Karl Marx en el New York Daily Tribune

Artículos sobre China, 1853-1860

Debates parlamentarios sobre las hostilidades chinas

16 de marzo de 1857

La resolución del conde de Derby, y la del señor Cobden —ambas condenatorias de las hostilidades chinas— fueron presentadas conforme a los avisos dados, la una el 24 de febrero en la Cámara de los Lores, la otra el 26 de febrero en la Cámara de los Comunes. Los debates en los Lores terminaron el mismo día en que comenzaron los debates en los Comunes. Los primeros sacudieron al gabinete de Palmerston al dejarlo con una mayoría comparativamente débil de 36 votos. Los segundos pueden acarrear su derrota. Pero cualquiera que sea el interés que revista la discusión en los Comunes, los debates en la Cámara de los Lores han agotado la parte argumental de la controversia: los magistrales discursos de los lores Derby y Lyndhurst se anticiparon a la elocuencia del señor Cobden, de sir E. Bulwer, de lord John Russell y de tutti quanti.

La única autoridad jurídica de parte del Gobierno, el Lord Canciller, observó que «a menos que Inglaterra tuviera un buen caso con respecto al Arrow, todas las actuaciones, desde la última hasta la primera, eran erróneas». Derby y Lyndhurst demostraron fuera de toda duda que Inglaterra no tenía caso alguno con respecto a aquella lorcha. La línea de argumentación por ellos seguida coincide en tal medida con la adoptada en las columnas de The Tribune cuando se publicaron por primera vez los despachos ingleses, que aquí puedo condensarla en un espacio muy reducido.

¿Cuál es la acusación contra el Gobierno chino que se pretende que sirva de base a las masacres de Cantón? La infracción del artículo 9 del Tratado Suplementario de 1843. Dicho artículo prescribe que a los malhechores chinos que se encuentren en la colonia de Hong Kong, o a bordo de un buque de guerra británico, o a bordo de un barco mercante británico, no se les puede apresar por las mismas autoridades chinas, sino que deben ser reclamados al cónsul británico y por él entregados a las autoridades nativas. Piratas chinos fueron capturados en el río de Cantón a bordo de la lorcha Arrow por funcionarios chinos, sin la intervención del cónsul británico. Surge, por tanto, la cuestión: ¿era la Arrow un buque británico? Era, como lo demuestra lord Derby, «una embarcación de construcción china, de apresamiento chino, de venta china, de compra y tripulación chinas, y de propiedad china». ¿Mediante qué medios, entonces, se convirtió esta embarcación china en un barco mercante británico? Mediante la compra en Hong Kong de un registro o licencia de navegación británico. La legalidad de este registro descansa en una ordenanza de la legislación local de Hong Kong, aprobada en marzo de 1855. Tal ordenanza no solo infringía el tratado existente entre Inglaterra y China, sino que anulaba la propia ley de Inglaterra. Era, por tanto, nula y sin efecto. Alguna apariencia de legalidad inglesa solo podía recibirla de la Ley de Navegación Mercante, la cual, sin embargo, se aprobó apenas dos meses después de la promulgación de la ordenanza. Y aun así, nunca se la puso en consonancia con las disposiciones legales de dicha ley. La ordenanza, por tanto, en virtud de la cual la lorcha Arrow recibió su registro, no era más que papel mojado. Pero incluso según ese papel sin valor, la Arrow había perdido su protección por la infracción de las prescripciones estipuladas y por la expiración de su licencia. Este punto es admitido por el propio sir J. Bowring. Pero entonces, se dice, fuera o no la Arrow un buque inglés, había izado, en todo caso, la bandera inglesa, y esa bandera fue ultrajada. En primer lugar, si la bandera ondeaba, no ondeaba legalmente. Pero ¿ondeaba en absoluto? Sobre este punto existe discrepancia entre las declaraciones inglesas y las chinas. Sin embargo, estas últimas han sido corroboradas por las deposiciones, remitidas por los cónsules, del patrón y la tripulación de la lorcha portuguesa núm. 83. Con respecto a estas deposiciones, The Friend of China del 13 de noviembre afirma que «ahora es notorio en Cantón que la bandera británica no había ondeado a bordo de la lorcha durante los seis días anteriores a su captura». Con esto se viene abajo tanto el puntillo de honor como el caso jurídico.

Lord Derby tuvo en este discurso el buen gusto de abstenerse por completo de su habitual guasonería, confiriendo así a su argumentación un carácter estrictamente judicial. Sin embargo, por su parte no se requería esfuerzo alguno para impregnar su discurso de una profunda corriente de ironía. El conde de Derby, jefe de la aristocracia hereditaria de Inglaterra, abogando contra el difunto doctor, ahora sir John Bowring, el discípulo mimado de Bentham; abogando por la humanidad contra el humanitarista profesional; defendiendo los verdaderos intereses de las naciones contra el utilitarista sistemático que insiste en un puntillo de etiqueta diplomática; apelando a la vox populi vox dei contra el hombre del mayor bien para el mayor número; el descendiente de los conquistadores predicando la paz allí donde un miembro de la Sociedad de la Paz predicaba la metralla al rojo vivo; un Derby estigmatizando los actos de la marina británica como «procederes miserables» y «operaciones ignominiosas», allí donde un Bowring la felicitaba por cobardes atropellos que no encontraron resistencia, por «sus brillantes hazañas, su valor sin par y la espléndida unión de pericia militar y arrojo»: semejantes contrastes resultaban tanto más mordazmente satíricos cuanto menos parecía consciente de ellos el conde de Derby. Tenía la ventaja de esa gran ironía histórica que no brota del ingenio de los individuos, sino del humor de las situaciones. Toda la historia parlamentaria de Inglaterra, tal vez, jamás ha exhibido una victoria intelectual del aristócrata sobre el advenedizo como esta.

Lord Derby declaró desde el principio que «tendría que apoyarse en declaraciones y documentos proporcionados exclusivamente por las mismas partes cuya conducta se disponía a impugnar», y que se contentaba «con basar su caso en esos documentos». Ahora bien, se ha observado con razón que esos documentos, tal como el Gobierno los había presentado al público, le habrían permitido descargar toda la responsabilidad sobre sus subordinados. Hasta tal punto es esto cierto que los ataques lanzados por los adversarios parlamentarios del Gobierno se dirigieron exclusivamente contra Bowring y compañía, y el propio Gobierno de la metrópoli podría haberlos suscrito sin menoscabar en absoluto su propia posición. Cito de Su Señoría:

«No deseo decir nada irrespetuoso del doctor Bowring. Puede ser un hombre de grandes conocimientos; pero me parece que, en lo tocante a su admisión en Cantón, está poseído por una verdadera monomanía (Oíd, oíd, y risas). Creo que sueña con su entrada en Cantón. Creo que piensa en ello a primera hora de la mañana, a última hora de la noche, y en medio de la noche, si por casualidad está despierto (risas). No creo que considere ningún sacrificio demasiado grande, ninguna interrupción del comercio demasiado deplorable, ningún derramamiento de sangre casi demasiado lamentable, si se lo pone en la balanza con la inmensa ventaja que se derivaría del hecho de que sir J. Bowring hubiese logrado una recepción oficial en el Yamun de Cantón (Risas).»

Vino después lord Lyndhurst:

«Sir J. Bowring, que es un distinguido humanitarista además de plenipotenciario (risas), admite él mismo que el registro es nulo y que la lorcha no tenía derecho a izar la bandera inglesa. Ahora bien, obsérvese lo que dice: “El buque carecía de protección, pero los chinos no lo saben. Por amor de Dios, no se lo susurren a nadie”. (Oíd). Y perseveró, pues dijo, en efecto: Sabemos que los chinos no han cometido violación alguna del tratado, pero no se lo diremos; insistiremos en una reparación y en la devolución de los hombres que han capturado, en una forma determinada. Si los hombres no eran devueltos en la forma exigida, ¿cuál era el remedio? Pues apoderarse de un junco, de un junco de guerra. Si eso no bastaba, apoderarse de más hasta obligarlos a someterse, aunque supiéramos que la razón estaba de su lado y que nosotros no teníamos justicia de la nuestra (Oíd) ... ¿Se ha visto alguna vez una conducta más abominable, más flagrante, en la cual —no diré más fraudulenta, sino tan equivalente al fraude en nuestro país— se haya esgrimido una pretensión más falsa por parte de un hombre público al servicio del Gobierno británico? (Oíd) ... Es extraordinario que sir J. Bowring creyera que tenía el poder de declarar la guerra. Puedo comprender que un hombre en semejante posición tenga necesariamente la facultad de realizar operaciones defensivas, pero realizar operaciones ofensivas sobre tal fundamento, sobre tal pretexto, es uno de los procederes más extraordinarios que se puedan encontrar en la historia del mundo... Está completamente claro a partir de los documentos presentados ayer sobre la mesa que, desde el primer momento en que sir J. Bowring fue destinado al puesto que ahora ocupa, su ambición era conseguir lo que sus predecesores no habían logrado en absoluto: a saber, una entrada dentro de los muros de Cantón... empeñado solo en llevar a cabo ese objetivo de obtener la admisión en el interior de los muros de Cantón, ha hundido al país en una guerra sin propósito necesario alguno. ¿Y cuál es el resultado? Propiedad, por un valor cuantioso de 1.500.000 dólares, perteneciente a súbditos británicos, está ahora retenida en la ciudad de Cantón y, además, nuestras factorías han sido quemadas hasta los cimientos, y todo esto se debe únicamente a la política maléfica de uno de los hombres más maléficos. — But man, proud man, / Drest in a little brief authority, / Most ignorant of what he’s most assured, / This glassy essence, like an angry ape, / Plays such fantastic tricks before high heaven / As make the angels weep.»

Y, por último, lord Grey:

«Si Sus Señorías recurren a los documentos, encontrarán que cuando sir John Bowring solicitó una entrevista con el comisionado Yeh, el comisionado estaba dispuesto a recibirlo, pero fijó para tal fin la casa del comerciante Howqua, fuera de la ciudad... La dignidad de sir John Bowring no le permitía ir a otro sitio que no fuera la residencia oficial del comisionado... Espero que, si no se logra otro resultado, al menos se obtenga el buen resultado de la adopción de la resolución: la inmediata destitución de sir J. Bowring.»

Sir J. Bowring recibió un trato similar a manos de los Comunes, y el señor Cobden incluso abrió su discurso con una solemne repudiación de su «amigo de veinte años». Las citas literales de los discursos de los lores Derby, Lyndhurst y Grey demuestran que, para desviar el ataque, a la Administración de lord Palmerston le bastaba con dejar caer a sir J. Bowring, en vez de identificarse con ese «distinguido humanitarista». Que debía esta facilidad de escapatoria no a la indulgencia ni a la táctica de sus adversarios, sino exclusivamente a los documentos presentados ante el Parlamento, se hará evidente con la más somera mirada tanto a los propios documentos como a los debates basados en ellos.

¿Puede quedar todavía alguna duda acerca de la monomanía CC de Sir J. Bowring con respecto a su entrada en Cantón? No está probado que ese individuo, como dice el London Times, «haya tomado un curso enteramente salido de su propia cabeza, sin consejo alguno de sus superiores en la metrópoli ni referencia a la política de éstos». ¿Por qué, entonces, Lord Palmerston, en un momento en que su Gobierno se tambalea, en que su camino está erizado de dificultades de toda índole —dificultades financieras, dificultades de la guerra persa, dificultades del tratado secreto, dificultades de la reforma electoral, dificultades de la coalición—, en que es consciente de que las miradas de la Cámara están «sobre él con más atención, pero con menos admiración que nunca hasta ahora», por qué habría de escoger precisamente ese momento para exhibir, por primera vez en su vida política, una fidelidad inquebrantable a otro hombre —y además a un subalterno—, a riesgo no sólo de menoscabar aún más su propia posición, sino de destruirla por completo? ¿Por qué habría de llevar su entusiasmo de nuevo cuño al extremo de ofrecerse como sacrificio expiatorio por los pecados de un Dr. Bowring? Por supuesto, ningún hombre en su sano juicio cree al noble Vizconde capaz de semejantes aberraciones románticas. La línea de conducta que ha seguido en esta dificultad china proporciona una prueba concluyente del carácter defectuoso de los documentos que ha presentado al Parlamento. Aparte de los documentos publicados, ha de haber documentos secretos e instrucciones secretas que demostrarían de sobra que, si el Dr. Bowring estaba poseído de la «monomanía» de entrar en Cantón, detrás de él se hallaba el frío jefe de Whitehall, que operaba sobre esa monomanía y la impulsaba, para sus propios fines, del estado de latente ardor al de fuego consumidor.