Frederick Engels in the New-York Tribune 1857

La toma de Delhi

No nos uniremos al coro estridente que, en Gran Bretaña, ensalza ahora hasta los cielos la valentía de las tropas que tomaron Delhi por asalto. Ningún pueblo, ni siquiera el francés, puede igualar a los ingleses en autoelogio, sobre todo cuando la valentía es el punto en cuestión. Sin embargo, el análisis de los hechos reduce muy pronto, en noventa y nueve casos de cada cien, la grandeza de este heroísmo a proporciones muy vulgares; y todo hombre de sentido común tiene que sentir repugnancia ante este comercio exagerado con el valor ajeno, mediante el cual el paterfamilias inglés, que vive tranquilamente en su casa y es singularmente reacio a cuanto lo amenace con la más remota posibilidad de alcanzar gloria militar, intenta hacerse pasar por partícipe de la indudable, aunque ciertamente no tan extraordinaria, valentía demostrada en el asalto a Delhi.

Si comparamos Delhi con Sebastopol, convenimos desde luego en que los cipayos no eran rusos; en que ninguna de sus salidas contra el acantonamiento británico se pareció en lo más mínimo a Inkermann; en que no hubo un Todtleben en Delhi, y en que los cipayos, por valerosamente que lucharan en la mayoría de los casos los individuos y las compañías, carecían por completo de mando, no ya para brigadas y divisiones, sino casi para batallones; en que su cohesión no rebasaba, por tanto, las compañías; en que les faltaba por entero el elemento científico sin el cual un ejército está hoy impotente y la defensa de una plaza resulta completamente desesperada. Aun así, la desproporción de efectivos y de medios de acción, la superioridad de los cipayos sobre los europeos para resistir el clima, la debilidad extrema a que se vio reducida a veces la fuerza ante Delhi compensan muchas de estas diferencias y hacen posible un paralelo imparcial entre los dos asedios (si llamamos asedios a estas operaciones). Insistimos en que la toma de Delhi por asalto no fue un acto de valentía insólita o extra heroica, aunque, como en toda batalla, sin duda se produjeron actos individuales de gran arrojo en uno y otro bando; pero sostenemos que el ejército angloindio ante Delhi demostró más perseverancia, fuerza de carácter, juicio y destreza que el ejército inglés cuando fue puesto a prueba entre Sebastopol y Balaklava. Este último, después de Inkermann, estaba dispuesto y deseoso de volver a embarcarse, y sin duda lo habría hecho de no haber sido por los franceses. El primero, cuando la estación del año, las enfermedades mortales consiguientes, la interrupción de las comunicaciones, la ausencia de toda posibilidad de rápidos refuerzos y la situación de todo el Alto Indostán invitaban a retirarse, consideró ciertamente la conveniencia de ese paso, pero, a pesar de todo, se mantuvo en su puesto.

Cuando la insurrección alcanzó su punto culminante, lo primero que se necesitaba era una columna móvil en el Alto Indostán. Sólo había dos fuerzas que pudieran emplearse con ese fin: la pequeña fuerza de Havelock, que pronto se mostró insuficiente, y la fuerza que estaba ante Delhi. Que fuera, en esas circunstancias, un error militar permanecer ante Delhi, consumiendo la fuerza disponible en combates inútiles contra un enemigo inexpugnable; que el ejército en movimiento habría valido cuatro veces más que inmovilizado; que se habría conseguido despejar el Alto Indostán, con excepción de Delhi, restablecer las comunicaciones, aplastar todo intento de los insurgentes de concentrar una fuerza, y con ello la caída de Delhi como consecuencia natural y sencilla, son hechos indiscutibles. Pero razones políticas ordenaron que el campamento ante Delhi no se levantara. A los sabihondos del cuartel general que enviaron al ejército a Delhi hay que culparlos, no a la perseverancia del ejército por mantenerse firme una vez allí. Al mismo tiempo, no debemos omitir que el efecto de la estación de las lluvias sobre este ejército fue mucho más benigno de lo que cabía anticipar, y que, con una cantidad siquiera mediana de las enfermedades consiguientes a las operaciones activas en semejante período, la retirada o la disolución del ejército habría sido inevitable. La peligrosa situación del ejército duró hasta fines de agosto. Los refuerzos empezaron a llegar, mientras las disensiones seguían debilitando el campo rebelde. A principios de septiembre llegó el tren de sitio y la posición defensiva se transformó en ofensiva. El 7 de septiembre la primera batería abrió fuego, y en la tarde del 13 se abrieron dos brechas practicables. Examinemos ahora lo ocurrido durante este intervalo.

Si, para este fin, tuviéramos que fiarnos del parte oficial del general Wilson, nos encontraríamos muy mal parados. Ese informe es tan confuso como lo fueron siempre los documentos emanados del cuartel general inglés en Crimea. Ningún hombre vivo podría deducir de ese parte la posición de las dos brechas, ni la posición relativa y el orden en que estaban dispuestas las columnas de asalto. En cuanto a los informes privados, son, como es natural, todavía más desesperadamente confusos. Afortunadamente, uno de esos hábiles oficiales científicos que merecen casi todo el mérito del éxito, un miembro de los Ingenieros y Artillería de Bengala, ha ofrecido en The Bombay Gazette un relato de lo ocurrido tan claro y expeditivo como sencillo y modesto. Durante toda la guerra de Crimea no se encontró un solo oficial inglés capaz de redactar un informe tan sensato como éste. Por desgracia, ese oficial fue herido el primer día del asalto, y allí termina su carta. En cuanto a los acontecimientos posteriores, seguimos, pues, a oscuras.

Los ingleses habían reforzado las defensas de Delhi hasta el punto de que podían resistir un asedio de un ejército asiático. Según nuestras nociones modernas, Delhi apenas merecía el nombre de fortaleza; no era más que un lugar asegurado contra el asalto violento de una fuerza de campaña. Su muralla de mampostería, de 16 pies de altura y 12 de espesor, coronada por un parapeto de 3 pies de grueso y 8 de altura, ofrecía 6 pies de mampostería junto al parapeto, no cubiertos por el glacis y expuestos al fuego directo del ataque. La estrechez de este terraplén de mampostería descartaba emplazar cañones en parte alguna, salvo en los bastiones y las torres Martello. Estas últimas flanqueaban la cortina muy imperfectamente, y como un parapeto de mampostería de tres pies de espesor era fácilmente batido por la artillería de sitio (las piezas de campaña podían hacerlo), resultaba muy sencillo acallar el fuego de la defensa, y en particular los cañones que flanqueaban el foso. Entre la muralla y el foso había una amplia berma o camino llano, que facilitaba la formación de una brecha practicable, y el foso, en esas circunstancias, en lugar de ser un coupe-gorge para cualquier fuerza que se enredara en él, se convertía en un lugar de descanso para reorganizar las columnas que habían caído en desorden al avanzar sobre el glacis.

Avanzar contra semejante plaza con trincheras regulares, según las reglas del asedio, habría sido una locura, aunque no hubiera faltado la primera condición, a saber, una fuerza suficiente para cercar la plaza por todos lados. El estado de las defensas, la desorganización y el abatimiento del ánimo de los defensores habrían convertido en una falta absoluta cualquier otro modo de ataque distinto del que se siguió. Este modo es muy conocido por los militares con el nombre de ataque a viva fuerza (attaque de vive force). Las defensas, por ser tales que sólo hacían imposible un ataque abierto sin artillería pesada, se liquidan sumariamente con la artillería; mientras tanto, se bombardea el interior de la plaza, y en cuanto las brechas son practicables, las tropas avanzan al asalto.

El frente atacado era el septentrional, directamente opuesto al campamento inglés. Este frente se compone de dos cortinas y tres bastiones, que forman un ángulo ligeramente entrante en el bastión central (el de Cachemira). La posición oriental, del bastión de Cachemira al del Agua, es la más corta y sobresale un poco respecto a la posición occidental, entre los bastiones de Cachemira y Moree. El terreno frente a los bastiones de Cachemira y del Agua estaba cubierto de maleza baja, jardines, casas, etc., que los cipayos no habían arrasado y que ofrecían abrigo al ataque. (Esta circunstancia explica cómo era posible que los ingleses siguieran con tanta frecuencia a los cipayos hasta debajo de los mismos cañones de la plaza, lo cual se consideró entonces extraordinariamente heroico, pero en realidad no era muy peligroso mientras dispusieran de esa cobertura.) Además, a unas 400 o 500 yardas de ese frente, corría un profundo barranco en la misma dirección que la muralla, formando así una paralela natural para el ataque. El río, por su parte, brindaba una base capital al ala izquierda inglesa, y el pequeño saliente formado por los bastiones de Cachemira y del Agua fue elegido, con gran acierto, como principal punto de ataque. La cortina occidental y los bastiones de ese lado fueron sometidos simultáneamente a un ataque simulado, y esta maniobra tuvo tanto éxito que la fuerza principal de los cipayos se dirigió contra ella. Reunieron un fuerte contingente en los arrabales exteriores a la puerta de Cabool, con el fin de amenazar el ala derecha inglesa. Esta maniobra habría sido perfectamente correcta y muy eficaz si la cortina occidental entre los bastiones de Moree y Cachemira hubiera estado en mayor peligro. La posición flanqueante de los cipayos habría sido capital como medio de defensa activa, pues toda columna de asalto habría sido tomada inmediatamente de flanco por un avance de esa fuerza. Pero el efecto de esa posición no podía alcanzar tan al este como la cortina entre los bastiones de Cachemira y del Agua; de modo que su ocupación arrancó del punto decisivo a la mejor parte de la fuerza defensora.

La elección de los emplazamientos para las baterías, su construcción y armamento, y el modo en que fueron servidas, merecen los mayores elogios. Los ingleses disponían de unas 50 piezas entre cañones y morteros, concentradas en potentes baterías, detrás de buenos y sólidos parapetos. Los cipayos tenían, según las declaraciones oficiales, 55 cañones en el frente atacado, pero dispersos en pequeños bastiones y torres Martello, incapaces de acción concentrada y apenas resguardados por el miserable parapeto de tres pies. Sin duda, un par de horas bastó para acallar el fuego de la defensa, y luego quedaba ya poco por hacer.

El día 8, la batería n.º 1, con 10 cañones, abrió fuego a 700 yardas de la muralla. Durante la noche siguiente, el mencionado barranco se transformó en una especie de trinchera. El día 9, el terreno quebrado y las casas frente a ese barranco fueron ocupados sin resistencia; y el día 10 quedó desenmascarada la batería n.º 2, con 8 cañones. Esta última se hallaba a 500 o 600 yardas de la muralla. El día 11, la batería n.º 3, construida con gran audacia y destreza a 200 yardas del bastión del Agua, en un terreno accidentado, abrió fuego con seis cañones, mientras diez pesados morteros bombardeaban la ciudad. En la tarde del 13, las brechas —una en la cortina contigua al flanco derecho del bastión de Cachemira, y la otra en la cara y flanco izquierdos del bastión del Agua— fueron declaradas practicables para la escalada, y se ordenó el asalto. Los cipayos habían llevado a cabo el día 11 una contraaproximación sobre el glacis entre los dos bastiones amenazados, y levantaron una trinchera para tiradores a unas trescientas cincuenta yardas delante de las baterías inglesas. También avanzaron desde esa posición, más allá de la puerta de Cabool, para realizar ataques de flanco. Pero estos intentos de defensa activa fueron ejecutados sin unidad, sin conexión y sin espíritu, y no dieron resultado alguno.

Al amanecer del día 14, cinco columnas británicas avanzaron al ataque. Una, por la derecha, para ocupar la fuerza situada fuera de la puerta de Cabool y atacar, en caso de éxito, la puerta de Lahore. Una contra cada brecha, una contra la puerta de Cashmere, que debía ser volada, y una para actuar como reserva. A excepción de la primera, todas estas columnas tuvieron éxito. Las brechas apenas estaban defendidas, pero la resistencia en las casas cercanas a la muralla fue muy tenaz. El heroísmo de un oficial y tres sargentos de Ingenieros (pues aquí hubo heroísmo) logró volar la puerta de Cashmere, con lo que también esta columna penetró al interior. Al anochecer, todo el frente septentrional se hallaba en poder de los ingleses. Aquí, sin embargo, se detuvo el general Wilson. Se suspendió el asalto indiscriminado y se emplazaron cañones apuntando contra toda posición fuerte de la ciudad. Con la excepción del asalto al polvorín, parece que hubo muy pocos combates efectivos. Los insurgentes estaban desalentados y abandonaron la ciudad en masa. Wilson avanzó con cautela por la ciudad, apenas encontró resistencia tras el día 17 y la ocupó por completo el día 20.

Ya hemos expresado nuestra opinión sobre la dirección del ataque. En cuanto a la defensa –la tentativa de contraataques ofensivos, la posición de flanqueo junto a la puerta de Cabool, las contraaproches, los pozos de tirador–, todo muestra que ciertas nociones de guerra científica habían penetrado entre los cipayos; pero, o bien no eran suficientemente claras, o no eran suficientemente enérgicas para ser llevadas a cabo con algún efecto. Si se originaron entre los indios o entre algunos de los europeos que están con ellos, es por supuesto difícil de decidir; pero una cosa es segura: que aquellas tentativas, aunque imperfectas en su ejecución, guardan un estrecho parecido en su fundamento con la defensa activa de Sebastopol, y que su realización parece como si un plan correcto hubiese sido trazado para los cipayos por algún oficial europeo, pero que ellos no hubiesen sido capaces de comprender plenamente la idea, o que la desorganización y la falta de mando convirtieron los proyectos prácticos en tentativas débiles e impotentes.