Karl Marx

[Englische Greueltaten in China]

["New-York Daily Tribune" Nr. 4984 vom 10. April 1857, Leitartikel]

Cuando hace algunos años se reveló en el Parlamento el espantoso sistema de torturas en la India, Sir James Hogg, uno de los directores de la Muy Honorable Compañía de las Indias Orientales, formuló la audaz afirmación de que las acusaciones presentadas carecían de fundamento. Investigaciones posteriores demostraron, sin embargo, que se apoyaban en hechos que necesariamente debían ser bien conocidos por los directores, y a Sir James no le quedó más remedio que admitir, con respecto a la terrible acusación contra la Compañía, ya fuera «ignorancia deliberada» o «conocimiento punible». Lord Palmerston, el actual primer ministro inglés, y el conde de Clarendon, ministro de Asuntos Exteriores, parecen hallarse justamente ahora en una situación similar, poco envidiable. En el reciente banquete del Lord Alcalde de Londres, el primer ministro intentó en su discurso justificar las atrocidades cometidas contra los chinos:

«Si el Gobierno, en este caso, hubiera aprobado un proceder que no fuese justificable, habría indudablemente emprendido un camino que merecería la desaprobación del Parlamento y del país. Pero nosotros, por el contrario, estábamos convencidos de que ese proceder era necesario e inevitable. Nos parecía que a nuestro país se le había infligido una gran injusticia. Nos parecía que nuestros compatriotas, en una región muy remota del globo, habían estado expuestos a una serie de insultos, violencias y atrocidades que no podían pasarse en silencio.» (Aplausos.) «Nos parecía que los derechos contractuales de nuestro país habían sido violados y que los hombres encargados de defender nuestros intereses en aquella parte del mundo no sólo estaban autorizados, sino incluso obligados, a castigar esas violencias en la medida en que el poder que tenían en sus manos se lo permitiera. Nos parecía que habríamos defraudado la confianza que los ciudadanos de nuestro país habían depositado en nosotros si no hubiésemos aprobado el proceder que considerábamos correcto y que, en las mismas circunstancias, nos creeríamos en el deber de repetir.» (Aplausos.)

Por más que el pueblo inglés y el mundo entero se dejen engañar por tan cómodas declaraciones, su señoría seguramente no las tendrá por verdaderas; y si, no obstante, así lo hace, revela con ello una ignorancia deliberada casi tan inexcusable como el «conocimiento punible». Desde que llegó aquí el primer informe sobre las hostilidades inglesas en China, los periódicos gubernamentales ingleses y una parte de la prensa norteamericana han seguido abrumando a los chinos con innumerables acusaciones: imputaciones sumarias de violación de obligaciones contractuales, insultos a la bandera inglesa, humillación de los extranjeros residentes en su país y cosas por el estilo. Sin embargo, no se ha presentado ni una sola acusación claramente delimitada, ni se ha aducido un solo hecho en apoyo de esas imputaciones, con excepción
del caso de la lorcha «Arrow»,
y en este caso, la realidad de los hechos se ha falseado y paliado con tal arte retórica parlamentaria que cualquiera que se esfuerce seriamente por comprender el pro y el contra de la cuestión tiene que ser inducido a error.

La lorcha «Arrow» era un pequeño barco chino con tripulación china, pero que estaba al servicio de unos ingleses. La lorcha había recibido una licencia temporal para enarbolar la bandera inglesa, licencia que ya había expirado antes del presunto «insulto». Se decía que el barco se utilizaba para el contrabando de sal. A bordo se hallaban algunos sujetos de muy mala calaña —piratas y contrabandistas chinos—, buscados desde hacía tiempo por las autoridades como viejos criminales. Estando el barco anclado en Cantón con las velas arriadas y sin enarbolar bandera alguna, la policía tuvo noticia de la presencia de esos criminales a bordo y los detuvo; exactamente lo mismo habría ocurrido aquí si nuestra policía portuaria hubiera sabido que ladrones de río y contrabandistas se ocultaban a bordo de una embarcación nacional o extranjera en las cercanías. Pero como esa detención perturbó los negocios de los propietarios, el capitán acudió al cónsul británico y se quejó. El joven cónsul, recién nombrado, que, según nos informan, es hombre de temperamento impetuoso e irritable, se precipita *in propria persona* <en persona> a bordo, se enzarza en un acalorado altercado con los policías, que simplemente han cumplido con su deber, y, en consecuencia, no consigue nada en absoluto. De allí vuelve corriendo al consulado, en un escrito dirigido al gobernador general de la provincia de Kwangtung exige perentoriamente reparación y disculpas, y envía un despacho a Sir John Bowring y al almirante Seymour a Hongkong, en el que expone que él y la bandera de su país han sido insultados de manera intolerable, y da a entender, en términos bastante inequívocos, que ha llegado el momento, tanto tiempo esperado, de una demostración militar contra Cantón.

El gobernador Yeh contesta cortés y sosegadamente a las arrogantes exigencias del excitado joven cónsul británico. Le comunica el motivo de la detención y lamenta que se hayan producido malentendidos en este asunto. Al mismo tiempo, niega terminantemente la más leve intención de insultar la bandera británica y devuelve a los detenidos, a los que, aunque legalmente arrestados, no quiere retener por más tiempo a costa de un malentendido tan grave. Pero esto no le basta al señor cónsul Parkes: o recibe una disculpa oficial y una reparación en toda regla, o el gobernador Yeh tendrá que atenerse a las consecuencias. Acto seguido aparece el almirante Seymour con la flota británica, y entonces comienza otra correspondencia: autoritaria y amenazante por parte del almirante, fría, serena y cortés por parte del funcionario chino. El almirante Seymour exige una entrevista personal dentro de la ciudad de Cantón. El gobernador Yeh explica que ello estaría en contradicción con todos los usos precedentes, y que Sir George Bonham había aceptado que no se planteara semejante exigencia. En caso necesario, accedería gustoso a una entrevista que, como de costumbre, tuviera lugar fuera de las murallas de la ciudad o, de cualquier otro modo, se ajustara a los deseos del almirante, siempre que no fuera contraria a los usos chinos y a la etiqueta tradicional. Pero esto no conviene al belicoso representante del poder británico en Oriente.

Por estas razones, aquí sucintamente expuestas, se ha urdido esta guerra sumamente injusta; afirmación que confirman plenamente los informes oficiales que ahora están a disposición del pueblo inglés. Los pacíficos ciudadanos de Cantón, que se dedicaban tranquilamente a sus ocupaciones, fueron pasados a cuchillo, sus viviendas arrasadas y los preceptos de la humanidad pisoteados, bajo el frívolo pretexto de que «¡la vida y la propiedad de los ciudadanos ingleses están amenazadas por la conducta agresiva de los chinos!». El gobierno británico y el pueblo inglés, al menos la parte que se ha sentido obligada a ocuparse de la cuestión, saben cuán falsas y huecas
son tales acusaciones. Se ha hecho un intento de desviar la investigación de la cuestión principal y de crear en el pueblo la impresión de que una larga serie de insultos, anteriores al incidente de la lorcha «Arrow», constituye por sí sola un suficiente *casus belli* <motivo de guerra>. Pero estas afirmaciones sumarias carecen de todo fundamento. A cada agravio del que se quejan los ingleses, los chinos oponen como mínimo noventa y nueve agravios de los que ellos tienen motivo de queja.

¡Qué silenciosa se muestra la prensa inglesa ante las escandalosas violaciones de tratados, cometidas diariamente por extranjeros que viven en China bajo protección británica! No oímos nada del ilegal comercio de opio, que año tras año, a costa de vidas humanas y de la moral, llena las arcas de la Tesorería británica. No oímos nada de los continuos sobornos de funcionarios subalternos, mediante los cuales se estafa al gobierno chino sus legítimos ingresos procedentes de la importación y exportación de mercancías. No oímos nada de las vejaciones, que con harta frecuencia terminan con la muerte, perpetradas contra los emigrantes engañados y esclavizados, vendidos a la peor esclavitud en las costas del Perú y a la servidumbre cubana. No oímos nada de los métodos de intimidación que a menudo se emplean contra los tímidos chinos, ni de los vicios que los extranjeros introducen a través de los puertos abiertos. No oímos nada de todo esto y de muchas otras cosas, porque en primer lugar, a la mayoría de la gente fuera de China le importan poco las condiciones sociales y morales de aquel país, y porque en segundo lugar, la política y la prudencia aconsejan no suscitar cuestiones cuando de ellas no se derivan ventajas financieras. Así, el pueblo inglés, cuyo horizonte no se extiende más allá del tenducho donde compra su té, se traga de buen grado todas las tergiversaciones que el gabinete y la prensa tienen a bien presentarle.

Entre tanto, en China el odio latente que se encendió contra los ingleses durante la guerra del opio ha subido a tal llama de hostilidad, que muy probablemente ninguna declaración de paz y amistad podrá extinguirla.