ARTÍCULOS DE MARX Y ENGELS das en el párrafo que recomienda una amnistía general. En un virulento ataque a las insurrecciones militares en general y a la insurrección militar de 1854 en particular exigía <<que la política de conciliación no se extendiera hasta el punto de alentar a los {Jerturbadores incorregibles concediéndoles impunidad absoluta». Este golpe, urdido por los amigos de Sartorius, iba dirigido tanto a 0'- Donnell como al duque de Valencia (Narváez). De hecho, los Polacos habían averiguado que O'Donnell aprovecharía la primera ocasión para denunciar a Narváez como su cómplice secreto en la insurrección del Campo de Guardias. Por ello ofrecía el general Calonge tal oportunidad a O'Donnell. Para prevenir la amenazante explosión, Narváez recurrió a una maniobra desesperada. El, el hombre de orden, justificó la revolución de 1854, que, según dijo, se hallaba <<inspirada en el más elevado patriotismo y provocada por los excesos de los gobiernos precedentes». Así, justo cuando el Sr. Nocedal, ministro del Interior, estaba proponiendo a las Cortes una draconiana ley de prensa, Narváez, presidente del gobierno, actuó en el Senado como abogado del diablo, como defensor de la revolución y de la insurrección militar. Pero en vano. Durante la siguiente sesión del Senado, el 18 de mayo, Narváez, obligado por los Polacos a revocar su crítica de los <<gobiernos anteriores>>, tuvo que plegarse a las indiscretas revelaciones de O'Donnell, cuya verdad admitía, lamentando que <<O'Donnell hubiese revelado conversaciones privadas y confidenciales>> y preguntando <<qué confianza puede tenerse ahora en la amistad>>. A los ojos de la corte, Narváez es actualmente un rebelde convicto y dentro de poco tendrá que ceder ante Bravo Murillo y Sartorius, los seguros precursores de una nueva revolución.

Lo siguiente es una traducción literal del discurso de O'Donnel125: <<Señores Senadores, no era posible que yo guardase silencio en esta discusión eminentemente política, después de los grandes sucesos por que ha pasado la Patria desde la última reunión de este Cuerpo, y mucho más imposible era que guardase silencio, cuando en esos mismos sucesos he tenido una parte tan principal. Sí, yo fui el jefe del movimiento del Campo de Guardias; yo fui el que di el programa de Manzanares; yo fui el que acepté la cartera de la Guerra en el Gabinete del Duque de la Victoria 126; yo el que he estado 125. Aunque Marx diga que toma e! texto literal del discurso, la verdad es que la versión inglesa que él ofrece {ignoro de dónde la toma) omite b-.tstantes detalles, y es sólo una versión aproximada del sentido general del mismo. Pero ya que él dice que reproduce el discurso de O'· Donnell, tomo aquí el texto tal como aparece en el Diario de las Sesiones de Cortes, Senado, del día 18 de mayo de 18.'7, no el texto literal de Marx. Señalo con puntos suspensivos los lugares en que el texto de Marx omite un pauje de cierta extensión {que tampoco reproduzco aquí), mientras que pongo rntre con:htm lc111 patltjea no recogidos por el texto inglés. 126. f.sparteru ESCRI~OS SOBRE ESPA'IA dos años a su lado, y yo, en fin, el que fui llamado por la Corona, en momentos muy solemnes, para salvar el Trono y la sociedad, que estaban a pique de hundirse, y que tuve la ~uerte de salvarlos sin sangre, sin hacer derramar una lágrima y sin un solo destierro después del combate. Si todo esto me obligaba a pedir la palabra en la discusión presente, mucho más obligado me creo (y hasta sería criminal mi silencio) a hablar después de las acusaciones lanzadas por el Sr. Calonge contra mí y mis dignos compañeros, que dos años después han estado constantemente a mi lado, y que en días de grave crisis tal vez a ellos se les deba la salvación de la sociedad y del Trono de nuestra Reina.

Señores, el Sr. Calonge calificó de rebelión militar la del Campo de Guardias {porque S.S. presentó la cuestión sola y aislada; el Sr. Calonge prescindió de todo lo que aquí había pasado durante más de un año; y el Sr. Calonge, al hacer esto,] se olvidó de las causas que lo produjeron, de las causas que, como dijo ayer el Sr. Presidente del Consejo de Ministros, lo hicieron necesario, y que tal vez trajeran más tarde una revolución que no tuviese ningún remedio, que no hubiera podido detenerse.

Yo doy las gracias al Sr. Presidente del Consejo de Ministro por la energía con que rechazó la acusación que el Sr. Calonge dirigió sobre los generales del campo de Vicálvaro. Su Señoría lo hizo con aquella energía propia de quien defiende su misma causa. Como yo voy a entrar en detalles que considero indispensables para justificar el hecho del Campo de Guardias; como yo desearía separar toda la parte personal [: como no quisiera pronunciar en esta cuestión ninguna palabra que pudiera excitar las pasiones; como no obra en mí otro sentimiento que el de mi propia justificación, lo que debo a mi Patria, a mi honra,] yo me atrevería a dirigir una pregunta al Sr. Presidente del Consejo de Ministros [, pues si quiere y gusta contestarla, me ahorraría dar explicaciones que yo desearía evitar]. ¿Es verdad que el Sr. Duque de Valencia estaba unido con los generales que fuimos al Campo de Guardias, desde el año 52? 1¿Es verdad que S.S. era sabedor de todo lo que hicieron después de cerrado el Senado y de la votación de los 105? ¿Es verdad que S. S. estaba completamente conforme con ellos? ¿Es verdad que S. S. estaba dispuesto a unirse a nosotros?] ¿Es verdad que, si bien S. S. no se nos unió por razones que yo respeto, más tarde nos felicitó por ello enviándonos un ayudante? fYo rogaría a S. S. que me contestase, si gusta, a estas preguntas; pues haciéndolo me evitaría dar explicaciones en que de otro modo me vería precisado a entrar. (Sensación).] ... Narváez: Yo no puedo contestar a las preguntas que me ha hecho y del modo que lo ha verificado el Sr. Conde de Lucena; no ARTICULOS DE MARX Y ENGELS tengo más que manifestar que en las cosas que el Sr. Conde de Lucena meditó, que en las cosas que el Sr. Conde de Lucena trató, del modo que S. S. lo hizo; que en las cosas que S. S. ejecutó, yo no tuve participación ninguna, cualesquiera que fueran las relaciones que yo antes y hasta cierto punto tuve con S. S. [S. señoría debe contestarse a sí propio, y yo le contestaré después, con arreglo a lo que S. S. diga.l ...

O'Donnell: Su señoría ha contestado como ha tenido por conveniente, en uso de su derecho a la pregunta que le he hecho. Yo quisiera haberme evitado la necesidad de dar explicaciones; pero toda vez que se me ha puesto en el caso, yo las daré, y S. S. contestará después lo que crea oportuno. Señores, todo el mundo recordará que el año 52, la más completa calma reinaba en la política [en términos de que a la sazón se usaba la palabra o la frase de que la política estaba muerta. Por una fatalidad para el Ministerio que entonces dirigía las riendas del Estado, y para la Nación], se inauguró por primera vez la palabra de reforma de la Constitución. 1(El Sr. Marqués de Miraflores pide la palabra.)l Los Sres. Senadores recordarán la agitación que se extendió por Madrid al hablar, con fundamento o sin él, de un golpe de Estado que se suponía para reformar la Constitución de 1845. No ignorarán tampoco los Sres. Senadores que hubo reuniones en aquel momento, a pesar de no haberse reunido las Cortes, de hombres políticos, Senadores y Diputados, y que hasta se acordó una representación a S. M., que llegó ya a tener las firmas de un número bastante crecido de personas importantes. Sin embargo, estas voces se acallaron; la representación no llegó a someterse a S. M, y así transcurrieron las cosas hasta que a fin de año fueron convocadas las Cortes. Pocos días antes de reunirse éstas, se publicaron en la Gaceta de Madrid los proyectos de reforma que el Gobierno iba a presentar a las Cortes. Produjeron tal efecto, que en aquella Cámara misma donde el Gabinete había tenido una considerable mayoría en cuestiones importantísimas, recibió hasta cierto punto, y como tal lo consideró el Gabinete, un voto de censura al presentar como candidato de oposición para la Presidencia al Sr. Martínez de la Rosa: y digo que como tal lo consideró el Gabinete, porque acto continuo fueron disueltas las Cortes.

Señores, fa pesar de que en España los hechos contemporáneos se olvidan tan fácilmente, que se conocen menos que los que han pasado hace muchos años, recordarán los Sres. Senadores el efecto que entonces produjo la disolución de aquellas Cortes, y] la agitación que desde luego experimentaron los hombres más importantes del partido moderado, tanto que se acordó una reunión, celebrada en casa del Sr. Bermúdcz de Castro, y fue presidida por el Sr. DuESC~ lOS SCBRE ESPAÑA. que de Valencia. lEn aquella reunión se pronunciaron todos contra la idea de la reforma; y después de una discusión en la que se dijeron varios discursos en este sentido,] previendo que era muy posible que el Gobierno no permitiera nuevas reuniones, se acordó nombrar un Comité, fno me acuerdo exactamente del número de personas, pero creo fue de 12 a 14], y cuyo Comité era presidido por el Sr. Duque de Valencia, y del cual, el que tiene la honra de dirigir la palabra al Senado, fue uno de sus individuos. Veinticuatro horas después, el Duque de Valencia recibió la orden de salir con una comisión para Viena, comisión muy inferior por cierto a la que a su alta categoría corresponde. El Sr. Duque acató las órdenes de S. M., y salió para Bayona. Esta medida, lejos de calmar a la oposición, no hizo más que excitar las pasiones, promover una mayor agitación entre los hombres más importantes de todos los partidos. El Comité se reunía en casa del Marqués del Duero, y a ella asistían los hombres más importantes, entre los que se contaba a los Sres. Pida! y Mon y otras personas del partido moderado. fEn ese Comité se protestó siempre contra el proyecto de reforma; en ese Comité se acordó un manifiesto para que los que quisieran fueran a firmarlo. En ese Comité se protestó contra la ilegalidad de las elecciones; se agitó la opinión pública de una manera extraordinaria, y es necesario convenir en que estos hechos eran indefectibles; pues no solamente los hombres del partido progresista, sino los más notables del moderado, temían por la pérdida de la libertad.] El Ministerio Bravo Murillo cayó dos o tres días después de la salida del Duque de Valencia para Bayona, sucediéndole el Sr. Conde de Alcoy; pero la oposición no se dio por satisfecha con esto y no creyó que el peligro había pasado. Se reunieron las Cortes nuevamente convocadas, y en esas Cortes, una de las primeras cuestiones que se trataron fue dar cuenta de una exposición del Sr. Duque de Valencia, que me había sido dirigida para que la entregase y se diese cuenta en este alto Cuerpo, merced a las relaciones de amistad que con él me unían. Su señoría se dirigía al Senado en atención a que otra que había dirigido a S. M. por conducto de sus Ministros responsables no había tenido ningún resultado. [El Senado recordará aquella célebre discusión, y no habrá olvidado tampoco el notable discurso que en defensa del Sr. Duque pronunció mi amigo y compañero general Ros de Olano. El Senado no tomó en consideración la exposición del Duque de Valencia; pero fácil era prever que cuando un Cuerpo naturalmente pacífico y conciliador tomaba una actitud cual la que entonces tomó, la existencia del Gabinete se hallaba comprometida, y de temer era la tempestad cuando tan numerosa fue la oposición que hubo en aquella votación. Pocos días después vino aquella otra célebre discusión de los caminos de hierro, en cuyo tiempo, y antes de que se resolviera, se presentó el Sr. Conde ARTÍCULOS DE MARX Y ENGELS de Alcoy a leer el decreto que cerraba las Cortes.] Cayó también al poco tiempo este Gabinete, al que reemplazó el que presidía el Sr. Lersundi {,que no hizo nada de particular, si bien se aseguraba que pensó gobernar constitucionalmente.]. A este Ministerio sucedió el del Sr. Conde de San Luis.

Siento entrar en esta materia, como antes decía; pero ha llegado el momento de hablar de mis relaciones políticas con los dignos generales, mis compañeros, en el campo de Guardias. Yo recibía y recibíamos todos, antes de regresar el Duque de Valencia a Madrid, una persona que había conferenciado con S. S. y a quien S. S., lamentándose de la situación crítica en que se encontraba el país, de los temores que abrigaba de que pudiese resentirse el Trono de la Reina y las instituciones, encargaba nos dijera veláramos por esto, y aun nos explicaba su opinión, añadiendo que en el estado a que las cosas habían llegado, no veía más recurso de salvación que apelar al medio de la fueo.a. El Ministerio Sartorios autorizó la vuelta a España del Duque de Valencia. Su señoría vino a Madrid, trasladándose a los pocos días a Aranjuez, donde tuvimos una conferencia en la que nos manifestó las ideas patrióticas que siempre tenía por el bien del país, ideas que yo me complazco en reconocer en S. S., aunque no pueda apoyar al Gabinete que preside. El Sr. Duque de Valencia nos hizo ver terminantemente que en su concepto la situación era tal, que era preciso apelar a la cuestión de fuerza. Su señoría nos indicó además que si sus circunstancias particulares le impedían que su espada fuese la primera, que la segunda que se desenvainase sería la suya; añadiendo además que indudablemente en el estado en que las cosas se encontraban y atendido el peligro que todos los hombres importantes del país veían para el Trono y las instituciones, dos regimientos de caballería que se sublevaran resolverían la cuestión.

Las Cortes se abrieron y convencido sin duda el Sr. Duque que había poco que esperar por los medios de oposición legal, se marchó a Loja en lugar de venir al Senado, donde era el jefe natural de la oposición. Todos saben lo que pasó en aquellas Cortes; todos saben que, atacadas las prerrogativas del Senado en la cuestión de Ferrocarriles, vino aquí una discusión célebre que dio por resultado la votación de los 105 Senadores, célebre ya en la historia; y que aquel Ministerio, por una fatalidad para él y para el país, no tuvo la bastante abnegación para dejar el poder dimitiendo en manos de S. M. Las Cortes se cerraron[, y tras su clausura se vio poner en práctica lo que siempre sucede; pues cuando se entra en el camino de la reacción, no es fácil detenerse, y se marcha por una pendiente tan resbaladiza 'omo la de las revoluciones, que no se sabe a dónde van a parar]. A la clausura de las Cortes siguió la persecución de la prensa; a ésta, el destierro de los generales que habíamos votado en contra del Gobierno; después, el de hombres importantes del partido conservador, y hasta el de periodistas de todos los colores. Tras de esto se anunciaron reformas en todos sentidos; se publicó un empréstito forzoso [sin ser votado por las Corres; se prescindió completamente de ellas, no s{>lo para cobrar las contribuciones, sino para otros actos importantes]; en fin, señores, se estuvo todo aquel tiempo completamente fuera de la ley.

Pues bien; en este país donde todos los panidos han conspirado cuando no han ocupado el poder; en este país donde desgraciadamente no hay un solo hombre político que con la mano puesta sobre el corazón pueda decir yo no he conspirado, ¿ha habido una revolución más justa que la de 1854? Yo, señores, desde el cuarto donde pasé encerrado cinco meses127, monté a caballo, y seguido de algunos generales de los que parte se sientan en estos bancos, me puse a la cabeza de los regimientos para echar abajo el gobierno que hollaba la ley y que violaba la Constitución que como generales y como Senadores habíamos jurado respetar. Vinimos a Vicálvaro, y contra toda mi voluntad se empeñó el combate [contra unos escuadrones que habían salido de descubierta, combate en que se batieron los soldados con denuedo], en que no puede decirse que hubo ni vencedores ni vencidos, porque por ambos lados se batieron con la bizarría y denuedo propios de tropas españolas, y que no dio otro resultado que el regresar a Madrid la guarnición que de él había salido, y quedar nosotros en Vicálvaro. Al día siguiente, conforme a lo convenido con el Duque de Valencia, nos trasladamos a Aranjuez, desde donde marchamos sobre Andalucía a encontrarnos con el general Serrano que se hallaba en la provincia de Jaén, y que estaba tan comprometido como nosotros. Llegamos a Manzanares y allí se nos presentó el general Serrano diciéndonos: «Señores, las personas con quienes contaba me han abandonado, me he quedado solo; pero yo vengo a unirme con ustedes y la suerte que corran, ésa correré yo». Entonces vino el manifiesto de Manzanares: como yo no niego nunca mis actos, diré cómo pasó esto.

Dicho se está que yo recibía emisarios de lo que pasaba en la corte l(y aquí debo hacer una observación, porque se ha querido tomar pie de una palabra que dije en el Congreso, asegurando que el movimiento del Campo de Guardias fue obra de una docena de hombres de corazón)]. Hoy debo recordar que en ese movimiento estaban comprometidos casi todos los hombres del partido moderado. [(E/ Sr. Calonge pide la palabra para rectificar y para alusiones)] Pero sucedió aquí lo que sucede siempre; que cuando se trata de ir, hay mu127. El texto de Marx indica •6 meses•. ARTICULOS DE MARX Y ENGELS cha gente que se ofrece, pero cuando llega el momento, son muy pocos los que se presentan. [Risas.- El Sr. Presidente reclama el orden.- El señor general Lara pide la palabra para una alusión.)) Decía, señores, que se me dijo que el movimiento del Campo de Guardias se presentaba por el Gobierno y sus agentes como una cuestión puramente personal; que se había hecho entender y propalado que no había en él ningún pensamiento político; por consiguiente, que eso hacía que muchas personas dispuestas a seguir el movimiento no se atrevieran a verificarlo; que además esto explicaba el por qué habiendo yo estado a las puertas de Madrid, habiendo salido fuera casi toda su guarnición y no habiendo quedado dentro más que una escasa fuerza de Guardia civil, el pueblo de Madrid no se había movido. Entonces di el manifiesto de Manzanares, en el cual prometí dos cosas: la reforma constitucional y la Milicia Nacional. Reforma constitucional en el sentido que la presenté a S. M. cuando fui Presidente del Consejo de Ministros. La Milicia Nacional yo la quería entonces, yo la creía posible, no como se organizó, sino como yo la hubiera organizado si hubiera subido al poder f; yo creía que podía darse ese elemento, esa garantía de orden; y téngase muy en cuenta una cosa que no debe olvidarse, y es que cuando los Gobiernos responsables, es decir, los Ministros, abusan del poder, las Naciones se liberalizan; al paso que, por el contrario, cuando las revoluciones van más allá de lo que debieran ir, los pueblos se hacen atrás. Entonces estábamos en el primer período. Por consiguiente, yo creía podía existir una Milicia Nacional que ofreciese garantías de que no volverían a hollarse las instituciones, existiendo sólo en las grandes poblaciones, compuesta de todos los hombres que tuvieran que perder y no convirtiéndolos en soldados; y que esta Milicia podía ser compatible con el sistema de Gobierno que yo me proponía seguir. Me confirmaba esta idea el ver que en Francia, en Cerdeña y aun en Baviera, que se Gobierna por el régimen absoluto, existe Milicia Nacional.) Salimos de Manzanares, y entonces escribimos una carta al Sr. Duque de Valencia; carta que firmamos los cinco generales que allí estábamos, diciéndole que habíamos llegado con 1800 caballos, y que, si se presentaba, estábamos dispuestos a entregarle el mando. Su señoría nos hizo contestar por medio de su ayudante que estaba enfermo y además que estaba muy vigilado. [Entretanto, los sucesos marchaban; el Ministerio Sartorius cayó, y aquí debo hacer una rectificación puramente militar, pero que espero me permitirá hacer el Senado al defenderme como general.)

Se ha dicho que íbamos hacia Portugal. Esto no es exacto. [En Écija reuní un Consejo al que asistieron, no sólo los generales que me habían seguido, sino también los jefes de los cuerpos que iban a nuestras órdenes, y en él les dije que la revolución estaba hecha, que marchaba 19.~ ESCRFOS SOBRE ESPAÑA ella sola, y que no necesitábamos más gue vivir para ver la caída de aquel Gabinete;] que, por lo tanto, nuestro movimiento debía de ser cruzar Sierra Morena y caer sobre la tierra de Barrios. muy a propósito para nuestra caballería. y nada buena para la artillería rodada, que tenía que dejarse en Andalucía, del enemigo, apoderarnos de todos los carros que hubiese en aquel territorio y volvernos a presentar en ~adrid. Este fue el plan que yo propuse y que todos los generales aceptaron, y que íbamos a ejecutar, cuando recibimos la noticia de la caída del Ministerio San Luis IY el nombramiento del nuevo Gabinete presidido por el Duque de Rivas, primer Ministerio de unión liberal. Sin embargo, este .\1inisterio, no por las personas, que eran dignísimas, sino por la fuerza de las circunstancias, que pueden más que los hombres, no duró más que tres días), y S. .\1. la Reina tuvo por conveniente llamar al Duque de la Victoria para presidir el nuevo Gabinete. Desde este momento mi misión estaba concluida, IY así lo manifesté a mis compañeros. Aquí debo hacer una advertencia manifestando que no fue sólo el movimiento de Madrid el que dio cima a la caída del Ministerio Sartorius; pues antes ya se había pronunciado la guarnición de Barcelona con el capitán general Sr. Larrocha a su cabeza, Zaragoza con el general Rivera. (Los Sres. Rivera y Larrocha piden la palabra para una alusión.) Yo no hablo más que por los documentos oficiales que tengo en mi poder. Su señoría podrá decir luego todo lo que quiera. Decía, señores que estas provincias se habían pronunciado secundando el movimiento la de Valencia, al frente del que se hallaba el general Blanco. Quede, pues. sentado gue todos estos movimientos trajeron el contragolpe a Madrid.] El Sr. San Miguel, capitán general de Madrid en aquellos días y Ministro interino mientras llegaba el Duque de la Victoria, me puso una orden por el telégrafo para que viniera a la corte; orden repetida verbalmente por dos individuos de la junta que se formó, que fueron a buscarme. Yo cumplí esta orden; pero vine, señores, con la firme y determinada resolución de no tomar parte en el Gobierno. Los sucesos iban marchando. La Corona, en uso de su prerrogativa, había llamado al Duque de la Victoria. Yo no tenía entonces relaciones algunas con S. S.; su jefe de E. M. y su amigo cuando se hallaba mandando el ejército de Aragún, quedaron rotas nuestras relaciones en el año de 1840.

Y, señores, todos los que me han hecho cargos y aun me los hacen, por haber aceptado el Ministerio de la Guerra, desde Tembleque, y en Madrid la noche que llegué, me rogaron como la única salvación para el Trono y las instituciones que aceptara el puesto con que se me brindaba en el Gabinete; y téngase en cuenta que todos eran hombres pertenecientes al partido moderado. Yo vi al Duque de la Victoria la noche que llegué. Me vería muy embarazado hoy al llegar a esta parte de mi discurso. no estando ARTÍCUlOS DE MARX Y ENGELS aquí el Duque de la Victoria para contestar a lo que yo diga, si con el manifiesto que ha publicado, y en el cual me ha calificado de una manera bastante dura, no me diera derecho para defenderme. Fui a ver al Duque, que me abrazó con toda cordialidad, manifestándome que era tiempo de que cesase toda división entre los españoles; que nadie lo deseaba tan sinceramente como él; que juzgaba imposible el que ninguno en la disolución en que se hallaban los partidos, pudiese gobernar con hombres de uno solo, y que estaba resuelto a llamar a todos los hombres de moralidad y de orden, fuesen del partido que fuesen. Yo veía la situación de Madrid: los señores Senadores que en aquella época se encontrasen en la corte lo recordarán: todo cubierto de barricadas, con una guarnición muy escasa, aunque yo tenía confianza en la sensatez y cordura del pueblo de Madrid... El Duque de la Victoria me propuso el Ministerio de Estado y Ultramar, indicándome quería entrase en el de la Guerra el señor Allende Salazar. Le manifesté que no podía aceptar semejante cosa, y que de entrar en el Gabinete no debía admitir más que el Ministerio de la Guerra, que era el puesto que naturalmente me estaba destinado. El Duque de la Vi<.."toria se esforzó en probarme la conveniencia de que fuera Ministro de Ultramar por el conocimiento que yo tenía de aquellos países; pero viendo mi resuelta negativa, me contestó que si no aceptaba aquella cartera, no había nadie más que yo que pudiese ir a la isla de Cuba. Le repliqué que había sido capitán general de aquella isla y que no pensaba volver; que me retiraba a mi casa, y que lo único que le pedía era que formase inmediatamente un Gabinete antes de que transcurriese un día más, ya que habían pasado quince días desde su nombramiento de Presidente del Consejo sin nombrar los demás Ministros. Poco después de retirarme, fue el Sr. Allende Salazar a manifestarme que podía entrar en el Ministerio de la Guerra. Aquella noche juramos las personas que compusimos aquel Gabinete, que son conocidas del senado, y aun algunas se sientan aquí... A mí no me quedaban más que dos partidos: dejar correr la revolución que, arrastrando todo consigo, trajese por sus excesos la reacción, o entrar en el Ministerio arrostrándolo todo, y evitar que la revolución se desbordase; lo primero era para mí más cómodo; pero la Patria exigía de mí otros sacrificios; mi honra lo exigía también; yo me sacrifiqué; no estoy arrepentido. La primera cuestión que se suscitó fue la de Cortes Constituyentes. Larga fue la discusión que hubo con este motivo en Consejo de Ministros; y el Sr. Collado, que formaba parte en aquel gabinete, está presente y lo recordará; y en aquella discusión hicimos todos los esfuerzos posibles para que volvieran a reunirse las dos Cámaras, para que volviese a funcionar el Senado. [Pero atrincherado el Duque de la ES::RI-05 SOBRE ESPA'-t.A Victoria en el programa de Zaragoza, fue imposible conseguir nada. Firmamos el decreto. No me arrepiento. Pero la verdad de los hechos es que al presentar a S. M. el proyecto convocando una sola Cámara como Cortes Constituyentes, virtualmente matarnos el Senado.] Hiciéronse las elecciones, y no como ha dicho el Sr. Pidal, ejerciéndose coacción por parte del Gobierno; si en algo pudo pecar aquel Gabinete, fue en haberlas abandonado. [Pero S. S. se ha olvidado, como dije antes, de que en eso sucede lo que con los pueblos, que se hacen liberales cuando los tiraniza el Poder, y cuando viene la revolución retroceden. Los abusos contra que S. S. había clamado, cometidos por otros ministerios, esos eran los que ocasionaban la imposibilidad de que aquel Gobierno pudiese ejercer, no ya una coacción nunca permitida, sino aquella prudente iniciativa que siempre deben tener los Gobiernos.)

Se reunieron las Cortes Constituyentes...; también es verdad que la mayoría de esas Cortes, compuesta de hombres tal vez algo exagerados en sus opiniones, pero que deseaban el bien de sus país; si esa mayoría hubiese tenido dirección, si el Gobierno hubiese sido Gobierno, aquellas Cortes hubieran constituido el país en los primeros cuatro meses de su reunión, y no hubiera sucedido lo que después se vio...; y además se contaba con la popularidad que gozaba el Duque de la Victoria. Pero éste, por una volubilidad que no me explico, porque no quiero atribuirlo a sus intenciones, que creo sinceramente patrióticas, por una debilidad de carácter que, no como militar, como hombre político, es proverbial en él, hizo imposible se consiguiera aquello... No quería hacer traición, como erradamente dice el Duque de la Victoria, a mis compañeros; no ha podido pasar semejante cosa por mi cabeza, ni la admite mi hidalguía; creí que mi permanencia en el poder podía evitar que la revolución saliese de los límites que tenía». Después de una muy torpe defensa de su golpe de Estado, O'Donnell concluyó su discurso declarando que él no podía apoyar al gobierno del mariscal Narváez «desde el momento en que había anunciado su intención de seguir una política que no se compaginaba con la forma de gobierno representativo» 128• K. MARX {Traducido del inglés, según texto de MECW XV, pp. 284-288, pero siguiendo la versión original del Diario de Sesiones} 128. Este texto entrecomillado no se encuentra en el discurso de O'Donnell. Seguramente corresponde al pasaje siguiente: ""o puedo aceptar la política de un Gabinete que propone reformas fundamentales que pueden acabar con el gobierno representativo y ocasionar males a la Patria y al trono de Doña Isabel JI» (Diario de las Sesiones de las Cortes. Senado, 18 de m;lyn de 18.~7, p. 71 ). ARTICULOS DE MARX Y ENGELS ALBUERA The New American Cyclopaedia, vol. 1, Nueva York, 1857 Pueblo y riachuelo en la provincia española de Extremadura, unas 12 millas al sureste de Badajoz. En la primavera de 1811, los británicos sitiaron Badajoz, que entonces estaba en manos de los franceses, y ejercieron una intensísima presión sobre la fortaleza. Beresford cubría el asedio de Albuera con 10.000 soldados ingleses y alemanes y 20.000 portugueses y españoles. Soult avanzó con la parte disponible del ejército de Andalucía y lo atacó cl16 de mayo. El ala derecha de los ingleses estaba apostada sobre una colina redondeada, desde la cual se extendía una prolongación, en forma de silla de montar, a lo largo del centro y del flanco izquierdo de los ingleses. Enfrente, la posición quedaba cubierta por el río Albuera. Soult comprendió enseguida que esa colina redondeada era el punto dominante y la clave de la posición. De ahí que se limitara a ocupar el centro y el flanco izquierdo, mientras preparaba un ataque masivo contra el flanco derecho de los ingleses. A pesar de las protestas de sus oficiales, Beresford había colocado a casi todas las tropas inglesas y alemanas en el centro y en el flanco izquierdo, de forma que la defensa de la cima descansaba casi exclusivamente en las levas españolas. Así, pues, cuando la infantería de Soult avanzó en densas columnas concéntricas hacia la colina, los españoles no tardaron en retroceder; toda la posición inglesa se encontró enseguida rodeada. En este momento decisivo, tras haberse negado Beresford repetidamente a enviar tropas británicas o alemanas a la derecha, un suboficial a sus órdenes hizo avanzar, bajo su propia responsabilidad, a unos 7000 soldados ingleses. Estos se desplegaron por la parte trasera de la colina en forma de silla de montar, aniquilaron con su fuego a los primeros batallones franceses y, al llegar a la cima, la encontraron ocupada por una masa no muy ordenada de densas columnas que carecían de espacio para desplegarse. Los británicos avanzaron contra ellas. El fuego de su línea desplegada tuvo efectos mortíferos sobre las densas masas. Cuando, finalmente, los británicos se lanzaron con la bayoneta, los franceses huyeron hacia abajo en desbandada. Este esfuerzo supremo costó a los ingleses, entre muertos y heridos, casi cuatro quintas partes de sus tropas, pero la batalla quedó decidida y Soult se retiró, aunque el asedio de Badajoz no fue levantado hasta algunos días después. FRIEDRICH ENGELS {Traducido del inglés. según texto de NAC}