Friedrich Engels

Escrito el 16 de abril de 1857.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" nº 5006 del 6 de mayo de 1857, artículo de fondo]

Cuando estalló la última guerra pasada en Europa, un gran número de militares señalaba, no sin cierto respeto, la prodigiosa organización del ejército ruso. Mientras en Francia e Inglaterra había que formar brigadas, divisiones y cuerpos de ejército con elementos que hasta entonces no habían tenido ninguna conexión entre sí, mientras era preciso nombrar comandantes para unidades que nunca antes habían visto, y formar estados mayores con oficiales llegados de todos los rincones del país, en Rusia la gigantesca maquinaria de guerra, con todas sus subdivisiones, estaba ya perfectamente montada desde hacía años; cada regimiento tenía su lugar invariable en la organización del conjunto; cada unidad, desde la compañía hasta el cuerpo de ejército, tenía su comandante fijo y cada división de alguna importancia su estado mayor regular. Se decía que la máquina estaba realmente en condiciones de funcionar; que solo esperaba la voz de mando, el accionamiento del vapor, para moverse con la máxima facilidad; que cada diente, cada rueda, cada tornillo, cada polea, cada correa, cada válvula y cada palanca estaban en su sitio, cumplían su trabajo y nada más. Eso, se nos decía, al menos lo veríamos. Pero por desgracia vimos algo muy distinto. Los cuerpos de ejército casi nunca estaban completos, pues divisiones enteras y, con mayor frecuencia, brigadas, se destacaban a teatros de guerra lejanos, mientras los cuerpos principales se mezclaban con otras tropas para completarse. Resultó que el empeño de mantener reunidos en lo posible los elementos de cada cuerpo, de cada división y brigada no entorpecía menos los movimientos del ejército en la marcha que el estricto reglamento fijado para el orden de batalla; y, por último, aquellas subdivisiones tan penosamente exactas en el mando, con todos los generales comandantes de cuerpo, división y brigada y sus correspondientes estados mayores, todos ellos muy familiares a sus tropas, bien conocidos entre sí y muy versados en sus cargos y deberes: todo ello resultó ser una gigantesca conspiración para defraudar al gobierno en sus recursos y al soldado en sus raciones, su vestuario y su bienestar.

Si estos hechos necesitaban aún confirmación oficial, el gobierno ruso acaba de dársela. La nueva organización del ejército ruso se encamina en primer término y principalmente a la destrucción de esos criaderos de malversaciones en gran escala: los estados mayores subordinados y los cuarteles generales. Los estados mayores tanto de los cuerpos de ejército como de las brigadas quedan suprimidos. Es más, hasta la denominación de brigada desaparece del ejército ruso. Los seis cuerpos de línea son puestos bajo el mando de un solo hombre, el príncipe M. D. Gortschakow I, antiguo comandante en Crimea. Cada cuerpo tiene, ciertamente, un general comandante; pero como este no dispone de estado mayor –es decir, carece de medios para ejecutar realmente los pormenores de dicho mando–, en el mejor de los casos no es más que el inspector de su cuerpo, una especie de interventor de los cinco generales de división que están a sus órdenes. En realidad, los generales de las treinta divisiones (dieciocho de infantería, seis de caballería y seis de artillería) que forman la llamada «primera armada» dependen directamente del comandante en jefe; y, a su vez, en cada división los coroneles de los cuatro regimientos de infantería o caballería y los jefes de batería dependen directamente del general de división. Los generales de brigada, completamente superfluos con este nuevo ordenamiento, quedan adscritos al estado mayor del general de división como sus sustitutos y auxiliares en el mando. La razón de todo esto es bastante clara.

En el príncipe Gortschakow puede confiar el zar, y Gortschakow, a su vez, puede confiar hasta cierto punto en los oficiales de su estado mayor personal. Con la exactitud burocrática y los escalones jerárquicos del sistema anterior, la influencia directa del comandante en jefe se detenía en los jefes de cuerpo. Estos y sus estados mayores tenían que transmitir las órdenes a las divisiones, cuyos estados mayores las pasaban a las brigadas, desde cuyos estados mayores llegaban a los coroneles de regimiento, quienes cuidaban de su ejecución efectiva. Esto no era otra cosa que un sistema bien organizado de fraude, malversación y robo; y cuanto mejor organizado estuviese el propio servicio militar, tanto más organizado y fructífero era el saqueo de la caja del Estado. Ello se puso de manifiesto durante la guerra, en la marcha del primero, segundo y tercer cuerpo de ejército desde Polonia hacia el sur; y solo para poner remedio a este estado de cosas, el gobierno ruso ha dejado subsistir a todos los jefes de cuerpo únicamente de nombre y ha suprimido por completo a los jefes de brigada. Ahora solo quedan dos escalones jerárquicos intermedios entre el comandante en jefe y los oficiales de compañía, a saber: el general de división y el coronel; y solo queda un estado mayor, el de la división, que pueda ser aprovechado con fines de malversación. Si el gobierno consiguiese extirpar de los estados mayores de división la costumbre del saqueo, puede esperar con razón desterrar también poco a poco esa costumbre de los estados mayores de regimiento.

Así se derrumba toda la organización del ejército al suprimir dos eslabones de la cadena; la necesidad de tal medida quedará sin duda demostrada en tiempos de guerra. El gobierno ruso reconoce, ciertamente, que ni los jefes de cuerpo ni los generales de brigada pueden ser excluidos por completo de su jerarquía militar. El jefe de cuerpo se mantiene, pero como un mero pelele, mientras el general de brigada queda descargado por completo de su mando y convertido en un simple apéndice del comandante de división. Esto no significa otra cosa sino que la autoridad de mando de estos oficiales queda suspendida durante la paz, a la vez que se les mantiene dispuestos para ser utilizados en cuanto estalle una guerra. De hecho, en el único ejército que aún está frente al enemigo –en el del Cáucaso– las brigadas han subsistido. ¿Se necesitan aún otras pruebas de que la supresión de las brigadas en el resto del ejército no es más que un intento de neutralizar a los jefes de brigada y a sus estados mayores mientras dura la paz?

Otra reforma importante es la disolución del gran cuerpo de dragones, compuesto por diez regimientos de ocho escuadrones cada uno y adiestrado tanto para el servicio de infantería como para el de caballería. Este cuerpo estaba destinado a desempeñar un papel relevante en todas las grandes batallas. Llegado el momento decisivo, debía lanzarse con la rapidez de la caballería sobre una posición importante en el flanco o en la retaguardia del enemigo, echar pie a tierra, transformarse en dieciséis batallones de infantería y, apoyado por su artillería pesada montada, mantener la posición. Durante toda la última guerra, este cuerpo no entró en acción, y la incapacidad total de estas tropas híbridas para la guerra activa parece haber sido reconocida en todas partes. La consecuencia es la transformación de estos infantes montados, anfibios, en caballería regular, y su distribución, en doce regimientos de ocho escuadrones cada uno, entre los seis cuerpos de ejército de la «primera armada». Con ello, las dos grandes creaciones con ayuda de las cuales el zar Nicolás esperaba conquistarse un lugar entre los más grandes organizadores militares de su tiempo han desaparecido a los pocos años de su muerte.

Entre otros cambios, mencionaremos la creación de un segundo batallón de tiradores por cada cuerpo de ejército y la formación de dos nuevos regimientos de infantería en el ejército del Cáucaso. Con la primera innovación se pone remedio hasta cierto punto a la gran escasez de caballería ligera. La segunda muestra que Rusia está resuelta a poner fin al conflicto caucásico lo más rápidamente posible. Por la misma razón se mantienen aún concentradas las brigadas de reserva de los cuerpos caucásicos. Es, pues, probable que en aquella región se haya emprendido ya una campaña de cierta importancia.