Karl Marx

Las elecciones próximas en Inglaterra

[«New-York Daily Tribune», n.º 4975, del 31 de marzo de 1857]

Londres, 13 de marzo de 1857

«Poneos entre dos clérigos, mi buen señor;
pues sobre esa base haré un santo comentario.»

<«Und habt, Mylord, zween Geistlichen zur Seite,
Denn daraus zieh' ich heil'ge Nutzanwendung.»
Shakespeare, «König Richard der Dritte», acto III, escena 7>

Palmerston no sigue al pie de la letra el consejo que Buckingham da a Ricardo III. Está entre el clérigo, a un lado, y el contrabandista de opio, al otro. Mientras los obispos de la Low Church, que ese avezado embaucador ha permitido que nombre su pariente el conde de Shaftesbury, atestiguan su «probidad», los contrabandistas de opio, los traficantes del «dulce veneno para el paladar de la época», atestiguan su fiel servicio al «egoísmo, la inclinación accesoria del mundo». El escocés Burke se enorgullecía de los «resucitadores» londinenses. Con el mismo orgullo se ufana Palmerston de los «envenenadores» de Liverpool. Esos señores de rostro lampiño son los dignos representantes de una ciudad cuya grandeza se remonta directamente a la trata de esclavos. Liverpool, que por lo demás no es célebre por sus producciones poéticas, puede al menos reivindicar el mérito original de haber enriquecido la poesía con odas a la trata de esclavos. Puesto que Píndaro empieza su himno a los vencedores olímpicos con el célebre «Lo mejor es el agua» (áriston men hýdor), bien cabría esperar de un Píndaro liverpooliano moderno que comenzase su himno a los paladines de Downing Street con la introducción más ingeniosa: «Lo mejor es el opio».

Cogidos de la mano de los santos obispos y de los impíos contrabandistas de opio van los grandes comerciantes de té, que en su mayoría participan directa o indirectamente en el comercio del opio y, por tanto, están interesados en derribar los actuales tratados con China. Les mueven además sus propios

intereses inmediatos. Como el año pasado se lanzaron a enormes especulaciones con el té, la prolongación de las hostilidades hará subir de inmediato los precios de sus inmensas existencias y les permitirá postergar los grandes pagos que deben hacer a sus acreedores en Cantón. De esta suerte, la guerra les permitirá estafar a un tiempo a sus compradores británicos y a sus vendedores chinos, realizando así sus ideas de «gloria nacional» y de «intereses comerciales». En general, los fabricantes británicos no están de acuerdo con las enseñanzas de ese catecismo de Liverpool, en virtud del mismo sublime principio que contrapone al hombre de Manchester, que desea precios bajos del algodón, con el señor de Liverpool, que desea precios altos. Durante la primera guerra anglo-china, que se prolongó de 1839 a 1842, los fabricantes británicos se habían hecho falsas esperanzas de una expansión extraordinaria de las exportaciones. Ya habían medido yarda por yarda los tejidos de algodón que habrían de llevar los habitantes del Celeste Imperio. La experiencia forzó el candado que los políticos palmerstonianos habían puesto a su entendimiento. De 1854 a 1857, las exportaciones manufactureras británicas a China no superaron por término medio 1.250.000 libras esterlinas, suma que a menudo se había alcanzado ya en los años anteriores a la primera guerra con China.

«En realidad —declaró el señor Cobden, portavoz de los fabricantes británicos, en la Cámara de los Comunes—, nosotros» (el Reino Unido) «no hemos añadido absolutamente nada a nuestras exportaciones a China desde 1842, al menos en lo que atañe a nuestras manufacturas. Hemos aumentado nuestro consumo de té; eso es todo.»

Por eso los fabricantes británicos están en condiciones de formarse opiniones más claras sobre la política china que los obispos, los contrabandistas de opio y los comerciantes de té británicos. Si prescindimos de los devoradineros y de los cazadores de cargos que penden de los faldones de cualquier gobierno, y de los necios patriotas de café que creen que bajo la jefatura de Pam (Palmerston) «la nación se erguiría», habremos enumerado de hecho a todos los partidarios de Palmerston que obran de buena fe. No debemos, sin embargo, olvidar el «Times» de Londres y «Punch», el gran copto de la prensa británica y su payaso, ambos estrechamente vinculados al actual gobierno por lazos dorados y oficiales y que, en consecuencia, encumbran con fingido entusiasmo al héroe de la carnicería de Cantón. Pero conviene reparar en que la votación de la Cámara de los Comunes indicó no solo una rebelión contra Palmerston, sino también contra el

«Times». Las elecciones próximas han de decidir, por tanto, no solo si Palmerston ha de acaparar todo el poder del Estado, sino también si el «Times» ha de conquistar el monopolio de la fabricación de la opinión pública.

Ahora bien, ¿bajo qué consigna lanzará Palmerston su llamamiento a las elecciones para la Cámara de los Comunes? ¿Bajo la de la expansión del comercio con China? Pero él mismo acaba de destruir el puerto del que dependía ese comercio. Él ha trasladado ese comercio, por un tiempo más o menos largo, del mar a la tierra, de los cinco puertos a Siberia, de Inglaterra a Rusia. En el Reino Unido ha subido los derechos del té, la mayor barrera contra la expansión del comercio chino. ¿Bajo la consigna de la seguridad del especulador comercial británico? El libro azul «Correspondencia sobre insultos en China», que el propio gabinete ha puesto sobre la mesa de la Cámara de los Comunes, prueba sin embargo que en los últimos siete años solo se han producido seis casos de insultos, de los cuales en dos los ingleses fueron los agresores, mientras que en los otros cuatro las autoridades chinas se esforzaron, a plena satisfacción de las autoridades británicas, por castigar a los culpables. Si, por tanto, la fortuna y la vida de los comerciantes británicos en Hongkong, Singapur, etc., están actualmente en peligro, es el propio Palmerston quien ha provocado sus padecimientos. ¡Pero qué hay del honor de la bandera británica! Palmerston la ha vendido a los contrabandistas de Hongkong a 50 libras esterlinas la pieza, y la ha mancillado con la «gigantesca carnicería de súbditos británicos inermes». Sin embargo, esos argumentos de la expansión del comercio, de la seguridad de los especuladores británicos y del honor de la bandera británica son los únicos con los que los sabios del gobierno se han dirigido hasta ahora a sus electores. Astutamente se guardan de rozar ningún punto de política interior, ya que la consigna «Ninguna reforma» y «Más impuestos» no serviría de nada. Un miembro del gabinete Palmerston, lord Mulgrave, tesorero de la real casa, dice a sus electores que no tiene «ninguna teoría política que exponer». Otro, Bob Lowe, se mofa en su alocución de Kidderminster del voto secreto, de la ampliación del sufragio y de «pamplinas» semejantes. Un tercero, el señor Labouchere, el mismo taimado sujeto que defendió el bombardeo de Cantón aduciendo que, si la Cámara de los Comunes lo estigmatizaba como un desafuero, el pueblo inglés debía estar preparado para pagar una factura de unos 5.000.000 de libras esterlinas a los comerciantes

extranjeros cuyas propiedades habían sido destruidas en Cantón —ese mismo Labouchere ignora por completo la política en su alocución a los electores de Taunton y apoya sus exigencias sencillamente en las grandes hazañas de Bowring, Parkes y Seymour.

Es, pues, enteramente acertada la observación de un periódico de provincias británico: que Palmerston «no solo no tiene una buena consigna para las tablas electorales, sino que no tiene consigna alguna». No obstante, su caso no es ni mucho menos desesperado. Desde la votación de la Cámara de los Comunes, las circunstancias han cambiado por completo. El delito local perpetrado en Cantón ha conducido a una guerra general con China. Solo queda la cuestión de quién debe proseguir la guerra. ¿Acaso el hombre que afirma que esta guerra es justa no está en mejores condiciones de impulsarla con energía que sus adversarios, que entran en las elecciones condenándola?

¿Acaso Palmerston, durante su interregno, no enredará las cosas de manera que siga siendo el hombre insustituible?

¿Acaso el mero hecho de que se libre una batalla electoral no decidirá la cuestión en favor suyo? Para la mayor parte de los colegios electorales británicos, tal como están compuestos ahora, una batalla electoral significa una batalla entre whigs y tories. Siendo Palmerston el jefe efectivo de los whigs y trayendo su caída el acceso de los tories al poder, ¿no votará por Palmerston la mayoría de los llamados liberales para que Derby fracase? Estas son las auténticas consideraciones que guían a los partidarios del gabinete. Si sus cálculos son correctos, la dictadura de Palmerston, tácitamente tolerada hasta ahora, sería abiertamente proclamada. La nueva mayoría parlamentaria debería su existencia a la profesión expresa de obediencia pasiva al ministro. A la apelación de Palmerston del Parlamento al pueblo podría seguir, a su debido tiempo, un golpe de Estado, tal como siguió a la apelación de Bonaparte de la Asamblea Nacional a la nación. Entonces esos mismos hombres podrían saber, para desgracia suya, que Palmerston es un antiguo compañero de gabinete del ministerio Castlereagh-Sidmouth, que amordazó a la prensa, suprimió las reuniones públicas, suspendió el habeas corpus, dio al gobierno plenos poderes para encarcelar y deportar a voluntad y que finalmente hizo masacrar al pueblo de Manchester porque protestaba contra las leyes de cereales.