> —brebaje abominable para el gusto de todo bárbaro forastero— es la misma bebida que en la Ilíada se menciona con el nombre de néctar y en la Edda con el de hidromiel. Aparte de estos inocentes prejuicios, nuestro lumbreras medio berlinés es un sabelotodo incorregible de lengua suelta, un charlatán apasionado muy propenso a entregarse a cierta clase de humor chabacano, conocido en Alemania como Berliner Witz <Witz: en la “N.-Y. D. T.” en alemán>, que es más un juego de palabras que un juego de ideas, una mezcla extraña de una pequeña dosis de ironía, una pequeña dosis de escepticismo y una gran dosis de vulgaridad; en general, no es un ejemplar muy elevado del género humano, y ciertamente no muy divertido, pero sí un tipo bastante característico. Pues bien, mi amigo berlinés respondió a mi pregunta en un tono burlón auténticamente berlinés con los siguientes versos de “La campana” de Schiller. Sea dicho de paso, nuestro berlinés medio suele elogiar a Goethe, pero cita únicamente a Schiller:

¡Oh dulce anhelo, dulce esperanza,
la edad de oro del primer amor!
El ojo ve el cielo abierto,
el corazón calla en beatitud...
¡Oh, si eternamente verdeciera,
la hermosa época del joven amor!
<En la “N.-Y. D. T.” en alemán e inglés.>

Volviendo ahora del poético político de cervecería berlinés al nuevo gabinete prusiano, y recordando el viejo proverbio francés “à tout seigneur tout honneur” <“al que honor merece, honor se le debe”>, reclama en primer lugar nuestra atención el príncipe de Hohenzollern-Sigmaringen, ministro presidente y amigo íntimo de la princesa de Prusia. Él, padre de la reina de Portugal, se negó rotundamente a convertirse en suegro del segundo Imperio francés. No obstante, está estrechamente emparentado con Bonaparte. Su madre era hermana de Murat, uno de los reyes improvisados por Napoleón I, y su esposa es la segunda hija de la gran duquesa viuda de Baden, Estefanía, de soltera Beauharnais. De este modo, el príncipe es un eslabón de parentesco entre la dinastía prusiana, la de Coburgo y la de Bonaparte. Los liberales del sur de Alemania lo han denigrado mucho porque en 1849 abdicó del trono de su Estado de Hohenzollern-Sigmaringen y lo vendió, conforme a los pactos de familia, a la línea de los Hohenzollern reinante en Prusia. Cuando cerró el trato, ningún principado alemán valía siquiera el triple de sus rentas anuales, y menos aún cabía esperar que el príncipe, por complacer a los demagogos de Hohenzollern-Sigmaringen, prolongase la existencia de la nación hohenzollern-sigmaringense. Además, el izamiento de los colores prusianos en el sur de Alemania disgustaba tanto a Austria como a los pequeños demagogos de Baden y Wurtemberg. Tras la abdicación, el príncipe entró al servicio de Prusia con el grado de general y plantó sus reales en Düsseldorf, ciudad de pinturas, esculturas y cuarteles, donde antaño una línea secundaria de la dinastía prusiana solía mantener una pequeña corte. Para castigar a los düsseldorfenses por su participación en la revolución de 1848, que alcanzó su punto culminante cuando, durante un paseo del rey por la ciudad, las masas se manifestaron contra él, Düsseldorf fue privada de la residencia cortesana del príncipe Federico y rebajada a la categoría de ciudad ordinaria, de las que tienen que subsistir sin la clientela de una corte. Así, la aparición del príncipe de Hohenzollern en Düsseldorf se convirtió en un verdadero acontecimiento. Sin hacer nada notable, brillaba por su mera presencia, como aquel gran hombre del que dice Goethe que ya paga con lo que *es*, y no con lo que *hace*. Desde Düsseldorf, su popularidad se extendió como un reguero de pólvora. El hecho de que sea miembro de la dinastía y al mismo tiempo miembro de la Iglesia católica hizo el resto. Pues para la parte beata de la población de la Prusia renana no se requiere ninguna otra cualidad. Puede usted estar seguro de que el poderoso y magníficamente organizado clero católico de la Prusia renana, Westfalia, Silesia y Posen pondrá en juego todas sus fuerzas en apoyo del ministerio presidido por un católico, y en realidad sólo es deseable que así lo haga. Nada perjudicó tanto a la revolución de 1848 como la actitud opositora del clero católico. Éste obtuvo de la revolución enormes ventajas, por ejemplo: el derecho a comunicarse sin trabas con el papa, a erigir conventos de monjas y frailes y, lo que es especialmente importante, a adquirir propiedad inmueble. Como agradecimiento por estos privilegios, los santos padres se volvieron, naturalmente, furiosamente contra la revolución cuando ésta hubo sufrido una derrota. Actuaron como los instrumentos más despiadados de la reacción, y es bueno que ahora no se les dé motivo para pasarse de nuevo al campo de la oposición. De los demás ministros hablaré cuando tenga ocasión.