Artículos sobre China, 1853-1860  

Derrota del ministerio Palmerston  

25 de marzo de 1857  

Tras haber rugido durante cuatro noches, los debates sobre China se apagaron por fin en un voto de censura aprobado por la Cámara de los Comunes contra el ministerio Palmerston. Palmerston replica a la censura con una «disolución punitiva». Castiga a los Comunes enviándolos a casa.

La inmensa excitación que reinó la última noche de los debates, tanto dentro de los muros de la Cámara como entre las masas congregadas en las calles adyacentes, no se debió sólo a la magnitud de los intereses en juego, sino aún más a la índole del partido sometido a juicio. La administración de Palmerston no era la de un gabinete ordinario. Era una dictadura. Desde el comienzo de la guerra con Rusia, el Parlamento había abdicado casi por completo de sus funciones constitucionales; y, una vez concertada la paz, nunca se había atrevido a reasumirlas. Por una declinación gradual y casi imperceptible, había llegado a la posición de un Corps Législatif, que sólo se distinguía del auténtico artículo bonapartista por falsos pretextos y altisonantes pretensiones.

La mera formación del gabinete de coalición revelaba el hecho de que los viejos partidos, de cuyo roce depende el movimiento de la máquina parlamentaria, se habían extinguido. Esta impotencia de los partidos, expresada primeramente por el gabinete de coalición, la guerra contribuyó a encarnarla en la omnipotencia de un solo individuo, que, durante medio siglo de vida política, jamás había pertenecido a partido alguno, sino que siempre se había servido de todos ellos. Si la guerra con Rusia no hubiese intervenido, el agotamiento mismo de los viejos partidos oficiales habría conducido a una transformación. Nueva vida habría sido infundida al cuerpo parlamentario con la inyección de sangre nueva, mediante la admisión a los derechos políticos de por lo menos algunas fracciones de las masas populares que todavía carecen de voto y de representantes. La guerra cortó de raíz este proceso natural. Al impedir que la neutralización de los viejos antagonismos parlamentarios redundase en beneficio de las masas, la guerra la volcó en provecho exclusivo de un solo hombre. En lugar de la emancipación política del pueblo británico, hemos tenido la dictadura de Palmerston. La guerra fue el poderoso motor que produjo este resultado, y la guerra fue el único medio de asegurarlo. La guerra se había convertido, por tanto, en la condición vital de la dictadura de Palmerston. La guerra de Rusia fue más popular entre el pueblo británico que la paz de París. ¿Por qué, entonces, el Aquiles británico, bajo cuyos auspicios ocurrieron la vergüenza del Redan y la rendición de Kars, no aprovechó esta oportunidad? Evidentemente, porque la alternativa escapaba a su dominio. De ahí su tratado de París, secundado por sus desavenencias con los Estados Unidos, su expedición a Nápoles, sus ostensibles rencillas con Bonaparte, su invasión de Persia y sus matanzas de China.

Al aprobar un voto de censura sobre esto último, la Cámara de los Comunes cortaba los medios de su poder usurpado. Su voto no era, por consiguiente, un simple voto parlamentario, sino una rebelión, una tentativa violenta de reasumir los atributos constitucionales del Parlamento. Tal era el sentimiento que impregnaba la Cámara; y cualesquiera que hayan sido los móviles peculiares que impulsaban a las diversas fracciones de la heterogénea mayoría —compuesta de derbyitas, peelitas, hombres de la escuela de Manchester, russellitas y los llamados independientes—, todas ellas fueron sinceras al afirmar que no era una vulgar conspiración antiministerial lo que las unía en el mismo vestíbulo de votación. Tal era, empero, la esencia de la defensa de Palmerston. Encubrió la debilidad de su causa con un argumentum ad misericordiam, presentándose como víctima de una conspiración carente de principios. Nada más oportuno que la réplica del señor Disraeli a este alegato, tan corriente entre los reos del Old Bailey.

«—El primer ministro —dijo— es, entre todos los hombres, el que menos puede soportar una coalición. Pues bien, señor, él es el arquetipo de las coaliciones políticas sin principios confesados. Ved cómo está formado su gobierno. Apenas el año pasado, todos los miembros de su gabinete en esta Cámara apoyaron un proyecto de ley presentado, creo, por un antiguo colega. Fue combatido en la otra Cámara por un miembro del gobierno quien, para excusar su aparente inconsecuencia, declaró audazmente que, al asumir el cargo, el primer ministro no le exigió compromiso alguno sobre ninguna cuestión (Risas). ¡Y sin embargo, el noble lord se alarma y escandaliza ante esta combinación sin principios! ¡El noble lord no puede soportar las coaliciones! ¡El noble lord sólo ha actuado con aquellos entre los cuales nació y se crió en política (Vítores y risas). Ese Hércules infante... (señalando a Lord Palmerston) fue sacado de la cuna whig, ¡y cuán consecuente ha sido su vida política! (Nuevas risas). Repasando el último medio siglo, durante el cual ha profesado casi todos los principios y se ha vinculado con casi todos los partidos, el noble lord ha alzado esta noche una voz de advertencia contra las coaliciones, porque teme que una mayoría de la Cámara de los Comunes, que cuenta en sus filas con algunos de los miembros más eminentes de la Cámara —hombres que han sido colegas del noble lord—, pueda no aprobar una política respecto a China que ha comenzado con un ultraje y que, de proseguirse, terminará en la ruina. (Grandes aclamaciones). Tal, señor, es la situación del noble lord. ¿Y qué defensa de esa política hemos oído de sus labios? ¿Ha formulado un solo principio sobre el cual debieran basarse nuestras relaciones con China? ¿Ha enumerado una sola máxima política que debiera guiarnos en este momento de peligro y perplejidad? Por el contrario, ha encubierto un caso débil y vacilante diciendo... ¿qué? Que es víctima de una conspiración. (Aclamaciones y risas). No ha entrado en ninguna defensa varonil ni propia de un estadista de su conducta. Ha reproducido observaciones mezquinas hechas en el curso del debate, que yo creía realmente agotadas y obsoletas, y luego se ha vuelto para decir que ¡todo era una conspiración! Acostumbrado a mayorías obtenidas sin la afirmación de un solo principio, que han sido, en verdad, consecuencia de una posición ocasional, y que de hecho se han originado en que el noble lord se sienta en ese banco sin necesidad de expresar opinión alguna sobre ningún tema, exterior o interior, que pueda interesar el corazón del país o influir en la opinión de la nación, el noble lord descubrirá al fin que ha llegado el momento en que, si es un estadista, debe tener una política (aclamaciones); y que no servirá de nada, en el instante mismo en que se descubra la torpeza de su gabinete y todo hombre acostumbrado a influir en la opinión de la Cámara se una para condenarla, quejarse ante el país de que es víctima de una conspiración. (Aclamaciones).»

Sería, sin embargo, un error suponer que los debates resultaron interesantes porque pendieran de ellos intereses tan apasionados. Noche tras noche de debate, y aún sin votación. Durante la mayor parte de la batalla, las voces de los gladiadores quedaban ahogadas en el zumbido y el barullo de la conversación privada. Noche tras noche, los funcionarios hablaban contra el tiempo, para ganar otras veinticuatro horas de intriga y maniobras subterráneas. La primera noche, el Sr. Cobden pronunció un discurso hábil. También lo hicieron Bulwer y Lord John Russell; pero el Attorney-General tenía sin duda razón al decirles que «no podía comparar ni por un momento sus deliberaciones o sus argumentos sobre un asunto como éste con los argumentos que se habían expuesto en otro lugar». La segunda noche estuvo lastrada por las pesadas alegaciones especiales de los abogados de ambas partes, el Lord Advocate, el Sr. Whiteside y el Attorney-General. Sir James Graham, en verdad, intentó elevar el debate, pero fracasó. Cuando este hombre, virtual asesino de los Bandiera, exclamó con aire de santurrón que «se lavaría las manos de la sangre inocente que se había derramado», una risa irónica a medio sofocar coreó su patetismo. La tercera noche fue aún más anodina. Estuvo Sir F. Thesiger, el Attorney-General in spe, replicando al Attorney-General en ejercicio, y el sargento Shee esforzándose en responder a Sir F. Thesiger. Estuvo la elocuencia agrícola de Sir John Pakington. Estuvo el general Williams de Kars, escuchado en silencio sólo durante unos minutos, pero al cabo de los cuales la Cámara lo abandonó espontáneamente, comprendiendo a las claras que no era el hombre que habían creído. Estuvo, por último, Sir Sidney Herbert. Este elegante vástago del arte de gobernar peelita pronunció un discurso que fue, ciertamente, conciso, agudo, antitético, pero que se limitaba a fustigar los argumentos de los funcionarios en vez de producir argumentos nuevos propios. Pero la última noche el debate se elevó a una altura compatible con la medida natural de los Comunes. Roebuck, Gladstone, Palmerston y Disraeli estuvieron grandes, cada cual a su manera.

El punto difícil era desembarazarse del señuelo del debate, Sir J. Bowring, y hacer recaer la cuestión sobre Lord Palmerston mismo, haciéndole personalmente responsable de la «matanza de los inocentes». Esto se logró al fin. Dado que las inminentes elecciones generales en Inglaterra girarán en lo fundamental sobre este punto, no estará de más condensar, en el menor espacio posible, los resultados de la discusión. El día siguiente a la derrota del ministerio, y la víspera del anuncio ministerial de la disolución de la Cámara de los Comunes, el Times de Londres se aventuró a hacer las siguientes afirmaciones:

«—la nación... se encontrará más bien perpleja en cuanto a la cuestión precisa que debe responderse... ¿Ha perdido el gabinete de Lord Palmerston la confianza del pueblo a causa de una serie de actos cometidos al otro lado del mundo seis semanas antes de que se tuviera aquí la menor noticia de ellos, y por servidores públicos nombrados bajo una administración anterior?»

(Fue en Navidad cuando los ministros tuvieron conocimiento del asunto, y en aquel momento eran tan ignorantes como cualquier otro).

«De hecho, aun cuando la escena de la narración hubiese sido la luna, o un capítulo de Las mil y una noches, el gabinete actual no podría tener menos que ver con ella... ¿Debe condenarse y desplazarse a la administración de Lord Palmerston por lo que nunca hizo ni pudo hacer, por lo que supo sólo cuando todo el mundo se enteró, por lo que hicieron hombres a los que no nombró y con quienes hasta ahora no ha podido comunicarse?»

A esta insolente rodomontada de un periódico que ha venido vindicando sin cesar la matanza de Cantón como un golpe supremo de la diplomacia palmerstoniana, podemos oponer unos cuantos hechos penosamente sacados a la luz durante un prolongado debate, y no refutados ni una sola vez por Palmerston o sus subordinados. En 1847, cuando estaba al frente del Foreign Office, el primer despacho de Lord Palmerston acerca de la admisión de las autoridades británicas de Hong-Kong en Cantón estaba redactado en términos amenazadores. Sin embargo, sus ardores fueron enfriados por el conde Grey, su colega, entonces secretario de las Colonias, quien envió una prohibición terminantísima a los oficiales que mandaban las fuerzas navales, no sólo en Hong-Kong, sino también en Ceilán, ordenándoles que, bajo ninguna circunstancia, permitiesen movimiento ofensivo alguno contra los chinos sin autorización expresa de Inglaterra. Pero el 18 de agosto de 1849, poco antes de ser despedido del gabinete Russell, Lord Palmerston escribió el siguiente despacho al plenipotenciario británico en Hong-Kong:

«—Que los grandes oficiales de Cantón y el gobierno de Pekín no se engañen... La indulgencia que el gobierno británico ha mostrado hasta ahora no nace de un sentimiento de debilidad, sino de la conciencia de una fuerza superior. El gobierno británico sabe bien que, si la ocasión lo requiriese, la fuerza militar británica sería capaz de destruir la ciudad de Cantón, sin dejar en pie una sola casa, y podría infligir así el más señalado castigo a los habitantes de esa ciudad.»

Así, el bombardeo de Cantón acaecido en 1856, bajo el mandato de Lord Palmerston como Primer Ministro, fue prefigurado en 1849 por la última misiva enviada a Hong-Kong por Lord Palmerston, como Ministro de Asuntos Exteriores del gabinete Russell. Todos los gobiernos intermedios se negaron a permitir relajación alguna de la prohibición impuesta a los representantes británicos en Hong-Kong de presionar para ser admitidos en Cantón. Tal fue el caso del Conde de Granville bajo el ministerio Russell, el Conde de Malmesbury bajo el ministerio Derby y el Duque de Newcastle bajo el ministerio Aberdeen. Finalmente, en 1852, el Dr. Bowring, hasta entonces cónsul en Cantón, fue nombrado Plenipotenciario. Su nombramiento, como declara el Sr. Gladstone, fue hecho por Lord Clarendon, instrumento de Palmerston, sin conocimiento ni consentimiento del gabinete Aberdeen. Cuando Bowring planteó por primera vez la cuestión ahora en disputa, Clarendon, en un despacho fechado el 5 de julio de 1854, le dijo que tenía razón, pero que debía esperar hasta que hubiera fuerzas navales disponibles para su propósito. Inglaterra estaba entonces en guerra con Rusia. Cuando surgió la cuestión del Arrow, Bowring acababa de enterarse de que se había establecido la paz y, de hecho, se le estaban enviando fuerzas navales. Entonces se buscó la querella con Yeh. El 10 de enero, tras haber recibido un informe de todo lo acontecido, Clarendon informó a Bowring que «el Gobierno de Su Majestad aprueba enteramente el proceder adoptado por Sir M. Seymour y por usted mismo». Esta aprobación, expresada en estas pocas palabras, no fue acompañada de más instrucciones. Por el contrario, el Sr. Hammond, al escribir al Secretario del Almirantazgo, recibió instrucciones de Lord Clarendon de expresar al Almirante Seymour la admiración del Gobierno por «la moderación con que había actuado y el respeto que había mostrado por las vidas y propiedades de los chinos».

No puede, pues, caber duda de que la masacre china fue planeada por el propio Lord Palmerston. Bajo qué bandera espera ahora reunir a los electores del Reino Unido es una cuestión que, espero, me permitan responder en otra carta, pues ésta ha excedido ya los límites apropiados.