Karl Marx

Las elecciones inglesas

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 4980 del 6 de abril de 1857]

Londres, 20 de marzo de 1857

El futuro historiador que haya de escribir la historia de Europa de 1848 a 1858 se sorprenderá por la similitud de los llamamientos que Bonaparte dirigió a Francia en 1851 y Palmerston al Reino Unido en 1857. Ambos aparentaron apelar del Parlamento a la nación, de la pérfida coalición de partidos a la cándida opinión pública. Ambos se presentaron con argumentos semejantes. Si Bonaparte quería salvar a Francia de una crisis social, Palmerston quiere salvar a Inglaterra de una crisis internacional. Al igual que Bonaparte, también Palmerston debe justificar la necesidad de un ejecutivo fuerte frente a la palabrería vacía y la intrusa injerencia del poder legislativo. Bonaparte se dirigía a la vez a los conservadores y a los revolucionarios; a aquéllos como enemigo de los aristócratas, a éstos como enemigo de la usurpación burguesa. ¿Y no ha insultado Palmerston a todo gobierno despótico? ¿Puede resultarle odioso a algún liberal? Por otra parte, ¿no ha traicionado toda revolución? ¿No tiene que ser el elegido de los conservadores? Se opuso a toda reforma, ¡y los conservadores no habrían de respaldarlo! Mantiene a los tories alejados de los cargos, ¡y los cazadores de puestos liberales habrían de abandonarlo! Bonaparte ostenta un nombre que infunde temor al extranjero y se identifica con la gloria francesa. Y ¿no ocurre lo mismo con Palmerston respecto al Reino Unido? Por lo menos, salvo breves interrupciones, ha ocupado el Ministerio de Asuntos Exteriores desde 1830, desde los días de la Reforma en Inglaterra, es decir, desde los comienzos de su historia moderna. En consecuencia, la posición internacional de Inglaterra, por “temible” o “gloriosa” que pueda parecer aquí y allá a ojos de los extranjeros, tiene su centro en la persona de lord Palmerston. De un solo golpe, Bonaparte barrió a todos los grandes hombres oficiales de Francia; ¿y no son los Russell, Graham, Gladstone, los Roebuck, Cobden, Disraeli y tutti quanti (sus iguales) “derrotados y aniquilados” por Palmerston? Bonaparte no se atenía a ningún principio, no conocía ningún obstáculo, pero prometía dar al país lo que necesitaba: un hombre. Otro tanto Palmerston. Es un hombre. Sus peores enemigos no se atreven a reprocharle que represente un principio.

¿Acaso el régimen de la Assemblée législative (asamblea legislativa) no fue el régimen de una coalición de legitimistas y orleanistas, a la que se mezclaron unos cuantos republicanos burgueses? Su sola coalición demostraba ya la disolución de los partidos que representaban, mientras que las viejas tradiciones partidarias no les permitían fundirse en otra unidad que no fuera la negativa. Semejante unidad negativa es incapaz de actuar; sus actos no pueden ser más que negativos, sólo puede frenar el desarrollo; de ahí el poder de Bonaparte. ¿No ocurre exactamente lo mismo con Palmerston? ¿No fue el Parlamento que sesionó desde 1852 un Parlamento de coalición? ¿Y no se encarnó por eso, desde el principio, en un gabinete de coalición? Cuando la Assemblée nationale (Asamblea Nacional) fue cerrada por la fuerza por Bonaparte, ya no contaba con una mayoría capaz de actuar. Exactamente lo mismo le sucedió a la Cámara de los Comunes cuando Palmerston anunció su disolución definitiva. Pero aquí termina la comparación. Bonaparte dio su golpe de Estado antes de apelar a la nación. Limitado por trabas constitucionales, Palmerston debe apelar a la nación antes de intentar un golpe de Estado. No cabe negar que, a este respecto, todas las ventajas están del lado de Bonaparte. Las matanzas en París, las dragonadas en las provincias, el estado de sitio general, las proscripciones y las deportaciones en masa, la bayoneta plantada detrás de la urna electoral y el cañón emplazado delante de ella, prestaban a los argumentos de la prensa bonapartista (la única que no había sido barrida por el diluvio de diciembre) una elocuencia sombría, cuyo poder de convicción no podía ser destruido ni por su superficial sofística, su lógica abominable y su repugnante y ampulosa adulonería. En cambio, la causa de Palmerston se debilita tanto más cuanto más se esponjan sus compinches. Aunque tan gran diplomático, ha olvidado decir a sus esclavos que tuvieran presente la receta del ciego que quería guiar al cojo, ha olvidado inculcarles el “pas de zèle” (“no demasiado celo”) de Talleyrand. Y en efecto, han desempeñado su papel demasiado bien. Léase, por ejemplo, el siguiente ditirambo, lanzado por un periódico de la capital:

“¡Palmerston para siempre! Tal es el grito que esperamos oír resonar desde todas las tribunas electorales... La más rendida fidelidad a lord Palmerston es el primer principio en que hay que insistir en la profesión de fe de todo candidato... Es indispensable que los candidatos liberales se vean obligados a reconocer que lord Palmerston, como primer ministro, es una necesidad política del momento. Es necesario que sea reconocido como el hombre de la época, no sólo como el hombre que está por venir, sino como el hombre que ya ha llegado, no sólo como el hombre para la crisis, sino como el hombre, el único hombre vivo para las complicaciones que, a todas luces, aguardan a nuestro país... Es el ídolo del momento, el favorito del pueblo, el sol naciente y ya en su cenit.”

No es de extrañar que John Bull se muestre, ante esto, reticente y que se haya producido una reacción contra la fiebre Palmerston.

Se ha declarado a la persona de Palmerston como un principio político; así pues, no es de extrañar que sus adversarios hayan convertido en un principio político el examinar su persona bajo la lupa. En efecto, encontramos que Palmerston, como por arte de magia, ha obrado la resurrección de entre los muertos de todas las grandezas caídas de la Inglaterra parlamentaria. Esta afirmación queda probada por el espectáculo que ofreció la comparecencia de lord John Russell (el whig) ante los electores de la capital reunidos en la London Tavern (restaurante de Londres), por la actuación que sir James Graham, el seguidor de Peel, brindó a sus electores de Carlisle, y finalmente por la representación de Richard Cobden, el representante de la escuela de Manchester, ante la asamblea en la abarrotada Free-Trade-Hall de Manchester. Palmerston no ha obrado como Hércules. No ha matado a ningún gigante levantándolo por los aires, sino que ha dado nuevas fuerzas a enanos arrojándolos de vuelta a la tierra. Si alguien había caído en la estima pública, era ciertamente lord John Russell, el padre de todos los engendros legislativos, el héroe del principio de utilidad, el negociador de Viena, el hombre en cuyas manos todo se reducía fatalmente a la nada. Considérese ahora su triunfal comparecencia ante los electores londinenses. ¿De dónde este cambio? Surgió sencillamente de las circunstancias en que Palmerston lo había colocado. Yo, dijo Russell, soy el padre del Test Act y del Corporation Act, de la ley de reforma parlamentaria, de la reforma de las corporaciones municipales, de la solución de la cuestión del diezmo eclesiástico, de algunas leyes liberales sobre los disidentes y de otras leyes relativas a Irlanda. En una palabra, en mí se encarna el contenido de todo lo que hubo de progresivo en la política whig. ¿Quieren sacrificarme a un hombre que representa al whiggismo sin sus elementos populares, que representa al whiggismo no como partido político, sino sólo como una pandilla de cazadores de puestos? Y luego transformó precisamente sus defectos en ventaja. Siempre he sido adversario del voto secreto. ¿Esperan ahora de mí, por haber sido proscrito por Palmerston, que me rebaje a retractarme de mis convicciones y me comprometa a reformas radicales? No, gritaron sus oyentes. No se debe obligar a lord John, en este momento, a apoyar el voto secreto. Es una señal de grandeza en este hombrecillo que, en las circunstancias actuales, se declare partidario de reformas graduales. ¡Tres hurras y otro más por John Russell sin el voto secreto! Y luego echó el peso decisivo en la balanza al preguntar a sus oyentes si permitirían que una pequeña camarilla de traficantes de opio, a instancias de Palmerston, se constituyese en cuerpo electoral para imponer a los electores libres de la capital resoluciones urdidas por el gobierno y para proscribirle a él, lord John Russell, amigo suyo desde hacía 16 años, a instancias de Palmerston. No, no, gritaron los oyentes, ¡abajo la camarilla! ¡Viva lord John Russell! Y es ahora probable que no sólo sea reelegido, sino que obtenga el mayor número de votos en Londres.

El caso de sir James Graham es aún más curioso. Si lord John Russell se había puesto en ridículo, Graham se ha mostrado despreciable. Pero, dijo a sus electores de Carlisle, ¿debo ser extinguido como una vela consumida hasta el cabo, o debo escabullirme como un perro expulsado del hipódromo, porque una vez en mi vida obré concienzudamente y preferí poner en juego una posición política antes que doblegarme al dictado de un hombre? Me han reelegido como su representante a pesar de todas mis infamias. ¿Quieren despedirme por una sola buena acción que he realizado? Por supuesto que no, respondieron los electores de Carlisle.

A diferencia de Russell y Graham, el señor Cobden en Manchester no tuvo que enfrentarse a sus propios electores, sino a los electores de Bright y Gibson. No hablaba en nombre propio, sino en el de la escuela de Manchester. Esta circunstancia reforzaba su posición. El grito de guerra palmerstoniano era aún más falaz en Manchester que en cualquier otro lugar. Los intereses de los capitalistas industriales se diferenciaban esencialmente de los de los comerciantes contrabandistas de opio de Londres y Liverpool. La oposición que se levantó en Manchester contra Bright y Gibson no se basaba en los intereses materiales de la sociedad de allí, por cuanto el clamor levantado a favor de Palmerston iba en contra de todas las tradiciones de esa sociedad. Este clamor surgía de dos fuentes: de la prensa vendida a precios demasiado altos, que intentaba vengarse de la abolición del impuesto del timbre sobre los periódicos y de la reducción del impuesto sobre los anuncios, y de aquella parte de los fabricantes ricos y esnobs que, por celos de la relevancia política de Bright, tratan de hacerse los bourgeois gentilhommes, y creen que sería moderno y de bon ton (buen tono) agruparse bajo el aristocrático estandarte de Palmerston antes que bajo el moderado programa de Bright. Este carácter peculiar de la camarilla de Palmerston en Manchester capacitó a Cobden para volver a ocupar, por primera vez desde la agitación de la Liga contra las Leyes de Cereales, la posición de un caudillo plebeyo y para llamar de nuevo a las clases trabajadoras bajo sus banderas. Aprovechó magistralmente esta circunstancia. Los tonos elevados que empleó en su ataque a Palmerston podrán juzgarse por el siguiente extracto:

A esto se enlaza un gran problema que, creo yo, los hombres de nuestro país deberían tomar muy a pecho. ¿Queréis que los miembros de la Cámara de los Comunes velen por vuestros intereses y vigilen los gastos («¡sí, sí!») y os protejan para que no caigáis en guerras inútiles y costosas? («Sí.») Pues bien, pero no procedéis del modo correcto si lo que yo leo en vuestros periódicos se cumple en el curso de las elecciones, pues se me dice que esos miembros que se unieron en esa celosa solicitud por vuestros intereses y que votaron sobre la cuestión de esta guerra según el material probatorio que se nos presenta, van a ser proscritos en bloque, devueltos a la vida privada, y que vosotros os disponéis a enviar a otras personas («no, no»), ¿para hacer qué?, ¿para defender vuestros intereses? ¡No! Para hacer el bajo y sucio trabajo del actual ministro. (Fuertes gritos de aprobación.) Por tanto, pensáis efectivamente convertir a Lord Palmerston en el déspota gobernante de este país. («No, no.») Pues bien, si el Parlamento no lo contiene, si en el momento en que el Parlamento lo contiene realmente, él disuelve el Parlamento, y si vosotros, en vez de enviar allí a hombres que sean tan independientes como para afirmar sus derechos y los vuestros, enviáis meras criaturas de su voluntad, ¿qué es eso sino investirlo con el

poder de un déspota? Sí, dejad que os diga solamente que es un despotismo de la clase más torpe y costosa, y a la vez el más irresponsable sobre la faz de la tierra, porque rodeáis al ministro con la falsa apariencia de una forma representativa de gobierno. No podéis llegar hasta él mientras tenga un Parlamento tras cuyo escudo pueda escudarse, y si en vuestras elecciones no cumplís con vuestro deber enviando a la Cámara de los Comunes hombres que vigilen atentamente al actual ministro, entonces, os digo, os hallaréis en una situación aún peor, porque se gobernará sobre vosotros de manera aún más irresponsable que bajo el rey de Prusia o el emperador de los franceses. (Fuertes vítores.)

Ahora se comprenderá por qué Palmerston impulsa las elecciones con tanta prisa. Sólo puede vencer por sorpresa, y el tiempo anula la sorpresa.