Karl Marx

Crisis francesa

["New-York Daily Tribune", núm. 5219, del 12 de enero de 1858, artículo de fondo]

La reducción sucesiva de la tasa de descuento llevada a cabo por el Banco de Francia —que tras el 12 de noviembre era del 10 por ciento, pasó al 9 por ciento el 26 de noviembre, al 8 por ciento el 5 de diciembre y al 6 por ciento el 17 de diciembre— es, naturalmente, presentada por los órganos de prensa imperiales como prueba irrefutable de que la sacudida comercial está amainando y de que «Francia superará la dura prueba sin sufrir una catástrofe». El sistema financiero de Napoleón III habría creado «esta manifiesta superioridad de la situación comercial de Francia frente a la de todas las demás naciones» y ofrecería la garantía de que Francia, ahora y en el futuro, «en tiempos de crisis se verá menos afectada que los países que compiten con ella». Ahora bien, el 6 por ciento es una tasa de descuento bancario que jamás había existido en Francia desde comienzos del presente siglo —si se exceptúa febrero de 1800, pocos días después de la fundación del Banco por el tío <Napoleón I>— hasta el período crítico de 1855 y 1856, bajo el sobrino <Napoleón III>. Pero si el Banco de Francia continúa reduciendo su tipo de interés, digamos al 4 por ciento, ¿qué sucederá entonces? La tasa de descuento fue rebajada al 4 por ciento el 27 de diciembre de 1847, cuando la crisis general aún persistía y la crisis francesa no había alcanzado todavía su punto culminante. Entonces como ahora, el gobierno felicitaba a Francia por el privilegio de salir de las crisis generales con apenas rasguños, y además superficiales. Dos meses más tarde, el terremoto financiero había derribado el trono y al sabio varón <Luis Felipe> que lo ocupaba.

No negamos, ciertamente, el hecho de que la crisis ha ejercido hasta ahora sobre el comercio francés una influencia menor de la esperada. La razón es simple: la balanza comercial con los Estados Unidos, Gran Bretaña y las ciudades hanseáticas es favorable para Francia y lo ha sido desde hace mucho tiempo. Por consiguiente, si las crisis surgidas en esos países hubieran debido repercutir directamente sobre Francia, ésta habría tenido que concederles grandes créditos o acumular especulativamente para ellos mercancías de exportación. Nada semejante ha sucedido. Por eso los acontecimientos americanos, ingleses y hanseáticos no pudieron provocar una salida de oro de Francia, y si el Banco de Francia elevó durante algunas semanas la tasa de interés al nivel de la inglesa, lo hizo sólo por temor a que el capital francés pudiera buscar colocación más lucrativa en el extranjero.

Pero no puede negarse que la crisis general se ha hecho sentir en Francia ya en su fase actual, bajo una forma adecuada a las relaciones comerciales de este país con los Estados Unidos, Inglaterra y las ciudades hanseáticas, a saber, la de una calma crónica. Ella ha obligado a Bonaparte —quien en su carta del 11 de noviembre declaraba que «el mal no existe más que en la imaginación»— a presentarse con otro mensaje oficial, según el cual

«a pesar de la prudencia del comercio francés y de la vigilancia del gobierno, la crisis comercial ha obligado a muchas ramas de la industria, si no a suspender la producción, sí al menos a reducir la jornada de trabajo o a rebajar los salarios», de modo que «muchos obreros sufren por la inactividad forzosa».

Por eso ha abierto un crédito de un millón de francos para socorrer a los necesitados y proporcionar oportunidades de trabajo, ha ordenado medidas militares de precaución en Lyon y ha apelado a la beneficencia privada a través de sus periódicos. Los reintegros en las cajas de ahorro han empezado a superar con mucho los depósitos. Muchos fabricantes han sufrido graves pérdidas por quiebras en América e Inglaterra; la producción se reduce en París, Lyon, Mulhouse, Roubaix, Rouen, Lille, Nantes, Saint-Étienne y otros centros industriales en una proporción aterradora, al tiempo que en Marsella, Le Havre y Burdeos reinan serias dificultades.

La paralización general del comercio en todo el país se desprende con especial claridad del último informe mensual del Banco de Francia, que muestra, en diciembre con respecto a octubre, una reducción de la circulación monetaria en 73.040.000 francos y, con respecto a noviembre, una reducción de 48.955.900 francos, mientras que el total de los efectos descontados ha descendido aproximadamente en 100.000.000 de francos en comparación con octubre y en 77.067.059 francos en comparación con noviembre. Dado el estado actual de la prensa francesa, no es posible, naturalmente, determinar con exactitud el número de quiebras en las ciudades de provincia, pero las quiebras de París, aunque sin ser aún amenazadoras, revelan la tendencia a crecer no sólo cuantitativamente, sino también en lo que se refiere a la calidad de las empresas afectadas. En las dos semanas del 17 de noviembre al 1 de diciembre hubo en París treinta y cuatro quiebras, de las cuales no menos de veinticuatro correspondían a comerciantes de ropa usada, lecheros, sastres, fabricantes de flores artificiales, ebanistas, guarnicioneros, doradores, tratantes en cueros, joyeros, fabricantes de flecos, fabricantes de vinagre, sombrereros, fruteros, etc. Del 1 al 8 de diciembre hubo no menos de treinta y una quiebras, y del 9 al 15 la cifra ascendió a treinta y cuatro, entre ellas varias de mayor importancia, como por ejemplo la quiebra de la casa bancaria Bourdon, Dubuch & Co., de la Sociedad General de voitures de remise <coches de alquiler>, de una sociedad de telares Jacquard, de una sociedad petrolera, etc. Por otra parte, el intento de Bonaparte de detener la ruinosa caída de los precios del trigo y la harina mediante la revocación de los decretos prohibitivos ha fracasado, pues los precios han descendido ininterrumpidamente desde el 26 de noviembre hasta el 21 de diciembre, y, a pesar del razonable margen de ganancia que se obtiene en las ventas en Londres, no se han embarcado hacia allí más de 3.000 sacos (de 110 kg cada uno) hasta el 22 de diciembre.

Si bien la balanza comercial con los Estados Unidos, Inglaterra y las ciudades hanseáticas es favorable a Francia, en cambio le es desfavorable en su comercio con el sur de Rusia, el Zollverein, Holanda, Bélgica, el Levante e Italia. En lo que respecta a Suiza, su balanza comercial sigue siendo pasiva en la actualidad; sin embargo, Francia está tan endeudada con ella —puesto que la mayoría de las fábricas alsacianas funcionan con capital suizo— que, en épocas de escasez de dinero, Suiza siempre puede ejercer una fuerte presión sobre el mercado monetario francés. En este período, como en todos los anteriores, no se producirá una aguda crisis francesa antes de que las dificultades comerciales en los países arriba mencionados hayan alcanzado cierto grado. El hecho de que Holanda no pueda superar la actual tormenta se comprende con la simple reflexión de que su comercio, todavía considerable, está limitado casi exclusivamente a aquellos artículos cuyos precios han caído de la manera más funesta y siguen cayendo. En los centros industriales del Zollverein ya se hacen visibles los síntomas precursores de la crisis. En los periódicos de Trieste se alzan temores acerca de un crac en el comercio del Mar Negro y del Levante, y los primeros relámpagos que lo anuncian han bastado para provocar la quiebra de algunas grandes firmas en Marsella. Por último, en Italia el pánico monetario ha estallado con fuerza justo en el momento en que en el norte de Europa parecía ya amainar, como puede verse en el siguiente extracto del diario milanés "Opinione" del 18 de diciembre.

«Las dificultades actuales son muy, muy grandes. Las quiebras se presentan en una proporción aterradora, y después de las quiebras de Palleari, Ballabio & Co., Cighera, Redaelli, Wechler y Mazzola, después del contrecoup <contragolpe> de las ciudades extranjeras, después de la suspensión de pagos por parte de las mejores casas de Verona, Venecia, Udine y Bérgamo, incluso nuestras firmas más fuertes comienzan a tambalearse y a hacer sus balances. Y estos balances son muy tristes. La observación debería bastar: entre nuestras grandes firmas sederas no hay una sola que tenga menos de 50.000 libras de seda almacenadas, de lo cual se deduce fácilmente que cada una de ellas ha de perder, con los precios actuales, de medio a dos millones de francos, ya que en algunas de ellas las existencias superan las 150.000 libras. La firma Hermanos Brambilla fue sostenida mediante un préstamo de un millón y medio de francos; Battista Gavazzi entra en liquidación, y otros hacen lo mismo. Todo el mundo se pregunta lo que le aguarda; tantas fortunas se han perdido, y muchas han quedado reducidas a la mitad; tantas familias, que aún hace poco vivían en buena situación, están completamente arruinadas; tantos obreros sin trabajo, pan ni medio alguno de subsistencia.»

Cuando la crisis francesa haya madurado como consecuencia de la creciente presión de estos países, tendrá que habérselas con una nación de jugadores, cuando no de aventureros comerciales, y con un gobierno que ha desempeñado en Francia el mismo papel que el comercio privado en nuestro país <los Estados Unidos>, en Inglaterra y en Hamburgo. Afectará gravemente al mercado de acciones y pondrá en peligro su principal sostén: el propio Estado. El resultado natural de la restricción del comercio y la industria franceses es poner dinero a disposición de la Bolsa, sobre todo desde que el Banco de Francia se ve obligado a conceder anticipos sobre títulos del Estado y acciones de ferrocarriles. En lugar de frenar el juego bursátil, el actual estancamiento del comercio y la industria franceses lo ha fomentado. Así vemos en el último informe mensual del Banco de Francia que sus anticipos sobre acciones ferroviarias han aumentado al mismo tiempo que disminuían el descuento de efectos y la circulación monetaria. De ahí que, en la mayoría de los ferrocarriles franceses, a pesar de la gran reducción de los ingresos, suban sus cotizaciones; por ejemplo, los ingresos de la línea de Orléans habían disminuido hacia finales de noviembre en un 22 1/2 por ciento en relación con el período correspondiente del año anterior; no obstante, sus acciones se cotizaban el 22 de diciembre a 1.355 francos, mientras que el 23 de octubre estaban a solo 1.310 francos.

Cuando la depresión comercial se inició en Francia, algunas compañías ferroviarias se vieron obligadas inmediatamente a interrumpir sus trabajos, y a casi todas las restantes las amenazaba una suerte similar. Para remediarlo, el Emperador obligó al Banco de Francia a celebrar un contrato con las compañías, en virtud del cual el Banco se ha convertido prácticamente en un verdadero contratista ferroviario. Tiene que adelantar el dinero correspondiente a las nuevas obligaciones que las compañías están autorizadas a emitir en 1858, según el acuerdo del 30 de noviembre de 1856, y también a las obligaciones que ya debían haberse emitido en 1857; la emisión autorizada para 1858 asciende a cuarenta y dos millones y medio. El Crédit mobilier parecía también destinado a sucumbir al primer choque, y el 3 de diciembre tuvo que vender una parte de su gigantesca cartera de valores con una pérdida enorme. Ahora circula el proyecto de fusionarlo con el Crédit foncier y el Comptoir d'escompte, para que participe del privilegio concedido a estas instituciones, cuyas letras descuenta el Banco de Francia y cuyos títulos acepta. De este modo, el plan sirve manifiestamente para capear la tormenta haciendo responsable al Banco de Francia de todas estas empresas: una maniobra que, naturalmente, expone al propio Banco al naufragio. Pero en lo que ni siquiera Napoleón III puede pensar es en mover al Banco a pagar las derramas <plazos sobre acciones aún no totalmente desembolsadas> que han de satisfacer los accionistas privados de las distintas sociedades por acciones. Prescindiendo de negocios menores, a fines de diciembre vencían las siguientes derramas: Sociedad de Comercio e Industria de Madrid (firma Rothschild) — 30 dólares por acción; Sociedad Franco-Americana de Navegación — 10 dólares por acción; Sociedad del ferrocarril Víctor Manuel — 30 dólares por acción; Sociedad de las Fábricas de Hierro de Herserange — 20 dólares por acción; la Sociedad del Ferrocarril del Mediterráneo — 30 dólares por acción; el Ferrocarril Austríaco — 15 dólares; el Ferrocarril de Zaragoza — 10 dólares; el Ferrocarril Franco-Suizo — 10 dólares; la Société générale de Tanneries <Sociedad General de Curtidos> —

10 dólares; la Compagnie de la Carbonisation de Houilles <Sociedad para la Coquización de Hulla> — 10 dólares, etc. A principios de año vence un pago de 20 dólares por acción del ferrocarril de Chimay-Marienbourg, de 12
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dólares de los Ferrocarriles Lombardo-Vénetos, y de 20 dólares de las Sociedades Belgas y Sudamericanas de Navegación a Vapor. Conforme al acuerdo del 30 de noviembre de 1856, solo las derramas de los ferrocarriles franceses ascenderán en 1858 a unos 50.000.000 de dólares. Existe ciertamente un gran peligro de que Francia naufrague con estas graves obligaciones en el año 1858, al igual que Inglaterra en el período 1846/47. Por lo demás, capitalistas de Alemania, Suiza y los Países Bajos poseen grandes cantidades de valores franceses, de los cuales la mayor parte será arrojada al mercado de la bolsa de París a medida que avance la crisis en esos países, para convertirlos en dinero a toda costa.