Karl Marx en la New-York Tribune 1857

The Indian Insurrection

Londres, 14 de agosto de 1857

Cuando las noticias de la India, transmitidas por el telégrafo de Trieste el 30 de julio y por el correo de la India el 1.° de agosto, llegaron por primera vez, mostramos de inmediato, por su contenido y sus fechas, que la toma de Delhi era un miserable engaño, una imitación muy inferior de la inolvidable caída de Sebastopol. Sin embargo, tan insondable es la credulidad de John Bull, que sus ministros, sus agiotistas y su prensa habían, de hecho, conseguido persuadirle de que las mismas noticias que ponían al desnudo la posición meramente defensiva del general Barnard contenían pruebas del completo exterminio de sus enemigos. Día a día esta alucinación se hizo más fuerte, hasta que adquirió por fin tal consistencia que indujo incluso a un veterano en asuntos semejantes, el general Sir de Lacy Evans, a proclamar en la noche del 12 de agosto, en medio de los ecos de los vítores de la Cámara de los Comunes, su fe en la verdad del rumor de la toma de Delhi. Después de esta ridícula exhibición, sin embargo, la burbuja estaba madura para estallar, y al día siguiente, 13 de agosto, llegaron sucesivos despachos telegráficos de Trieste y Marsella, anticipándose a los correos de la India, y no dejando duda alguna de que el 27 de junio Delhi seguía en pie donde antes estaba, y de que el general Barnard, aún limitado a la defensiva, pero hostigado por frecuentes y furiosas salidas de los sitiados, se alegraba mucho de haber podido mantenerse en su posición hasta entonces.

En nuestra opinión, el próximo correo probablemente traerá la noticia de la retirada del ejército inglés, o al menos hechos que presagien tal movimiento retrógrado. Es seguro que la extensión de las murallas de Delhi impide creer que todas ellas puedan ser guarnecidas eficazmente, y, por el contrario, invita a golpes de mano ejecutados mediante concentración y sorpresa. Pero el general Barnard parece imbuido de nociones europeas sobre plazas fortificadas, asedios y bombardeos, antes que inclinado a aquellas audaces excentricidades con las que Sir Charles Napier sabía fulminar las mentes asiáticas. Sus fuerzas, en efecto, se dice que han aumentado a unos 12.000 hombres, 7.000 europeos y 5.000 «nativos fieles»; pero, por otra parte, no se niega que los rebeldes recibían diariamente nuevos refuerzos, de modo que podemos suponer con razón que la desproporción numérica entre sitiadores y sitiados sigue siendo la misma. Además, el único punto cuya sorpresa podría garantizar al general Barnard un éxito seguro es el Palacio del Mogol, que ocupa una posición dominante, pero cuyo acceso desde el lado del río se volverá impracticable por efecto de la estación de lluvias, que ya habrá comenzado, mientras que un ataque al palacio entre la puerta de Cachemira y el río infligiría a los asaltantes el mayor riesgo en caso de fracaso. Por último, la llegada de las lluvias hará sin duda de la seguridad de su línea de comunicaciones y retirada el principal objeto de las operaciones del general. En una palabra, no vemos razón alguna para creer que, con fuerzas aún insuficientes, se aventure a arriesgar, en el período más impracticable del año, lo que rehuyó emprender en una época más propicia. Que, a pesar de la ceguera judicial con que la prensa londinense se las ingenia para engañarse a sí misma, se abrigan serios recelos en las más altas esferas, puede verse por el órgano de Lord Palmerston, The Morning Post. Los venales caballeros de ese periódico nos informan:

«Dudamos de que, incluso con el próximo correo después de éste, oigamos hablar de la toma de Delhi; pero sí esperamos que, tan pronto como las tropas que ahora marchan para unirse a los sitiadores hayan llegado, con suficientes cañones de gran calibre [que, al parecer, aún faltan], recibamos noticias de la caída del baluarte de los rebeldes.»

Es evidente que, a fuerza de debilidad, vacilaciones y torpezas directas, los generales británicos han conseguido elevar a Delhi a la dignidad de centro político y militar de la revuelta india. Una retirada del ejército inglés, tras un prolongado asedio, o una mera permanencia a la defensiva, será considerada como una derrota positiva y dará la señal para un levantamiento general. Además, expondría a las tropas británicas a una mortalidad espantosa, de la que hasta ahora las ha protegido la gran excitación inherente a un asedio lleno de salidas, encuentros y una esperanza de tomar pronto una sangrienta venganza sobre sus enemigos. En cuanto a lo que se dice de la apatía de los hindúes, o incluso de su simpatía por el dominio británico, todo son tonterías. Los príncipes, como verdaderos asiáticos, están al acecho de su oportunidad. El pueblo de toda la Presidencia de Bengala, donde no está contenido por un puñado de europeos, disfruta de una bendita anarquía; pero allí no hay nadie contra quien pueda levantarse. Es un curioso quid pro quo esperar que una revuelta india asuma los rasgos de una revolución europea.

En las Presidencias de Madrás y Bombay, como el ejército aún no se ha pronunciado, el pueblo, naturalmente, no se mueve. El Punjaub, por fin, es hasta este momento la principal estación central de las fuerzas europeas, mientras que su ejército nativo está desarmado. Para sublevarlo, los príncipes semiindependientes vecinos deben echar su peso en la balanza. Pero que una ramificación de conspiración como la que muestra el ejército de Bengala no podría haberse llevado a cabo en una escala tan inmensa sin la connivencia secreta y el apoyo de los nativos, parece tan cierto como que las grandes dificultades con que tropiezan los ingleses para obtener víveres y transportes —la causa principal de la lenta concentración de sus tropas— no dan testimonio de los buenos sentimientos del campesinado.

Las otras noticias transmitidas por los despachos telegráficos son importantes en la medida en que nos muestran la revuelta alzándose en los confines extremos del Punjaub, en Peshawur, y, por otro lado, avanzando a zancadas en dirección sur desde Delhi hacia la Presidencia de Bombay, a través de las estaciones de Jhansi, Saugor, Indore, Mhow, hasta llegar por fin a Aurungabad, a sólo 180 millas al nordeste de Bombay. Con respecto a Jhansi, en Bundelcund, podemos señalar que está fortificada y puede convertirse así en otro centro de rebelión armada. Por otra parte, se informa de que el general Van Cortlandt ha derrotado a los amotinados en Sirsab, en su camino desde el noroeste para unirse a las fuerzas del general Barnard ante Delhi, de la que aún distaba 170 millas. Tenía que pasar por Jhansi, donde volvería a encontrarse con los rebeldes. En cuanto a los preparativos hechos por el Gobierno metropolitano, Lord Palmerston parece pensar que la línea más tortuosa es la más corta, y, en consecuencia, envía sus tropas por el Cabo, en vez de por Egipto. El hecho de que unos cuantos miles de hombres destinados a China hayan sido interceptados en Ceilán y dirigidos a Calcuta, adonde los Fifth Fusileers llegaron realmente el 2 de julio, le ha brindado la ocasión de gastar una broma pesada a aquellos de sus dóciles comunes que aún se atrevían a dudar de que su guerra china fuera una verdadera «ganancia caída del cielo».