Karl Marx

La situación en Europa

[La situación financiera de Francia]

Escrito el 10 de julio de 1857.
Del inglés.

[“New-York Daily Tribune” núm. 5075 del 27 de julio de 1857, editorial]

La soporífera inercia que, desde el fin de la guerra de Oriente (guerra de Crimea), había determinado la fisonomía de Europa, está dejando paso ahora muy rápidamente a un aspecto animado e incluso febril. Ahí está Gran Bretaña, con su movimiento reformista que se perfila en el horizonte y con sus dificultades en la India. Es cierto que *The Times* de Londres cuenta al mundo que, salvo aquellos que tienen amigos en la India,

«el público británico en su conjunto espera la llegada de las próximas noticias de la India con tanto interés como el que tendríamos por un vapor retrasado procedente de Australia o por el resultado de un levantamiento en Madrid».

Sin embargo, el mismo día, ese mismo *Times*, en su artículo financiero, deja caer la máscara de orgullosa indiferencia y revela los verdaderos sentimientos de John Bull de la siguiente manera:

«Una depresión persistente en el mercado de valores, como la que reina ahora, carece casi de precedentes ante el aumento ininterrumpido de las reservas de metales preciosos en los bancos y la perspectiva de una buena cosecha. La inquietud respecto a la India eclipsa todas las demás consideraciones, y si mañana llegara alguna noticia grave, lo más probable es que provocara un pánico.»

Especular sobre el curso de los acontecimientos en la India sería inútil justamente ahora, cuando cabe esperar noticias auténticas con cada correo. Pero es evidente que, en el caso de un estallido revolucionario serio en el continente europeo, Inglaterra se mostraría incapaz de volver a ocupar la arrogante posición que detentó en 1848 y 1849, ya que se encuentra desprovista de soldados y barcos por la guerra en China y las sublevaciones en la India. Por otra parte, Inglaterra no puede permitirse permanecer al margen, porque la guerra de Oriente y la alianza con Napoleón la han forjado recientemente a la política continental, y ello en el preciso momento en que la descomposición total de sus partidos políticos tradicionales y el creciente antagonismo entre las clases del país que le aportan la riqueza exponen su tejido social, más que nunca, a perturbaciones convulsivas. Cuando en 1848-1849 su poder pesaba como una pesadilla sobre la revolución europea, Inglaterra sintió primero un poco de miedo ante esa revolución, luego se distrajo de su innato aburrimiento con su espectáculo, después la traicionó un poco, luego coqueteó un poco con ella y, finalmente, se puso seriamente a sacarle dinero. Incluso puede decirse que su prosperidad industrial, que había sido golpeada muy duramente por la crisis comercial de 1846-1847, fue restaurada hasta cierto punto con ayuda de la revolución de 1848. Sin embargo, la revolución en el continente no será para Inglaterra ni un espectáculo en el que deleitarse, ni una desgracia con la que especular, sino una prueba seria que tiene que afrontar.

Si cruzamos el Canal de la Mancha, vemos que la superficie de la sociedad tiembla y se tambalea bajo la acción de fuegos subterráneos. Las elecciones de París son, incluso, menos los precursores que el comienzo real de una nueva revolución. Es completamente conforme a la tradición histórica de Francia que Cavaignac tuviera que prestar bandera y nombre a la oposición contra Napoleón, así como Odilon Barrot había prestado en su día la bandera al ataque contra Luis Felipe. Como Odilon Barrot, también Cavaignac es a los ojos del pueblo sólo un pretexto, aunque ambos sean para la burguesía conceptos serios. El nombre con el que se inicia una revolución nunca es el que ostenta la bandera el día del triunfo. Para tener siquiera perspectivas de éxito, los movimientos revolucionarios en la sociedad moderna deben tomar en un principio su bandera de aquellos elementos del pueblo que, aunque en oposición al gobierno existente, se hallan en completa armonía con el orden social existente. En una palabra, las revoluciones tienen que recibir sus entradas para el escenario oficial de manos de las propias clases dominantes.

Las elecciones de París, las detenciones de París y las persecuciones de París sólo pueden juzgarse en su verdadera luz si se tiene en cuenta el estado de la bolsa de París, cuyos movimientos violentos precedieron a la agitación electoral y la sobrevivieron. Ni siquiera durante los tres últimos meses de 1856, cuando toda Europa sufría los dolores de una crisis financiera, experimentó la bolsa de París una depreciación tan enorme y persistente de todos los valores como la que ha tenido lugar durante todo el pasado mes de junio y principios de julio. Además, el proceso no se desarrolló ahora a saltos y subidas bruscas, sino que todo descendió de manera muy metódica, y sólo en los últimos derrumbes repentinos se ajustó a las leyes usuales de la caída. Las acciones del Crédit mobilier, que a principios de junio estaban alrededor de 1.300 francos, habían bajado el día 26 a 1.162 francos, el 3 de julio a 1.095 francos, el 4 a 975 francos y el 7 a 890 francos. Las acciones del Banco de Francia, que a principios de junio se cotizaban a más de 4.000 francos, cayeron, a pesar de los nuevos derechos de monopolio y privilegios concedidos al banco, a 3.065 francos el 26 de junio y a 2.890 francos el 3 de julio, y el 9 de julio no alcanzaban más de 2.900 francos. Las rentas del tres por ciento, las acciones de los principales ferrocarriles —como el del Norte, el de Lyon y el del Mediterráneo—, las líneas de la Grande Fusion y las acciones de todas las demás sociedades anónimas han participado en proporción correspondiente de este largo movimiento descendente.

La nueva ley bancaria, que pone de manifiesto la situación desesperada de la caja del Estado bonapartista, ha minado al mismo tiempo la confianza del público en la administración misma del banco. Mientras que el último informe del Crédit mobilier revelaba la hueca vacuidad interior de esta institución y la gran extensión de los intereses vinculados a ella, informaba también al público de que se estaba librando una lucha entre sus directores y el emperador, y de que se pensaba en un golpe de Estado financiero. Para hacer frente a sus obligaciones más apremiantes, el Crédit mobilier se ha visto obligado de hecho a lanzar al mercado unos veinte millones en títulos de su cartera. Al mismo tiempo, los ferrocarriles y otras sociedades anónimas, para poder pagar sus dividendos y obtener los medios para proseguir o iniciar los trabajos emprendidos, también tuvieron que vender títulos, exigir nuevos desembolsos sobre sus antiguas acciones u obtener capital mediante la emisión de nuevas acciones. De ahí la prolongada depresión del mercado francés de valores, que dista mucho de ser resultado de circunstancias puramente fortuitas y que se repetirá de forma agravada en cada vencimiento de liquidación sucesivo.

Los síntomas alarmantes de la enfermedad actual pueden deducirse del hecho de que Émile Péreire, el gran curandero financiero del Segundo Imperio, haya salido a la palestra y presentado a Luis Napoleón un informe en el que, como lema, cita las palabras que aquél pronunció en 1850 en una alocución al Consejo General de Agricultura y Comercio:

«La disposición a la confianza, no lo olvidemos nunca, es el aspecto moral de los intereses materiales —el espíritu que anima el cuerpo—; ella multiplica por diez, mediante la confianza, el valor de todos los productos.»

El señor Péreire prosigue luego, en un estilo ya familiar a nuestros lectores, explicando la caída de los valores del país en 980.000.000 de francos en los últimos cinco meses. Concluye sus lamentos con las fatídicas palabras: «El presupuesto del miedo se aproxima al presupuesto de Francia». Si Francia, como afirma el señor Péreire, además de los 200.000.000 de dólares que ha de pagar en forma de impuestos para sostener el Imperio, tiene que pagar otra cantidad igual por miedo a perderlo, entonces los días de esta costosa institución, que en su momento fue aceptada con el exclusivo objeto de ahorrar dinero, están contados en verdad. Si las perturbaciones financieras del Imperio han provocado sus dificultades políticas, éstas, a su vez, repercutirán ciertamente sobre aquéllas. Es precisamente este estado del Imperio francés lo que da su verdadera significación a los recientes estallidos en España e Italia, así como a las complicaciones escandinavas pendientes.