La cuestión oriental

Londres, 11 de agosto de 1857

La cuestión oriental, que hace unos catorce meses se decía zanjada por la paz de París, ha quedado ahora francamente reabierta por una huelga diplomática en Constantinopla. Allí, las embajadas de Francia, Rusia, Prusia y Cerdeña han arriado sus banderas y roto sus relaciones con la Puerta. Los embajadores de Inglaterra y Austria, respaldando la resistencia del Diván frente a las exigencias de las cuatro potencias, declararon al mismo tiempo que no eludirían ninguna responsabilidad que pudiera derivarse del conflicto.

Estos hechos tuvieron lugar el día 6 del presente mes. La historia del drama es la de siempre, pero los dramatis personae han intercambiado los papeles y se ha procurado dar cierta apariencia de novedad a la trama mediante una nueva mise en scène. Ahora ya no es Rusia, sino Francia, quien ocupa la vanguardia. El señor Thouvenel, su embajador en Constantinopla, en un tono algo afectado, al estilo Ménshikov, exigió imperiosamente a la Puerta que anulara las elecciones moldavas, porque Vogorides, el caimacán de Moldavia, mediante una injerencia desleal y en violación del tratado de París, había conseguido dar a los antiunionistas la mayoría de representantes. La Puerta se resistió a este dictado, pero se declaró dispuesta a llamar al caimacán a Constantinopla para que respondiera allí a las acusaciones formuladas contra su administración. Esta propuesta fue rechazada altivamente por el señor Thouvenel, quien insistió en que la investigación de las operaciones electorales se entregara a la Comisión Europea de Reorganización establecida en Bucarest. Como la mayoría de dicha Comisión está formada por los comisarios de Francia, Rusia, Prusia y Cerdeña, precisamente las partes que trabajan por la unión de las Provincias Danubianas y que acusan a Vogorides del delito de injerencia ilegal, la Puerta, empujada por los embajadores de Gran Bretaña y Austria, se negó, por supuesto, a hacer de sus declarados antagonistas los jueces de su propia causa. Entonces se produjo la catástrofe.

El verdadero punto en litigio es, evidentemente, el mismo que dio origen a la guerra rusa, a saber: la separación virtual de las Provincias Danubianas respecto de Turquía, intentada esta vez no bajo la forma de una «garantía material», sino bajo la forma de una unión de los Principados bajo el dominio de un príncipe títere europeo. Rusia, a su manera tranquila, circunspecta y paciente, nunca se aparta de su propósito fijo. Ya ha logrado alinear, en un asunto en el que sólo ella está interesada, a algunos de sus enemigos contra los demás, y puede así esperar someter a los unos por medio de los otros. En cuanto a Bonaparte, lo mueven motivos diversos. Espera encontrar una válvula de escape para el descontento interior en las complicaciones en el extranjero. Le halaga inmensamente que Rusia se digne aparecer con máscara francesa y le permita a él llevar la danza. Su imperio de ficciones tiene que contentarse con triunfos teatrales, y, en el fondo de su alma, puede engañarse a sí mismo con la idea de colocar, con ayuda de Rusia, a un Bonaparte en el trono fingido de una Rumanía improvisada a fuerza de protocolos. Desde la famosa Conferencia de Varsovia de 1850 y la marcha de un ejército austríaco hacia los confines septentrionales de Alemania, Prusia anhela alguna pequeña venganza que infligir a Austria, siempre que al mismo tiempo se le permita mantenerse apartada del peligro. Cerdeña cifra todas sus esperanzas en un conflicto con Austria, que ya no se libraría mediante la peligrosa alianza con las revoluciones italianas, sino a remolque de las potencias despóticas del continente.

Austria se opone a la unión de los Principados Danubianos con tanto empeño como Rusia la impulsa. Conoce el móvil primordial de ese proyecto, que apunta todavía más directamente contra su propio poder que contra el de la Puerta. Palmerston, en fin, cuyo principal capital de popularidad consiste en un falso antirrusismo, tiene naturalmente que simular compartir los auténticos temores de Francisco José. Ha de aparecer, por todos los medios, del lado de Austria y de la Puerta, y no ceder a la presión rusa a menos que le obligue a ello Francia. Tal es la posición de las respectivas partes. El pueblo rumano es sólo un pretexto, algo que está totalmente fuera de cuestión. Ni siquiera los entusiastas más desesperados serán capaces de reunir suficiente credulidad para creer en el celo sincero de Luis Napoleón por la pureza de las elecciones populares, o en el ardiente deseo de Rusia de fortalecer la nacionalidad rumana, cuya destrucción no ha cesado de constituir un objetivo de sus intrigas y de sus guerras desde los tiempos de Pedro el Grande.

Un periódico fundado en Bruselas por ciertos autoproclamados patriotas rumanos, titulado L’Etoile du Danube, acaba de publicar una serie de documentos relativos a las elecciones moldavas, cuya parte sustancial me propongo traducir para The Tribune. Consiste en cartas dirigidas a Nicolás Vogorides, el caimacán de Moldavia, por Esteban Vogorides, su padre; por Musurus, su cuñado y embajador turco en Londres; por A. Vogorides, su hermano y secretario de la Embajada turca en Londres; por el Sr. Fotiades, otro cuñado suyo y encargado de negocios del Gobierno moldavo en Constantinopla; y, por último, por el barón Prokesch, el internuncio austríaco en la Sublime Puerta. Esta correspondencia fue robada hace algún tiempo del palacio del caimacán en Jassy, y L’Etoile du Danube se jacta ahora de poseer las cartas originales. L’Etoile du Danube considera el robo con allanamiento como un camino muy respetable hacia la información diplomática, y en este punto de vista parece estar respaldado por toda la prensa oficial europea.

CORRESPONDENCIA SECRETA RELATIVA A LAS ELECCIONES MOLDAVAS,
PUBLICADA POR L’ETOILE DU DANUBE

Fragmento de una carta del Sr. C. Musurus, embajador otomano en Londres, al caimacán Vogorides

Londres, 23 de abril de 1857

«Le digo confidencialmente que Lord Clarendon aprueba su respuesta a los cónsules de Francia y Rusia respecto a la prensa. La ha encontrado honorable, justa y legal. He recomendado a Su Excelencia la sabiduría de su conducta en las circunstancias actuales. Escribo a la Puerta y me esfuerzo por asegurar el éxito de usted en la brillante carrera de la que se muestra tan digno. Usted salvará a este hermoso país del peligro al que tratan de arrastrarlo traidores indignos del nombre de moldavos. Estimulados por intereses materiales y recompensas, llevan su perversidad hasta el punto de contribuir a transformar Moldavia, su patria, en un simple apéndice de Valaquia y a borrarla del mapa de los pueblos autónomos. Con el pretexto de fundar una fabulosa Rumanía, quieren reducir Moldavia y a los moldavos al estado de Irlanda y los irlandeses, sin preocuparles las maldiciones de las generaciones presentes y venideras. Usted cumple con el deber de un patriota honesto y virtuoso al detestar semejante bazofia, que no se avergüenza de llamarse a sí misma el partido Nacional. El partido unionista puede llamarse partido Nacional en Valaquia, donde aspira al engrandecimiento de la patria; pero por la misma razón no puede designársele en Moldavia más que con el nombre de partido antinacional. Allí el único partido nacional es el que se opone a la unión... El Gobierno inglés es hostil a la unión. No lo dude usted. Le digo confidencialmente que recientemente se han enviado instrucciones en ese sentido al comisario inglés en Bucarest (que es amigo mío), y Su Excelencia verá en breve los resultados de dichas instrucciones. La respuesta que ha dado usted a los cónsules de Francia y Rusia con respecto a la prensa ha sido adecuada... Era su deber, como jefe de un Principado autónomo, rechazar la escandalosa e ilegal intervención de los extranjeros en los asuntos internos. No es culpa suya si esos dos cónsules se han colocado en una situación falsa, de la que sus Gobiernos no pueden sacarlos más que llamándolos a retirarse... Temo, además, que la Puerta, forzada por la intervención extranjera, se vea en la desagradable situación de privarle involuntariamente, en su correspondencia con usted, de toda la satisfacción que experimenta y de todos los elogios que le tributa por su conducta moderada y prudente. Caimacán de Moldavia, debe usted ciertamente someterse al Gobierno supremo; pero, al mismo tiempo, como jefe de ese Principado independiente, y también como boyardo moldavo, tiene usted que cumplir con su deber hacia su país y, si es necesario, representar ante la Puerta que el primero de los privilegios ab antiquo de los Principados es la existencia de Moldavia como Principado distinto y autónomo.»

A. Vogorides, secretario de la Embajada turca en Londres, al caimacán Vogorides

«Me apresuro a informarle de que su cuñado acaba de ver a Lord Palmerston. Ha traído noticias importantes sobre la disposición de Su Señoría contra la unión de los Principados. Lord Palmerston es un adversario acérrimo de la unión; la considera subversiva para los derechos de nuestro soberano y, en consecuencia, se enviarán instrucciones análogas a Sir Henry Bulwer, el comisario de Gran Bretaña en los Principados. Así, como ya le escribí antes, es necesario que haga usted un esfuerzo supremo para impedir que los moldavos expresen deseos a favor de la unión y para mostrar que es usted digno de la benevolencia de la Puerta, o del apoyo de Inglaterra y Austria. Puesto que las tres Potencias están decididas a obstruir la unión, no tiene usted que preocuparse por lo que los franceses intenten o amenacen hacer, cuyos periódicos le tratan a usted como a un griego.»

El mismo al mismo

Londres, 15 de abril de 1857

Os aconsejo que sigáis ciegamente en todo al cónsul austriaco, aun cuando se comportara de manera todavía más fastidiosa y pese a todos sus defectos. Debéis considerar que ese hombre actúa únicamente según las instrucciones de su gobierno. Austria coincide con las ideas de la Sublime Puerta y de Gran Bretaña, y por esta razón, cuando Austria esté contenta, también lo estarán Turquía e Inglaterra. Os repito, por tanto, que debéis ateneros a los consejos y deseos del cónsul austriaco y, sin la menor objeción, emplear a todas las personas que él os proponga, sin informaros de si las personas recomendadas son perversas o de mala fama. Basta con que esos hombres sean sinceramente contrarios a la unión. Con eso basta: pues si la unión fuera proclamada por el Diván moldavo, Austria os acusaría de ser responsables, por haber resistido los consejos de su cónsul, tan activo en la oposición a la unión. En cuanto a Inglaterra, jamás permitirá que la unión se realice, aun cuando todos los divanes se pronunciaran por ella. No obstante, es deseable que impidáis que el Diván moldavo se pronuncie por la unión, pues entonces las dificultades de las tres potencias serán menores respecto a Francia y Rusia, y así os deberán su gratitud... Hicisteis muy bien en no conceder la libertad de prensa de la que los exaltados moldavos, amigos de Rusia bajo una máscara francesa, abusarían para provocar un movimiento popular en favor de la unión... Impedid, sí, maniobras de esa clase. Estoy seguro de que, si la Etoile du Danube y publicaciones perniciosas por el estilo se editaran en Francia, el gobierno no dejaría de enviar inmediatamente a sus autores a Cayena. Francia, que anhela clubes de la libertad y reuniones políticas en Moldo-Valaquia, debería empezar por admitirlos en casa, en lugar de infligir destierros y amonestaciones a cuantos periodistas osan hablar con un poco de libertad. Charité bien ordonnée, como dice el proverbio francés, commence par soi-même. El Tratado de París no habla de la unión de los Principados; dice sencillamente que los divanes se pronunciarán sobre la reorganización interna del país; pero los exaltados que hacen de la unión su consigna, olvidando por completo la cláusula del tratado, en lugar de reflexionar sobre reformas internas, se empeñan exclusivamente en una nueva organización internacional, meditan la independencia bajo príncipes extranjeros... Inglaterra, por completo de acuerdo con Austria, está enteramente opuesta a la unión y, de concierto con la Sublime Puerta, jamás permitirá que se lleve a cabo. Si el cónsul francés os dice lo contrario, no le creáis, porque miente.