Engels en el New York Daily Tribune

Artículos sobre China, 1853-1860

Persia — China

Londres, 22 de mayo de 1857

Los ingleses acaban de concluir una guerra asiática y se disponen a emprender otra. La resistencia ofrecida por los persas y la que los chinos han opuesto hasta ahora a la invasión británica forman un contraste digno de atención. En Persia, se ha injertado el sistema europeo de organización militar en la barbarie asiática; en China, la putrefacta semicivilización del Estado más antiguo del mundo se enfrenta a los europeos con sus propios recursos. Persia ha sido derrotada de manera señalada, mientras que China, distraída y medio disuelta, ha dado con un sistema de resistencia que, de ser proseguido, hará imposible que se repitan las marchas triunfales de la primera guerra anglo-china.

Persia se hallaba en un estado similar al de Turquía durante la guerra de 1828-9 contra Rusia. Oficiales ingleses, franceses y rusos habían probado alternativamente sus manos en la organización del ejército persa. Un sistema sucedía a otro, y cada cual era, a su turno, frustrado por los celos, las intrigas, la ignorancia, la codicia y la corrupción de los orientales a quienes se pretendía formar como oficiales y soldados europeos. El nuevo ejército regular nunca había tenido ocasión de poner a prueba su organización y fortaleza en el campo de batalla. Sus únicas hazañas se limitaban a unas cuantas campañas contra kurdos, turcomanos y afganos, en las que servía como una especie de núcleo o reserva de la numerosa caballería irregular de Persia. Esta última se encargaba de la mayor parte de los combates efectivos; por lo general, los regulares no tenían más que impresionar al enemigo con el efecto demostrativo de sus formaciones en apariencia imponentes. Al fin, estalló la guerra con Inglaterra.

Los ingleses atacaron Bushire y se encontraron con una resistencia valerosa aunque ineficaz. Pero los hombres que combatieron en Bushire no eran tropas regulares; se componían de las levas irregulares de los habitantes persas y árabes de la costa. Las tropas regulares apenas se estaban concentrando, a unas sesenta millas, en las colinas. Por fin avanzaron. El ejército anglo-indio les salió al encuentro a medio camino; y, aunque los persas utilizaron su artillería con honor y formaron sus cuadros según los principios más aprobados, una sola carga de un único regimiento de caballería india barrió del campo a todo el ejército persa, guardias y línea. Y para saber lo que vale en su propio servicio esta caballería regular india, basta con remitirse al libro del capitán Nolan sobre el tema. Entre los oficiales anglo-indios se la considera peor que inútil y muy inferior a la caballería irregular anglo-india. El capitán Nolan no encuentra una sola acción en la que se hayan batido con crédito. ¡Y, sin embargo, fueron esos hombres, seiscientos, quienes arrollaron a diez mil persas! Tal fue el terror que cundió entre los regulares persas, que desde entonces no han vuelto a plantar cara en lugar alguno — con la sola excepción de la artillería. En Mohammerah, se mantuvieron a resguardo, dejando que la artillería defendiera las baterías, y se retiraron en cuanto estas fueron silenciadas; y cuando, en un reconocimiento, los británicos desembarcaron trescientos fusileros y cincuenta jinetes irregulares, toda la hueste persa se marchó, dejando bagajes, pertrechos y cañones en posesión de los — no se les puede llamar vencedores — invasores.

Todo esto, sin embargo, ni estigmatiza a los persas como una nación de cobardes ni condena la introducción de la táctica europea entre los orientales. Las guerras ruso-turcas de 1809-12 y 1828-9 ofrecen abundantes ejemplos de este tipo. La principal resistencia opuesta a los rusos provino de las levas irregulares, tanto de las ciudades fortificadas como de las provincias montañosas. Los regulares, dondequiera que se mostraban en campo abierto, eran desbaratados de inmediato por los rusos y a menudo huían al primer disparo; mientras que una sola compañía de irregulares arnautas, en una quebrada en Varna, enfrentó con éxito durante semanas enteras las operaciones de sitio rusas. Sin embargo, durante la última guerra, el ejército regular turco ha derrotado a los rusos en cada uno de los encuentros, desde Oltenitza y Citate hasta Kars e Ingur.

El hecho es que la introducción de la organización militar europea en las naciones bárbaras dista mucho de estar concluida cuando el nuevo ejército ha sido subdividido, equipado e instruido según el modelo europeo. Eso no es más que el primer paso hacia ella. Tampoco bastará con la promulgación de algún código militar europeo; éste no garantizará la disciplina europea, como tampoco un reglamento europeo de instrucción producirá por sí solo la táctica y la estrategia europeas. El punto principal, y al mismo tiempo la dificultad mayor, estriba en la creación de un cuerpo de oficiales y suboficiales educados en el moderno sistema europeo, completamente libres de los viejos prejuicios y reminiscencias nacionales en materia militar, y capaces de infundir vida a la nueva formación. Esto requiere mucho tiempo y es seguro que chocará con la más obstinada oposición de la ignorancia, la impaciencia, el prejuicio y los vaivenes de fortuna y favor propios de las cortes orientales. Un sultán o un shah es demasiado propenso a considerar que su ejército está a la altura de todo, en cuanto los hombres pueden desfilar en parada, girar, desplegarse y formar columnas sin caer en un desorden irremediable. Y en cuanto a las escuelas militares, sus frutos maduran con tal lentitud que, bajo la inestabilidad de los gobiernos orientales, apenas cabe esperar que lleguen a dar alguno. Incluso en Turquía, la oferta de oficiales instruidos es escasa, y el ejército turco no habría podido desenvolverse en absoluto durante la última guerra sin el gran número de renegados y de oficiales europeos en sus filas.

La única arma que en todas partes constituye una excepción es la artillería. Aquí los orientales son tan ineptos e indefensos que no les queda más remedio que dejar toda la dirección a sus instructores europeos. La consecuencia es que, lo mismo en Turquía que en Persia, la artillería aventajaba con mucho a la infantería y a la caballería.

Que en estas circunstancias el ejército anglo-indio — el más antiguo de todos los ejércitos orientales organizados según el sistema europeo, el único que no está sometido a un gobierno oriental, sino exclusivamente europeo, y oficialado casi por entero por europeos — , que este ejército, apoyado por una fuerte reserva de tropas británicas y una poderosa marina, dispersara fácilmente a los regulares persas, es cosa que se da por descontada. El descalabro será para los persas tanto más provechoso cuanto más señalado fue. Ahora verán, como ya lo vieron antes los turcos, que el uniforme europeo y la instrucción de parada no son ningún talismán por sí mismos, y tal vez, dentro de veinte años, los persas resulten tan respetables como los turcos en sus últimas victorias.

Las tropas que conquistaron Bushire y Mohammerah serán, según se dice, enviadas de inmediato a China. Allí encontrarán un enemigo diferente. Ningún intento de evoluciones europeas, sino la formación irregular de masas asiáticas, se les opondrá allí. Sin duda se desharán fácilmente de éstas; pero ¿y qué si los chinos libran contra ellos una guerra nacional, y si la barbarie es lo bastante desaprensiva para emplear las únicas armas que sabe manejar?

Es evidente que ahora hay un espíritu diferente entre los chinos del que mostraron en la guerra de 1840 a 1842. Entonces, el pueblo permanecía quieto; dejaba que los soldados del Emperador combatieran a los invasores y se sometía, tras una derrota, con fatalismo oriental al poder del enemigo. Pero ahora, al menos en las provincias meridionales, a las que hasta ahora se ha limitado la contienda, la masa del pueblo toma parte activa, más aún, fanática, en la lucha contra los extranjeros. Envenenan, al por mayor y con la más fría premeditación, el pan de la comunidad europea en Hong Kong. (Unas cuantas hogazas han sido enviadas a Liebig para su examen. Encontró grandes cantidades de arsénico en todas sus partes, lo que demuestra que ya se había incorporado a la masa. La dosis, sin embargo, era tan fuerte que debía actuar como emético y contrarrestar así los efectos del veneno). Abordan con armas ocultas los vapores mercantes y, durante el viaje, masacran a la tripulación y a los pasajeros europeos y se apoderan del barco.

Secuestran y matan a todo extranjero que esté a su alcance. Los propios culíes que emigran a países extranjeros se amotinan, como por un acuerdo previo, a bordo de cada buque de emigrantes, luchan por apoderarse de él y, antes que rendirse, se van a pique con él o perecen entre sus llamas. Incluso fuera de China, los colonos chinos, los súbditos más sumisos y mansos hasta ahora, conspiran y se alzan de repente en insurrecciones nocturnas, como en Sarawak; o, como en Singapur, son mantenidos a raya sólo por la fuerza armada y la vigilancia. La política pirática del gobierno británico ha provocado este estallido universal de todos los chinos contra todos los extranjeros, y lo ha marcado como una guerra de exterminio.

¿Qué puede hacer un ejército contra un pueblo que recurre a tales medios de guerra? ¿Hasta dónde y a qué profundidad ha de internarse en el país enemigo, y cómo mantenerse allí? Los mercaderes de la civilización, que arrojan granadas incandescentes sobre una ciudad indefensa y añaden la violación al asesinato, pueden llamar a este sistema cobarde, bárbaro, atroz; pero ¿qué les importa a los chinos, con tal de que tenga éxito? Puesto que los británicos los tratan como bárbaros, no pueden negarles el pleno beneficio de su barbarie. Si sus secuestros, sus golpes de mano y sus masacres nocturnas son lo que nosotros llamamos cobardía, los mercaderes de la civilización no deberían olvidar que, según su propia confesión, no podían hacer frente a los medios europeos de destrucción con sus medios de guerra ordinarios.

En una palabra, en lugar de moralizar sobre las horribles atrocidades de los chinos, como hace la prensa caballeresca inglesa, haríamos mejor en reconocer que se trata de una guerra *pro aris et focis*, una guerra popular por el mantenimiento de la nacionalidad china, con todos sus prejuicios prepotentes, su estupidez, su ignorancia erudita y su barbarie pedantesca si se quiere, pero guerra popular al fin y al cabo. Y en una guerra popular, los medios utilizados por la nación insurrecta no pueden medirse por las reglas comúnmente reconocidas de la guerra regular, ni por ningún otro criterio abstracto, sino únicamente por el grado de civilización alcanzado por esa nación insurrecta.

Los ingleses se hallan esta vez en una posición difícil. Hasta ahora, el fanatismo nacional chino no parece extenderse más allá de aquellas provincias meridionales que no se han adherido a la gran rebelión. ¿Ha de limitarse la guerra a éstas? Entonces, ciertamente, no conduciría a ningún resultado, pues no se amenazaría ningún punto vital del imperio. Al mismo tiempo, sería una guerra muy peligrosa para los ingleses si el fanatismo se extiende a las poblaciones del interior. Cantón puede ser totalmente destruido y las costas roídas por todos los puntos posibles, pero todas las fuerzas que los británicos pudieran reunir no bastarían para conquistar y retener las dos provincias de Kwangtung y Kwang-si. ¿Qué más pueden hacer entonces? El país al norte de Cantón, hasta Shanghái y Nanking, está en manos de los insurrectos chinos, a quienes sería mala política ofender; y al norte de Nanking, el único punto de ataque que podría conducir a un resultado decisivo es Pekín. Pero ¿dónde hallar el ejército capaz de formar una base de operaciones fortificada y guarnecida en la costa, superar todos los obstáculos en el camino, dejar destacamentos que aseguren las comunicaciones con la costa y presentarse con una fuerza siquiera medianamente imponente ante las murallas de una ciudad del tamaño de Londres, a cien millas de su lugar de desembarco? Por otra parte, una demostración afortunada contra la capital sacudiría hasta sus cimientos la existencia misma del Imperio Chino, aceleraría el derrocamiento de la dinastía manchú y allanaría el camino, no al progreso británico, sino al ruso.

La nueva guerra anglo-china presenta tantas complicaciones que es del todo imposible predecir el giro que pueda tomar. Durante algunos meses, la falta de tropas, y por un tiempo aún más largo la falta de decisión, mantendrán a los británicos bastante inactivos, excepto, quizá, en algún punto de poca importancia, al que, en las circunstancias actuales, también podría decirse que pertenece Cantón.

Una cosa es cierta: la hora de la muerte de la vieja China se aproxima rápidamente. La guerra civil ha dividido ya el Sur del Norte del Imperio, y el Rey Rebelde parece estar tan a salvo de los imperiales en Nankín (si no de las intrigas de sus propios partidarios) como el Emperador Celestial lo está de los rebeldes en Pekín. Cantón mantiene, hasta ahora, una suerte de guerra independiente con los ingleses, y con todos los extranjeros en general; y mientras las flotas y tropas británicas y francesas afluyen a Hong Kong, lenta pero firmemente los cosacos de la línea siberiana hacen avanzar sus stanitzas desde los montes Daurianos hasta las orillas del Amur, y los infantes de marina rusos cierran con fortificaciones los espléndidos puertos de Manchuria. El mismo fanatismo de los chinos del sur en su lucha contra los extranjeros parece indicar una conciencia del peligro supremo en que se halla la vieja China; y antes de que transcurran muchos años tendremos que presenciar las agonías del imperio más antiguo del mundo y la aurora de una nueva era para toda Asia.