Karl Marx

La sacudida del comercio británico

Escrito el 13 de noviembre de 1857.  
Del inglés.  
["New-York Daily Tribune" n.º 5183 del 30 de noviembre de 1857]

La formidable sacudida del comercio británico ha mostrado, en todo el curso de su desarrollo, al parecer, tres formas claramente diferenciables: la de una presión sobre los mercados monetarios y de mercancías de Londres y Liverpool, la de un pánico bancario en Escocia y la de un derrumbe industrial en los distritos fabriles. Los hechos han sido expuestos extensamente en nuestro periódico del viernes en forma de amplios extractos de la prensa británica; pero su significado y sus consecuencias previsibles requieren aún un mayor desarrollo.

Aunque el gobierno, como habíamos previsto en un artículo anterior, finalmente se vio obligado a suspender la ley bancaria de 1844, no lo hizo hasta que el Banco, en su empeño por salvarse a sí mismo, hubo arruinado valientemente a un buen número de sus clientes. Por fin, sin embargo, en la noche del 11 de noviembre, los directores del Banco celebraron un consejo de guerra, cuyo resultado fue solicitar la ayuda del gobierno, lo que fue respondido con la suspensión de las disposiciones de la ley. Esta disposición gubernamental será sometida de inmediato al Parlamento para su aprobación, pues esta corporación ha sido convocada a sesión para fines de mes. Como hemos mostrado antes, la suspensión debe surtir un efecto de alivio relativo. Elimina una escasez artificial de dinero que la ley bancaria añade a la tensión natural del mercado monetario en tiempos de un retroceso comercial.

En la vana esperanza de contener la violencia de la corriente que todo lo arrastraba, el Banco elevó cinco veces su tasa de descuento en el curso de la crisis actual. El 8 del mes pasado el tipo se subió al 6 por ciento, el 12 al 7 por ciento, el 22 al 8 por ciento, el 5 del corriente al 9 por ciento y el 9 al 10 por ciento. La rapidez de este movimiento presenta un contraste notable con el que acompañó a la crisis de 1847. Entonces el tipo mínimo de descuento se había elevado en abril al 5 por ciento, en julio al 5 1/2 por ciento, y el 23 de octubre a su punto máximo, a saber, el 8 por ciento. A partir de ahí bajó el 20 de noviembre al 7 por ciento, el 4 de diciembre al 6 por ciento y el 25 de diciembre al 5 por ciento. Los cinco años siguientes forman un período en el que la tasa bajó constantemente, en realidad con tanta regularidad como si estuviera gobernada por una escala móvil. De este modo alcanzó el 26 de junio de 1852 su punto más bajo —a saber, el 2 por ciento—. Los cinco años siguientes, de 1852 a 1857, muestran un movimiento opuesto. El 8 de enero de 1853 la tasa se situaba en el 2 1/2 por ciento, el 1 de octubre de 1853 era del 5 por ciento, y tras muchas variaciones sucesivas ha llegado por fin a su altura actual. Hasta ahora, las fluctuaciones del tipo de interés durante el período de diez años que acaba de concluir no han mostrado más que los fenómenos corrientes en las fases recurrentes del comercio moderno. Resumidas brevemente, estas fases son: restricción extrema del crédito en el año de pánico; a esta restricción le sigue una expansión gradual que alcanza su punto culminante cuando el tipo de interés desciende a su nivel más bajo; luego viene de nuevo un movimiento en dirección contraria, una reducción gradual que llega a su máximo cuando el tipo de interés ha subido al máximo, y ya ha vuelto a empezar el año de pánico. Sin embargo, si se examina más de cerca, se descubrirán en la segunda parte del período actual algunos fenómenos que lo distinguen en general de todos los anteriores. Durante los años de prosperidad de 1844 a 1847, el tipo de interés osciló en Londres entre el 3 y el 4 por ciento, de modo que todo el período se caracterizó por un crédito relativamente barato. Cuando el 10 de abril de 1847 el tipo de interés alcanzó el 5 por ciento, la crisis ya había comenzado, y su estallido general sólo se pospuso unos meses mediante una serie de artificios. Por otra parte, el tipo de interés, que el 6 de mayo de 1854 había subido ya al 5 1/2 por ciento, volvió a bajar sucesivamente al 5 por ciento, 4 1/2 por ciento, 4 por ciento y 3 1/2 por ciento, manteniéndose en este último nivel desde el 16 de junio de 1855 hasta el 8 de septiembre de 1855. Luego experimentó de nuevo las mismas variaciones en dirección opuesta, subiendo al 4 por ciento, 4 1/2 por ciento y 5 por ciento, hasta alcanzar en octubre de 1855 el mismo nivel del que había partido en mayo de 1854, a saber, el 5 1/2 por ciento. Dos semanas después, el 20 de octubre de 1855, subió para las letras a corto plazo al 6 por ciento, y para las de largo plazo al 7 por ciento. Pero otra vez se produjo un movimiento contrario. A lo largo de 1856 el tipo de interés subió y bajó, hasta que en octubre de 1856 alcanzó de nuevo el 6 y el 7 por ciento, los valores de los que había partido en octubre del año anterior. El 5 de noviembre de 1856 subió al 7 por ciento, pero con oscilaciones de descenso irregulares y a menudo interrumpidas que en tres meses lo hicieron bajar hasta el 5 1/2 por ciento. Sólo el 12 de octubre de este año, cuando la crisis americana empezó a actuar sobre Inglaterra, recuperó la altura original del 7 por ciento. A partir de ese momento, su movimiento ascendente fue rápido y sostenido, y condujo finalmente a una suspensión casi total del negocio del descuento.

En otras palabras, en la segunda mitad del período de 1848 a 1857, la inestabilidad del tipo de interés se intensificó a intervalos mucho más frecuentes, y desde octubre de 1855 hasta octubre de 1857 transcurrieron dos años en los que el dinero estuvo caro y las fluctuaciones del tipo de interés oscilaron entre el 5 1/2 y el 7 por ciento. Al mismo tiempo, a pesar de este elevado tipo de interés, la producción y el intercambio prosiguieron sin merma a una velocidad que antes no se había considerado posible. Por una parte, estos fenómenos extraordinarios pueden atribuirse a los envíos de oro que llegaban oportunamente de Australia y de los Estados Unidos y que permitían al Banco de Inglaterra aflojar las riendas de vez en cuando; por otra parte, es evidente que la crisis ya era inminente en octubre de 1855, que fue aplazada mediante una serie de aplazamientos transitorios y que, por tanto, su estallido final superará a todas las crisis anteriores tanto por la intensidad de los síntomas como por la extensión de su difusión. El curioso hecho de que el tipo de interés del 20 de octubre de 1855, a la altura del 7 por ciento, se repitiera el 4 de octubre de 1856 y el 12 de octubre de 1857, probaría en gran medida esta afirmación aunque no supiéramos además que ya en 1854 una sacudida de advertencia había estremecido a Inglaterra y que en el continente todos los síntomas del pánico se habían repetido ya en octubre de 1855 y 1856. Sin embargo, si dejamos de lado estas circunstancias agravantes, el período de 1848 a 1857, considerado en su conjunto, presenta una semejanza sorprendente con el de 1826 a 1836 y el de 1837 a 1847.

Ciertamente se nos ha dicho que el librecambio británico lo cambiaría todo, pero si algo ha quedado demostrado, al menos una cosa está clara: que los doctores del librecambio no son más que charlatanes. Como en épocas anteriores, a una serie de buenas cosechas siguió una serie de malas. A despecho del librecambio que todo lo salva, en Inglaterra imperaron de 1853 a 1857 precios medios del trigo y de todas las demás materias primas incluso más altos que de 1820 a 1853; y lo que es más notable: mientras que la industria, a pesar de los altos precios de los cereales, experimentó un auge sin precedentes, ahora, como para desbaratar cualquier escapatoria posible, ha sufrido un derrumbe sin precedentes a pesar de una cosecha abundante.

Nuestros lectores comprenderán, naturalmente, que esta tasa de descuento del 10 por ciento del Banco de Inglaterra es meramente un tipo de interés nominal, y que los intereses que realmente se pagan en Londres por los papeles de primer orden superan con mucho esa cifra.

“Los tipos de interés que se exigen en el mercado libre”, escribe el “Daily News”, “sobrepasan considerablemente a los del Banco”. “Incluso el Banco de Inglaterra”, escribe el “Morning Chronicle”, “no descuenta al tipo de interés del 10 por ciento, salvo en muy pocos casos, que constituyen la excepción y no la regla, mientras que fuera, como se sabe, las exigencias se apartan de la cotización indicada”. “La imposibilidad de obtener dinero por papeles de segundo y tercer orden en cualesquiera condiciones”, escribe el “Morning Herald”, “causa ya enormes daños”. — “En consecuencia”, opina “The Globe”, “los negocios se paralizan; quiebran firmas cuyos activos superan a los pasivos, y el comercio parece hallarse en una revolución general”.

En parte por esta presión sobre el mercado monetario, en parte por la afluencia de mercancías americanas, todos los artículos del mercado de mercancías han bajado de precio. En el transcurso de pocas semanas, el algodón ha caído en Liverpool entre un 20 y un 25 por ciento, el azúcar un 25 por ciento, el cereal un 25 por ciento, y el café, el salitre, el sebo, el cuero y artículos semejantes los han seguido inmediatamente.

“Es casi imposible”, escribe la “Morning Post”, “lograr que se descuenten letras o se otorguen préstamos sobre mercancías”. “En Mincing Lane”, escribe el “Standard”, “el comercio está completamente desbaratado. Ya no es posible vender mercancía alguna, a no ser por vía de trueque, pues el dinero no entra en consideración”.

Toda esta desgracia, sin embargo, no habría forzado tan pronto al Banco de Inglaterra a doblar la rodilla si no hubiera sobrevenido el pánico bancario en Escocia. En Glasgow, al derrumbe del Western Bank siguió el derrumbe del City of Glasgow Bank, lo que provocó a su vez una retirada general de los depositantes de la burguesía y de los poseedores de billetes de banco de las clases trabajadoras, y terminó finalmente en ruidosos tumultos que obligaron incluso al alcalde de Glasgow a recurrir a la ayuda de las bayonetas. El City of Glasgow Bank, que tenía el honor de ser dirigido por una personalidad nada menos que el duque de Argyll, poseía un capital desembolsado de un millón de libras esterlinas, un fondo de reserva de 90.595 libras esterlinas y noventa y seis sucursales diseminadas por el país. Sus emisiones autorizadas ascendían a 72.921 libras esterlinas, mientras que las del Western Bank of Scotland sumaban 225.292 libras esterlinas, lo que en conjunto da 298.213 libras esterlinas, o sea casi una décima parte de todos los medios de circulación legalmente autorizados en Escocia. El capital de estos bancos había sido aportado sobre todo en pequeñas sumas por la población rural.

El pánico escocés repercutió naturalmente sobre el Banco de Inglaterra, y de sus bóvedas se transfirieron a Escocia 300.000 libras esterlinas el 11 de noviembre y de 600.000 a 700.000 libras esterlinas el 12 de noviembre. Asimismo, se retiraron otras sumas en favor de los bancos irlandeses, mientras se recogían fuertes depósitos de los bancos provinciales ingleses, de modo que el Departamento Bancario del Banco de Inglaterra se vio impulsado directamente al borde de la bancarrota. Es probable que la crisis general no ofreciera a los dos bancos escoceses antes mencionados más que un pretexto para efectuar una salida airosa, pues ya desde hacía largo tiempo estaban podridos hasta la médula. Pero no es menos un hecho que el alabado sistema bancario escocés —que en 1825/1826, 1836/1837 y 1847 había resistido los torbellinos que barrieron a los bancos ingleses e irlandeses— experimentó por vez primera una corrida general bajo el imperio de la Ley Bancaria de Peel, impuesta a Escocia en 1845; que allí se oyó por primera vez el grito de «oro por papel», y que en Edimburgo se rechazaron por primera vez incluso billetes del Banco de Inglaterra. La idea de los defensores de la Ley de Peel, según la cual la ley aseguraría por lo menos la convertibilidad de los billetes en circulación, ya que no fuese capaz de prevenir las crisis monetarias en absoluto, ha quedado derribada; los tenedores de billetes comparten la suerte de los depositantes.

El estado general de los distritos manufactureros británicos no puede describirse mejor que mediante dos extractos de periódicos: uno procede de una circular comercial de Manchester y fue reproducido en el "Economist", y el otro de una carta privada de Macclesfield publicada en el "Free Press" de Londres. Después de presentar la circular de Manchester un cuadro comparativo del comercio algodonero de los últimos cinco años, continúa como sigue:

«Los precios han caído esta semana con una aceleración que aumenta día a día. Para numerosos artículos no pueden indicarse precios, porque no han podido encontrar comprador, y allí donde se indican precios, estos dependen en general más de la posición o de las ideas del poseedor que de la demanda.
No existe demanda corriente.
El comercio interior ha acumulado más existencias de las que se confía vender según las perspectivas para el invierno.» (Que los mercados extranjeros han sido sobresaturados, la circular naturalmente no lo dice.) «La jornada reducida se ha implantado ya con carácter general como necesidad; se calcula que su alcance supera en la actualidad
una quinta parte de la producción total
. Las objeciones contra su introducción disminuyen cada día,
y ahora se debate si no sería más conveniente cerrar las fábricas por completo de manera temporal
.»

El remitente de la carta de Macclesfield nos informa:

«Al menos 5.000 personas, artesanos cualificados y sus familias, que se levantan cada mañana sin saber de dónde sacar alimentos para romper el ayuno [to break their fast; juego de palabras con breakfast (desayuno)], han recurrido a la autoridad de pobres en demanda de socorro, y como pertenecen a la categoría de pobres físicamente aptos, no les queda otra alternativa que partir piedras por unos cuatro peniques al día o ingresar en el asilo, donde se les trata como a reclusos y se les da una comida escasa y de ínfima calidad a través de un agujero en la pared; y en lo que respecta a partir piedras, para hombres cuyas manos solo son aptas para la elaboración del más fino material, a saber, la seda, eso equivale a una denegación total de auxilio.»

Lo que los autores ingleses consideran como una ventaja de su crisis actual frente a la de 1847 —que no existe un campo ilimitado de especulación, como por ejemplo los ferrocarriles, que absorba su capital—, no se cumple en modo alguno. La verdad es que los ingleses han participado en gran medida en especulaciones en el extranjero, tanto en el continente europeo como en América, mientras que en el interior su capital excedente se ha invertido principalmente en fábricas, de suerte que la conmoción actual reviste más que nunca el carácter de una crisis industrial y, por tanto, toca inmediatamente las raíces de la prosperidad nacional.

En el continente europeo, la epidemia se ha propagado en una dirección desde Suecia hasta Italia y en la otra desde Madrid hasta Pest. Hamburgo, que constituye el gran centro comercial de las exportaciones e importaciones de la Unión Aduanera y del mercado monetario general de Alemania del Norte, tuvo naturalmente que soportar el primer choque. Por lo que respecta a Francia, el Banco de Francia ha elevado su tasa de descuento al nivel inglés; los decretos por los que se prohibía la exportación de cereales han sido revocados; todos los periódicos de París han recibido la advertencia confidencial de guardarse de hacer consideraciones sombrías; los comerciantes de metales preciosos son amedrentados por gendarmes, y el propio Luis Bonaparte se rebaja, en una carta bastante ridícula, a informar a sus súbditos de que no se siente preparado para un coup d'état financiero, y de que, por consiguiente, «el mal solo existe en la imaginación».