Frederick Engels en el New-York Tribune, 1858

La insurrección en la India

A pesar de las grandes operaciones militares de los ingleses, primero con la toma de Delhi y luego con la de Lucknow, cuarteles generales sucesivos de la rebelión de los cipayos, la pacificación de la India dista todavía muchísimo de haberse consumado. En realidad, casi puede decirse que la verdadera dificultad del caso apenas empieza a manifestarse. Mientras los cipayos sublevados permanecieron agrupados en grandes masas, mientras se trató de asedios y batallas campales en gran escala, la inmensa superioridad de las tropas inglesas para tales operaciones les otorgaba todas las ventajas. Pero con el nuevo carácter que ahora va adoptando la guerra, es probable que esa ventaja se pierda en gran medida. La toma de Lucknow no trae consigo el sometimiento de Oude, como tampoco el sometimiento de Oude traería consigo la pacificación de la India. Todo el reino de Oude está erizado de fortalezas de mayores o menores pretensiones, y aunque quizá ninguna resistiría largo tiempo un ataque formal, la conquista de esos fuertes uno tras otro no solo será un proceso muy tedioso, sino que irá acompañada de pérdidas proporcionalmente mucho mayores que las operaciones contra grandes ciudades como Delhi y Lucknow.

Pero no es solo el reino de Oude lo que necesita ser conquistado y pacificado. Los cipayos derrotados, desalojados de Lucknow, se han dispersado y huido en todas direcciones. Un gran contingente de ellos se ha refugiado en los distritos montañosos de Rohilkhand, al norte, que sigue estando enteramente en posesión de los rebeldes. Otros huyeron hacia Gorakhpur, al este, distrito que, aunque había sido atravesado por las tropas británicas en su marcha hacia Lucknow, ahora se ha hecho necesario reconquistar por segunda vez. Muchos otros han logrado penetrar hacia el sur, en Bundelkhand.

De hecho, parece haber surgido una controversia acerca del mejor modo de proceder y de si no habría sido preferible someter primero todos los distritos periféricos que pudieran ofrecer refugio a los rebeldes, antes de dirigir las operaciones contra su cuerpo principal concentrado en Lucknow. Se dice que ese era el plan de operaciones preferido por los militares; pero resulta difícil ver cómo, con el número limitado de tropas a disposición de los ingleses, se habría podido ocupar esos distritos circundantes de manera que se impidiese a los cipayos fugitivos, una vez desalojados por fin de Lucknow, penetrar en ellos y hacer necesaria su reconquista, como en el caso de Gorakhpur.

Desde la toma de Lucknow, el grueso de los rebeldes parece haberse replegado sobre Bareilly. Se afirma que Nana Sahib se hallaba allí. Contra esta ciudad y distrito, situado a más de cien millas al noroeste de Lucknow, se ha juzgado necesario emprender una campaña de verano, y según las últimas noticias, sir Colin Campbell marchaba en persona hacia allí.

Sin embargo, entre tanto, una guerra de guerrillas parece estar extendiéndose en varias direcciones. Mientras las tropas son atraídas hacia el norte, partidas dispersas de soldados rebeldes cruzan el Ganges hacia el Doab, interrumpen la comunicación con Calcuta y, con sus devastaciones, incapacitan a los cultivadores para pagar el impuesto territorial o, al menos, les brindan una excusa para no hacerlo.

Incluso la toma de Bareilly, lejos de remediar esos males, probablemente tenderá a aumentarlos. Es en esta guerra errática donde reside la ventaja de los cipayos. Ellos pueden batir a las tropas inglesas en marchas casi en la misma medida en que los ingleses pueden batirlos en el combate. Una columna inglesa no puede moverse veinte millas al día; una fuerza de cipayos puede recorrer cuarenta y, si es duramente acosada, hasta sesenta. Esta rapidez de movimiento es lo que confiere a las tropas de cipayos su principal valor, y esto, junto con su capacidad para soportar el clima y la relativa facilidad para alimentarlas, las hace indispensables en la guerra en la India. El desgaste de las tropas inglesas en servicio, y especialmente en una campaña de verano, es enorme. Ya se siente gravemente la falta de hombres. Puede hacerse necesario perseguir a los rebeldes en fuga de un extremo a otro de la India. Para ese propósito, las tropas europeas difícilmente servirían, mientras que el contacto de los rebeldes errantes con los regimientos nativos de Bombay y Madrás, que hasta ahora han permanecido fieles, podría conducir a nuevas sublevaciones.

Incluso sin ningún refuerzo de nuevos amotinados, hay todavía en campaña no menos de ciento cincuenta mil hombres armados, mientras que la población desarmada no presta a los ingleses ni ayuda ni información.

Entretanto, la escasez de lluvias en Bengala amenaza con una hambruna, calamidad desconocida en este siglo, aunque en tiempos pasados, e incluso desde la ocupación inglesa, haya sido fuente de terribles sufrimientos.