Karl Marx

La derrota de Cobden, Bright y Gibson

Del inglés.

[“New-York Daily Tribune” Nº 4990 del 17 de abril de 1857]

Londres, 31 de marzo de 1857

“La masa de los candidatos manifestó su intención de conceder un apoyo general a Lord Palmerston; con ello fundaban su pretensión de volver a entrar en el Parlamento como representantes de la opinión pública … Palmerston no entrará en la Cámara como jefe de los conservadores, de los whigs, de los peelitas o de un partido radical, sino como el jefe del pueblo inglés, como el gran creador y director de un partido nacional.”

Estas son palabras de la “Morning Post”, el órgano personal de Lord Palmerston. Palmerston como dictador, el nuevo Parlamento como su Corps législatif: tal es su significado, que los boletines electorales parecen confirmar. En cuanto a la “opinión pública” de la que habla la “Post”, con razón se ha dicho que Palmerston fabrica él mismo la mitad y se burla de la otra mitad.

La derrota total de la escuela de Manchester —Bright y Milner Gibson en Manchester, Cobden en Huddersfield, Sir E. Armitage en Salford, Fox en Oldham y Miall en Rochdale no obtuvieron escaños— es el gran acontecimiento de la batalla electoral. El resultado electoral en Manchester sorprendió a todo el mundo, incluso al gobierno de Palmerston. Se puede ver con cuán poca energía aprovechó las perspectivas de una victoria en esta zona, por el hecho de que condujo la campaña electoral de manera muy vacilante y titubeante. Al principio, Palmerston, tras enterarse de algunos discursos electorales en Manchester, amenazó con ir él mismo a Cottonopolis <ciudad del algodón (Manchester)> para desafiar a sus adversarios “en su propio estercolero”. Sin embargo, tras madura reflexión, retrocedió. Luego apareció Bob Lowe, un esbirro del gobierno. Después de que una camarilla de los grandes fabricantes le pidiera que se presentara candidato por Manchester, y de haber recibido seguridades de que, en caso de derrota, recibiría una suma de 2.000 libras esterlinas que le permitiría comprar uno de los podridos distritos electorales del condado, aceptó públicamente la oferta y permitió que un comité electoral llevara a cabo la agitación en su nombre. Luego vino el gran discurso del señor Cobden en Manchester. Palmerston ordenó entonces a Lowe que se retirara, cosa que éste hizo. Sin embargo, tras ulterior reflexión, el intento en Manchester parecía tan falto de perspectivas de éxito, que la “Times” recibió la instrucción de desempeñar el papel del zorro de la fábula. Bob Lowe tuvo que escribir un artículo de fondo en el que insistía en la reelección de Bright & Cía. y advertía a Manchester de la vergüenza de rechazar a sus viejos representantes. Cuando el telégrafo, contrariamente a todos esos temores, llevó a Downing Street la noticia de la derrota de Cobden, de que Bright y Gibson habían sido derrotados en la votación, y por añadidura por una mayoría abrumadora, ya se puede uno imaginar el delicioso regocijo y los locos gritos de triunfo en el campo gubernamental. En cuanto al propio Palmerston, tal vez pensó que había tenido demasiado éxito para sus propios fines, pues era claramente consciente, como siempre lo es el viejo bribón, de que para paralizar incluso a un gigante, basta con meterlo en la Cámara de los Comunes, mientras que para acelerar el derrumbe de la propia Cámara —de su base, los distritos electorales privilegiados, y de su superestructura, la usurpación ministerial— no hay más que excluir a sus miembros más destacados y arrojarlos a la calle, dando así a la masa desheredada de fuera de las puertas de la “constitución británica” dirigentes de renombre.

La derrota de la escuela de Manchester en sus propias fortalezas por la mayoría de su propio ejército lleva todas las apariencias de un triunfo personal por parte de Palmerston, no sólo porque Cobden y Gibson presentaron la moción de censura que debía expulsarlo del gabinete y que proporcionó el pretexto para la disolución del Parlamento. Un contraste mortal de principios y posiciones parece encarnarse en las personas de Palmerston por un lado y Bright, Cobden & Cía. por el otro. Palmerston, el trompetero de la gloria nacional; ellos, órganos de los intereses industriales; él, el conde diplomático, reúne en su persona todas las usurpaciones de la oligarquía británica; ellos, los demagogos advenedizos, representan toda la vitalidad de la burguesía británica; él extrae su fuerza de la decadencia de los partidos, ellos deben su fuerza a la lucha de clases. Él es la última encarnación sin escrúpulos del viejo torysmo, frente a los dirigentes de la ya aletargada Liga contra las Leyes de los Cereales. Así, pues, la derrota de Cobden, Bright & Cía. aparece como un triunfo personal de Palmerston, tanto más cuanto que sus adversarios victoriosos en el escenario electoral carecen en sí mismos de toda importancia. Así, por ejemplo, el adversario de Bright, Sir John Potter, sólo es conocido como el hombre más gordo de Manchester. Habría merecido el nombre de Sir John Falstaff de Manchester si su escaso entendimiento y su abultada bolsa no lo preservaran de toda comparación con ese caballero inmortal. A. Turner, el adversario de Milner Gibson, fundaba sus pretensiones personales en el hecho de que era un hombre sencillo, que jamás heriría los sentimientos de sus conciudadanos con la desagradable arrogancia del ingenio y del brillo. El señor Ackroyd, por último, el adversario de Cobden, acusaba a éste de ser un hombre del Imperio Británico, mientras que él (Ackroyd) nunca había sido ni sería más que un simple hombre de Huddersfield. Todos se jactaban de que no eran hombres de talento, sino de carácter, lo que sin duda los preservaría de caer en el error de sus predecesores de “oponerse a todos los gobiernos” y, como Milner Gibson, de sacrificar todos los cargos lucrativos a quimeras teóricas.

Contrariamente a todas las apariencias, la apelación de Palmerston contra Cobden & Cía. no ofrecía la causa, pero sí el pretexto para la explosión del material inflamable que desde hacía mucho tiempo se había acumulado en torno a la escuela de Manchester. Puesto que Manchester constituye el núcleo del partido y Bright es reconocido como su verdadero héroe, bastará con examinar su derrota para explicar el simultáneo fracaso de sus compañeros de armas en otras localidades industriales. Había allí, en primer lugar, los viejos whigs y tories de Manchester, que ardían en deseos de vengarse de su nulidad política desde los tiempos de la Liga contra las Leyes de los Cereales. Las elecciones de 1852, en las que Bright venció con una mayoría de sólo 100 votos, ya habían demostrado que su fuerza numérica no era en modo alguno despreciable. Como naturalmente no estaban en condiciones de vencer bajo su propia bandera, constituían un poderoso refuerzo para todo cuerpo que desertara del ejército de Bright. Luego venían, en segundo lugar, los directores de la prensa cara, con su rencor inveterado y su odio sombrío contra los padrinos parlamentarios de la prensa de a penique. El señor Garnett, redactor del “Manchester Guardian”, movió cielo y tierra contra Bright y fue incansable en vestir los sórdidos motivos de la coalición anti-Bright con un ropaje más o menos decente, intento que se vio facilitado por la impopularidad que Bright y Cobden habían cosechado en la época de la guerra rusa. En aquella época no podían, en efecto, atreverse a presentarse en una reunión pública en Manchester, sino que tenían que ocultarse en las tertulias cerradas de té en los salones Newall, el viejo lugar de reunión de la Liga contra las Leyes de los Cereales. De la burguesía liberal, los fabricantes y las grandes casas comerciales, una mayoría abrumadora votó contra Bright; de la pequeña burguesía y de los tenderos, esa numerosa minoría que en todo el Reino Unido pende de los talones de los “superiores naturales”, sólo los cuáqueros y los irlandeses se alzaron como un solo hombre por Bright. ¿De dónde procedía esta deserción de la burguesía liberal? Se explica en gran parte por la impaciencia de los ricos “hombres de Manchester” por llegar a ser “gentlemen” como sus rivales de Liverpool. Si habían soportado la superioridad de un hombre tan talentoso como Bright mientras fue el instrumento indispensable de sus intereses de clase, ahora consideraban llegada la ocasión de entregarse al envidioso ostracismo de la mediocridad acaudalada. Sin embargo, no se rebelaban únicamente contra su superioridad personal, sino más aún contra las pretensiones trasnochadas del remanente de la Liga contra las Leyes de los Cereales, que pesaba sobre Manchester casi tanto como en otros tiempos el Parlamento rabadilla había pesado sobre la Commonwealth británica. Este remanente de la Liga se reunía a intervalos regulares bajo la presidencia del señor Wilson, esa “venerable pieza de inventario”, antiguo comerciante de almidón de oficio; lo secundaban en esas reuniones el señor Robinson, secretario honorario de la Liga, y otros hombres sin rango social ni importancia personal, que habían sido arrojados a la superficie por las olas de un período tormentoso y que se negaban obstinadamente a retirarse, pero que en verdad no podían aducir ninguna razón para su prolongada existencia en la escena política, fuera de la gastada tradición del pasado y de la mentira convencional del presente, a saber, que representan a Manchester siempre que Bright así lo desee. Uno de los jefes de la rebelión, el señor Entwistle, declaró sin rodeos desde la tribuna electoral: “No se trata de la cuestión de la guerra china, rusa o de cualquier otra. Se trata de si Manchester debe seguir sometiéndose al dictado de los residuos del partido que se reúne en los salones Newall”.

Al enterrar el remanente de la Liga contra las Leyes de los Cereales, que pesaba sobre ellos como una pesadilla, los fabricantes de Manchester, que se mecían en la falsa esperanza de cerrar las puertas de su club jacobino, no se dieron cuenta naturalmente de que con ello barrían el principal obstáculo para un nuevo movimiento revolucionario.

Sin embargo, el verdadero sentido de las elecciones de Manchester fue revelado por un ebrio adversario de Bright, que durante la votación rugió terriblemente: “¡No queremos política interior; queremos política exterior!”. En otras palabras: ¡Fuera las cuestiones de la reforma y de la lucha de clases! Al fin y al cabo, la burguesía constituye la mayoría de los electores, y eso es todo lo que necesitamos. La consigna contra la aristocracia se ha vuelto aburrida, inútil, y sólo excita a los obreros. Hemos conquistado la libertad de comercio y nos sentimos extraordinariamente bien, sobre todo desde que se redujo el impuesto de guerra sobre la renta. A pesar de todo, amamos entrañablemente a un lord. “No queremos política interior; queremos política exterior”. Unámonos todos sobre la base en la que todos somos iguales, sobre la base nacional. Seamos todos ingleses, verdaderos John Bulls bajo la dirección del ministro verdaderamente británico, Lord Palmerston.

El verdadero secreto de las elecciones de Manchester es, pues, la renuncia al liderazgo revolucionario por parte de los fabricantes, liderazgo que habían usurpado durante la agitación de la Liga contra las Leyes de los Cereales.