Karl Marx

La perturbación mental del rey de Prusia

["New-York Daily Tribune" nº 5462 del 23 de octubre de 1858]

Berlín, 2 de octubre de 1858

En uno de sus cuentos, relata el poeta alemán Hauff cómo una pequeña ciudad, ávida de chismes y escándalos, se vio una hermosa mañana sobresaltada de su habitual autocomplacencia al descubrir que el primer petimetre, el verdadero león de los salones del lugar, no era más que un mono disfrazado. Los prusianos, o algunos de ellos, parecen sufrir hoy bajo la idea, aún menos agradable, de haber sido gobernados durante todos los últimos veinte años por un loco. Al menos, en la opinión pública parece cundir la sospecha de que se ha engañado a los fieles «súbditos» prusianos con una mistificación dinástica de esta índole. No es cierto en absoluto, como pretenden hacer creer John Bull y sus hábiles editores de periódicos, que estos temores hayan surgido por el comportamiento del rey durante la guerra rusa. Al contrario, su ausencia de esa sangrienta vergüenza es considerada como el acto político más sensato del que Federico Guillermo IV puede enorgullecerse.

Cuando un hombre, en cualquier circunstancia de la vida, por modesta que sea, se revela de repente como lo contrario de lo que se le tenía por, sus vecinos, airados y engañados, rebuscan por lo general en su vida anterior, hurgan en historias pasadas, recuerdan todo aquello que en su momento no andaba bien en el individuo, juntan los momentos sospechosos y los episodios curiosos de su pasado, y obtienen finalmente la mórbida satisfacción de que ya debieran haberlo sabido mucho antes. Así, se recuerda ahora —y puedo atestiguar el hecho por conocimiento propio— que el Dr. Jacobi, el médico director del manicomio renano de Siegburg, fue citado de improviso en mayo de 1848 por el señor Camphausen, jefe del gabinete de entonces, para que acudiera a Berlín a socorrer al rey, quien, según se decía entonces, padecía una inflamación cerebral. El sistema nervioso de Su Majestad se había visto gravemente alterado por las jornadas de marzo, según susurraban en el círculo más íntimo los mirmidones del flamante gabinete; en particular por la escena en la que el pueblo lo había obligado a enfrentarse cara a cara con los cuerpos de los ciudadanos asesinados a consecuencia de un desacierto previamente pactado, a descubrirse la cabeza y a pedir perdón a aquellos cadáveres ensangrentados y aún calientes. Sin duda, Federico Guillermo se restableció después, pero en modo alguno está probado que no sufriera, como Jorge III, de recaídas periódicas. Las exaltaciones ocasionales en su conducta se pasaban por alto tanto más fácilmente cuanto que era conocido por entregarse con bastante intensidad a las libaciones que antaño habían llevado a la locura a las sacerdotisas de un cierto dios en Tebas. Sin embargo, cuando en octubre de 1855 visitó la Prusia renana para colocar la primera piedra del nuevo puente del Rin en Colonia, corrieron extraños rumores sobre él. Con el rostro hundido, las piernas vacilantes, el vientre protuberante y una expresión de temerosa inquietud en los ojos, se parecía a su propio fantasma. Durante su discurso, balbuceaba, tropezaba con sus propias palabras, perdía de vez en cuando el hilo de sus pensamientos y parecía completamente desamparado, mientras la reina, junto a él, observaba angustiada todos sus movimientos. Contra sus costumbres anteriores, no recibía a nadie, no hablaba con nadie y no salía más que en compañía de la reina, de la que era ya inseparable. Tras su regreso a Berlín, se filtraban de vez en cuando extraños rumores sobre insultos de hecho que, en repentinos estallidos de cólera, había infligido a sus propios ministros, incluso a Manteuffel. Para calmar la atención pública, se decía que el rey padecía hidropesía. Más tarde se multiplicaron los relatos de desgracias en su propio jardín de Sanssouci, según los cuales una vez se había herido un ojo con un árbol, y otra se había golpeado una pierna con una piedra; y ya a principios de 1856 se insinuó aquí y allá que sufría ataques temporales de perturbación mental. Se contaba sobre todo que se imaginaba ser suboficial y que aún tenía que pasar el examen en el ejercicio de marcha, como se dice en la jerga del sargento prusiano. Por eso solía emprender por sí solo carreras desenfrenadas en sus parques de Sanssouci y Charlottenburg.

Estos y otros recuerdos de un período de diez años se enlazan ahora cuidadosamente. ¿Por qué, se pregunta la gente, no se habría burlado al pueblo prusiano en todo este tiempo teniendo a un demente por rey, si ahora se reconoce que a Federico Guillermo IV, a pesar de su perturbación mental, se le mantuvo en el trono por lo menos durante los últimos dieciocho meses, y si, a consecuencia de las disputas en el seno de la familia real, todo lo que la reina y los ministros habían fingido en nombre del rey ha quedado públicamente al descubierto? En los casos de perturbación mental que descansan en un reblandecimiento cerebral, los pacientes tienen habitualmente momentos lúcidos hasta el momento de la muerte. Tal es el caso del rey de Prusia, y este carácter peculiar de su perturbación mental brindaba oportunidades adecuadas para cometer engaños.

La reina, que vigilaba constantemente a su esposo, aprovechaba cada uno de sus momentos lúcidos para mostrarlo al pueblo o hacerlo comparecer en ocasiones públicas, y para prepararlo para el papel que debía representar. Sin embargo, a veces su plan se veía desbaratado sin piedad. En presencia de la reina de Portugal, que, como se recordará, celebraba su boda en Berlín, el rey debía asistir, por procuración, a las ceremonias religiosas públicas. Todo estaba dispuesto; ministros, ayudantes, cortesanos, enviados extranjeros y la propia novia lo esperaban, cuando de pronto, a pesar de los desesperados esfuerzos de la reina, se vio presa de la alucinación de que él mismo era el novio. Algunas extrañas observaciones que dejó caer sobre su singular destino de volver a casarse en vida de su primera esposa, y sobre la inconveniencia de su (del novio) comparecencia en uniforme militar, no dejaron a quienes lo exhibían otra opción que la de suspender el espectáculo anunciado.

La osadía con que actuaba la reina se percibe en el siguiente incidente. En Potsdam subsiste aún una vieja costumbre según la cual los pescadores pagan al rey, una vez al año, un antiguo tributo feudal en pescado. En esta ocasión, la reina se atrevió, para demostrar a la gente del pueblo que los rumores que entonces circulaban por todas partes sobre el estado mental del rey no se fundaban en la verdad, a invitar a los pescadores más notables a una comida de pescado, que presidiría el propio rey. En efecto, la comida transcurrió bastante bien, el rey murmuró algunas palabras aprendidas de memoria, sonrió y se comportó en general decentemente. La reina, preocupada de que se perturbara el espectáculo tan bien urdido, se apresuró a dar a los invitados la señal de partida, cuando de repente el rey se levantó y exigió con voz tonante que lo metieran en la sartén. El cuento árabe del hombre que fue transformado en pez se le había convertido en realidad. Precisamente por estas temeridades que la reina, en su juego, se veía necesariamente obligada a arriesgar, la comedia se derrumbaba.

Huelga decir que ningún revolucionario habría podido inventar un método mejor para rebajar la dignidad real. La propia reina, una princesa bávara y hermana de la infame Sofía de Austria (la madre de Francisco José), nunca había sido sospechosa a ojos del gran público de ser la cabeza de la camarilla berlinesa. Antes de 1848 llevaba el apodo de «la benigna madre del país», y se suponía que no ejercía influencia pública alguna y que, por su simple manera de pensar, era del todo ajena a la política. Hubo algunos murmullos por su supuesto catolicismo secreto, algunas invectivas por su patronazgo sobre la mística Orden del Cisne, que el rey había fundado para ella; pero eso era todo lo que públicamente se le reprochaba. Tras la victoria del pueblo en Berlín, el rey apeló a su indulgencia en nombre de «la benigna madre del país», y esta apelación no dejó de surtir efecto entre su auditorio. Desde la contrarrevolución, sin embargo, la valoración que el público hacía de la hermana de Sofía de Austria experimentó un cambio paulatino. La persona en cuyo nombre se había asegurado la magnanimidad del pueblo victorioso se mostró precisamente sorda ante las madres y hermanas cuyos hijos y hermanos habían caído en manos de la contrarrevolución triunfante. Mientras «la benigna madre del país» parecía tolerar la broma monárquica de hacer ejecutar a algunos pobres soldados de la Landwehr en Saarlouis el día del cumpleaños del rey en 1850, es decir, en un momento en que el crimen cometido por esos hombres, a saber, la defensa de los derechos del pueblo, se creía ya olvidado, empleaba todo su caudal de sentimentalidad religiosa en el homenaje público a las tumbas de los soldados caídos en el ataque al pueblo desarmado de Berlín y en actos semejantes en los que mostraba abiertamente su actitud reaccionaria. Sus violentas disputas con la princesa de Prusia se convirtieron asimismo poco a poco en comidilla pública, pero también parecía natural que ella, que no tenía hijos, guardara rencor a la altiva esposa del legítimo sucesor del rey. Volveré sobre este tema.