7 de abril de 1857

En lo tocante al comercio y el intercambio con China, que Lord Palmerston y Luis Napoleón se han propuesto extender por la fuerza, es evidente que no se siente poca envidia por la posición que ocupa Rusia. En efecto, es muy posible que, sin gasto alguno de dinero ni despliegue de fuerza militar, Rusia termine ganando más, como consecuencia de la querella pendiente con los chinos, que cualquiera de las naciones beligerantes.

Las relaciones de Rusia con el Imperio chino son del todo peculiares. Mientras que a los ingleses y a nosotros —pues, en lo que respecta a las hostilidades en curso, los franceses no pasan de ser poco más que aficionados, ya que en realidad no tienen comercio alguno con China— no se nos permite el privilegio de una comunicación directa ni siquiera con el virrey de Cantón, los rusos gozan de la ventaja de mantener una embajada en Pekín. Se dice, ciertamente, que esta ventaja se compra solo a condición de consentir que Rusia sea contada en la Corte Celestial como una de las dependencias tributarias del Imperio chino. No obstante, ello permite a la diplomacia rusa, como en Europa, labrarse una influencia en China que en modo alguno se limita a las operaciones puramente diplomáticas. Al quedar excluidos del comercio marítimo con China, los rusos están libres de todo interés o implicación en las disputas pasadas o pendientes sobre esa materia; y también escapan a esa antipatía con que desde tiempo inmemorial los chinos han mirado a todos los extranjeros que se acercan a su país por mar, confundiéndolos, y no sin razón, con los aventureros piratas que parecen haber infestado siempre las costas chinas. Pero, como compensación por esta exclusión del comercio marítimo, los rusos disfrutan de un comercio interior y terrestre peculiarmente suyo, y en el que parece imposible que tengan rival alguno. Este tráfico, regulado por un tratado concertado en 1787, durante el reinado de Catalina II, tiene por sede principal, si no única, de sus operaciones a Kiachta, situada en las fronteras del sur de Siberia y de la Tartaria china, sobre un afluente del lago Baikal, a unas cien millas al sur de la ciudad de Irkutsk. Este comercio, que se lleva a cabo en una suerte de feria anual, es gestionado por doce factores, seis rusos y seis chinos, que se reúnen en Kiachta y fijan los precios —puesto que el comercio se realiza enteramente por trueque— a los que se intercambiarán las mercancías suministradas por cada parte. Los principales artículos de comercio son, por parte de los chinos, el té, y por parte de los rusos, los tejidos de algodón y de lana. Este comercio, en los últimos años, parece haber alcanzado un incremento considerable. La cantidad de té vendida a los rusos en Kiachta no excedía, hace diez o doce años, un promedio de cuarenta mil cajas; pero en 1852 ascendió a ciento setenta y cinco mil cajas, de las cuales la mayor parte era de esa calidad superior bien conocida por los consumidores continentales como té de caravana, en contraposición al artículo inferior importado por mar. Los demás artículos vendidos por los chinos eran pequeñas cantidades de azúcar, algodón, seda cruda y tejidos de seda, pero todo ello en cantidades muy limitadas. Los rusos pagaban aproximadamente por igual en géneros de algodón y de lana, con el añadido de pequeñas cantidades de cuero de Rusia, metales labrados, pieles e incluso opio. El importe total de los bienes comprados y vendidos —que en las cuentas publicadas parecen consignarse a precios muy moderados— alcanzó la abultada suma de más de quince millones de dólares. En 1853, a causa de los disturbios internos de China y de la ocupación de la ruta procedente de las provincias teeras por bandas de rebeldes merodeadores, la cantidad de té enviada a Kiachta se redujo a cincuenta mil cajas, y el valor total del comercio de aquel año fue tan solo de unos seis millones de dólares. Sin embargo, en los dos años siguientes, este comercio revivió, y el té enviado a Kiachta para la feria de 1855 no bajó de ciento doce mil cajas.

A consecuencia del incremento de este comercio, Kiachta, que se halla situada dentro de la frontera rusa, ha pasado de ser un mero fuerte y recinto ferial a convertirse en una ciudad considerable. Ha sido escogida como capital de esa parte de la región fronteriza, y será dignificada con un comandante militar y un gobernador civil. Al mismo tiempo, una comunicación postal directa y regular para la transmisión de despachos oficiales se ha establecido últimamente entre Kiachta y Pekín, que dista de ella unas novecientas millas.

Es evidente que, si las hostilidades en curso desembocasen en la supresión del comercio marítimo, Europa podría recibir todo su abastecimiento de té por esta ruta. En efecto, se sugiere que, incluso con el comercio marítimo abierto, Rusia, una vez completado su sistema de ferrocarriles, podría convertirse en un poderoso competidor de las naciones marítimas para el abastecimiento de los mercados europeos con té. Estos ferrocarriles proporcionarán comunicación directa entre los puertos de Cronstadt y Libau y la antigua ciudad de Nizhni Nóvgorod, en el interior de Rusia, residencia de los comerciantes que llevan a cabo el tráfico de Kiachta. El abastecimiento de Europa con té por esta ruta terrestre es ciertamente más probable que el empleo de nuestro proyectado Ferrocarril del Pacífico para ese fin. La seda también, la otra exportación principal de China, es un artículo de tan pequeño volumen en comparación con su coste, que hace que su transporte por tierra no sea en modo alguno imposible; mientras que este tráfico chino abre una salida para las manufacturas rusas que en ningún otro sitio pueden alcanzar.

Podemos observar, sin embargo, que los esfuerzos de Rusia no se limitan en modo alguno al desarrollo de este comercio interior. Hace varios años que tomó posesión de las orillas del río Amur, el país natal de la raza actualmente gobernante en China. Sus esfuerzos en esta dirección sufrieron cierto freno e interrupción durante la última guerra, pero sin duda se reanudarán y se impulsarán con energía. Está en posesión de las islas Kuriles y de las costas vecinas de Kamchatka. Ya mantiene una flota en aquellos mares, y sin duda aprovechará cualquier oportunidad que se presente para obtener una participación en el comercio marítimo con China. Sin embargo, esto tiene poca importancia para ella en comparación con la extensión de ese comercio terrestre del que posee el monopolio.