Si la querella que los ingleses han provocado a los chinos se llevara al extremo, es de esperar que termine en una nueva expedición militar y naval semejante a la emprendida en 1841-42 con motivo de la querella del opio. El fácil éxito que lograron entonces los ingleses, arrancando a los chinos una suma inmensa de plata, recomendará sin duda un nuevo experimento de la misma índole a un pueblo que, pese a todo el horror que le inspiran nuestras propensiones filibusteras, conserva, no menos que nosotros, no poco del viejo espíritu de saqueo y bucanero que distinguió a nuestros antepasados comunes de los siglos XVI y XVII. Y sin embargo, los notables cambios ocurridos en la situación de las cosas en China desde aquella lograda incursión de saqueo en beneficio del comercio del opio hacen muy dudoso que una expedición semejante en los días actuales se viera acompañada por un resultado en modo alguno parecido. Sin duda, la nueva expedición zarparía, como la de 1841-42, de la isla de Hong-Kong. Aquella expedición constaba de una flota compuesta de dos navíos de 74 cañones, ocho fragatas, gran número de balandras y bergantines de guerra, doce vapores y cuarenta transportes, que llevaban a bordo una fuerza militar, incluida la infantería de marina, que ascendía a quince mil hombres. La nueva expedición difícilmente se intentaría con una fuerza menor; es más, algunas de las consideraciones que vamos a exponer indicarían la conveniencia de hacerla mucho mayor.

La expedición de 1841-42, que zarpó de Hong-Kong el 21 de agosto de 1841, se apoderó primero de Amoy y, luego, el 1 de octubre, de la isla de Chusan, que convirtió en base de sus operaciones futuras. El objeto de estas operaciones era penetrar en el gran río central Yang-tse-Kiang y remontarlo hasta la ciudad de Nankin, a unas doscientas millas de su desembocadura. El río Yang-tse-Kiang divide a China en dos porciones completamente distintas: el Norte y el Sur. A unas cuarenta millas más abajo de Nankin, el Canal Imperial penetra y atraviesa el gran río, proporcionando la vía de intercambio comercial entre las provincias del norte y del sur. La teoría de la campaña era que la posesión de esta comunicación importante resultaría fatal para Pekin y obligaría al Emperador* a concertar la paz de inmediato. El 13 de junio de 1842, las fuerzas inglesas, al mando de Sir Henry Pottinger, aparecieron frente a Woosung, a la entrada del pequeño río del mismo nombre. Este río fluye desde el sur y desemboca en el estuario del Yang-tse-Kiang muy cerca de su salida al Mar Amarillo. La boca del río Woosung forma el puerto de Shanghae, situado a corta distancia río arriba. Las orillas del Woosung estaban cubiertas de baterías, todas las cuales fueron asaltadas y tomadas sin dificultad. Una columna de la fuerza invasora marchó entonces sobre Shanghae, que se rindió sin intento alguno de resistencia. Pero, aunque hasta entonces los pacíficos y tímidos habitantes de las riberas del Yang-tse-Kiang, que tras una paz prolongada de casi doscientos años tenían su primera experiencia de la guerra, opusieran poca resistencia, el propio estuario y el acceso a él desde el mar presentaban grandes impedimentos. El ancho estuario del Yang-tse-Kiang se interna en el mar entre costas medio cubiertas de fango y apenas perceptibles, ya que el mar, en muchas leguas^b a la redonda, presenta un color amarillo fangoso, de donde le viene el nombre. Los barcos que pretenden entrar en el Yang-tse-Kiang se ven obligados a avanzar cautelosamente a lo largo de la costa meridional, con la sonda constantemente en la mano, a fin de evitar los bancos de arena móvil que obstruyen el acceso. Estos bancos se prolongan estuario arriba hasta el extremo superior de la gran isla Tsang-Ming, que se halla en medio de él y lo divide en dos canales. Más arriba de esta isla, que mide unas treinta millas de longitud, las costas empiezan a mostrarse por encima del agua, pero el curso del canal se vuelve muy serpentino. La marea remonta hasta Ching-Kiang-Foo, aproximadamente a la mitad del camino hacia Nankin y punto en el cual lo que hasta allí ha sido un estuario o brazo de mar empieza a cobrar, para los buques que ascienden, el carácter de un río. Antes de alcanzar este punto, la flota inglesa tropezó con serias dificultades. Tardaron quince días en recorrer las ochenta millas que mediaban desde su fondeadero en Chusan. Cerca de la isla de Tsang-Ming, varios de los barcos mayores encallaron, pero lograron zafarse con ayuda de la marea creciente. Superadas estas dificultades y aproximándose a la ciudad de Ching-Kiang, los ingleses hallaron abundantes pruebas de que, por muy deficientes que fuesen en habilidad militar, a los soldados tártaro-chinos no les faltaba valor y denuedo. Estos soldados tártaros, que no eran más que mil quinientos, combatieron con la mayor desesperación y fueron muertos hasta el último. Antes de marchar a la batalla, como si presintiesen el resultado, estrangularon o ahogaron a todas sus mujeres y niños, cuyos cadáveres fueron luego sacados en gran número de los pozos a los que los habían arrojado. El comandante en jefe, viendo perdida la jornada, prendió fuego a su casa y pereció entre las llamas. Los ingleses perdieron en el ataque ciento ochenta y cinco hombres, pérdida que vengaron con los más horribles excesos al saquear la ciudad; en toda la guerra, los ingleses la habían conducido con una ferocidad brutal, digna contrapartida del espíritu de codicia contrabandista que le había dado origen. Si los invasores hubieran hallado por doquier una resistencia semejante, nunca habrían alcanzado Nankin. Pero no fue éste el caso. La ciudad de Qua-Chow, en la orilla opuesta del río, se sometió y pagó un rescate de tres millones de dólares, que los filibusteros ingleses se embolsaron, por supuesto, con inmensa satisfacción.

Más arriba de este punto, el canal del río presentaba una profundidad de treinta brazas^a y, en lo que al fondo se refiere, la navegación se volvía fácil, aunque en ciertos puntos la corriente corría con gran rapidez, de no menos de seis y siete millas por hora. Nada hubo, sin embargo, que impidiera a los navíos de línea remontar hasta Nankin, bajo cuyas murallas fondearon los ingleses por fin el 9 de agosto. El efecto así producido fue exactamente el que se había previsto. El Emperador se amilanó hasta firmar el tratado del 29 de agosto, cuya supuesta violación sirve ahora de pretexto a nuevas exigencias que amenazan con una nueva guerra.

Esa nueva guerra, si ocurre, se conducirá probablemente según el modelo de la anterior. Mas existen varias razones por las que los ingleses no podrían contar con un éxito tan fácil. La experiencia de aquella guerra no se ha perdido para los chinos. En las recientes operaciones militares en el río de Cantón han dado muestras de una habilidad tan mejorada en la artillería y en el arte de la defensa que hacen sospechar que tienen europeos entre ellos. En todo lo práctico –y la guerra es eminentemente práctica– los chinos superan con mucho a todos los orientales, y no hay duda de que, en materia militar, los ingleses los hallarán discípulos aventajados. Cabe también que los ingleses, si vuelven a intentarlo, se topen con obstáculos artificiales en el ascenso del Yang-tse-Kiang que no parece haberse encontrado en la ocasión anterior. Pero –consideración la más grave de todas– no se puede suponer que la reocupación de Nankin vaya acompañada de nada parecido al terror y al sobresalto que causó en la corte imperial de Pekin en la ocasión anterior. Nankin, desde hace un período considerable, así como extensas porciones de los distritos circundantes, ha estado en posesión de los rebeldes, y uno o más de sus jefes han establecido su cuartel general en aquella ciudad.* En tal estado de cosas, su ocupación por los ingleses podría ser más bien grata al Emperador que otra cosa. Le prestarían un buen servicio al expulsar a los rebeldes de una ciudad que, una vez en su poder, podría resultar una posesión difícil de conservar, incómoda y peligrosa, y que, según demuestra la experiencia reciente, puede estar en manos de un poder hostil sin consecuencias inmediatamente fatales para Pekin o el dominio imperial.

Escrito a principios de abril de 1857.
Reproducido del New-York Daily Tribune, n.º 4990, 17 de abril de 1857, como artículo de fondo; reimpreso en el New-York Semi-Weekly Tribune, n.º 1242, 21 de abril de 1857, con el título «China».

^a Tao Kuang.– N. del E.
^b Una legua náutica equivale a 5,56 km.– N. del E.  
^a Una braza náutica equivale a 1,83 m.– N. del E.  
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