Works of Frederick Engels 1857

La guerra de montaña en el pasado y el presente

La reciente posibilidad, aún no del todo descartada, de una invasión de Suiza, ha reavivado naturalmente el interés público no sólo por los recursos defensivos de la República montañesa, sino también por la guerra de montaña en general. La gente se inclina por lo común a considerar a Suiza como inexpugnable, y piensa en una fuerza invasora como en aquellos gladiadores romanos cuyo “Ave Caesar, morituri te salutant” [Salve, César; los que van a morir te saludan] se ha hecho tan célebre. Se nos recuerdan Sempach y Morgarten, Murten y Granson, y se nos dice que tal vez sea bastante fácil para un ejército extranjero entrar en Suiza, pero que, como dijo el bufón de Alberto de Austria, será difícil volver a salir. Incluso los militares recitarán los nombres de una docena de pasos y desfiladeros de montaña, donde un puñado de hombres podría oponerse fácilmente y con éxito a un par de miles de los mejores soldados.

Esta tradicional inexpugnabilidad de la llamada fortaleza montañosa de Suiza data de la época de las guerras con Austria y Borgoña, en los siglos XIV y XV. En la primera, la caballería acorazada de los caballeros era el arma principal de los invasores; su fuerza residía en la carga irresistible contra ejércitos desprovistos de armas de fuego. Ahora bien, esta carga era imposible en un país como Suiza, donde la caballería, excepto la más ligera y en pequeño número, es inútil incluso hoy día. Cuánto más lo era la de los caballeros del siglo XIV, embarazados con casi un quintal de hierro. Tenían que desmontar y combatir a pie; así perdían hasta el último resto de movilidad; y los invasores se veían reducidos a la defensiva, y cuando se les sorprendía en un desfiladero, quedaban indefensos incluso ante mazas y palos. Durante las guerras de Borgoña, la infantería armada con picas se había convertido en una parte más importante del ejército, y se habían introducido las armas de fuego, pero la infantería se veía aún entorpecida por el peso de la armadura defensiva, los cañones eran pesados y las armas de mano toscas y comparativamente inútiles. El equipo entero de las tropas era todavía tan embarazoso que las incapacitaba por completo para la guerra de montaña, y especialmente en una época en la que apenas puede decirse que existieran caminos. La consecuencia fue que, tan pronto como estos ejércitos de movimientos lentos se veían envueltos en terreno difícil, quedaban atascados, mientras que los campesinos suizos, con armamento ligero, estaban en condiciones de actuar ofensivamente, de maniobrar mejor, de rodear y, finalmente, de derrotar a sus adversarios.

Durante tres siglos después de las guerras de Borgoña, Suiza no fue nunca seriamente invadida. La tradición de la invencibilidad suiza se hizo venerable, hasta que la Revolución Francesa, acontecimiento que desgarró tantas tradiciones venerables, destruyó también ésta, al menos para los conocedores de la historia militar. Los tiempos habían cambiado. La caballería con coraza y los pesados piqueros habían desaparecido; la táctica se había revolucionado una docena de veces; la movilidad se estaba convirtiendo en la principal cualidad de los ejércitos; la táctica lineal de Marlborough, Eugenio y Federico el Grande estaba siendo trastocada por las columnas y los escaramuzadores de los ejércitos revolucionarios; y desde el día en que el general Bonaparte cruzó, en 1796, el Col di Cadibone, se lanzó entre las dispersas columnas austriacas y sardas, las derrotó de frente, al tiempo que interceptaba su retirada en los estrechos valles de los Alpes Marítimos, haciendo prisioneros a la mayor parte de sus adversarios —desde aquel día data la nueva ciencia de la guerra de montaña que ha puesto fin a la inexpugnabilidad de Suiza.

Durante el período de la táctica lineal, que precedió inmediatamente al de la guerra moderna, todo terreno difícil era cuidadosamente evitado por ambos adversarios. Cuanto más llana era la llanura, tanto más se la consideraba apta para campo de batalla, con tal de que ofreciera algún obstáculo para apoyar una o ambas alas. Pero con los ejércitos revolucionarios franceses comenzó un sistema diferente. Un obstáculo ante el frente, que ofreciera cobertura a los escaramuzadores lo mismo que a las reservas, se buscaba con afán en toda posición defensiva. En conjunto, preferían el terreno difícil; sus tropas tenían movimientos mucho más ligeros; y sus formaciones, en orden disperso y en columnas, no sólo permitían movimientos rápidos en todas direcciones, sino que incluso hacían ventajoso para ellos aprovechar la protección que ofrecía el terreno quebrado, al mismo tiempo que sus adversarios se perdían por completo en él. De hecho, el término «terreno impracticable» quedó casi borrado de la terminología militar.

Los suizos hubieron de sentirlo en 1798, cuando cuatro divisiones francesas, a pesar de la tenaz resistencia de una parte de los habitantes y de la insurrección por tres veces repetida de los antiguos cantones forestales, se adueñaron del país que, en los tres años siguientes, se convirtió en uno de los más importantes teatros de la guerra entre la República Francesa y la Coalición. Cuán poco temían los franceses las inaccesibles montañas y las estrechas gargantas de Suiza, lo mostraron ya en marzo de 1798, cuando Masséna marchó de inmediato sobre el cantón más escarpado y montañoso, los Grisones, a la sazón ocupado por los austriacos. Éstos ocupaban el valle superior del Rin. En columnas concéntricas, las tropas de Masséna entraron en aquel valle por desfiladeros apenas transitables para caballos, ocuparon todas las salidas y, tras una breve resistencia, forzaron a los austriacos a rendir las armas. Los austriacos aprovecharon muy pronto esta lección; al mando de Hotze, general que adquirió gran pericia en la guerra de montaña, volvieron al ataque, repitieron la misma maniobra y expulsaron a los franceses. Luego vino la retirada de Masséna a la posición defensiva de Zúrich, donde derrotó a los rusos de Kórsakov, la invasión de Suiza por el San Gotardo por Suvórov, su desastrosa retirada, y por último otro avance de los franceses a través de los Grisones hacia el Tirol, donde Macdonald, en pleno invierno, atravesó tres crestas montañosas que apenas se consideraban transitables en fila india. Las grandes campañas napoleónicas que siguieron luego se libraron en las grandes cuencas fluviales del Danubio y el Po; las grandiosas concepciones estratégicas en que se basaban, tendientes todas a aislar al ejército enemigo del centro de sus recursos, a destruir ese ejército y a ocupar luego el centro mismo, implicaban un terreno menos quebrado y la concentración de masas para batallas decisivas, cosa que no podía lograrse en países alpinos. Pero desde la primera campaña alpina de Napoleón en 1796, y su marcha a través de los Alpes Julianos hasta Viena en 1797, hasta 1801, toda la historia de la guerra demuestra que las crestas y los valles alpinos han perdido por completo su terror para las tropas modernas; ni han ofrecido los Alpes desde entonces, hasta 1815, posiciones defensivas dignas de mención ni a Francia ni a la Coalición.

Cuando se atraviesa una de esas profundas gargantas que serpentean por los caminos que conducen de la vertiente septentrional de los Alpes a su declive meridional, se encuentran las más formidables posiciones defensivas a cada recodo del camino. Tómese, por ejemplo, la bien conocida Via Mala. No hay oficial que no diga que podría sostener aquel desfiladero con un batallón contra un enemigo, si tuviera la seguridad de no ser envuelto. Pero ahí está precisamente el quid. No hay paso de montaña, ni aun en la cresta más alta de los Alpes, que no pueda ser envuelto. La máxima de Napoleón para la guerra de montaña era: «Donde pueda pasar una cabra, puede pasar un hombre; donde un hombre, un batallón; donde un batallón, un ejército». Y Suvórov tuvo que hacerlo, cuando se vio estrechamente encerrado en el valle del Reuss, y tuvo que hacer marchar a su ejército por senderos de pastores, por donde sólo podía pasar un hombre a la vez, mientras Lecourbe, el mejor general francés para la guerra de montaña, le pisaba los talones.

Esta facilidad para envolver al enemigo es la que compensa con creces la fuerza de las posiciones defensivas, cuyo ataque frontal sería a menudo una perfecta locura. Cubrir todos los caminos por los que una posición puede ser envuelta implicaría, para la parte defensora, una diseminación de fuerzas tal que aseguraría una derrota inmediata. A lo sumo, sólo pueden ser observados, y el rechazo del movimiento envolvente ha de depender del empleo juicioso de las reservas y del juicio y la rapidez de los comandantes de los destacamentos sueltos; sin embargo, si de tres o cuatro columnas envolventes una sola tiene éxito, la parte defensora queda en una situación tan mala como si todas lo hubieran logrado. Así, estratégicamente hablando, el ataque en la guerra de montaña es decididamente superior a la defensa.

Lo mismo ocurre cuando consideramos el asunto desde un punto de vista puramente táctico. Las posiciones defensivas serán siempre estrechas gargantas de montaña, ocupadas por fuertes columnas en el valle y protegidas por escaramuzadores en las alturas. Estas posiciones pueden ser envueltas ya sea desde el frente, mediante partidas de escaramuzadores que trepen por las laderas del valle y desborden a los tiradores de la defensa, o mediante partidas que marchen por la cima de la cresta, donde ello sea practicable, o por un valle paralelo —aprovechando la fuerza envolvente un paso para caer sobre el flanco o la retaguardia del puesto defensor. En todos estos casos, las partidas envolventes tienen la ventaja de la posición dominante; ocupan el terreno más alto y dominan el valle ocupado por sus adversarios. Pueden hacer rodar rocas y troncos sobre ellos; porque hoy en día ninguna columna es tan insensata como para penetrar en una garganta profunda antes de que sus flancos estén despejados; de modo que este modo de defensa antes favorito se vuelve ahora contra los defensores. Otra desventaja de la defensa es que el efecto de las armas de fuego, en el que principalmente se apoya, queda muy reducido en terreno montañoso. La artillería es, o bien casi inútil, o bien, cuando se emplea seriamente, se pierde por lo general en la retirada. La llamada artillería de montaña, consistente en ligeros obuses transportados a lomo de mulas, apenas tiene efecto alguno, como lo demuestra ampliamente la experiencia de los franceses en Argelia. En cuanto a los mosquetes y rifles, el abrigo que se ofrece por doquier en semejante terreno priva a la defensa de una ventaja muy grande: la de tener delante de la posición terreno descubierto que el enemigo haya de recorrer bajo el fuego. Tácticamente, pues, lo mismo que estratégicamente, llegamos a la conclusión del Archiduque Carlos de Austria, uno de los mejores generales en la guerra de montaña y uno de los más clásicos escritores sobre el tema, de que en esta clase de guerra el ataque es inmensamente superior a la defensa.

¿Es, entonces, perfectamente inútil defender un país montañoso? Ciertamente no. De ello sólo se sigue que la defensa no ha de ser meramente pasiva, que ha de buscar su fuerza en la movilidad y actuar, siempre que se ofrezca la ocasión, ofensivamente. En países alpinos apenas pueden ocurrir batallas; toda la guerra es una serie continua de pequeñas acciones, de intentos, por parte del atacante, de introducir la cuña por uno u otro punto de la posición enemiga y luego avanzar con fuerza. Ambos ejércitos están necesariamente dispersos; ambos han de exponerse a cada paso a un ataque ventajoso; ambos han de confiar en el azar. Ahora bien, la única ventaja que el ejército defensor puede aprovechar es buscar estos puntos débiles del enemigo y lanzarse entre sus columnas divididas. En tal caso, las fuertes posiciones defensivas en las que únicamente confiaría una defensa meramente pasiva, se convierten en otras tantas trampas para el enemigo en las que se le puede inducir a coger el toro por los cuernos, mientras los esfuerzos principales de la defensa se dirigen contra las columnas envolventes, cada una de las cuales puede a su vez ser envuelta y puesta en la misma situación de impotencia a la que pretendía reducir al defensor. Sin embargo, es evidente de inmediato que una defensa activa de esta índole presupone generales activos, experimentados y hábiles, tropas altamente disciplinadas y móviles, y sobre todo jefes de brigada, batallón e incluso de compañía muy diestros y fiables; porque en este caso todo depende de la pronta y juiciosa actuación de los destacamentos.

Hay aún otra forma de guerra defensiva de montaña que se ha hecho célebre en los tiempos modernos; es la de la insurrección nacional y la guerra de partisanos, para la cual se requiere un país montañoso, al menos en Europa. Tenemos cuatro ejemplos de ella: la insurrección tirolesa, la guerra de guerrillas española contra Napoleón, la insurrección carlista vasca y la guerra de las tribus caucásicas contra Rusia. Aunque causaron grandes aprietos a los invasores, ninguna de ellas, considerada por sí sola, ha resultado exitosa. La insurrección tirolesa solo fue formidable mientras estuvo apoyada, en 1809, por tropas regulares austriacas. Las guerrillas españolas, pese a contar con la inmensa ventaja de un país muy extenso, debieron la larga duración de su resistencia principalmente al ejército anglo-portugués, contra el cual hubieron de dirigirse siempre los principales esfuerzos de los franceses. La larga duración de la guerra carlista se explica por el estado degradado al que se hallaba reducido a la sazón el ejército regular español y por las constantes negociaciones entre los generales carlistas y cristinos; y no puede tomarse como un espécimen imparcial. Finalmente, en la lucha caucásica, la más gloriosa de todas para los montañeses, su éxito relativo se ha debido a las tácticas ofensivas predominantes en la defensa de su terreno. Allí donde los rusos —que, junto con los británicos, son, de todas las tropas, las menos aptas para la guerra de montaña— atacaban a los caucásicos, estos han sido generalmente derrotados, sus aldeas destruidas y sus pasos de montaña asegurados por puestos fortificados rusos. Pero su fuerza residía en continuas incursiones desde sus montañas hacia las llanuras, en sorpresas de estaciones o puestos avanzados rusos, en rápidas excursiones muy a retaguardia de la línea avanzada rusa y en emboscadas tendidas a las columnas rusas en marcha. En otras palabras, eran más ligeros y más movibles que los rusos, y sacaban provecho de esta ventaja. De hecho, en todos los casos, pues, de insurrecciones de montañeses siquiera temporalmente exitosas, ese éxito se ha debido a operaciones ofensivas. En esto difieren totalmente de las insurrecciones suizas de 1798 y 1799, donde encontramos a los insurgentes ocupando alguna posición defensiva aparentemente fuerte y aguardando allí a los franceses, quienes en todos los casos los hicieron pedazos.

(Segundo artículo)

La historia de la moderna guerra de montaña, de la cual dimos un breve extracto en un artículo anterior, prueba de la manera más clara que la movilidad de los ejércitos de nuestros días es perfectamente capaz de superar o tornar todos los obstáculos naturales que un país alpino como Suiza pueda oponer a sus maniobras. Supongamos, pues, que estalla realmente una guerra entre el rey de Prusia y Suiza; los suizos tendrán que buscar ciertamente otras defensas además de sus tan cacareadas «fortalezas montañosas» para la seguridad de su país.

En el caso arriba supuesto, la línea por la que Suiza podría ser atacada se extendería desde Constanza a lo largo del Rin hasta Basilea: pues hemos de considerar tanto a Austria como a Francia como neutrales, ya que la intervención activa de cualquiera de ellas aseguraría a la fuerza de ataque una superioridad tan aplastante que cualesquiera combinaciones estratégicas contra ella serían inútiles. La frontera septentrional, por tanto, es la única que se supone abierta a la invasión. Está protegida en primera línea por el Rin, obstáculo de no gran importancia. Este río corre a lo largo de la frontera atacada unas 70 millas, y aunque es profundo y rápido, ofrece muchos lugares favorables para un paso. En las guerras revolucionarias francesas su posesión nunca fue seriamente disputada y, en verdad, un fuerte ejército atacante siempre puede forzar el paso de cualquier río en una porción de su curso de 70 millas de largo. Las falsas alarmas, los ataques fingidos, seguidos de una repentina concentración de tropas en los verdaderos puntos de paso, han de tener éxito en cada caso. Existen, además, varios puentes de piedra sobre él, los cuales los suizos apenas intentarían destruir tan seriamente como para inutilizarlos durante el período de una campaña; y, por último, Constanza, por ser una ciudad alemana situada en la orilla meridional del Rin, ofrece una cómoda cabeza de puente para que los prusianos tomen toda la línea.

Pero hay otro obstáculo a corta distancia detrás del Rin, que realza su defensibilidad indirecta de manera similar a como los Balcanes, en Bulgaria, realzan la defensibilidad del Danubio. Tres afluentes del Rin, el Aar desde el suroeste, el Reuss y el Limmat desde el sudeste, se unen cerca de Brugg —formando los dos últimos un ángulo recto con el Aar— y corren luego en dirección norte hacia el Rin, al que se unen en Coblenza (esta Coblenza sobre el Aar y el Rin no debe confundirse, por supuesto, con la fortaleza del mismo nombre en el Mosela y el Rin), a unas 10 millas de su reunión. Así, el Aar, desde Brugg hasta el Rin, corta en dos el país cubierto por esta última corriente, de modo que un ejército invasor, tras haber pasado el Rin, sea aguas arriba o aguas abajo de Coblenza, tiene frente a sí ya el Limmat, ya el Aar, y es detenido de nuevo por un río defendible. El ángulo saliente, formado por la unión del Aar y el Limmat (formando el Reuss solo una fuerte segunda línea respecto a la del Limmat), ofrece así una importante segunda posición para la defensa. Sus flancos están cubiertos, a la izquierda (oeste), por los lagos de Zúrich, Wallenstadt, Zug y los Cuatro Cantones; ninguno de los cuales un ejército prusiano, bajo las circunstancias arriba supuestas, osaría tornear. La posición del Aar y el Limmat, con el Rin a la espalda de cualquier ejército que acudiese a atacarla, constituye por tanto la principal defensa estratégica de Suiza contra una invasión desde el Norte. Supongamos que los suizos rechazasen un ataque sobre ella y prosiguiesen la victoria con un contraataque y una persecución activa; el ejército batido estaría perdido, dislocado, copado y arruinado antes de poder retirarse por los pocos puentes que pudiera tener sobre el Rin.

Por otra parte, si la línea del bajo Aar y el Limmat fuese forzada una vez, ¿qué les quedaría a los suizos? Aquí hemos de consultar de nuevo la configuración del terreno. Los grandes ejércitos no pueden vivir en las altas montañas, ni pueden establecer en ellas sus principales bases de operaciones ni sus almacenes. Esta es una de las razones por las cuales las campañas en países alpinos, si se emprenden con fuerzas considerables, han sido siempre de muy corta duración. Los suizos no podrían, por tanto, pensar en retirarse en fuerza a las altas montañas; deberían mantenerse tanto como fuera posible en el territorio más llano, donde encuentran ciudades con todos sus recursos y caminos para facilitar el transporte. Ahora bien, si se traza una línea desde el punto donde el Ródano entra en el lago de Ginebra, en Villeneuve, hasta el punto donde el Rin entra en el lago de Constanza, cerca de Rheineck, esta línea cortará a Suiza en dos porciones, la noroccidental de las cuales (dejando el Jura fuera de consideración) comprenderá las Tierras Bajas suizas, mientras que la sudoriental comprende las Tierras Altas o país alpino. La estrategia de los suizos queda así claramente definida. Su cuerpo principal habrá de retirarse sobre la línea Zúrich — Berna — Lausana — Ginebra, defendiendo el país abierto palmo a palmo, y entregando las montañas del sudeste a la protección de aquellas porciones del ejército que hayan podido quedar cortadas, y a la guerra irregular de los Landsturm y cuerpos francos de montañeses. El cuerpo principal sería apoyado en esta línea de retirada por todos los afluentes meridionales del Aar, todos los cuales corren paralelos al Reuss y al Limmat, y, en Berna, por el propio Aar, que en su curso superior corre también de este a noroeste. Una vez forzado el alto Aar y tomada Berna, quedaría poca probabilidad a los suizos de llevar la guerra a una conclusión exitosa, a menos que los montañeses y los cuerpos recién formados del sudeste lograsen ocupar de nuevo parte de la llanura y amenazar la retaguardia prusiana con tal gravedad que hubiera de seguirse una retirada general. Pero esa probabilidad bien puede dejarse enteramente fuera de consideración.

Así, los suizos tendrían varias buenas líneas de defensa: primero, el Aar y el Limmat; luego, el Aar y el Reuss; en tercer lugar, el Aar y el Emme (por no mencionar los afluentes menores intermedios del Aar), y en cuarto lugar, el alto Aar, con el ala izquierda tras la zona pantanosa que se extiende desde el lago de Neuchâtel hasta dicho río.

El ataque tiene su estrategia prescrita con igual claridad por la configuración del país que la defensa. Si los prusianos enviaran su cuerpo principal a través del Rin aguas arriba de Coblenza y atacaran la posición del Limmat, estarían cogiendo al toro por los cuernos; no solo tendrían que asaltar la posición que Masséna en 1799 defendió con tanto éxito contra austriacos y rusos, sino que, tras tomarla, hallarían 5 millas más allá la posición del Reuss, enteramente igual de fuerte; y luego, a 2, 3 o 5 millas, otro torrente de montaña les cerraría el paso, hasta que por fin, tras una sucesión de demoras, combates y pérdidas, volverían a encontrar a los suizos apostados tras el Emme, río que forma un obstáculo casi tan serio como el Limmat. A menos que razones políticas —que dejamos enteramente al margen— indujeran a los prusianos a mantenerse a respetuosa distancia de la frontera francesa, esta forma de ataque sería, por tanto, absolutamente fallida. El verdadero camino hacia Suiza cruza el Rin entre Basilea y Coblenza; o bien, si parte del ejército cruzase aguas arriba de Coblenza, habría de establecerse de inmediato una comunicación a través del Aar entre Brugg y Coblenza para concentrar el cuerpo principal en la orilla izquierda de este último río. El ataque directo a la línea del Aar torna tanto la línea del Limmat como la del Reuss, y puede hacerse de modo que torne también las líneas de todos los afluentes meridionales menores del Aar, casi hasta el río Emme. La línea del Limmat, además, es corta, extendiéndose en su frente atacable, desde Zúrich hasta Brugg, no más de 20 millas, mientras que la línea del Aar, desde Brugg hasta Soleura, ofrece al ataque una extensión de 36 millas, y ni siquiera está absolutamente a salvo de un ataque frontal aguas arriba de Soleura. La izquierda de la posición, entre Soleura y Aarberg, es su punto débil; forzada allí, la línea no solo se pierde para los suizos, sino que estos quedan cortados de Berna, Lausana y Ginebra, y no les queda otra retirada que hacia las tierras altas del sudeste.

La defensa, sin embargo, se apoya aquí en obstáculos tácticos. Cuanto más se remonta el Aar hacia Soleura, tanto más se aproximan al río las crestas más altas del Jura, y obstruyen las operaciones militares con sus peculiares valles longitudinales que corren todos paralelos al Aar. Las crestas intermedias distan mucho de ser infranqueables, pero, aun así, la concentración de un gran cuerpo en semejante terreno presupondría maniobras muy complicadas, siempre desagradables frente al enemigo y no fácilmente emprendidas por un general a menos que tenga plena confianza en sí mismo y en sus tropas. No siendo esta última cualidad muy común entre los viejos generales prusianos, que apenas puede decirse que hayan visto servicio activo desde 1815, no es probable que arriesgasen una maniobra semejante, sino que se atuviesen a medias tintas en los flancos y concentrasen sus principales esfuerzos en la parte baja.