Hace algún tiempo, cuando se dirigió una pregunta sobre la guerra persa a lord Palmerston en su propia Cámara de los Comunes, él respondió con sarcasmo: «Tan pronto como se ratifique la paz, la Cámara podrá expresar su opinión sobre la guerra»*. El tratado de paz firmado en París el 4 de marzo de 1857 y ratificado en Bagdad el 2 de mayo de 1857 ha sido presentado ahora ante la Cámara. Consta de quince artículos, ocho de los cuales están cargados con el lastre habitual de los tratados de paz. El artículo V estipula que las tropas persas se retirarán del territorio y de la ciudad de Herat, así como de todas las partes del Afganistán, en el plazo de tres meses contados a partir del canje de las ratificaciones del tratado. Por el art. XIV, el Gobierno británico, por su parte, se compromete, tan pronto como se cumpla dicha estipulación, a «retirar sin demora las tropas británicas de todos los puertos, lugares e islas pertenecientes a Persia».

Ahora bien, conviene recordar que la evacuación de Herat por las tropas persas fue ofrecida espontáneamente por Feroukh Khan, el embajador persa, durante sus prolongadas conferencias en Constantinopla con lord Stratford de Redcliffe, y antes de que se produjera la captura de Bushire. La única ganancia nueva que obtiene Inglaterra de esta estipulación se limita, pues, al privilegio de encadenar, durante la estación más malsana, a sus tropas al lugar más pestilente del Imperio persa. Los terribles estragos que el sol, los pantanos y el mar infligen durante los meses de verano, incluso a la población nativa de Bushire y Mohammerah, están registrados por escritores antiguos y modernos; ¿pero a qué remitirse a ellos, si hace pocas semanas sir Henry Rawlinson, juez muy competente y palmerstoniano por añadidura, declaró públicamente que las tropas anglo-indias sucumbirían con toda seguridad bajo los horrores del clima? El London Times, al recibir la noticia de la victoria de Mohammerah, proclamó de inmediato la necesidad de avanzar, a pesar del tratado de paz, hacia Shiraz, para salvar a las tropas**. Los suicidios, además, del almirante y del general británicos, puestos al frente de la expedición, se debieron a la profunda ansiedad que les inspiraba la suerte probable de las tropas a las que, por instrucciones del Gobierno, no debían llevar más allá de Mohammerah. Cabe, pues, esperar con certeza una catástrofe como la de Crimea a escala reducida; esta vez no procedente de las necesidades de la guerra ni de las torpezas de la Administración, sino de un tratado dictado con la espada del vencedor. Hay una frase en los artículos citados que, si le conviene a Palmerston, podría convertirse en «un pequeño hueso de discordia».

* Discurso de Palmerston en la Cámara de los Comunes el 18 de mayo de 1857, The Times, núm. 22684, 19 de mayo de 1857. — Ed.
** «Persia», The Times, núm. 22704, 11 de junio de 1857. — Ed.

El art. XIV estipula la «retirada de las tropas británicas de todos los puertos, lugares e islas pertenecientes a Persia». Ahora bien, es un asunto controvertido si la ciudad de Mohammerah pertenece o no a Persia. Los turcos jamás han renunciado a sus reivindicaciones sobre esa plaza, que, situada en el delta del Éufrates, era su único puerto de mar siempre accesible en aquel río, ya que el puerto de Basora resulta, en ciertas temporadas, demasiado somero para buques de gran porte. De este modo, si a Palmerston le place, puede retener Mohammerah con el pretexto de que no «pertenece» a Persia y de que espera la solución definitiva de la cuestión de límites entre Turquía y Persia.

El art. VI estipula que Persia se obliga a

«renunciar a toda pretensión de soberanía sobre el territorio y la ciudad de Herat y los países del Afganistán»; a «abstenerse de toda injerencia en los asuntos internos del Afganistán»; a «reconocer la independencia de Herat y de todo el Afganistán, y a no intentar jamás atentar contra la independencia de esos Estados»; a someter, en caso de diferencias con Herat y el Afganistán, «para su arreglo a los buenos oficios del Gobierno británico, y a no tomar las armas a menos que esos buenos oficios resulten infructuosos».

11 de mayo de 1857, The Times, núm. 22679, 13 de mayo de 1857. — Ed.
b The Times, núm. 22681, 15 de mayo de 1857, artículo de fondo. — Ed.

El Gobierno británico, por su parte, se obliga

«en todo tiempo a ejercer su influencia sobre los Estados del Afganistán para impedir que éstos den motivo alguno de queja», y «a emplear sus mejores esfuerzos para componer las diferencias de una manera justa y honorable para con Persia».

Ahora bien, si se despoja a este artículo de sus formalidades burocráticas, no significa otra cosa que el reconocimiento por Persia de la independencia de Herat, concesión para la cual Feroukh Khan se había declarado dispuesto en las conferencias de Constantinopla. Es cierto que, en virtud de este artículo, el Gobierno británico queda designado como el entrometido oficial entre Persia y el Afganistán, pero ese papel ya lo venía desempeñando desde comienzos de este siglo. Si podrá o no continuar desempeñándolo, es una cuestión no de derecho, sino de fuerza. Por lo demás, si el Shah* alberga en la corte de Teherán a algún Hugo Grocio, éste señalará que toda estipulación por la cual un Estado independiente confiere a un gobierno extranjero el derecho de inmiscuirse en sus relaciones internacionales es nula y sin valor según el derecho de gentes, y que la estipulación con Inglaterra lo es tanto más cuanto que convierte el Afganistán, un término meramente poético para designar a diversas tribus y Estados, en un país real. El país de Afganistán no existe, en sentido diplomático, más que el país de la Paneslavia.

El art. VII, que estipula que, en caso de violación de la frontera persa por los Estados afganos,

«el Gobierno persa tendrá el derecho [...] de emprender operaciones militares para reprimir y castigar a los agresores», pero «deberá retirarse a su propio territorio tan pronto como haya alcanzado su objetivo»,

no es más que una repetición literal de aquella cláusula del tratado de 1852°

que dio ocasión inmediata a la expedición de Bushire.

--Por el art. IX, Persia admite el establecimiento y reconocimiento de cónsules generales, cónsules, vicecónsules y agentes consulares británicos, que serán colocados en el pie de la nación más favorecida; pero por el art. XII, el Gobierno británico renuncia

«al derecho de proteger en lo sucesivo a ningún súbdito persa que no se halle efectivamente al servicio de la misión británica o de los cónsules generales, cónsules, vicecónsules y agentes consulares británicos».

Habiendo sido acordado el establecimiento de consulados británicos en Persia por Feroukh Khan antes del comienzo de la guerra, el presente tratado añade únicamente la renuncia, por parte de Inglaterra, de su derecho de protectorado sobre los súbditos persas, derecho que constituyó una de las causas ostensibles de la guerra. Austria, Francia y otros Estados han obtenido el establecimiento de consulados en Persia sin recurrir a expediciones piráticas.

Por último, el tratado fuerza al señor Murray a regresar a la corte de Teherán y prescribe la disculpa que ha de ofrecerse a ese caballero por haber sido caracterizado en una carta dirigida por el Shah a Sadir Azim como un hombre «estúpido, ignorante e insensato», como un «simplón» y como autor de un «documento burdo, sin sentido y repugnante». La disculpa que debía presentarse al señor Murray fue asimismo ofrecida por Feroukh Khan, pero la rechazó el Gobierno británico, que insistió en la destitución de Sadir Azim y en la entrada solemne del señor Murray en Teherán «al son de corneta, flauta, arpa, sacabuche, salterio, dulcémele y toda clase de música». Al aceptar, como cónsul general en Egipto, favores personales de M. Barrot; al enviar, en su primer desembarco en Bushire, el tabaco que se le había regalado en nombre del Shah a los bazares para su venta pública, y al hacer el papel de caballero andante de una dama persa de dudosa virtud, el señor Murray no ha logrado infundir en la mente oriental nociones muy elevadas de la integridad o la dignidad británicas. Su readmisión forzosa en la corte persa tiene que considerarse, por tanto, un éxito más que dudoso. En conjunto, el tratado no contiene, más allá de las ofertas que Feroukh Khan hizo antes del estallido de la guerra, estipulación alguna que valga el papel en que está escrita, y menos aún el tesoro gastado y la sangre derramada. Las ganancias netas de la expedición a Persia pueden resumirse en el odio que Gran Bretaña se ha atraído en toda el Asia Central; la desafección de la India, incrementada por la retirada de las tropas indias y por las nuevas cargas arrojadas sobre el erario indio; la repetición casi inevitable de otra catástrofe crimeana; el reconocimiento de la mediación oficial de Bonaparte entre Inglaterra y los Estados asiáticos; y, por último, la adquisición por Rusia de dos franjas de tierra de gran importancia: una en el Caspio y otra en la frontera septentrional de Persia.

Escrito el 12 de junio de 1857. Reproducido del periódico New-York Daily Tribune, núm. 5048, del 24 de junio de 1857.